Atrapados en la nube CAPÍTULO 17
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CAPÍTULO 17

Me vestí con bastante desgana y me puse una camiseta y unos jeans para estar cómoda.

Me esperaba un día bastante tedioso. Terminar de cuadrar las cuentas de redes sociales, incluir presupuestos y hacer informes de rentabilidad de la campaña.

A todo ello había que sumar el trabajo que me había encasquetado Sofía y que tenía que tener también terminado para el lunes.

Abrí la nevera en busca de algo para desayunar. Solo el olor me provocaba náuseas, así que pensé que lo mejor sería desayunar algo en el trabajo o bajarme más tarde al Calypso cuando tuviese mejor cuerpo.

Me maquillé un poco para camuflar las profundas ojeras que me había dejado la velada. Un poco de colorete, la línea del ojo y rímel para disimular los estragos causados por una mala noche.

«A ver Zoe, a centrarse —mi cabeza iba a mil por hora—. Empieza por lo de Sofía, que es lo que tienes menos controlado. Esta mujer parece muy disciplinada pero menudo desastre. Tiene todos los papeles manga por hombro y luego me dice que soy dispersa. Apaga y vámonos».

Aproximadamente a las doce y cuarto oí cómo se abría la puerta de la oficina. Me extrañó que alguien se presentase allí a esas horas si no tenía nada que hacer. A lo lejos vi la silueta de un hombre. Era Asier, que entraba de forma sigilosa y se dirigía a su despacho.

«¿Qué hago, le digo algo? No se había percatado de que estaba allí. No sé, no me apetece decir nada después de lo de ayer, pero si no me acerco voy a quedar fatal».

Asier entró y cerró la puerta.

Uff… menos mal. Respiré tranquila. Tenía unos minutos para preparar mi estrategia de saludo como si no hubiese pasado nada. Ante todo, había que normalizar la situación, ya que cuando me besó el cuello los dos habíamos bebido un poco más de lo normal.

Oí que estaba hablando por teléfono con alguien.

Parecía mantener una conversación acalorada y se escuchó un fuerte golpe en la mesa.

Creo que no era el mejor momento para entrar a decir nada, así que me puse los cascos y empecé a escuchar música a todo volumen para desvincularme por completo de esa discusión.

Media hora después salió del despacho y cerró violentamente la puerta.

No miró para ninguno de los lados, así que estaba salvada.

Por un lado, me gustaría que me hubiese visto, ya que era la única persona que se había dignado a intentar acabar el trabajo a tiempo y presentar los documentos el día que se pedían.

Pero por otro, si me veía, podría pensar que no había acabado el trabajo a tiempo porque no era una persona efectiva y podía dejar de confiar en mí.

Eran las dos y media y ya había acabado la mitad del trabajo pendiente. La parte de Sofía estaba terminada y a mi trabajo únicamente le quedaban dos o tres pinceladas y quedaría listo.

Bajé al Calypso a tomar algo y relajarme un poco. Estaba orgullosa de lo que me había cundido la mañana, así que lo celebraría con una cerveza bien fría y media ración de croquetas.

Las croquetas eran otra de las especialidades que no había que perderse de este peculiar establecimiento.

Eran uno de los platos más deliciosos que había probado en toda mi vida.

Aparte de su tamaño espectacular, los cocineros sabían cómo cocinarlas con una bechamel cremosa y una capa crujiente que me trasladaba a la infancia y seducía a todo el que las probaba.

Era mi merecido premio. Me disponía a disfrutar de la primera croqueta cuando unas manos me rozaron la espalda.

—Zoe, ¿qué haces por aquí? —Era Asier.

No había cosa que más me molestase que una persona me interrumpiese cuando iba a comer, y, sobre todo, cuando quería dedicarme ese tiempo a mí misma.

—He tenido que venir a la oficina, no me daba tiempo a terminar todo lo que tenía que hacer y como este fin de semana estoy sola he aprovechado. Así el lunes lo tendréis Sofía y tú a primera hora en la mesa.

—¿Desde qué hora llevas arriba? —Asier estaba atando cabos sobre si podría haber visto la escena en la que estaba discutiendo acaloradamente.

—He venido hace un rato y antes de ponerme con ello otra vez voy a coger energía.

—¿Te puedo acompañar? Por favor, póngame otro vino y unas croquetas como las de ella.

Se había autoinvitado a estar conmigo. Daba por hecho que yo me iba a sentir cómoda con él, pero después de lo que había pasado el otro día su presencia me ponía nerviosa.

—¿Has terminado todo el informe de Instagram? Si puedes, dámelo, porque hay unas cosas que no cuadran y quiero enseñarle al cliente todo bastante claro para que no puedan echarlo para atrás.

