Atrapados en la nube CAPÍTULO 7
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CAPÍTULO 7

Una hora de concentración mía valía por toda una jornada de trabajo de cualquier compañero que estuviera zanganeando a lo largo de las interminables nueve horas laborales que teníamos que cubrir diariamente.

Cuando me ponía en serio me cundía muchísimo, pero todo lo que estaba empezando a pasar a mi alrededor me impedía pensar con claridad. Estaba terminando ya la primera parte del proyecto cuando saltó una notificación en mi aplicación de mensajes del teléfono móvil.

—Hola ¿cómo estás? —Marc había vuelto a aparecer de nuevo.

—Bien, estoy en el trabajo. —El corazón se me había puesto a mil por hora.

—Estaba pensando en ti. —Esas eran las palabras más bonitas que me podía decir una persona en esos momentos.

—¿Y qué piensas? —Me parecía mentira que estuviese sucediendo esto. Parecía más propio de una película al estilo de Tienes un e-mail que de mi vida.

—Que estoy contigo en una habitación, Kissing, nuestros cuerpos están llenos de fuego y deseo.

Esto se estaba empezando a calentar más de la cuenta y encima en otro idioma.

Yo por mi parte era una persona de lo más pudorosa al mostrar mis sentimientos en público, y escribir mis sentimientos en ese momento era como si estuviese desnudando mi alma.

Pero él lo había hecho y había tomado la iniciativa así que yo no iba a ser menos y le seguiría el juego hasta el final.

—¿Sabes lo que me apetecería ahora mismo? Tocar tu piel y sentirte. Poder probarte para ver a que sabes. —Usé las mismas palabras que tantas veces había oído en las películas románticas.

—¿Cómo probarte?, no entiendo, escribió él. —Claro, se me había olvidado por completo que algunas cosas no las entendería.

—Pues sentir a qué sabes y ver si eres dulce como las frutas de verano o amargo y frío. Y saber si siento algo por ti porque nuestro encuentro fue muy breve y no me acuerdo bien del momento en el que te conocí.

—Yo si me acuerdo perfectamente de ti y ahora mismo pienso en lo que te podría hacer. —Este hombre parecía ser mucho más ardiente de lo que jamás habría podido imaginar.

En ese momento mi imaginación comenzó a desbordarse y por un momento perdí la noción de tiempo y espacio.

Solo quería estar con él y compartir ese momento.

Sentía como mis manos estaban sudando y mi cuerpo deseaba que no se acabase nunca.

Tras una pausa de unos minutos volvió a ponerse en línea y apareció un nuevo mensaje.

—Lo siento, me gustaría seguir hablando contigo, pero tengo una reunión en cinco minutos. Cuídate. Xxx

¿En serio? Este hombre me había dejado con el calentón en medio de la oficina y se había ido por la puerta de atrás.

Cuando empezábamos a intimar me deja así sin más.

¿Sabría en qué consiste el arte de la seducción?

Bueno, yo tampoco es que estuviese muy entrenada en esas historias porque en mi vida no se habían dado muchas oportunidades de hacerlo.

La teoría del caos se estaba apoderando de mí.

Ese proverbio chino que sentencia que ‘el aleteo de una mariposa en una parte del mundo puede provocar un huracán en la parte contraria’ parecía formar parte de las actuaciones que se estaban dando en mi vida ¿Por qué mi destino y el de un americano se cruzaron una noche y había surgido algo que totalmente era imposible?

¿Por qué un hombre que me ponía nerviosa hasta más no poder pero que me atraía poderosamente se había convertido en mi jefe?

Y sobre todo, ¿por qué todas estas cosas increíbles me estaban sucediendo a mí, una persona que había sido invisible a los ojos del mundo durante años?

Me levanté de mi sitio y fui a comprar una botella de agua helada. La conversación me había dejado sedienta. A pesar de ser un encuentro virtual parecía como si lo hubiese vivido en mi propia piel. Había sentido por un momento el cuerpo de Marc junto a mí, aunque no fuese real.

¿Sería verdad lo que acababa de vivir con ese hombre a través de la red o se trataría de algún delirio paranoide creado en mi cabeza debido al estrés que tenía los últimos días?

Fui al servicio con la botella de agua en la mano y la vertí sobre mi cabeza.

Cogí una pequeña toalla del tocador de mano e intenté secarme el pelo todo lo que pude rápidamente para no hacerme notar ante mis compañeros, que solían buscar el mínimo detalle en cada uno de nosotros para empezar a crear conjeturas, sobre todo en cuestiones amorosas.

Con el pelo alborotado salí del baño evitando buscar las miradas inquisitivas de ellos y me senté en mi sitio.

