Atrapados en la nube CAPÍTULO 6
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CAPÍTULO 6

El fin de semana pasó volando y la jornada se presentaba bastante agitada.

Casi siempre que se aprobaban las cuentas de algún proyecto nuevo nos teníamos que quedar hasta las mil.

Alfonso solía recoger a los niños cuando yo me quedaba más tiempo fuera de mi jornada laboral, con los consiguientes reproches a que él tenía mucho trabajo y no podía permitirse ausentarse de sus quehaceres laborales cuando le diese la gana.

Sofía ya me había llamado la atención varias veces por salir a la hora en punto y no perder ni un minuto más de mi tiempo en la oficina, pero mis obligaciones como madre no me permitían dar a la empresa el tiempo que necesitaba para conciliar con mi familia.

El despertador no falló a su cita y sonó a las siete en punto.

Casi no había podido dormir. Estaba expectante por lo que diría Asier cuando hablase conmigo. El viernes, en caliente, pudo expresar su euforia, pero a lo mejor el fin de semana había tenido tiempo para meditar mi arriesgada propuesta y ya no le hacía tanta gracia.

Preparé café, y mientras disfrutaba del sabor intenso de ese pequeño tesoro para los sentidos volví a leer la conversación que había mantenido con Marc.

Fue muy corta, pero hubo una conexión especial con él.

No sabía cómo explicarlo, pero otra vez notaba el comienzo de una nueva ilusión y un extraño cosquilleo en el estómago cuando pensaba en él, que hacía años que no sentía.

Al leerlo de nuevo, mi corazón comenzó a palpitar con más fuerza y a acelerarse como si fuese una adolescente.

Ponía en duda si ese hombre había sentido solamente una atracción física por mí o si le había inspirado algún sentimiento más aparte del propio de un macho alfa nocturno.

Esto había hecho plantearme si esta historia surgida de la casualidad podría llegar a ser algo más que un simple juego de seducción entre dos personas hambrientas de pasión.

—En fin, ya es hora de empezar de nuevo con mi vida. A ver lo que me depara hoy el día. —Ese día me había despertado con un inusual buen humor—. ¡Chicos, venga, arriba!, por la noche no queréis dormir y mira lo que tenemos cada mañana.

—Mamá por favor, diez minutos más —gruñó Apolo.

—Ayer os lo advertí. Así que ahora no quiero que empecéis con que os deje más tiempo en la cama porque encima no quiero llegar tarde al trabajo. Hoy tengo una reunión con el superjefe.

—UUhhhh, el superjefe. —Apolo siempre tenía el don de pinchar para que le contestase algo, pero decidí callarme y no cabrearme ya a primera hora de la mañana.

—Venga, coged una magdalena y el zumo que hoy no me da tiempo a hacer tostadas.

Esta rutina diaria cada vez se me hacía más cuesta arriba. Tener planificados todos los días de la semana con lo mismo era agotador, un martillo golpeando contra un yunque los trescientos sesenta y cinco días del año.

—Que no se os olvide que hoy os quedáis más tiempo en el cole. Apagaré el teléfono, así que no me llaméis. Si hay algo urgente llamad a papá o al Espíritu Santo, o a quien os dé la gana.

Mientras los niños preparaban todos sus armatostes para el colegio fui al armario a vestirme. Normalmente solía ir en vaqueros y camiseta blanca o negra, a no ser que algún cliente tuviese que ir a vernos a la oficina.

Desde hace tiempo no me arreglaba para ir a trabajar. No me apetecía. Para quién me iba a ver… Pero al escoger la ropa pensé en Asier y me sentí especial. Ese hombre había hecho que pensase por un momento que podía gustar como mujer y no como si fuese una simple Thermomix o la Roomba humana.

Tenía que empezar a verme como mujer, no como hija, madre, esposa o trabajadora subordinada. Y al igual que Marc había visto en mí esa noche algo especial, otras personas podrían encontrar algo diferente que no hubiesen visto hasta el momento.

En el fondo de armario apareció un traje chaqueta que hace años que no me ponía porque no encontraba el momento para hacerlo.

Pantalón, top negro y una chaqueta color mostaza con la que no iba a pasar desapercibida.

