CAPÍTULO 10
—Zoe, venga, que es la hora. —Sofía estaba recogiendo varias carpetas de su mesa para entregarlas durante la reunión.
—Un momento, voy.
Fui al servicio a mirarme al espejo a ver si estaba presentable para ver a Asier. El caso es que estaba hecha un asco, pero bueno, me había visto desnuda y vomitando así que esta sería una de mis mejores versiones.
Entramos en la sala de reuniones las dos a la par.
Cada una con una batería de propuestas para ver si cuadraban con la idea que tenía él para llevar el proyecto.
No había podido repasar nada ya que había estado en sesión amorosa con Marc, pero algo se me ocurriría para salir del paso.
En los momentos difíciles era cuando crecía, así que solo tenía que pensar que el hombre que tenía enfrente era un frío témpano de hielo y que no se iba ni a inmutar.
Cuando le vi cerré los ojos y suspiré fuertemente. «Vamos, Zoe, no se puede apoderar de ti. Imagina que esto solo ha pasado en tus sueños y ha sido una pesadilla, no pienses en él como hombre, piensa en Asier como un insignificante punto en tu vida».
—Buenos días —Asier dirigió la mirada a Sofía—. Estás muy guapa.
Ella se sonrojó y le hizo un gesto cómplice.
A mí, ni me miró.
«¿Será capullo este hombre? ¿Qué se cree, que soy imbécil?
Seguro que lo hace para ponerme celosa. O tal vez se había arrepentido de haberme besado.
No creo que pueda seguir trabajando con él.
Me va a hacer la vida imposible. Cuando acabe la reunión le digo que me cambien de proyecto.
Por mi bien, y por el de la empresa, es mejor perderle de vista cuanto antes.
Pero tengo que tener una excusa muy buena y que no se note que la causa es el amor-odio que siento por esta persona.
Ahora tengo que ir a por todas. Zoe eres inteligente, Zoe tú vales mucho y lo vas a bordar.
Si no me lo creo yo, nadie va a confiar en mí».
Asier ya había cautivado a Sofía con ese piropo.
Sofía era una mujer con el pelo rubio liso y muy largo.
Pequeñita y delgada. Su rostro era anguloso y tenía una nariz prominente que estaba cubierta por unas gafas estilo cat eyes.
Siempre estaba fumando y estresada, aunque vivía sola y no tenía hijos.
—Zoe, empieza tú, por favor. Primero que conozcan tu línea de trabajo y después comentaré yo la contraria.
Esto era propio de Sofía. Primero azuzaba a otro para que hiciese de barrera y una vez que el ambiente se había relajado entraba en acción.
Casi siempre le salía bien esta jugada puesto que los clientes ya se habían metido de lleno en el proyecto y las exposiciones salían casi bordadas.
Eran los privilegios de ser jefa, que al final siempre quedaba por encima de todos.
—Perfecto. —Me puse en pie y me dirigí hacia el otro extremo de la habitación donde había una pizarra enorme.
Asier me seguía con la mirada atentamente.
Empezaba lo bueno y me lo tenía que creer—.
Al pensar en la línea que íbamos a seguir para esta campaña —entoné con un tono de voz que intentaba transmitir seguridad—.
Lo más fácil era coger a un grupo de influencers que vendiesen el producto con su imagen.
La idealización de que el comprador al adquirirlo va a convertirse por arte de magia en uno de ellos. Esto es pura psicología.
Al pensar en la campaña había dado un paso más a la hora de buscar un target de gente que fuese a comprar el producto y que, además, fuese fiel a él.
Partiendo de la base de que el producto funcionase mi apuesta era atacar directamente a un grupo de mujeres entre los 35—50 años.
Mujeres trabajadoras, con hijos, con un nivel cultural medio o medio alto, amargadas porque no encuentran momento para ellas y atrapadas en un mundo que no les pertenece.
¡Esas son las mujeres que necesitamos para nuestra campaña!
—Como tú —masculló en voz baja Asier.
En ese momento sentí un fuerte dolor en el pecho. No creía que caería tan bajo.
—Aquí tenéis todo el estudio pormenorizado. —Entregué a todos los asistentes una pequeña carpetilla con toda la documentación y un estudio del posible impacto que tendría el comercializar esos productos a nivel de beneficio empresarial.
Pasé por el lado de Asier para entregarle el dosier y me acerqué suavemente a su oreja.
—Eres un hijo de perra.
Él ni se inmutó y agarró la carpeta de un tirón.
—Sofía, es tu turno. —Ahora le tocaba el turno a la jefa que seguramente saldría mejor parada que yo.
Se levantó de la silla con risa nerviosa y mirando como una niña pequeña y traviesa al ser supremo. Lo que estaba claro es que ella iba a hacer todo lo que Asier dijese.
Sofía empezó a desgranar su proyecto. Una idea que le había llevado mucho tiempo materializar y muchos quebraderos de cabeza. Miré de reojo a Asier y parecía no mostrar ningún tipo de interés en lo que la pobre mujer estaba diciendo.
Yo tampoco es que estuviese haciendo mucho caso del discurso.
Había empezado a pensar en la conversación que había tenido con Marc.
Era tan real que parecía que la hubiésemos mantenido en persona.
Pero no, era fruto de la tecnología y eso se estaba materializando en unos sentimientos que no podía controlar.
No sé cómo explicarlo, pero el no tener a la persona frente a ti hace que la idealices y crees un personaje que seguramente luego no sea verdad.
Es lo malo de estas relaciones en redes sociales.
Te creas un personaje idealizado, normalmente muy alejado de la realidad y que posiblemente luego te salga rana.
Pero la vida está llena de sorpresas y, ¿por qué no intentarlo? ¿Y si luego la cosa sale bien?
Bajé de mi nube cuando vi a Asier que se levantaba y se dirigía hacia la puerta de salida.
—Creo que con esto ya es suficiente. Gracias, Sofía, por tu valiosa aportación.
—¡Un momento! —Me puse en pie antes de que saliese de la sala. Asier se dio la vuelta mirándome fijamente—. No quiero estar en este proyecto.