Atrapados en la nube CAPÍTULO 14
30%

CAPÍTULO 14

La semana pasó volando y por fin llegó el ansiado viernes.

El resto de días había estado trabajando como una negra sin conseguir acabar mi tarea. Sofía no hacía más que mandarme tareas que, literalmente, era imposible terminar a tiempo. Llegaba la primera a la oficina y salía la última pero no se notaba en el trabajo.

Además, me había impuesto la tarea de hacer su proyecto y el mío, lo que suponía el doble de trabajo, pero tenía que ir a por todas.

Sofía se pasaba todo el tiempo en el despacho de Asier. Cualquier excusa era buena para pasar buena parte del día con él. De Marc no había sabido nada en todos estos días, pero tampoco me quedaba mucho tiempo para pensar en el amor.

Tenía pensado acabar antes de las cinco.

El dosier debía estar listo el lunes por la mañana para pasar el filtro y retocarlo de cara a la reunión con los dueños de la empresa.

De momento tenía hecha toda la parte de redes sociales que me había encargado Sofía: Instagram, Facebook, Twitter y Tik Tok.

También me había dejado caer todo el trabajo con la televisión lineal ya que querían que el estreno fuese a nivel nacional en todos los medios.

Ella se encargaría con Asier de las plataformas de televisión de pago y poco más. La verdad es que la proporción era bastante desigual. Es cierto que Asier llevaba otras cuentas, pero ella se iba a dedicar en exclusividad a esta, bueno, a decir verdad, a él.

De pronto recordé que todavía no había quedado con Sandy para ir a ese local en el que te echaban las cartas y te decían cuál iba a ser tu futuro.

En estos momentos de mi vida me apetecía que alguien escudriñase en mi futuro y me diese noticias agradables.

La llamé y casi descolgó sin que el segundo tono del teléfono se hubiese producido.

—Hola Sandy, chica, que no tengo tiempo para nada.

Esta semana he dejado a los niños con mi madre y estoy desaparecida en combate.

Este trabajo va a acabar conmigo. Además ya he engordado dos kilos porque no hago más que atacar la máquina del trabajo y ponerme hasta arriba de chocolatinas y sándwiches.

¿Has reservado para Medium? ¿A las nueve?

Yo creo que estaré operativa a partir de las ocho si quieres nos tomamos un vino antes, ¿ok?

Casi no la había dejado ni hablar porque no podía perder ni un minuto de mi valioso tiempo.

Me fui directa al office y en la máquina habían puesto unos bollitos de chocolate que llevaban mi nombre.

Estaba sacando uno de ellos y un café cuando en ese momento llegó Sofía.

—Zoe, buenos días, ¿tan pronto y abusando del azúcar? Si sigues así te vas a poner como una vaca. Je, je, era una broma.

«Zorra —pensé—, si estoy así es por tu culpa». Era una broma de muy mal gusto. Sofía actuaba como si no hubiese pasado nada entre nosotras.

—A ver si podemos acabar pronto —le contesté—, porque he quedado. Tengo que desestresarme.

—¿Y los niños y Alfonso? —Parecía estar bastante interesada en la logística que iba a utilizar para poder salir de marcha que en mi estado de salud.

—Van a pasar el fin de semana en casa de mi suegra en la sierra.

Así los niños disfrutan también de sus abuelos, que al final no los ven casi nunca.

—Tampoco le iba a dar más explicaciones ni de con quién quedaba ni dónde iba a ir.

Sofía siempre pasaba el fin de semana en la sierra con sus perros así que tampoco iba a dar pie a que supiese más de mi vida y sobre todo después de lo que me había hecho.

—Y tú ¿tienes algún plan? —Esta pregunta era bastante educada porque realmente me importaba una mierda lo que fuese a hacer con su vida a partir de ahora.

—No sé, había pensado ir a hacer trekking con unos amigos. Le he dicho a gente de la oficina que, si quieren venir, pero todo el mundo tiene cosas que hacer.

—Claro, normal, la gente tiene familia y esas cosas. —Me faltó decirle: “Y te está empezando a odiar”. Ahí me faltó valor, pero con el odio y el rencor no se va a ninguna parte.

—Bueno, te dejo, que tengo muchísimas cosas que hacer y voy a ver si termino esto de una vez.

—Si te puedo ayudar en algo, me dices sin problema. —Esta era la frase favorita de Sofía. Cómo quedar bien sin hacer nada.

—Gracias, Sofía.

Di la vuelta con mi cuadrado de chocolate y mi café y me senté en mi sitio.

Quería disfrutar de mi pequeño placer en solitario.

Saborear el delicioso cacao mezclado con la nata y el bizcocho blandito que me llevaría a un estado de alucinación total para poder soportar el día que me esperaba.

Grandes escritores de la historia recurrían a la absenta para realizar sus magistrales composiciones.

A mí me bastaba con unos bollitos de chocolate para llegar al mismo estado de enajenación mental.

Me senté y Clara se acercó a mi mesa.

