CAPÍTULO 8
—Si quieres vamos a otro sitio más tranquilo ¿te parece? —me preguntó Asier. El ruido del Calypso no permitía mantener ningún tipo de conversación así que la decisión era de lo más acertada.
—Donde me digas. —Ya estaba notando que el vino se me empezaba a subir a la cabeza, pero me había relajado tanto que realmente me daba igual lo que ese hombre pudiera pensar de mí.
Ahora me parecía mucho más atractivo que por la mañana y esa forma delicada y amable de dirigirse a mí me hacía ver que no era un simple jefe sin compasión ni sentimientos hacia sus empleados.
—Vamos a un pequeño restaurante italiano que está cerca de aquí y ahí estaremos más tranquilos.
—Espera —me había olvidado que tenía familia—, tengo que hacer una llamada a casa a ver si todo va bien.
—Por supuesto, no te preocupes. Haz lo que consideres. Marqué el teléfono de mi marido. Daba tono, pero no lo cogía.
Llamé al fijo de casa y más de lo mismo. Volví de nuevo a marcar al móvil y esta vez descolgó el teléfono de muy malas maneras.
—Ya sé que estás viendo el fútbol y a mí qué.
¡Te llamo para avisarte que tengo que quedarme más y encima te pones así!
Déjalo, no quiero discutir. —Colgué el teléfono y pensé en lo idiota que había sido en avisar a una persona cuyo único interés era su trabajo y que su equipo de fútbol ganase la liga.
—¿Todo bien?
—Sí, todo bien.
Nos dirigimos al restaurante que había propuesto Asier. Era un local muy pequeño, apenas con cuatro o cinco mesas para dos personas y una luz tenue que le daba ese toque nostálgico lleno de romanticismo.
—Buenas noches, Nicoletta, ¿tienes alguna mesa libre para nosotros?
—Para ti siempre hay, no lo dudes, mi dolce amore.
—La mujer que nos recibió distaba bastante de la Donna Angelicata renacentista.
Era una mujer corpulenta, de unos sesenta años y llevaba un mandil a cuadros rojos y blandos y un gorro a juego.
La familiaridad con la que la dueña se dirigió a Asier me confirmó que era un asiduo de ese lugar, quizás era donde llevaba a sus citas para comenzar a conquistarlas.
—Este sitio me encanta. —Se veía que Asier era feliz en ese pequeño lugar—. Aquí suelo encontrar la paz que me quita el día a día.
—Es muy bonito. —Parecía una palurda que llegaba por primera vez a la gran ciudad.
—Bueno, pues si no dices lo contrario voy a pedir yo. ¿Tienes mucha hambre?
Moví la cabeza de derecha a izquierda sin mediar palabra. Tenía el estómago cerrado. Todo lo que estaba viviendo con ese hombre en ese momento era mágico e irreal y me sentía como viviendo un sueño, una de esas escenas que solo tienen lugar en las películas.
—Nicoletta, una botella de vino del que tú ya sabes, risotto especial y unos ñoquis con salsa de trufa negra de esos que te salen tan bien.
Mientras rellenaba mi tercera copa de vino, Asier empezó a hablar de trabajo. Yo veía cómo gesticulaba y me hacía señas con las manos como si estuviera dibujando unos gráficos, pero solo me fijaba en lo atractivo que estaba con esa barba.
—Este vino está buenísimo, ¿de dónde es? —Es lo único que me atreví a decir.
—Es de la zona de Sicilia, unos viñedos cuidados con mucho cariño y paciencia. Pertenecen a la familia de Nicoletta. Bueno, Zoe, entonces ¿te parece bien que enfoquemos la campaña de esta forma?
—Por supuesto, me parece que has tenido una idea genial. —No sé si mi cara lo decía todo pero mi mente en ese momento era como un libro abierto. No tenía ni idea de lo que había dicho mi jefe y le estaba dando la razón por completo.
—Ahora quiero que me hables de ti, Zoe. ¿Cómo eres? ¿Qué es lo que pasa por tu mente cuando te veo en la oficina con la mirada perdida frente al ordenador?
—Ahh, ¿pero es que me miras? —Espero que no hubiese visto el calentón de la tarde—. Tampoco iba a decirle que estaba empezando a tener una relación virtual con un hombre y que tenía la mirada perdida por esa razón.
—Date cuenta de que soy tu jefe y un buen jefe debe observar a todos sus trabajadores.
—¿Y qué tipo de relación tendrías con ellos? —No sé en qué momento dije eso, pero vi como su mirada cambiaba por completo—. Perdona, no debía haber dicho eso, no era mi intención.
