Atrapados en la nube CAPÍTULO 2 #2
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CAPÍTULO 2 #2

«Bueno, con esto van que chutan, y si quieren más que cojan algo de la nevera, para lo que me lo van a agradecer», pensé.

En ese momento la cena de mi familia había quedado en segundo plano y solo quería darme prisa para salir de casa y cenar con mi mejor amiga.

Se me ha olvidado preguntarle a Sandy qué tipo de comida sirven en el Happier. Bueno, al menos me darán la comida ya preparada y no tendré que limpiar y recoger todo, así que eso no tiene precio.

El siguiente paso era ver qué me llevaba de ropa.

Como no salía mucho mi vestuario “de fiesta” era bastante reducido ya que al trabajo me limitaba a llevar vaqueros y camisetas informales, ropa bastante cómoda, y si había alguna reunión con algún cliente tiraba de chaqueta con hombreras, que parecía que te daba un porte más formal y elegante.

Fui al armario de la habitación a ver lo que me podía poner.

—No sé, ¿un traje chaqueta? —me pregunté a mí misma—. No; no me veo con eso, demasiado formal para una reunión de amigas. Quizás un vestido, aunque últimamente me veía fatal con todos. ¿Un mono? Uff, ni en sueños, desde el embarazo me había quedado una barriga que daba pena.

Al final me decidí por algo práctico: unos vaqueros y una camiseta de manga larga. Ya había hecho bastante el ridículo durante el día como para seguir haciéndolo por la noche.

Embutida en los vaqueros y con un poco de maquillaje miré el reloj para ver si llegaba a tiempo. Las 20.45 y Alfonso no había aparecido por casa todavía. A las 20.55 se abrió la puerta.

—He pillado atasco y va a empezar el fútbol ya, joder. —Fue lo primero que dijo nada más entrar en casa.

—Ahí tienes la cena. Salgo pitando que ya llego tarde. Vendré pronto que mañana tengo que estar antes en la oficina.

Tiré de la puerta de casa mientras pedía un taxi apresuradamente para no llegar muy tarde.

Mientras iba de camino volví a pensar en la reunión de la mañana. No podía olvidar lo mal que había quedado y el hazmerreír que sería si al llegar a la oficina el superjefe decía a alguien que había recibido un correo mío invitándole a un café.

Cuando llegué, Sandy estaba sola.

—Pero, ¿qué pasa, no vienen las demás?

—Me han dejado tirada. He reservado para cinco y al final solo vas a venir tú. Cuando le he dicho al chico que al final solo éramos dos ha puesto cara de perro, pero eso me sirve para no invitar a las demás nunca más. Al final la que quedo mal soy yo.

—No te preocupes, por lo menos he podido venir, aunque ya te digo que hoy no voy a ser la alegría de la huerta. He tenido un percance en el trabajo y estoy en plan depresión total.

—¿Otro más? —Sandy me miró con cara de pena—.

Hija, no ganas para sustos, parece que últimamente estás que te sales.

¿No se te habrá roto otra vez la cremallera del pantalón en medio de una reunión como el mes pasado?

¿O has mandado un correo con copia a todo el mundo diciendo lo imbécil que es tu jefe?

—No, algo peor. Le he contestado fatal, así que, no sé si esto tendrá consecuencias. Pero me da igual. A ver si ese gilipollas se cree mejor que nadie por ser un alto cargo.

—Bueno, bueno, ya me contarás los detalles porque queda mucha noche por delante. Ahora no lo pienses más y vamos a lo que vamos. ¿Qué te apetece, un vinito blanco?

—Me da igual, esta noche me bebo lo que sea.

Sandy conocía todos los locales de moda y su poder de convicción le abría muchas puertas. Los camareros del Happier nos recomendaron que comenzásemos con un Ribeiro de estos que entran bien con todo y unos tacos con gambas y aguacate con un nombre rocambolesco.

Después de tomarnos la botella de vino ya estábamos happier, como indicaba el propio nombre del local. Aunque el vino me había hecho efecto, a veces recordaba la movida de esa la mañana y volvía a sentir una angustia en el estómago.

—Sandy, en serio, ¿crees que he hecho mal en mandarle un correo al señor Uribe?