—¿Qué te ha dicho? Venía de buenas, ¿no? A mí me ha invitado a que vaya a hacer caminatas con ella. Que poca vergüenza. Sabe que le voy a decir que no porque tengo a mi madre. Vamos, que si no la tuviera tampoco iría. Ahora va de colega y eso lo odio.

Estaba claro que no iba a poder disfrutar de mi dulce placer a solas.

Según me estaba metiendo el segundo trozo en la boca entró Asier y se dirigió directamente a mi mesa.

—Buenos días, Zoe.

—Buenos días, Asier —le contesté con la boca llena.

—Quiero que termines hoy todo. Me da igual lo que te tengas que quedar, pero el lunes por la mañana quiero el dosier completo en mi mesa.

Y, por cierto —se acercó a mi cara y pasó su dedo pulgar por la comisura de mis labios—, tienes chocolate en los labios.

—Se dio la vuelta dirigiéndose a su despacho.

Noté como se me estaban empezando a subir los colores y a ponerme roja como un tomate. Clara empezó a reírse tímidamente.

—Je, je, Zoe, muerte por chocolate. Vamos, que un postre así te venía al pelo.

Nos miramos y empezamos a reír a carcajada limpia. Teníamos que soltar adrenalina y eso nos vino muy bien para afrontar el resto del día.

Sobre la una de la tarde llamó Alfonso. Quería saber si iba a pasar por casa al mediodía o no para bajarse al bar y comerse un pincho de tortilla antes de ir a recoger a los niños para llevarlos a la sierra con sus padres.

Su plan era dejarlos allí y bajar de nuevo a Madrid para pasar el resto del fin de semana con sus amigos jugando al paddle y viendo el fútbol.

Me parecía una buena opción porque, por un lado, yo podría disfrutar el viernes con Sandy y el sábado y domingo podría dedicarme a cerrar todos los flecos del informe que me había dejado sin hacer.

Alrededor de las tres de la tarde tenía casi todo terminado así que decidí bajar al Calypso a tomar un pincho de tortilla y una cerveza.

Ya no quedaba casi nadie en la oficina. Sofía solía ser la última en salir, pero hoy parecía que se quería dar prisa y terminar cuanto antes para irse a su trekking.

De Asier ya no había rastro en la oficina. Seguramente se habría ido de fin de semana con alguno de sus ligues. Si rechazó el plan de Sofia era porque tenía otro mejor o porque simplemente ella no era su tipo.

El pincho me sentó fenomenal. En el Calypso hacían las tortillas como nadie.

Poco hechas y la patata en su punto. Me di el homenaje de saborear lentamente mi suculento manjar porque en cuanto subiese a la oficina iba a recoger mis cosas y a prepararme para ir a Medium.

Estaba nerviosa por lo que pudiesen decirme al echarme las cartas.

Subí tranquilamente y me senté en mi sitio. Encendí el ordenador y vi un correo de Sofía. Ella ya no estaba en la oficina y sospeché que me había dejado un marrón que impediría que fuese a mi cita con Sandy esta noche.

Asunto: URGENTE. Zoe, perdona que no me he acordado de decírtelo antes, pero esto también formaba parte de tus funciones. Imagino que tú, que siempre estás en todo, ya lo habrás hecho, pero por si acaso te dejo un dossier con lo que tenías asignado también.

—¡Será hija de p…! Ojalá no puedas disfrutar de tu asqueroso fin de semana. Me sentía fatal, con una impotencia y una rabia que hubiese aniquilado a quien se me pusiera por delante en ese momento. Abrí el dosier y me había encasquetado parte de su trabajo haciéndome creer que formaba parte del mío.

Apreté los dientes mordiéndome los labios para no proferir un grito. Aunque si lo hubiese dado daba igual porque ya no había nadie más en la sala.

Agarré el teléfono y marqué el número de Sandy.

Saltó el contestador automático: ‘Oye Sandy, que la capulla de mi jefa me ha dado más trabajo y lo tengo que terminar esta tarde. ¿Podríamos retrasar un poco la cita para ir al pub?, no te importa, ¿verdad? En vez de a las nueve ¿podemos quedar a las once? Ya me dices porque me apetece mucho ir’.

No sabía por dónde empezar. A ver, Zoe, céntrate: entrégate a las plataformas de televisión, que al fin y al cabo ya has hecho muchos trabajos de esos.

Sofía había vuelto a hacer de las suyas, y no era una cuestión de irse de viaje o no, era algo personal. Estaba segurísima de que tenía que ver con Asier y lo pagaba conmigo.

Pero esta mujer no me conocía, cuanto más quisiera hacerme daño, más fuerte me iba a hacer yo. Tenía que ser como el ave fénix que resurge de sus cenizas en busca de venganza.

Aunque me diese toda la prisa del mundo no iba a darme tiempo a terminar el trabajo y tendría que ir el fin de semana a la oficina. Todavía eran las ocho de la tarde y no había llegado ni a la cuarta parte de todo el trabajo que me había encomendado la Ratita, como diría Clara.