Tenía que terminar varios puntos del proyecto que me había enviado Sofía antes de irme, pero no podía dejar de pensar en otra cosa que en Marc y en cómo había llegado al delirio absoluto en apenas unos minutos con él en la nube.

Llegó la hora de la comida. Me acerqué a Clara, mi compañera de fatigas de la oficina y nos fuimos a por un sándwich a la máquina de vending.

Clara era la típica soltera por obligación que vivía con su madre, una mujer autoritaria que la tenía dominada desde que nació. No había tenido pareja en su vida, al menos que yo supiera, y no conocía nada más que las dos celdas que dominaban su vida: su casa y su trabajo.

Alguna vez he intentado quedar con ella a tomar algo fuera de las horas de trabajo, pero en cuanto se descuidaba más de 15 minutos recibía la llamada inquisitoria de su madre preguntando el porqué de su retraso.

Estábamos las dos absortas frente al esplendor de una máquina rellena de sándwiches variados y bolsas de todo tipo de snacks y frutos secos cuando pasó Asier por detrás de nosotras sin ningún tipo de intención de saludar.

Vi su figura a través del reflejo del cristal y ni siquiera se dignó a decir un simple hola.

Me chocaba esa actitud tan prepotente que tenía cuando estaba con la gente y su forma de ser en las distancias cortas.

Su sola presencia me produjo un escalofrío y mi corazón comenzó a latir aceleradamente.

Intenté desviar mis pensamientos cambiando de tema.

—¿De qué te lo vas a pedir? —Clara siempre se lo pedía de atún con mayonesa. —Yo me voy a coger el mixto, que no voy a ir oliendo a pescado cuando quede con el jefe.

—¿Otra vez quiere hablar contigo? —Clara estaba sorprendida—. ¿Qué te va a decir ahora este hombre?

—Pues no sé, chica, va a hacer la ronda para conocernos a todos así que no creo que te puedas librar de esta. Estaba preguntándome algo sobre cómo era yo y ha entrado Sofía, así que me ha dicho que me quede luego un rato y ya terminará de hacerme el interrogatorio más tarde.

—Yo creo que cuando me llame me voy a poner mala. —Clara era tan tímida que cualquier relación con una persona que no fuese de su círculo más íntimo le provocaba ansiedad. Pero no era una simple cuestión de nervios, era algo que no podía controlar y le hacía estar enferma varios días.

—Sofía ya sabe lo que hay —intenté tranquilizarla porque vi su cara desencajada—, así que a lo mejor le plantea tu situación y no tienes que enfrentarte a un cara a cara con él.

Intenté desviar el tema para que no se comiese la cabeza pensando en una situación de pánico frente a frente con Asier que, posiblemente, y si Sofía lo impedía, no sucedería.

—¿Qué le dijo a tu madre el médico? Al final se me olvidó preguntarte.

—Nada, que está como una rosa y que como siga así va a durar cien años. Yo en cambio estoy a base de Lexatín. Esta situación se me está yendo de las manos Zoe, estoy agotada y cada vez me exige más. No sé cuánto voy a aguantar sin darme la baja.

—Clara, ya sabes que puedes contar conmigo para lo que sea. Si necesitas un fin de semana de retiro o irte a un balneario me encargo yo de tu madre. El que te hayas convertido en su cuidadora no implica que te condenes de por vida. Y si tú estás mal, ¿quién va a cuidar de ti, ehh?

—Ya… eso es verdad. —La muchacha bajó la cabeza resignada y resopló como un alma atrapada en una jaula de cristal de la que no veía escapatoria.

Me producía una rabia irrefrenable ver cómo la gente se aprovechaba de esta pobre mujer.

En primer lugar, su madre, mujer dominadora y egoísta donde las haya, que solo pensaba en su beneficio personal y bienestar arrastrando una vida joven con ello.

También se aprovechaban de ella en el trabajo; su opinión no era valorada y siempre que había algún marrón de los gordos se lo en-cargaban a ella porque jefes y compañeros sabían muy bien que no iba a decir nada y lo iba a llevar a cabo de una forma impecable y con toda discreción.

Ese era otro punto urgente que trataría con el señorito Asier esa tarde cuando hablase con él, a ver si cuando le contase la situación de Clara cambiaba su opinión respecto a ella.

Eran más de las siete y media de la tarde cuando por fin conseguí acabar con todo el papeleo. Me había llevado más tiempo de lo que había creído en un principio y en la oficina solamente quedaba Sofía y otro compañero que tenía el turno de tarde.

Miré hacia el despacho de Asier y vi que la luz todavía estaba encendida.

Recogí mis bártulos para ir a casa porque, seguramente a esas horas, ya no me iba a decir nada de quedar. Era muy tarde y estaría cansado para darme una charleta sobre el trabajo.