—Zoe, no te preocupes, seguramente ni lo haya leído.

¿Crees que este tipo de personas tiene tiempo para leer lo que le escriban sus súbditos?

Solo con mirar el nombre lo habrá tirado a la papelera.

Ahora disfruta del momento que ya verás como el incidente pasa totalmente desapercibido y mañana será como si no hubiese pasado nada.

Venga, vamos aquí al lado a mover un poco el esqueleto.

Ponen música de nuestra época juvenil y hoy pincha un amigo mío.

—A mí no me apetece mucho ir a bailar y tengo que estar pronto en casa que mañana tengo que terminar el informe que he dejado a medias.

—No seas tonta, que va a ser un ratito nada más —me suplicaba mientras iba tirando del brazo—. ¡Por los viejos tiempos!, venga, vamos.

Otro de mis puntos débiles es que no sé decir que no, y menos a una amiga, así que, resignada, la seguí por las calles de la ciudad. Llegamos a la puerta del local y un guapetón de casi dos metros de altura nos recibió con la mejor de sus sonrisas.

—Hola, bombón. —Sandy le dio un abrazo como si le conociera de toda la vida —. Cuánto tiempo sin saber de ti. Creía que no trabajabas ya por esta zona.

El portero se puso a hablar animadamente con ella mientras yo me apartaba hacia un lado para no entorpecer ese momento de intimidad.

Miré el móvil para ver si había alguna llamada de casa.

Nada. Todo iba bien. Eché también un vistazo al chat de empresa.

Tampoco había noticias de nadie. En fin, ya a esas horas la gente estaría viendo la televisión o preocupándose de sus propios problemas, por lo que nadie me preguntaría o haría algún comentario sobre lo que había ocurrido esta mañana.

A los diez minutos Sandy vino corriendo y me cogió de la mano.

—Vamos, que este nos mete gratis y nos da una consumición.

Luego salgo otra vez a hablar con él a ver si le podemos sacar otra.

Ya dentro del local reviví por un momento los años de universidad en los que Sandy y yo salíamos cada fin de semana y no teníamos compromisos ni problemas.

El local estaba decorado con pósteres de los años 80 y 90 y sonaba la canción Eloise de Tino Casal.

—¿Te acuerdas cuando bailábamos esto a lo loco?

Venga, vamos a bailar otra vez como en nuestros años de universidad.

—Sandy no tenía ningún tipo de vergüenza y me llevó al centro de la pista.

Empezamos a bailar con las manos unidas como dos locas al son de la música y a reírnos a carcajadas mientras la gente empezaba a rodearnos y a moverse a nuestro alrededor.

Cuando terminó la canción recibimos el aplauso de la sala entera.

—¡Madre mía, qué vergüenza! —grité a Sandy—, menos mal que no me conoce nadie. Venga, vámonos de aquí que ya he hecho bastante el ridículo.

—No, espera, voy a pedir la bebida y luego nos vamos. ¿Te apetece un mojito? Ya que nos sale gratis no vamos a desperdiciar esta oportunidad.

—Venga, el último de verdad. Mañana tengo mucho trabajo y no quiero llegar a la oficina cansada.

Me coloqué estratégicamente detrás de una columna para que no se me viese mucho mientras esperaba que Sandy trajese la bebida. «Joder, cuánto está tardando». Miré el reloj y ya habían dado las 2 de la madrugada.

De repente vi a dos hombres que se acercaban.

Eran de mediana edad (lo que se dice ahora para definir a las personas de más de cuarenta y cinco años).

Uno de ellos era alto, delgado y con unas gafas de pasta que impedían ver con claridad sus ojos.

El otro, metro ochenta aproximadamente, complexión fuerte, pelo muy corto para disimular las entradas y aspecto afable y bonachón. Este se dirigió directamente a mí.

—Señorita, ¿puedo colocar mi chaqueta aquí? —me dijo amablemente y con un acento un poco raro.

—Sí, hombre, colócala donde te dé la gana, esto no es mío.

Se notaba que la bebida ya empezaba a hacer efecto y comenzaba a decir las cosas sin pensar.

El individuo dejó la chaqueta al lado de la mía y se acercó tímidamente.