«Zoe, eres imbécil. Tienes a un hombre delante que te ha invitado a cenar, se preocupa por ti, quiere que saquéis un buen trabajo juntos y le insinúas si tiene relaciones sentimentales con sus trabajadores. Otra vez la has cagado».
—Me he sentido mal al decirte esto. —Llevaba ya cuatro copas de vino no estaba acostumbrada a beber tanto—. Lo siento.
—Si quieres, nos vamos.
—No, por favor, te lo pido, no me hagas sentir peor de lo que ya estoy. Han sido unas palabras desafortunadas que tampoco pensaba.
—Nicoletta, la cuenta por favor.
Salimos del pequeño restaurante y me daba vueltas todo. Ya no recordaba ni dónde estábamos.
—Perdona, pero no me encuentro muy bien. Creo que voy a vomitar.
Fui hacia el hueco que había entre dos coches y ahí dejé una parte de la cena y todos los vinos que había tomado. La otra parte cayó en los pantalones de Asier, que sujetaba mi cintura para evitar que me desplomase encima del coche.
—Menuda cagada. —Fue lo único que pude decir ante ese desastre.
—Creo que así no puedes aparecer por casa. Vamos un momento a mi apartamento, te duchas y te vas.
Cogimos un taxi que nos llevó hasta una de las zonas más ricas de la capital, donde Asier tenía un apartamento en propiedad. Se notaba que venía de familia pudiente pero también se había currado la posición en la que estaba a base de trabajo e implicación en los negocios.
Cuando llegamos al apartamento casi no me podía tener en pie. Me temblaban las piernas y tenía un dolor de cabeza de tres pares de narices. Me apoyé en el hombro de Asier para entrar y él pasó mi brazo por detrás de su espalda para que fuese más cómoda.
—¿Puedo ducharme ya? —Lo único que quería era salir cuanto antes de ahí y olvidarme de esa noche.
—¿Puedes o te ayudo? —Me miró con una sonrisa traviesa.
—No, creo que puedo sola, gracias.
Me metí en la ducha y abrí el grifo del agua fría. Necesitaba despejarme por completo y salir del apartamento de Asier cuanto antes. Las gotas caían sobre mi cabeza y retumbaban como altavoces que taladran el cerebro.
Después de cinco minutos salí y vi que no había ninguna toalla fuera.
—¡Mierda! Y ahora ¿qué hago?, ¿le llamo o espero a ver si me seco sola? Uff me estoy poniendo de los nervios. Asier… —Mi voz salía débilmente desde mis entrañas—: Asierrr…
Unos pasos se acercaron hacia la puerta y abrieron suavemente el picaporte. Con toda normalidad metió la cabeza y me vio completamente desnuda. Intenté taparme como pude con las manos, pero ya era tarde. Mi jefe me había visto como Dios me trajo al mundo.
—Buen cuerpo —dijo en voz baja sonriendo—. Necesitas una toalla imagino ¿no? Coge mi albornoz que está en el cajón de abajo, te servirá igual.
No sabía si reír o llorar, casi que me daban ganas más de lo segundo. Tenía la ropa con olor a vómito, había dejado toda la papilla en los pantalones de mi jefe, estaba en su casa hecha una mierda y para colmo me había visto en pelotas. ¿Qué más podía pedir?
Salí del baño y me puse a recoger la ducha.
—No te preocupes, déjalo así. Mañana viene la mujer de la limpieza.
Se había puesto cómodo y llevaba solamente un bóxer que estilizaba aún más su cuerpo de gimnasio.
Su torso estaba trabajado por las pesas y se notaba que era un hombre que le gustaba gustar.
Sus brazos eran fuertes y bien definidos y en la parte derecha de la espalda lucía un tatuaje con un mensaje en un idioma extraño.
Me senté en el sofá y me llevé las manos a la cabeza. Esto no podía estar sucediendo. Asier se acercó y se sentó a mi lado.
—No te preocupes, Zoe, no voy a tomar represalias contigo por esto. —Se le veía tranquilo y relajado.
Bajé la cabeza. No quería ponerme a llorar como una niña desconsolada pero no podía controlarlo.
Las lágrimas empezaron a caer sobre mis mejillas sin parar y le abracé fuertemente.
Noté como su corazón y el mío, empezaban a latir con fuerza a la vez.
Se acercó y rozó sus labios con los míos provocando un escalofrío que recorrió todo mi cuerpo en un segundo.
Era la segunda vez en mi vida que sentía algo especial por un hombre.
La primera había sido con Marc y desde la distancia.
La segunda, con Asier, pudiendo percibir ese halo de pasión madura en dos cuerpos deseosos de ser amados.