Despedí a Sofía con un simple hasta mañana y me acerqué al despacho de Asier para hacer lo mismo. Llamé a la puerta y asomé un poco la cabeza para ver si estaba dentro.

—Hola, ehhh, perdona las molestias. Nada, que pasaba a despedirme. —Notaba como mi voz estaba temblorosa y las palabras no querían salir de mi boca. Me había quedado bloqueada de nuevo.

—Dame cinco minutos y bajamos un momento para terminar con la conversación de esta mañana, por favor —dijo sin alzar la mirada.

«Mierda, pensé. Este hombre no se ha olvidado y quiere guerra.

Seguro que lo primero que me dice es por qué le he dicho que era un borde.

El ego masculino es así. Se habría visto mancillado en su honor y su planta de tío bueno, superamable e irresistible al género femenino pero tampoco le iba a decir algo que en ese momento no me salía para bailarle el agua».

—Vale. ¿Te espero en el Calypso? —En mi mente apareció el primer sitio para quedar, el bar de abajo.

—Perfecto. Ahora te veo.

Desde luego que no iba a quedarme como una tonta esperando en la puerta a este hombre porque podía tardar cinco minutos o dos horas en bajar, así que fui directamente al bar donde solíamos desayunar por las mañanas, el Calypso.

El Calypso no tenía nada especial. Un típico bar de barrio con sillas de escay, una barra de madera maciza adornada con un grifo de sifón de los años cincuenta y decorado con cientos de calendarios de bolsillo reliquias del pasado.

Pero era el lugar donde ponían un café riquísimo que alegraba el día y su dueño era la persona más buena y generosa que puede haber en este mundo.

Entré y me senté al lado de la barra. Esperaría allí hasta que viniese Asier.

—Un vino blanco, por favor.

—Zoe, ¿qué haces tú a estas horas por aquí?, ¿y los niños? —me preguntó Carlos, el dueño del local, camarero, cocinero y a veces psicólogo.

—Nada, órdenes del jefe. A ver qué coño quiere. —Me sonrió y le devolví la sonrisa amablemente.

En ese momento Asier atravesó la entrada con su porte de galán de las películas americanas. Lo primero que pensé es si me habría escuchado, aunque la puerta estaba demasiado lejos y había mucho ruido dentro como para que se me oyese.

—Uyy, creía que ibas a tardar más —le dije cuando le vi entrar por la puerta del local.

—Hola, soy Asier. Vamos a empezar bien esto desde el principio. Y tú ¿cómo te llamas? —Se acercó a mí estrechando fuertemente su mano con la mía.

Me quedé a cuadros. Jamás pensé que esta reunión iba a empezar así. Estaba claro que nuestros primeros encuentros no habían sido precisamente amables, y quizás quería enterrar el hacha de guerra si íbamos a tener que trabajar juntos en los próximos meses.

—Soy Zoe. —No pude articular ninguna palabra más.

—Por favor, póngame uno como el de la señorita, gracias.

«¿Señorita? ¿Este señor no sabe que estoy casada y tengo dos hijos?

A ver, Zoe, tranquilízate y no te pongas a la defensiva desde el primer momento.

Si te ha llamado señorita es porque no te verá muy mayor o porque quiere ser amable o a lo mejor es que llama señoritas a todas las mujeres y es un galán de los de antes».

—Pues nada, dime lo que me tengas que decir. —Agarré la copa de vino y me la bebí de un trago.

—Zoe, vengo en son de paz. Solo quiero que te relajes conmigo. No voy a ser tu martirizador ni mucho menos, aunque lo pienses. Creo que eres una persona muy creativa y que puedes funcionar muy bien en el departamento. El problema es que nunca te han dado alas y no sé por qué no lo han hecho.

—Otro vino por favor. —Este hombre me estaba regalando el oído. Nadie me había dicho esas cosas nunca ni había brillado en ninguno de los lugares en los que había trabajado anteriormente.

—Mira Asier. —Bajé la mirada mientras le decía lo que pen-saba—.

Yo creo que te estás equivocando por completo.

Soy una más del montón. Hago mi trabajo y punto.

Es verdad que puedo tener mucha creatividad, pero esa la guardo para los trabajos manuales de mis hijos, que es donde se va a ver lo que yo valgo.

Agradezco un montón tus palabras, pero no soy ambiciosa y no sé si voy a cumplir con las expectativas que tienes puestas en mí.

Su mano se acercó suavemente a mi barbilla y la subió hasta que nuestras miradas se encontraron frente a frente.

—Confío en ti y sé que vas a darlo todo en este proyecto. Y eso es lo que te llevará a brillar con luz propia. Deja que te guíe en este camino, Zoe.

Mi móvil se iluminó. Era una notificación de Marc. Apagué el teléfono y volví a dar un trago a la copa de vino. Esa tarde iba a ser más larga de lo que yo había imaginado.