Atrapados en la nube CAPÍTULO 25
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CAPÍTULO 25

—Zoe, ¿puedes venir un momento a mi despacho? —La voz de Sofía retumbaba en mi cabeza como un sonido atronador. Ya no podía ni mirarla. Habíamos pasado de una amistad a una auténtica traición y eso no lo perdonaría nunca.

Sofía siempre solía apoyarse en alguna persona noble para salir del paso y le había ido bien hasta ahora. En el fondo era una mujer insegura pero que de cara a los demás no podía mostrar ningún signo de debilidad.

En cuestiones laborales era una mujer muy trabajadora, aunque bastante dispersa, por eso debía tener a alguien a su lado que ocultase sus carencias.

Durante años yo había sido su mano derecha en la sombra.

No me importaba hacer su trabajo porque me sentía bien ayudando a la gente.

Tampoco había tenido nunca la sensación de que se aprovechaba de mí.

Simplemente era una relación recíproca de intereses.

Yo le dejaba mi creatividad y ella el tiempo que necesitaba para cuidar de mis hijos.

Pero desde que llegó Asier las cosas habían cambiado bastante.

Sofía no era de las personas que cuidaba al extremo su aspecto físico.

Es cierto que al ser una persona delgada cualquier cosa que se pusiera le sentaba como un guante.

A la oficina solía ir siempre con vaqueros y sudadera en invierno y unas sneakers que le daban un aspecto bastante aniñado.

Pero Asier había cambiado toda su percepción de la moda. Venía mucho más arreglada, no excesivamente porque no era tonta y tampoco quería que la gente de la oficina sospechase que su atracción por el jefe era más que obvia. El rímel y el colorete tampoco faltaban entre sus básicos diarios.

Aparte de todos esos pequeños detalles Sofía buscaba cualquier momento para estar junto a él riéndole las gracias o sobreactuando para demostrar que su inteligencia era superior a la del resto del equipo.

Cuando alguien insinuaba su interés por Asier se ponía como una hiena, lo que confirmaba su atracción innegable por el atractivo jefe.

Me levanté con desgana pensando en qué tarea se le habría ocurrido para mantenerme entretenida, porque, a decir verdad, no es que tuviese mucho trabajo en esta situación.

—Muy buenas, Sofía, ¿en qué te puedo ayudar? —Breve y concisa. Así iba a ser mi relación con ella.

—Quiero que me aclares una cosa del proyecto que no entiendo muy bien, por favor.

—Muy bien, dime.

Enseguida supe por dónde iban los tiros.

Sofía no había estado implicada de lleno en este tema así que no tenía ni la más mínima idea de cómo se habían desarrollado algunos de los puntos del mismo.

Ahora tenía que recurrir a mí, pero ni por asomo me pediría perdón y reconocería mi trabajo.

Era demasiado orgullosa y más si Asier estaba en medio.

—Estaba pensando en cambiar esta parte del proyecto que es tuya, Zoe.

No me convence la dirección que has tomado porque es cierto que estos productos van dirigidos a mujeres reales, pero yo creo que a partir de los cuarenta años la mujer que tiene hijos y que se ocupa de su casa no invierte en su cuidado personal.

Este target de gente no me sirve porque al final no vamos a sacar casi beneficio de ella.

—Yo he apostado por esas mujeres. Personas normales que en el día a día tienen que luchar por sus sueños.

Mujeres que tienen que dar el cien por cien de ellas, y ser buenas en todo.

Ser unas trabajadoras diez, madres diez, hijas diez y si por si eso fuera poco tienen que tener las medidas perfectas de una modelo porque si no son calificadas de “marujas”.

Sofía, tú estás muy lejos de empatizar con ellas porque, afortunada o desafortunadamente, en tu vida no has tenido que lidiar con ese tipo de cosas que hacen que tu autoestima caiga por los suelos así que haz lo que te dé la gana.

Quita ese target o haz lo que te salga de las narices, ese proyecto dejó de ser mío el día que lo asumiste como tuyo.

Sofía me miró impávida y sin temblarle por un minuto la voz pronunció su sentencia:

—Gracias, Zoe, quitaré a esas mujeres de la línea de trabajo. No van a aportar ningún beneficio económico.

Regresé a mi sitio aún más deprimida de lo que estaba.

No me podía creer que una mujer estuviese diciendo todas esas barbaridades.

Pero así era. Así era la ambición y el ansia de poder.

Como decía el escritor Oscar Wilde: “La ambición es el último refugio del fracaso” y solamente el tiempo me daría la razón.

Por el momento solo me quedaba esperar y ver cómo los dos protagonizaban una película de la que yo debía haber sido la actriz principal.

—Hola, Marc, ¿cómo va tu semana? —Lo que más necesitaba en ese momento era sentir cómo alguien estaba a mi lado y me ofrecía sus mejores palabras para que me hiciesen percibir que iba a apoyarme siempre.

Los minutos pasaban y no se ponía en línea. Las horas de diferencia que había entre nuestros dos mundos no ayudaban a que fuese mi paño de lágrimas en el momento que necesitaba.

Los nervios se empezaban a apoderar de mí.

Ahora que necesitaba que estuviese conmigo era cuando sentía que el silencio más absoluto se apoderaba de mi alma.