Me maquillé sutilmente porque tampoco quería dar más importancia a Asier de la que merecía.

—Mamá, pero ¿dónde vas, al circo? —Los niños se empezaron a reír a carcajadas.

—Sí, voy con las focas que es donde tenía que estar hace mucho tiempo. —En vez de enfadarme como siempre, me dio por reír con ellos y soltar juntos toda la adrenalina que tenía retenida desde hacía tiempo.

Cuando los dejé en el colegio respiré tranquila.

Puse la música de la radio del coche a todo volumen y comencé a dar vueltas a la reunión.

Mientras esperaba que uno de los semáforos se pusiera en verde comenzó a sonar una canción de Harry Styles.

Mi cabeza frenó en seco las pesadillas que sobrevolaban sobre el trabajo y apareció en mi cabeza la imagen de Marc mientras escuchaba “han pasado un par de días y te echo de menos… ahora estás en mi vida y no puedo alejarte de mi mente”.

Ese hombre estaba haciendo dar vueltas a muchas cosas en mi pequeño universo, pero también tenía que pensar que yo en este momento tenía una vida acomodada, dos hijos y un trabajo que me permitía llegar a fin de mes sin pasar penurias. Pero, ¿realmente era eso lo quería?

Llegué media hora antes a la oficina y me fui al office en busca de un café.

No había llegado todavía nadie así que me puse a leer en el teléfono móvil las últimas noticias mientras disfrutaba de ese momento en soledad.

A los cinco minutos llegó Sofía con un maletín lleno de documentos y bastante estresada para no variar.

—Hola, Zoe, ¿qué tal el fin de semana?

—Como siempre, sin novedad. Fútbol, comidas y lavadoras.

—Asier me dijo que quería hoy tener una reunión contigo. Imagino que será para marcarte unas pautas a la hora de saber cómo vas a desarrollar la campaña.

—Pero, ¿vas a estar tú? —El hecho de enfrentarme directamente con él me producía terror, pero era hora de hacerme valer ante el jefe y ese era el día elegido.

—Tengo una call a la misma hora, así que tendrás que ir tú solita. Vamos, que tampoco creo que te proponga nada del otro mundo, pero dile a todo que sí y listo. Ahora le tienes que hacer la pelota, Zoe, si no, no vas a durar ni dos días.

—Vale, no te preocupes, voy a ir en son de paz. —Ya había quedado escarmentada de mi enfrentamiento pasado con Asier así que no iba a poner en juego mi puesto de trabajo.

—Espero no cagala mucho. Con este hombre hay que ir con pies de plomo, o le entras por el ojo derecho, o es capaz de aniquilarte como un escorpión en tan solo unos segundos.

Zoe, tú vales mucho y no se te ha reconocido nunca, es hora de que te muestres cómo eres y no como lo que ven los demás de ti—.

Yo sola iba repitiendo en mi cabeza esta especie de mantra para armarme de valor.

A las diez en punto entré en la sala de reuniones. No había llegado nadie todavía. Posiblemente, Asier aparecería con algún escudero que le protegería en caso de que la cosa se pusiera fea y tuviese que pararme los pies.

Mientras sacaba las carpetas con cada uno de los proyectos que teníamos apareció por la puerta.

Madre mía, estaba guapísimo. No le había visto nunca igual.

Casi siempre iba con traje chaqueta y hoy se había puesto un polo azul con unos vaqueros que le favorecían mucho, más que su atuendo habitual de jefe.

Se había dejado barba de tres o cuatro días que le hacía mucho más atractivo y seductor.

Bajé la cabeza porque no podía mirarle a la cara. Me había puesto roja como un tomate.

—Perdón, voy un momento al servicio. —Tenía que apartarme unos minutos de ese monumento para que mi cuerpo pudiese bajar la temperatura.

—Sin problema, voy preparando el proyector con diapositivas. —Parecía que solamente yo me había percatado de mi estado.

Regresé a los cinco minutos mucho más calmada. Me había echado agua en el cuello y parecía que la sangre había dejado de hervir.

—Perdón, voy a sacar los documentos.

—No me hace falta. Es una reunión informal. Voy a tener una charla con cada uno de vosotros para conoceros un poco más.

