Atrapados en la nube CAPÍTULO 29
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CAPÍTULO 29

Alfonso ya no me preguntaba nada cuando le decía que iba a salir.

Realmente su única preocupación siempre había sido tener sus informes preparados, quedar con los amigos y que su equipo de fútbol ganase la liga, así que en ese sentido podía estar tranquila.

Preparé la cena a los niños y dejé todo en orden antes de arreglarme. Cada vez que salía tenía ese sentimiento de culpabilidad de ser una madre que no se ocupaba de sus hijos y que les dejaba en una situación de desamparo.

Fui al baño y me miré en el espejo. ¿Pero qué estás haciendo, Zoe?

¿Vas a tirar por tierra toda tu vida ahora?

Una vida que te ha costado tanto construir con tanto esfuerzo y ahora vas a arriesgarte por conseguir a tu hombre ideal, que seguramente ni siquiera exista, y a demostrar a tu jefe algo que ya sabe pero que ni se ha preocupado por defender.

Estaría mejor llevando una vida que no quiero con una persona que no me hace caso y con unos hijos que dentro de nada volarán buscando una vida feliz que yo nunca pude conseguir.

Este era el momento de cambiar y yo era dueña de mi propio destino. Tenía que intentar conseguir la vida con la que siempre había soñado y arriesgarme a fracasar. Porque en eso consiste la vida, en fracasar y volverte a levantar aprendiendo de los errores para ser más fuerte.

—Chicos, he quedado con Sandy para tomar algo. A las diez os quiero ver en la cama, por favor. Confío en vosotros.

—Hasta luego, cariño —me despedí amablemente de mi marido que ni siquiera giró la cabeza y emitió un gruñido que parecía decir “no molestar” más que una despedida—. No llegaré muy tarde. Mañana tengo que llegar pronto a la oficina.

Cerré la puerta sigilosamente y bajé al portal donde ya me estaba esperando Sandy en un taxi.

—Vamos, Zoe, que vamos a entrar tarde al concierto y no me apetece que nos digan nada que luego no voy a tener enchufe.

—Es que no sabía lo que ponerme. La ropa me queda fatal y me veo mayor. Esto de ser madre pasa factura y ahora mismo si me dices que me vuelva para casa no me lo pienso dos veces.

—Pero si estás fenomenal, Zoe. No digas tonterías, anda, más quisieran muchos millenials estar así. Tu problema es que no te has valorado nunca y así no vas a llegar a nada. Te lo he dicho mil veces, quiérete más y te irá mejor en la vida.

—Ayyy, Sandy, qué fácil haces que parezca todo, pero mi cabeza no es tan simple y ahora mi vida se ha derrumbado por completo.

—No te preocupes, que si esta noche encuentro a un tío que sea potable te lo dejo a ti que lo necesitas.

Nos miramos y sonreímos a la vez. El taxista echó un ojo a través del espejo retrovisor pensando que éramos dos locas desquiciadas que salían a comerse el mundo.

El Recoletos Jazz Club se había convertido en uno de los lugares más exclusivos para ir a tomar una copa y escuchar buena música.

Sandy se movía últimamente por zonas de alto standing.

Ya no perdía el tiempo en buscar hombres en bares de mala muerte.

Su objetivo era claro y era ambiciosa en ese sentido.

El lugar tenía una magia especial y parecía sacado de las películas hollywoodienses de los años cincuenta.

Atravesamos la línea del tiempo y en un momento nos vimos rodeadas de gente sofisticada en un ambiente refinado de época. Un chico recogió amablemente nuestros abrigos acompañándonos hacia la sala de jazz donde iba a tener lugar el concierto.

El ambiente era mágico. Luz tenue, decoración exquisita y música que enamoraba por completo.

Sandy se acercó al camarero de la barra, un joven con brazos tatuados y músculos de acero que le dedicó la mejor de sus sonrisas.

—Zoe, coge una de las mesas centrales que voy en un momento. ¿Quieres una copa de cava?

Asentí con la cabeza y me dirigí a una de las mesas que me había indicado Sandy para disfrutar de la música en vivo y olvidarme de todo.

En el escenario, un chico de unos treinta años tocaba el piano animadamente.

Era un Steinway & Sons. Madre mía, mi sueño desde que era pequeña.

Cuando iba al colegio me emperré en que mi madre me apuntase a clases de piano.

Un día, uno de los profesores nos llevó de visita a un auditorio y allí conocí a esa joya de la que me enamoré.

Desde entonces no había vuelto a ver otro piano así y eso me trajo una profunda emoción.

En la mesa del fondo un par de instagramers se hacían selfies sin parar.

Me hizo pensar en si a Sandy y a mí nos hubiese pillado la era digital.

Habríamos sido la bomba. Pero lo nuestro fueron otros tiempos y en nuestra época pudimos disfrutar de nuestras cámaras Polaroid que hacían esas fotos instantáneas que sacaban unas sonrisas exquisitas en pocos minutos.

Me giré de nuevo. Sandy seguía hablando con el camarero.

Se notaba que habían sido más que amigos pero que ahora se llevaban muy, muy bien.

En diagonal a mi había una mesa con cuatro ejecutivos que estaban tomando unos Martinis.

Me fijé especialmente en uno de ellos. Unos cincuenta años, pelo canoso con entradas, cara redonda y sonrisa traviesa.

¡Madre mía!, eran los ejecutivos que habían firmado el contrato con nosotros y los tenía a escasos metros de mí. Había reunión de machos alfa.

Me giré rápidamente para no ser reconocida. Mis manos empezaron a sudar y un temblor estremeció todo mi cuerpo. Esas eran las personas que habían sido seducidas por la idea de Sofía y que habían tirado mi vida a la basura.

Cuando llegó Sandy, rápidamente vio que me pasaba algo.

—Zoe, cariño, ¿estás bien?

—No te lo vas a creer, pero mira en diagonal, a la mesa donde hay cuatro hombres.

—Si hay alguno que quieras para esta noche te lo consigo sin problema.

—Son los que han firmado mi proyecto, bueno mi exproyecto. A esos son los que ha engañado Sofía. En el fondo me dan pena porque estoy segura de que el proyecto no va a salir a flote.

—Zoe, este es nuestro momento. ¿No ves que la vida nos ha puesto este momento en bandeja? ¿Crees en el karma? Pues yo sí y esto es por algo. Ahora que van con dos copas de más es el momento de sacarles toda la información que nos dé la gana. Sofía, ¡tiembla porque vamos a ir a por ti!