CAPÍTULO 5
El fin de semana se presentaba totalmente “exótico” para mí.
Llevar a los niños al partido de fútbol de la liga del barrio, clases extraescolares de natación para que aprendiesen medianamente a defenderse en el agua, preparar la comida de toda la semana y limpiar la casa para salir del paso y que pareciese que no vivíamos como una tribu salvaje.
Con un poco de suerte tendría tiempo de ver alguna serie de esas que comentábamos luego en la oficina, eso si los niños no tenían deberes para el lunes que implicase estar pringada toda la tarde del domingo.
Esta era, básicamente, mi vida. De lunes a viernes trabajo y niños, sábado y domingo niños y trabajo en casa.
Poco más que decir. Hasta ahora creía que en esto consistía la verdadera felicidad, pero cada vez se me hacía más cuesta arriba.
Sobre todo, porque sentía que era un cero a la izquierda en todos los aspectos de mi existencia.
Mi marido también tenía planificados sus fines de semana: sábados por la mañana paddle con sus compañeros de trabajo y cañas mañaneras, y por las tardes fútbol en casa o en el bar con sus amigos. Un plan totalmente motivador para mí.
El sábado llegué tarde al partido de los niños porque el navegador del coche me llevó por un camino equivocado.
Los niños se quedaron sin jugar y yo me llevé doble disgusto de regalo: por un lado, los niños me echaron la culpa por haber llegado tarde y por otro, el entrenador me regañó delante de todos los padres increpando mi actitud de poca formalidad y falta de respeto cuando intenté justificar mi tardanza.
—Después del partido nos vamos a quedar a tomar algo, ¿te apuntas, Zoe? —me preguntó una de las madres de los compañeros de equipo de los niños.
—No, muchas gracias, hoy no tengo cuerpo para nada. —Mi respuesta había dejado claro que no quería saber nada ni de los padres ni del partido hasta que se me pasase el berrinche que tenía en el cuerpo en ese momento.
La costumbre de socializar con los padres del equipo en un bar después de cada partido se había convertido en un ritual.
Lo único que me unía a esas familias era el momento del fútbol.
No había nada más en común. Era un instante en el que me evadía de mi rutina diaria porque solo hablábamos de lo bien o lo mal que lo habían hecho los chicos en el partido.
Pero, sinceramente, después de una semana como la que llevaba, lo único que me apetecía era llegar a casa, dormir y olvidarme de todo.
—No, gracias, Alfonso me está esperando y hoy ya tenemos plan —me disculpé ante ella con una excusa que no me creía ni yo misma.
En realidad, nunca me esperaba. Los fines de semana sus cañitas después del paddle eran sagradas y regresaba justo a la hora en la que empezaban los partidos de fútbol en televisión.
Casi agradecía esta rutina que teníamos porque así no discutíamos.
En realidad, ya hacía tiempo que no me acaloraba con nada.
Me había cansado de estar mal por las mismas cosas: que si todo está desordenado, que los niños no hacen los deberes y están siempre jugando a la consola, que la comida está sin hacer, que yo tengo muchísimo trabajo.
¿Y yo? ¿Es que no trabajo? ¿No hago la comida todos los días? ¿Y los deberes y tareas de los niños? Por no hablar de las extraescolares que me impedían tener algo de tiempo durante toda la semana haciéndome sentir que me había abandonado completamente.
Llegamos a casa. Después de comer y recoger la cocina me senté en el sofá unos minutos a tomar relajadamente mi café.
Abrí la aplicación de mensajería y comencé a leer los mensajes que había tenido a lo largo del día.
Lo mismo de siempre: mensajes de grupos del cole, mensajes del equipo de fútbol, algún meme gracioso y poco más.
Necesitaba algún aliciente nuevo en mi vida.
Busqué entre el grupo de contactos un nombre: Marc. La foto del contacto mostraba un paisaje con un lago cubierto por una espesa niebla. Un remanso de paz en mi vida. Ver esa imagen me dio tranquilidad.
Zoe atrévete. No seas tonta. No vas a perder nada por escribirle.
