Atrapados en la nube CAPÍTULO 12
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CAPÍTULO 12

Después de la conversación con Marc me sentía mucho mejor. Las palabras que había mantenido con él me habían hecho pensar que el amor mueve montañas y que tenía que limar asperezas con Asier porque me iba a ir mucho mejor.

Me levanté y fui hacia la mesa de Sofía. Estaba cabizbaja y se notaba que la noticia del proyecto le había sentado a cuerno quemado.

—Sofía, lo siento, de verdad. Yo sé que has trabajado mucho en esto y no imaginaba que al final pudiese gustar una idea descabellada como la mía.

—Pues ya ves, chica, tú has sido tú la elegida. —Entendía que le hubiese sentado mal, pero yo tampoco tenía la culpa. Nunca habían elegido un proyecto mío y para una vez que lo hacían estaba haciendo que me sintiese como la peor persona del mundo.

—Si quieres hablamos con Asier y coges tú las riendas. A mí esto me viene un poco grande y necesitaré vuestra ayuda.

—Ya he hablado con él y me ha dicho que quiere que seas tú. No sé por qué, le has caído en gracia.

Ese comentario no venía a cuento y me sentó bastante mal. Se notaba que Sofía estaba resentida.

—No quiero que se rompa nuestra amistad por esto de verdad, para mí lo primero es que nos llevemos bien y no quiero tener ningún mal rollo por esto.

Sofía se levantó y sin mirarme a los ojos, me dijo:

—Zoe, aprovecha este regalo que te ha brindado la vida porque Asier estará con la espada de Damocles sobre ti para destruirte en cualquier momento.

No sé lo que habrá pasado entre vosotros, pero tu elección no ha sido por tu propuesta, que te quede claro.

Eso no va a salir adelante ni en sueños.

Y ten cuidado porque este se acuesta con toda la que pilla, le da igual una que otra.

Sus palabras me dejaron petrificada. No esperaba ni mucho menos esa respuesta por su parte.

Sofía nunca había mostrado ese lado desafiante conmigo.

Por lo menos hasta ahora. Quizás es que nunca se había visto amenazada.

Siempre había llevado las riendas de su trabajo y el de los demás y en las reuniones ya se encargaba de quedar por encima de todos sutilmente.

Pero este golpe bajo me había dolido de veras.

Si hubiese tenido el afán de estar junto a Asier lo entendería.

En ese momento comprendí la reacción de Sofía.

Estaba enamorada. Solamente una mujer que se ha enamorado locamente muestra esa frustración cuando se da cuenta de que hay otra persona en ese juego de seducción.

¿En serio Sofía se podía plantear eso? ¿Quizás había visto algo entre Asier y yo que le hiciese percibir que podía haber algo más entre nosotros?

Alguna mirada furtiva, algún gesto o simplemente la química que surge entre dos polos opuestos.

Y la respuesta a todo esto la tuvo cuando Asier se fijó en mi proyecto y no en el suyo.

Regresé a mi sitio. No me apetecía acercarme al despacho de Asier en ese momento, pero tenía que ir: primero a pedir disculpas por mi actitud y, segundo, a que me diera indicaciones de cómo quería que empezáramos a llevar este proyecto.

En el correo de empresa me saltó un mensaje de Clara:

—Zoe, ¿qué te ha pasado con la Ratita? La he visto como nunca.

—Te he dicho que no la llames así, Clara.

—Lo siento, es que es superior a mis fuerzas. Tú la ves con buenos ojos, pero yo no me termino nunca de fiar de ella. Clara le había puesto ese mote porque decía que Sofía se parecía a la ratita presumida del cuento y se fijaba más en las apariencias y en aparentar.

—Tengo que ir a hablar con Asier. No veo el momento porque tendré que pedirle perdón y asumir todo lo que me diga sin rechistar. ¿Cuándo crees que debo ir? —Se lo estaba preguntando a la persona que iba a hacer todo lo posible por no reunirse con él a solas.

—Yo creo que cuanto antes mejor, pero mi opinión no es objetiva, Zoe, ya sabes cómo soy yo.

—Venga, voy y me lo quito de encima cuanto antes. ¿Quieres un café de avellana, Clara? Así ya voy dulcificada ja, ja, ja…

Cuando estaba sacando el café de la máquina llegó Asier.

—Perdona, Zoe, si no te importa quiero hablar contigo un momento en mi despacho.

—¡Genial!, ahora mismo voy. —Me lo había puesto en bandeja y ya no tendría que acercarme reptando como un gusano que implora clemencia.

—Clara, te dejo que tengo reunión.

«Ahora tengo que hacer como que no pasa nada. Voy a empezar de cero con este señor y juntos llegaremos a lo más alto. Tengo que ir con él de la mano así que estate calmadita Zoe, que te irá mejor».

—Hola de nuevo.

Llamé a la puerta del despacho y entré sin que Asier ni Sofía se percatasen de mi presencia. Sofía estaba hablando acaloradamente con él. Volví a salir porque me daba vergüenza interrumpir su conversación. ¿De qué estarían hablando? Apostaría mi cabeza a que estaban hablando de mí.

