CAPÍTULO 3
El despertador sonó a las siete en punto.
Tenía un dolor de cabeza que parecía que iba a explotar en cualquier momento.
Me daba vueltas todo y no estaba para ir a trabajar.
Por un momento se me ocurrió la idea de llamar al trabajo y decir que estaba con gastroenteritis, o que me había dado una fiebre muy fuerte y no podía levantarme de la cama.
Enseguida me vino a la cabeza el mensaje que recibí por el chat.
Asier había aceptado tomar un café conmigo así que no podía escabullirme de nuevo.
Había llegado tan mal a casa que no me había dado tiempo a pensar que este hombre había dicho sí y, es más, había contestado casi a las tres de la madrugada.
¿Qué se le habría pasado por la cabeza? ¿Querría solamente tomar un café o habría tomado una decisión drástica sobre mi futuro laboral?
Estaba claro que ya no podía poner ninguna excusa y tenía que afrontar lo que había hecho con la mayor valentía posible.
En cuanto al correo que me había escrito el guiri tampoco le di mucha importancia.
Pensé que quizás le contestaría porque no me gusta dar la callada por respuesta y, además, ya que el pobre hombre se lo había currado un poco, creo que merecía una contestación.
Al final es lo que tiene ser tan sentimental, que luego me pongo en la piel de los demás y hago cosas que no debería hacer.
Me levanté a prepararme el café de rigor, pero me supo a rayos; tenía el estómago tan revuelto que me entraron ganas de vomitar.
Alfonso ya se había ido al trabajo así que no vería el estado tan deplorable en el que me encontraba y no haría preguntas. Me di una ducha para ver si me espabilaba un poco pero no me sirvió de mucho. Levanté a los niños y los llevé al colegio.
Mientras iba camino del trabajo pensaba en si la invitación de Asier era sincera o, si, por el contrario, sería un arma de doble filo que utilizaría para engatusarme y posteriormente atacarme hasta dejarme a la altura del betún delante de todos.
De todas formas, si ocurría esto último tampoco iba a defenderme porque después de cómo había transcurrido la noche anterior no estaba capacitada para enfrentarme a nadie.
Nada más llegar mi jefa se acercó apresuradamente:
—Schhhh, Zoe, Zoe, ven aquí, corre.
—¿Qué quieres, Sofía?, hoy no tengo el cuerpo para nada.
—Ha venido a primera hora el señor Uribe preguntando por ti. Tiene que hablar contigo de un asunto.
—¿De qué tema? —respondí secamente—. ¿De mi despido?
—No, hombre, espero que no sea eso, parecía que el hombre venía en plan amable, no digas esas cosas.
—¿Y dónde está?
—Ahora mismo está reunido con el secretario, haciendo cuentas, pero no creo que tarden mucho en acabar.
La conversación con Sofía me había puesto aún más nerviosa.
Estaba claro que ni ella misma sabía de qué me iba a hablar el señor Uribe, así que quizás no estuviesen hablando de mi despido.
Lo que sí que tenía claro es que si alguien salía de la oficina Sofía lo sabía la primera y por lo que me había dado a entender no le había comentado nada ni yo tampoco intuía que me estuviese mintiendo o escondiendo la verdad.
—Entonces, ¿qué hago? ¿Espero a que salga y le digo algo? ¿Le escribo? ¿O qué? —Mi cabeza estaba hecha un lío pues nunca me había visto en una situación así.
—Espera, Zoe, si quieres le mando un correo para que nos reunamos los tres y nos cuente.
Pensé que Sofía lo hacía para intentar poner paz entre los dos y que el incidente de ayer quedase en agua de borrajas, pero pronto me daría cuenta de que solo era una estrategia para enterarse del porqué el Sr. Uribe quería verme a solas y evitar eclipsar su trabajo.
Evidentemente no iba a decir que la invitación había partido de mí, así que disimulé haciéndole creer que era cuestión de trabajo.