Me levanté a por una botella de agua y oí como la puerta exterior se abría.

—¿Quién demonios será ahora? —No me apetecía encontrarme con nadie en ese momento.

Lo primero que aprecié fue un olor a perfume que era familiar. Un olor cálido y dulce que hacía sentir a todo el que lo olía trasladarse al paraíso. Era el aroma de Asier.

—Zoe, ¿qué haces aquí a estas horas? Tenías que haber salido hace tiempo.

—No he terminado aún mi trabajo. —Obvié decirle que también me había adueñado de las labores de mi jefa sin quererlo.

—Y ¿tú? ¿No te ibas a ir también el fin de semana? —le solté con un tono que ponía de manifiesto lo mal que me sentaba que ellos se fuesen y yo tuviese que sacar el trabajo.

—Desgraciadamente, no. Tengo que terminar unas cosas para el lunes y no sé si me dará tiempo. He venido a por unos documentos y termino el trabajo en casa.

«Pues nada, ya somos dos los pringados», pensé. Con la impulsividad que me caracteriza estuve a punto de decírselo, pero era mi jefe y ya bastantes cosas nos habíamos reprochado como para avivar más la guerra.

—¿Te apetece una cerveza? —dijo cambiando de tema—. Como amigos y en son de paz.

—Bueno, pero tiene que ser rápida que he quedado con una amiga y no quiero hacerla esperar. Voy a dejar todos estos bártulos aquí y ya los recogeré mañana.

Bajamos en ascensor. Cada uno nos situamos en un extremo del mismo, como si intentásemos evitar que nuestros cuerpos se rozasen lo más mínimo. Yo no levanté la mirada en ningún momento. Me sentía observada y era una sensación que me daba mucha vergüenza.

Cuando se abrieron las puertas del ascensor salí como una bala y me coloqué a un lado de la puerta.

—Venga, vamos, no te quedes ahí. —Se notaba que estaba relajado y eso me gustó.

Iba vestido con unos jeans ajustados y un polo que definía sus brazos musculosos. Se había recortado un poco la barba y esas canas le hacían aún más interesante. Estaba guapísimo, pero no podía perder el tiempo en mirarle porque el querer a ese hombre me iba a hacer infeliz.

Nos sentamos en la barra. Iba a ser algo rápido como dos compañeros de trabajo y no nos íbamos a contar nuestras vidas. Era lo mejor.

—Dos cervezas, por favor —pidió Asier.

—Yo mejor un vino. Que luego he quedado y la cerveza me sienta mal.

—Bueno, Zoe, no he tenido la oportunidad de hablar contigo después del otro día. ¿Cómo lo llevas?

—Te agradecería Asier que no me sacases ese tema porque estoy bastante dolida. Esta noche solo voy a beber y a olvidar que es lo que me interesa. Tengo una vida de mierda y vosotros habéis hecho que sea todavía peor, así que te agradecería que zanjásemos aquí el tema.

—Lo siento, no creía que te hubiese afectado tanto. —Asier se había quedado un poco perplejo con mi respuesta. No pensaba que iba a reaccionar así.

—Otro vino, por favor, y ponme unas patatas o algo que hasta que cene esto se me va a subir demasiado rápido.

—Lo siento. Sofía me dijo que tú no estabas bien y que tenías muchos frentes que arreglar. Por eso pensamos que fuese ella quien dirigiese el trabajo.

—¿Y os creéis con derecho a manejar la vida de la gente como si fueseis pequeños dioses? ¿Qué sabes tú de lo que es mejor para mí o no? ¿Acaso te has molestado en venir a mi mesa alguna vez para preguntarme qué tal estoy? No, ¿verdad? Pues antes de tomar decisiones desacertadas pregunta.

—Creo que no ha sido buena idea bajar a tomar algo juntos. — Asier no sabía dónde meterse.

—Ponme otro vino, por favor. —El camarero del Calypso se estaba quedando anonadado. Había pedido tres vinos en menos de diez minutos—. Siento que tengas que pagar tú mi mal humor, pero estoy frustrada y asqueada de todo esto.

Asier agachó la cabeza mientras yo me bebía de un trago la última copa de vino. Cerré los ojos y respiré profundamente. No podía aguantar y de mis ojos empezaron a brotar unas lágrimas de impotencia ante la injusticia que habían cometido.

Asier se acercó a mí y me abrazó. Volví a sentir su corazón latiendo con fuerza.

Le rodeé con mis brazos suavemente colocando mi mejilla junto a la suya y Asier empezó a besar mi cuello dulcemente.

Sentir sus labios rozando mi piel me hizo llegar al cielo.

Por un momento me olvidé de todo y de todos.

Coloqué mi oído junto a su corazón y escuché como un torrente de emociones latían en su pecho.

—Princesa, has quedado, vas a llegar tarde —me susurró al oído. En ese momento habría desaparecido del mundo con él.