Cerré la puerta sin hacer ruido y cogí el móvil. Esto tengo que contárselo a Sandy ahora mismo:

—Las cosas se han puesto chunga entre mi jefa y yo. Ya te contaré. Mi jefe ha cogido mi proyecto. Estoy cagada. Si puedo luego te llamo. Bs.

Esperé unos cinco minutos y volví a llamar a la puerta. Cuando entré estaba Asier sentado frente a Sofía y cada uno absorbido por una montaña de papeles.

—Llegas cinco minutos tarde —dijo Asier muy serio.

—Lo siento. —Tampoco iba a decir que los había visto discutir y que había llegado puntual. No merecía la pena.

—Bueno —continúo hablando él con un tono firme y decidido—. Sofía y yo hemos llegado a un acuerdo. Como eres novata en esto vas a trabajar con ella mano a mano. Tus ideas son brillantes y las llevaremos a cabo, pero Sofía tiene la experiencia suficiente para que esto salga adelante.

En toda esta conversación no me dirigió en ningún momento la mirada.

Se le notaba dolido por algo y tendría que averiguar lo que era.

Que una persona cambie de opinión tan rápido es raro.

La conversación que había mantenido con Sofía habría sido el detonante para que ahora trabajásemos codo a codo juntas y no solo con él.

—Vale, por mí no hay problema. —A mí, sinceramente, me resultaba más cómodo trabajar con ella.

Siempre había estado a sus órdenes y no me había ido mal, aunque es cierto que había sido una “segundona”.

Alguna que otra vez se había apropiado de mis ideas haciéndolas suyas, pero a mí tampoco me importaba mucho ya que, el hecho de ser madre, me impedía implicarme en el trabajo al cien por cien y para hacer las cosas mal siempre he preferido quedarme en un segundo plano.

—Sofía, ¿me permites un momento hablar con Zoe? —No sabía muy bien a qué venía esto, me resultaba bastante extraño este giro tan rápido de todo.

—Sí, por supuesto, Asier. —Sofía había vuelto a recuperar la son-risa. Salió por la puerta con un gesto victorioso mientras que yo no entendía nada de lo que estaba pasando.

—Zoe. —Empezaba su discurso como jefe-amigo—.

Después de que dijeras que no querías formar parte de este proyecto le he estado dando vueltas a la cabeza y creo que es mejor que formes parte de él, pero en un segundo plano.

Sofía tomará las riendas en base a tus ideas como te acabo de comentar y tú aportarás toda esa parte creativa que es por la que he seleccionado tu idea.

—Vale, me parece muy bien. —Ahora venía la pregunta del millón—: ¿Y por qué este cambio tan radical? Te recuerdo que tú has dicho que yo iba a quedarme en este proyecto en una posición de la que ahora estoy desterrada. ¿Qué quieres humillarme más de lo que lo has hecho?

—No te confundas, Zoe, no es por eso, creo que la decisión que hemos tomado Sofía y yo va a ser la mejor para todos.

—Asier, creo que sé por dónde vais los dos. Solo quiero saber una cosa. ¿Hay algo entre Sofía y tú? Es lo único que daría explicación a toda esta situación surrealista.

—Es algo que a ti no te importa.

—Sé que no me importa, pero no me parece justo porque las ideas son mías y os las vais a apropiar los dos.

—¿En serio me ves capaz de eso? —Su voz se había vuelto mu-cho más grave en un momento. No le había visto nunca así.

—De eso y de mucho más. Sois como hienas.

—Ya no sabía si gritar o ponerme a llorar de impotencia—.

¡Quedaos con todo! A partir de ahora no me voy a implicar.

Solo recibiré vuestras órdenes y las ejecutaré como cualquier trabajador mediocre al que le cuesta cada día un triunfo levantarse para ir a calentar la silla.

—¿Sabes lo que te digo, Zoe? —Asier se acercó a mí y me susurró en el oído—: Cuando te pones así me encantas.

Me quedé paralizada. Este hombre hacía que estuviese como una montaña rusa.

—¿Qué quieres de mí, Asier? No entiendo nada.

—Quiero lo que no pude tener el día que estuvimos juntos. Quiero que seas mía.

En ese momento se oyeron los tacones de Sofía que avanzaban rápidamente hacia la sala. Asier se apartó de mí y cuando ella entró cada uno estábamos en una punta de la mesa.

—Zoe, ya te ha contado Asier ¿no? Creemos que no estás lo suficientemente preparada como para tomar las riendas, pero está genial que trabajemos las dos juntas, ya verás cómo va a ser un triunfo total.

Tus ideas son muy chulas, pero ya sabemos que tú con los niños, el trabajo, la casa y todo lo que eso conlleva no vas a poder dedicarle el tiempo que necesitamos y tenemos que estar un 24x7.

Si sale bien la campaña vamos a tener muchas más cuentas y clientes.

En ese momento no podía pensar nada más que en lo que Asier me acababa de decir, pero al fin y al cabo no se trataba más que de una atracción sexual entre un jefe y una empleada.

Con Marc, sin embargo, estaba sintiendo algo que escapaba a mi entendimiento y que nunca había sentido. ¿Sería ese el verdadero amor?