—Sí, me queda incluir las conclusiones. El resto de redes sociales las termino esta tarde si te parece, porque he estado liada con otras cosas.

—Sofía te ha cargado con su trabajo ¿no? —Cogió una croqueta y cerró los ojos mientras disfrutaba de su sabor—. Ummm, me encantan estas croquetas, son lo mejor del mundo.

—No, no es eso. Es que hasta que me he centrado he tardado un poco. —No quería meter a Sofía en este tinglado porque hasta el momento me he llevado muy bien con ella y no quiero que nuestra amistad se resienta.

—No la justifiques, Zoe. Siempre lo has hecho y ya es hora de que se sepa lo que cada uno hace en la oficina.

Esta mañana he estado discutiendo con ella, porque no es normal que a dos días de presentar un proyecto que nos puede reportar numerosos beneficios a largo plazo se vaya a hacer trekking con quién sabe quién porque dice que está muy estresada.

Cuando termines lo tuyo, por favor dímelo para que nos pongamos los dos con lo de Sofía.

—Lo de Sofía ya está terminado, Asier. —No sabía si estas palabras podrían influir en el futuro laboral de ella, pero tampoco podía mentir a mi jefe porque eso podía repercutir en mi contrato.

—Otro vino, por favor…

La comida se iba a alargar más de lo que yo quería y seguro que Asier aportaría nuevos datos sobre lo que tenía o no con Sofía.

El tiempo que compartimos en la comida se pasó volando. Nos centramos en hablar de ciertas líneas de trabajo que no habían que-dado muy claras y en decir cuál era nuestro plato preferido del Calypso.

—Bueno, si quieres nos vamos ya. —Asier se levantó y fue a la barra a pagar la comida.

—Toma la mitad, que no vas a pagar tu todo. —No quería que-dar de aprovechada y menos con el que me tiene que dar la nómina a final de mes.

—Ya me has pagado con tu compañía, Zoe —murmuró con una sonrisa.

Hice como que no había oído nada. Me levanté, cogí mi bolso y subimos de nuevo a la oficina. Me dirigía hacia mi sitio, pero Asier me interrumpió rápidamente.

—Ven a mi despacho, por favor, y tráete todos los dosieres. Vamos a ver si podemos dejar terminado todo esto hoy.

«Zoe, tranquila, ya verás como no pasa nada entre vosotros. Está muy centrado en su trabajo y no va a distraerse con nada y menos contigo. Si acabas el trabajo pronto llamas a Sandy y os tomáis una copichuela».

—Asier, aquí está todo lo que he hecho. No sé si te va a dar tiempo a revisarlo hoy o no.

—Me fio de ti. Déjalo ahí encima y el lunes le echo un vistazo antes de quedar con el cliente.

Pasamos el resto de la tarde entre papeles y más papeles. Ninguno estaba pendiente de lo que hacía el otro. Había que dejar todo cerrado para que el cliente diese su visto bueno y nos catapultase al éxito.

Pasaban cinco minutos de las siete de la tarde. Asier se levantó y se acercó a mí.

—Creo que es hora de que paremos un rato. Yo ya no puedo más.

¿Te apetece tomar algo en el pub que hay en la esquina?

—Todavía me queda por lo menos una hora. ¿Te queda mucho a ti?

—Me queda bastante, por eso lo digo.

Quería haber dejado terminado el trabajo, pero también me apetecía desconectar un poco y por qué no, tomarme algo con Asier.

—No tardaremos mucho. Yo también me quiero ir pronto a casa. He tenido una semana bastante ajetreada y quiero descansar. —Se notaba que estaba cansado, intuía que podía haber sido por la discusión que había tenido por teléfono.

Bajamos a un pub que estaba situado un par de calles más abajo de la oficina. Era pronto y todavía no había mucho ambiente. Según entrabas de frente había un par de esqueletos como si estuviesen bailando un rock. Un sitio bastante peculiar.

Al fondo unos sillones de escay rojo adornaban la parte izquierda del local mientras que la derecha era propiedad de varios sofás de color negro con cojines decorados con rosas rojas.

—¿Nos ponemos en la barra o prefieres sentarte en un sofá? —Asier me daba la opción de sentir su olor, su respiración y su mirada cerca de la mía o mantener las distancias como dos compañeros de trabajo.

—Prefiero la barra, gracias Asier. —Ahí establecí un muro de hielo entre los dos. Quería mantener la distancia, pero me lo iba a poner muy difícil porque cada vez me estaba resultando más atractivo.