Tienes que buscar cosas que te hagan feliz ¿no?
Quítate esa barrera que tienes y lánzate a lo desconocido porque un poco de locura es necesaria para conocer nuevos mundos, y quizás encontrar el amor.
No me lo pensé dos veces y tecleé un mensaje.
—Hola, ¿cómo estás? Te dejo mi número de teléfono por si necesitas algo cuando vuelvas ;).
En un par de minutos había obtenido respuesta.
—No esperaba que me fueses a escribir, leí en la pantalla.
—No te preocupes, respondí. ¿Dónde estás ahora?
—En Manhattan.
—¿Eres de allí? Me parecía un lugar de lo más cool para vivir.
—Sí. Tengo también mi empresa allí, aunque suelo viajar por todo el mundo. No estoy casi nunca en la ciudad.
Por un momento pensé que lo que estaba haciendo era un disparate, hablar con alguien al que apenas conocía. Una persona que había visto fugazmente una noche de borrachera y que se había cruzado en mi camino durante unos minutos, pero decidí seguir la conversación.
—¿A qué te dedicas? —Mi curiosidad por la persona que estaba escribiendo detrás de la pantalla iba en aumento.
—Negocios. Muevo el dinero de los demás en bolsa. Soy un poco espía… jaja.
—Ahhh, eso debe ser superinteresante —No sabía que decir, el mundo “Wall Street” era completamente ajeno a mi vida.
En realidad, la gente que trabaja en bolsa me parecía de lo más aburrida.
Siempre hablando de negocios y con un whisky en la mano.
A lo mejor es que había visto muchas películas americanas donde los negocios se hacían en los bares, pero vamos, esa profesión no me inspiraba ningún tipo de glamour ni de confianza.
—Y tú, ¿qué haces? —Parecía que él también se interesaba por mí y que nuestra conversación truncada el día que nos encontramos en el bar iba tomando forma.
—Pues trabajo en una agencia de comunicación. Escribí pensando en que por ahora no le iba a dar muchos detalles de mi vida. Llevamos publicidad para marcas del mercado. Un poco de Facebook, un poco de Instagram, anuncios en televisión y radio y esas cosillas. Vamos, tampoco es muy interesante.
—¿Estás….? —escribió de repente—. Ehh estás, como digo, single?
Su pregunta me había dejado totalmente descolocada.
Había llegado el primer dilema. Decirle la verdad o intentar crearme una vida ficticia.
Un mundo imaginario que quisiera vivir frente a la cruda realidad del día a día.
Una mujer casada, con dos hijos, un marido preocupado únicamente por su empresa y sus amigos, y un trabajo en una agencia de comunicación donde cada vez pintaba menos y me sentía más infravalorada.
En ese momento pensé por qué siempre tenía la manía de contar a todo el mundo mi vida sin apenas conocerlos.
—Prefiero no hablar de mi vida por ahora —contesté—, mejor guardar un poco el misterio ¿no crees?
—Of course. Yo puedo ofrecerte un trabajo, propuso Marc. ¿Qué te parecería venir conmigo? Te puedo mantener…
—Pero chico, ¿qué estás diciendo?, si no me conoces de nada.
—Me había parecido muy graciosa esa osadía tan grande sin apenas haber tenido una conversación interesante con él.
—Sí, en serio, respondió él.
—¿Ahh si? ¿Y qué tendría que hacer? Mi ego estaba empezando a subir por momentos.
—Mirarme y sounreir :)
—¿Solo eso? —Marc me había hecho sonreír y eso era mucho dado el día que llevaba—. Pues vaya chollo de trabajo, vamos, que si me mandas ahora mismo el contrato, lo firmo.
En ese momento escuché la cerradura de la puerta. Era Alfonso que llegaba. En breves momentos empezaría el primer partido de la jornada de fútbol.
—Necesito irme, hablamos en otro momento. Bs
—¿Qué tal todo? ¿Cómo ha ido el partido? Esta tarde me voy a quedar viendo el fútbol. —No esperaba que esa tarde hiciésemos algo especial—. ¿Habías pensado hacer algo tú? —La pregunta que me hacía era meramente formal porque ya daba por hecho lo que iba a suponer mi anodina tarde.