—Ahh, muy bien, ¿en serio? —No podía dar crédito a lo que me estaba diciendo—. Una pregunta sin importancia: ¿no podías haberme dicho esto mismo el viernes? Te lo habría agradecido enormemente. —Estas palabras me salieron del alma.

—Me gusta mantener a la gente activa y curiosa.

—Pues creo que esta no es la mejor forma. —Decidí que ya no iba a decir nada más porque me iba a calentar y por mi boca podrían salir palabras de las que luego me arrepentiría con toda seguridad.

—Bueno, bueno, Zoe. Tengo aquí un pequeño informe tuyo: amable, dispuesta a ayudar en todo, muy creativa, un poco caótica a la hora de trasladar tus ideas al papel y a veces impuntual, bueno, más veces que menos…

ja, ja, ja. —Si tuviese hijos no se habría atrevido a decir eso—. ¿Algo más que añadir?

—Sí. Alocada, pasional y emocionalmente inestable en estos momentos.

—Te agradezco tu sinceridad, Zoe, pero estas cualidades no tienen que ver con el trabajo. —Este hombre tenía respuesta para todo, pero no me iba a dejar achantar por él.

—Sí, pero ayuda, aunque no lo creas.

—¿Qué necesitarías de nosotros para que este proyecto resulte exitoso?

—Que no fueses tan borde. —“Ante todo sinceridad”, como decía mi padre—. Creo que la mejor forma de llevarnos bien es que seamos sinceros desde el principio y no creo que la actitud que hemos tenido estos días haya sido la mejor para que esto vaya bien.

En ese momento entró Sofía en la sala.

—Perdonad que interrumpa. Asier, tienes una llamada de Londres. Están interesados en el proyecto a nivel internacional y quieren hablar cuanto antes contigo. ¿Podrías ahora?

—Sí, dame un minuto y voy. —Su gesto era serio.

No sé si por lo que le había dicho yo, por la interrupción de Sofía o por la importancia de la llamada—.

Zoe, me gustaría hablar contigo en otro ambiente que no sea el de la oficina.

Esta tarde cuando terminemos ¿podrías quedarte media hora más y hablamos sobre todo lo que me has dicho antes?

—Perfecto, cuando quieras.

Supuse que debido a la interrupción anterior se habían quedado cosas en el tintero que no me había explicado, como hablar de cuál sería mi papel en el nuevo proyecto.

En casa no me esperaban pronto así que podría quedarme media hora más a debatir con mi jefe todas estas cuestiones.

Total, ya me había sincerado con él y prefería aclarar las cosas desde el principio.

Lo que estaba claro es que este hombre sacaba lo peor de mí, pero el deseo que sentía por él era algo que no se me podía quitar de la cabeza.

Cuando regresé a mi sitio, Sofía se acercó deprisa, ávida de información.

—Zoe, ¿ha ido todo bien? ¿Te ha dicho algo?

—Nada que no sepas. Quería saber un poco cómo somos y cómo afrontamos este nuevo proyecto. Me ha dicho unas cuantas cosas de mi personalidad y ya nos has interrumpido, así que poco hemos podido hablar.

—Pero bien, ¿no? —Una de las cosas que más odiaba de Sofía era la inseguridad que tenía, y que inconscientemente transmitía a los demás.

—Sí, ¿por qué iba a ir mal? —contesté subiendo el tono.

—No, nada, nada. No es nada personal, pero yo tampoco tengo calado a este hombre, bueno, trabajé hace mucho tiempo con él, pero la cosa no salió muy bien. No sé de qué palo va, así que, entre todos podemos averiguar si nos va a dar la puñalada por la espalda o no, y actuar antes de que lo haga.

Sus palabras no me parecieron nada fuera de lo corriente, aunque en unos días iban a cobrar sentido.

En las empresas son muy habituales los cambios entre los jefes y cada vez que viene uno nuevo suele traer a su equipo y se producen despidos, así que pensé que Sofía quizás pensase que su puesto podía peligrar. Nada más lejos de la verdad.

—Voy a ponerme con esto, que tengo muchísimo trabajo y no me va a dar tiempo a terminarlo. —No iba a entrar en su juego para criticar a Asier. Por lo menos por el momento.