Pedimos dos cervezas y comenzamos a hablar de trabajo. Asier volvió a insistir en la idea de que él quería que yo fuese su mano derecha, pero que Sofía había considerado que yo no estaba atravesando un buen momento personal y que era mejor delegar en ella.

A todo eso evité contestar. Todo el tiempo estaba intentando justificarse ante mí. Yo ya había asumido mi papel desde el primer momento y no me frustraba por ello, pero a él parecía que le costaba el haberme apartado de su lado laboralmente hablando.

Al poco tiempo llegaron un grupo de unos quince chicos que querían ver el partido de fútbol que se estaba emitiendo en uno de los canales de una plataforma de pago. De repente la barra se llenó de gente dando gritos.

—¿Quieres ir a los sillones? Aquí no nos vamos a enterar de nada. —Se le notaba incómodo con toda aquella chiquillería.

Asentí y me levanté de la banqueta.

—Por favor, ¿me llevas otra cerveza a aquellos sillones?

A mí tampoco me apetecía escuchar las hormonas alteradas de la divina juventud.

Nos sentamos en uno de los sofás negros. Cada uno se sentó en uno de los extremos del sillón.

—¿Sabes de qué me he dado cuenta? —Asier se iba a lanzar al vacío—. Eres más lista de lo que creía. Bueno, corrijo, a ti te viene muy bien pasar desapercibida, aunque tienes un potencial que ya querría mucha gente. ¿Has estado siempre al cargo de Sofía?

Ahí me iba a poner en un apuro. Siempre había sido la mano derecha de ella en la sombra.

A mí tampoco me importaba. Yo no estaba hecha para mandar y tampoco quería un cargo de responsabilidad que me implicase estar todo el día a la gresca con mis empleados.

Además, toda la carga de los niños había recaído sobre mí, así que tuve que priorizar: los niños o mi trabajo.

Evidentemente no me dieron muchas opciones.

La sociedad marca sus reglas y aunque se ha avanzado mucho en materia de igualdad, las mujeres seguimos desempeñando el papel de madres, trabajadoras, cuidadoras y amantes esposas. ¿Quién da más?

—Sí. ¿Quieres otra cerveza, Asier? Yo me voy a pedir un vino.

Me dirigí hacia la barra y pedí un vino blanco y una cerveza. Esperaba que en el transcurso de este tiempo se le hubiese olvidado la pregunta y cambiase de tema. Asier estaba empezando a hacer preguntas incómodas y eso era porque había visto cosas en Sofía que no le encajaban.

Regresé a los sillones y me senté junto a él. Las distancias se estaban acortando cada vez más y se notaba que estaba cómodo y ya no sentía esa frialdad inicial por parte de mí.

—¿Qué te gusta más el vino o la cerveza? —le pregunté para comenzar una conversación.

—Tú —afirmó con rotundidad. —Es broma. —Enseguida, al ver mi cara de póker, retrocedió—. No te sientas violenta que eso es lo que menos quiero. Ahora que trabajamos juntos quiero que pierdas ese miedo, trátame como a un compañero más, no me veas como tu jefe.

—Es que me impones, Asier.

—¿Cómo que te impongo? Pero, ¿tú me ves capaz de hacerte algo?

—¿Algo como qué?

No sabía qué intenciones tenía. En ese momento me habría gustado que dijese que quería llevarme a la cama y hacerme de todo, pero enseguida se me quitó la idea de la cabeza.

—¿Crees que sería capaz de despedirte? —Se acercó un poco más a mí.

—No sé, no te conozco lo suficiente para ver de qué palo vas.

—Pues me decepciona bastante, señorita. Por un momento he pensado que te caía bien —dijo con un tono seductor.

Empecé a ponerme nerviosa y me levanté de un golpe. El cristal de la copa de vino impactó contra la mesa haciendo que en un momento se llenase de pequeños cristales que brillaban intensamente.

—Lo siento, madre mía la que he liado. Lo siento de verdad, Asier, me he puesto un poco nerviosa —le pedía disculpas mientras intentaba limpiar la mancha de vino que había caído en su pantalón.

Asier me agarró fuertemente la mano y me llevó hacia él mientras con la otra me agarraba la cintura. Acercó su boca a la mía y me besó. No sabía cómo reaccionar, pero me encantó la sensación de, por un momento, juntar nuestros labios y notar como todo mi cuerpo volvía a resucitar.

Sin pensármelo dos veces busqué de nuevo sus labios buscando el calor de su lengua chocando contra la mía. Nuestra atracción contenida se había desatado y ya no había nadie que pudiese impedir que disfrutásemos de ese momento de pasión.

Asier me había devuelto de nuevo a la vida.