—Pues tengo una torre de ropa para planchar y cocinar la comida de la semana que viene. Por cierto, hay que pedir ampliación de horario para los niños que no me da casi tiempo a llegar a casa y si pillo atasco no llego ni de coña al trabajo.
A esto último ya no contestó. Se dirigió al frigorífico, cogió una lata de cerveza y unas aceitunas y se sentó cómodamente en el sofá. Ya tenía plan para toda la tarde.
Sentí una sensación de alivio. Los niños habían bajado al patio a jugar al fútbol con los vecinos y yo tenía toda la tarde por delante para planchar y preparar los táperes de la semana siguiente.
Quería seguir la conversación con Marc, que se había interrumpido cuando empezábamos a abrirnos y a mostrar nuestras sensaciones y emociones sobre el otro.
—¿Sigues ahí? —Ya no aparecía en línea.
Maldita sea, Zoe, ahora no sé qué hora será en Manhattan.
Si ahora mismo eran las cinco de la tarde aquí, allí serían las once de la mañana aproximadamente.
Vaya cacao, a mí, que siempre se me habían dado fatal las matemáticas, y ahora tendría que estar controlando las horas para ver cuándo era el mejor momento para escribir a Marc.
Me había quedado desconcertada. Hablar con él había resultado más fácil de lo que nunca habría pensado y lo bueno es que ese hombre no conocía nada de mi vida, así que podía sentirme libre de decir lo que quisiera.
Podía interpretar el personaje de una mujer completamente libre, o quizás el de una agresiva ejecutiva de negocios.
También de una mujer dulce y complaciente.
Era maravilloso. Por fin podía ser lo que quería sin tener que dar explicaciones a nadie.
Estuve un par de horas pegada al teléfono por si contestaba, y al no ver respuesta, lo apagué.
Pensé que tal vez no le había gustado cómo había abandonado la conversación y ya no quería saber nada más o quizás tenía una cita con una impresionante rubia explosiva y se había puesto en modo off.
Mientras esperaba a ver si contestaba, llamé a Sandy:
—Hola, chata, ¿qué tal vas? —Sandy no paraba quieta por casa los fines de semana.
—Qué raro que me llames el fin de semana. ¿Es que te han dejado sola?
—No, te tengo que contar. Me ha escrito el americano.
—¿El guiri? ¿En serio? Qué fuerte. Pero, ¿no estará por aquí, no? A ver si quiere acostarse contigo porque no tiene otro plan mejor.
—No, qué va. —Sandy era bastante práctica a la hora de hablar de hombres ya que había tratado con todo tipo de variantes del género masculino—. Hemos hablado un poco a través de WhatsApp, pero se ha tenido que ir.
—Y, ¿qué te ha contado? ¿Te ha insinuado algo?
—¿Algo cómo qué? —Sandy siempre pensaba que el objetivo de los hombres era siempre el mismo.
—Pues como que le mandes una foto como vino al mundo o de tu ropa interior. Eso está a la orden del día, cariñito.
—No me ha dicho nada de esto. —Vamos, que yo debía pertenecer a otro metaverso que el que me estaba describiendo Sandy porque nunca me habría planteado que un hombre al que acabas de conocer se iba a lanzar a eso.
—Cuando quieras hablamos ¿vale? ahora te tengo que dejar. Y no me dejes con la intriga, si te manda algún mensaje envíame un audio. Esta semana estoy bastante aburrida y necesito algo de salseo. Cuídate mucho, Zoe, y haz alguna locura que te la mereces.
Cuando terminé mi conversación con Sandy apagué el móvil.
No sé por qué estaba tan preocupada por obtener respuesta de Marc.
Mi imaginación se había puesto a trabajar a toda máquina y ya pensaba en cómo sería nuestro encuentro.
Tendría que ver si Marc daba señales de vida o no.
Si volvía a escribir era porque algo de mí le había llamado la atención.
Si no, estaba claro que únicamente habría buscado una diversión para unos días hasta que apareciese en su vida otra mujer.