—Te lo agradezco muchísimo, seguro que quiere ver el informe que preparé ayer. Ahora mismo lo termino y te lo paso antes para que le eches un ojo a ver si todo está correcto.
Me dirigí hacia mi mesa y me senté como si se hubiese desplomado una apisonadora.
Toda esta situación me ponía muy nerviosa y mientras escribía el informe miré un par de veces de reojo hacia la sala de reuniones por si se abría la puerta.
Pasó más de una hora hasta que se oyó el ruido del picaporte abriendo con fuerza.
—Vale, pues por nosotros queda todo cerrado. —Se oyó la voz de Asier a lo lejos—. Hay que recortar presupuesto en esas dos marcas porque si no los beneficios que esperamos no van a cuadrar.
Madre mía, ¿era verdad lo que estaba oyendo? Recortes, marcas y beneficios. Ya no me hacía falta saber más. Seguro que quería hablar conmigo para largarme a la calle, y vamos, sería dicho y hecho porque a ese hombre no le temblaba la mano con nada.
De pronto me entraron unos retortijones que no podía aguantar. Pensé: «como me llame ahora para tomar café me cago por la pata abajo».
Cogí el teléfono de mi mesa y marqué la extensión de Sofía:
—Soy Zoe, que me voy por patas, tengo que ir al servicio, ya he visto que ha salido el señor Uribe así que retenle hasta que vaya a ver qué me quiere decir.
—No te preocupes. —Sofía para estas cosas tenía mucha mano izquierda—. Ahora le llamo y vamos hacia el office. Te esperamos allí.
Salí corriendo hacia el baño y dejé allí todo lo que no está escrito. No podía parar así que tardé unos quince minutos en poder despegarme de la taza. Menos mal que en ese tiempo no entró nadie porque eso se había convertido en la Sinfónica de Londres.
Cuando llegué al cuartito que usábamos para tomar café, Sofía y Asier Uribe ya estaban terminando sus tazas.
—Lo siento. Es que no estoy muy bien. —Me estaban volviendo a entrar los sudores fríos.
—Zoe, ¿te encuentras bien? —preguntó Sofía—. Estás como un poco amarilla.
Al instante empecé a ver dos siluetas borrosas y fue cuando perdí la noción de tiempo y espacio. Al despertar vi, en ese estado de ensoñación placentera, a mi jefa intentando hacerme tragar un sobre de azúcar y al señor Uribe sujetando mis piernas en posición de 90º con cara de pánico.
—Madre mía, Zoe, menudo susto nos has dado. —Parecía un reproche por parte de Sofía.
—Lo siento, Sofía. No sé lo que me ha podido pasar. —La vergüenza que tenía en ese instante era total. Cuando viese a Sandy la iba a crujir.
Lo primero que se me vino a la cabeza era si llevaba falda o pantalón.
Espero que fuese lo segundo porque no me quiero ni imaginar lo que habrían visto si llevaba lo primero.
No sé ni lo que me había puesto. Estaba fatal.
¿Qué tendría la bebida que tomamos anoche?
Seguro que era garrafón porque os aseguro que no me había sentido tan mal en toda mi vida.
Entre los dos me ayudaron a levantarme y me sentaron en una silla. Asier no articulaba ni palabra. Debe ser que nunca se había encontrado en una situación tan grotesca en su vida. Una vez me colocaron en la mesa, se alejaron cada uno a sus respectivos lugares de trabajo.
Y ahí me quedé. Me quedé con la mirada perdida hacia los edificios a los que daba la oficina pensando en que cada vez la estaba cagando más y más y que tarde o temprano iban a prescindir de mí.
Al cabo de media hora pasó Asier a mi lado.
—El café lo dejamos para cuando se te pase la resaca.
—Eres un cerdo —dije por lo bajo.
Él se volvió y me miró con desprecio. En ese momento supe que había sentenciado mi despido.