CAPÍTULO 22
La mañana del domingo me desperté con el calor de su cuerpo atlético y sentí vergüenza.
Empecé a pensar si le habría gustado verme así, o si había sido medio consciente de que nos habíamos acostado de forma salvaje sin ningún tipo de tabú.
Mientras Asier dormía plácidamente me vestí y salí sigilosamente de la oficina no sin antes rozar sus labios con los míos.
El resto de la mañana la pasé dormitando hasta que llegó Alfonso con los niños.
Ellos venían como si hubiesen pasado unos días en la selva donde las reglas brillan por su ausencia.
Y Alfonso, hierático, me preguntó únicamente que si había terminado ya todo el trabajo o me iba a llevar más de un fin de semana y enseguida se sentó en el sillón para ver los partidos de fútbol de la jornada de liga en cuestión.
La tarde dio mucho de sí: lavadoras, preparar la comida para toda la semana, planchar y soñar con que algún día podría pasar la tarde del domingo en la cama con Asier sin tener que preocuparme de nada.
Fui al armario en busca de un traje chaqueta negro y un top blanco que no usaba nada más que para alguna reunión importante con clientes extranjeros.
Me maquillé ligeramente. No quería que se notase mi presencia y dejarles sin habla cuando expusiese mi proyecto.
Porque era mío y en unas horas lo que había anhelado se podría convertir en realidad.
Desperté a los niños un poco más tarde. Habían llegado agotados del fin de semana y les di unos minutos más de regalo para que se fuesen levantando poco a poco.
—Mamá, ¿esta semana nos vas a llevar al cine? —se quejó Hermes en cuanto abrió uno de sus ojos—. Nos dijiste hace dos semanas que ibas a llevarnos a ver una peli y no has cumplido tu promesa. Últimamente estás siempre trabajando y papá dice que estás en el limbo.
—Perdonadme, pero he tenido mucho trabajo estos días. —Cuando oía alguna cosa de esas se me partía el alma y me hacía sentir la peor madre del mundo.
Alfonso y yo nos casamos muy enamorados.
Nos conocimos durante nuestra época de estudiantes.
Él estudiaba Empresariales y yo Marketing y Publicidad.
La cafetería de la facultad era el lugar ideal para mantener citas secretas, entablar amistad y conocer amores imposibles.
Entre Alfonso y yo no surgió el flechazo inmediato, pero poco a poco fuimos compenetrándonos hasta decidir que queríamos pasar el resto de nuestra vida juntos.
Tras dos años de matrimonio en los que exprimimos todo el tiempo libre que teníamos en viajar y recorrer los lugares más recónditos del planeta, decidimos que ya era hora de asentar la cabeza y tener hijos.
Ninguno de los dos éramos muy partidarios de formar una familia, quizás nos vimos abocados a esta decisión por imposición de esa sociedad que va dictando el camino que debemos seguir y quedas marcado si decides caminar por una senda diferente a la que todo el mundo sigue.
Hermes y Apolo vinieron al mundo por fecundación in vitro tras dos años de sufrimiento y agonía por quedarnos embarazados sin éxito.
Familia y amigos no ayudaban mucho a que tuviésemos la paz y la tranquilidad necesaria para poder formar una familia sin presiones, y el hecho de tener hijos se convirtió en una carrera contrarreloj por tener los niños cuanto antes.
Los primeros años con los niños fueron muy duros y ese mito de felicidad absoluta cuando tienes un hijo se me cayó por completo el primer día que llegué a casa con ellos y me vi sola sin saber qué hacer.
Alfonso enseguida empezó a trabajar. Le asustaba verse implicado en cuidar de dos personitas que nos necesitaban las veinticuatro horas del día así que lo mejor fue refugiarse en su mundo de números y clientes.
Yo tuve que pedirme jornada reducida porque era imposible mantener mi ritmo de trabajo e intentar cuidar bien a mis dos hijos.
Desde entonces asumí que mi papel como mujer había terminado.
Ahora era madre y trabajadora de segunda.
Marc y Asier me habían hecho sentir especial, que todavía estaba viva, que me quedaba mucho por vivir y quería sentir esa experiencia que me había dejado apagada durante muchos años.
—El fin de semana hacemos lo que queráis. Hay un sitio nuevo donde hacen las mejores tortitas de Madrid. Me lo ha dicho Sandy, así que si queréis vamos a merendar allí y luego al cine, ¿os hace?
Los niños eran muy fáciles de convencer. En cuanto les dabas su capricho los tenías en la palma de tu mano. Ya podía ser igual con los adultos.
Dejé a los niños en la puerta del colegio y cuando subí al coche llamé inmediatamente a Sandy. Tenía que contarle mi noche con Asier.
—¿Puedes hablar? —susurré en voz baja como si hubiese alguien a mi alrededor.
—Voy de camino al trabajo. Te iba a mandar un WhatsApp, no he sabido nada de ti en todo el fin de semana. ¿Va todo bien?
—Vas a flipar. Me he acostado con Asier.
—¿Queeeeé? No me digas que te has acostado con tu jefe. Pero, ¿cómo has hecho eso? ¿Estabas borracha? ¿Te habías tomado algún antidepresivo?
—Estaba sobria y con mis cualidades mentales en perfecto estado, bueno, las que tengo. Él no estaba en sus mejores condiciones.
—Cuéntame con todo detalle que quiero ver cómo es esa Zoe con los hombres… ja, ja, ja.
—Ahora tenemos la reunión con el cliente y quiero estar un poco centrada.
Si no te importa prefiero contártelo luego cuando hayamos expuesto el proyecto porque si no me voy a descentrar del todo.
Solo te digo que fue maravilloso y que nunca he visto a un hombre que me desease tanto.
No sé si la bebida hizo que perdiese el norte, pero los dos estuvimos en el Olimpo de los dioses.
—¿Puedes quedar esta tarde-noche? Así me lo cuentas en vivo. Yo hoy saldré pronto del trabajo.
—No sé, si dejo a Alfonso la cena preparada y a los niños en la cama podría quedar un rato cerca de casa, pero no te lo aseguro. ¿Te parece?
—Hecho, espero tu llamada, churri, y ¡suerte con la presentación!