Atrapados en la nube CAPÍTULO 2
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CAPÍTULO 2

Esa tarde se convirtió en una auténtica pesadilla.

Asier Uribe no contestó al mensaje, como era de esperar.

Al volver a casa pillé un atasco monumental que me hizo estar en el coche casi dos horas y no hacía más que darle vueltas al correo que le había enviado.

No tenía que haber hecho esa tontería; era humillarme aún más para nada, porque al final si no le gustaba o no le caía bien iba a despedirme igualmente.

Llegué tarde a recoger a mis hijos y el portero del colegio me echó la bronca porque no había avisado antes. Los niños estaban alterados, y nada más subirse en el coche, empezaron a pegarse.

—¡Por favor, estad quietos ya! ¡No soporto que estéis todo el día peleando! ¿Es que no podéis pensar nada más que en vosotros mismos?

Cuando se ponían así me sacaban de mis casillas. No había tenido bastante con el episodio ocurrido en el trabajo que ahora tendría que estar aguantando toda la tarde gritos y rabietas. Como si no hubieran escuchado nada, los chicos continuaron la pelea.

—¡Basta ya! —Di un frenazo y paré en seco el vehículo—. Estoy harta de vuestras gilipolleces, así que no voy a arrancar el coche hasta que no os comportéis como personas y no como animales.

Apolo y Hermes me miraron como si estuviesen viendo a un extraterrestre y se pusieron a hablar entre ellos, cosa que me molestaba aún más pues, aunque estuviesen hablando de cualquier tontería, a mí me daba por pensar que estaban infravalorándome como madre.

Al final había pasado la mitad de mi vida siendo cuestionada por todo el mundo: mis padres, mis amigos, mi marido y ahora mis hijos.

Pronto me di cuenta de que estaban hablando sobre una pelea entre dos compañeros, que se había producido a la hora del patio, pero al final siempre acababa por pensar que todo el mundo conspiraba contra mí.

Cuando llegué a casa y aparqué el coche salí como la Hidra en busca de Hércules y fui directamente a la parte trasera.

—¡Fuera ahora mismo! Parecéis tontos, me habéis manchado el coche de chocolate. Ahora tengo que limpiar todo esto antes de que venga papá del trabajo o si no la discusión estará servida.

—Mamá, ¿te encuentras bien? —comentó Hermes con cara de preocupación—. Nunca te habíamos visto así.

También la culpa había sido mía por darles de comer en el coche. Mientras me afanaba en quitar la crema de cacao de los asientos traseros, sonó el teléfono.

—Hola, Sandy, ¿qué tal? Dime, estoy liada con una limpieza exprés.

Sandy era una amiga de toda la vida; de hecho, creo que es mi mejor amiga.

Nos conocimos en la universidad y desde entonces entablamos una relación que ha llegado hasta el día de hoy.

Sandy no es su nombre verdadero, en realidad se llama África, pero en nuestros años de estudiantes tenía un gran parecido físico con la protagonista de la película Grease, así que la bautizamos con ese nombre.

—Oye, que tampoco te quiero entretener, pero es que me han dado invitaciones para el restaurante Happier, ese que han abierto nuevo cerca de la Plaza Mayor, y te quería preguntar si tienes marrón o te puedes venir.

Te aconsejo no rechazar la oferta porque es el sitio más cotizado del momento.

Seguro que vemos a algún famosillo por ahí y al menos nos echaremos unas risas.

—Pues no sé qué decirte chica. —La verdad es que por una parte no me apetecía nada arreglarme, pero por otra el día había sido tan desastroso que una copa de vino no me vendría mal—.

Los niños tienen que hacer todavía los deberes porque acabamos de llegar a casa y Alfonso me ha llamado para decirme que tenía que cuadrar unas cuentas en el trabajo y que iba a llegar más tarde. ¿A qué hora tendríamos que estar allí?

Ya tenía asumido que, por unas cosas o por otras, seguramente no podría quedar con Sandy ya que los astros se solían alinear para que los planes de diversión se fastidiasen a la mínima.

De hecho, creo que en los últimos años solo había podido asistir a dos de las múltiples cenas y encuentros a los que había sido invitada.

Si no había sido porque los niños estaban malos, era porque no tenía con quién dejarlos, o si no mi marido tenía que quedarse a trabajar hasta las tantas y me avisaba a última hora, por no hablar de las ocasiones en las que no me había acordado de que Alfonso ya había quedado con sus amigos para jugar al paddle o tomar alguna copa y tenía que anular mis planes.

Vamos, que al final siempre surgía algún inconveniente que había ido reduciendo poco a poco mi vida social a cero.

—Empieza a las nueve, pero si llegas más tarde no pasa nada, te acoplas a la mesa y listo.

Sandy era de esas personas positivas que te hacen la vida mucho más fácil y que no critican o protestan a la primera de cambio. Por eso me gustaba ir con ella, porque sabía que nunca iba a poner una mala cara pasase lo que pasase.

—Bueno, voy a ver qué puedo hacer porque hoy he tenido un día cojonudo, así que en principio no me apetece mucho, si puedo ya te llamo yo —le dije colgando el teléfono con bastante desgana.

La verdad es que estaba tan cansada que solo deseaba acurrucarme entre las sábanas y olvidarme de todo.

No dejaba de darle vueltas a la idea de haber enviado el mensaje al señor Uribe.

Fue un impulso idiota como tantos otros que me han dado en la vida y que al final no sirven nada más que para hacerme sentir más tonta aún.

Abrí la puerta de casa. Estaba agotada. Parecía que me había aplastado una apisonadora y me senté en el sofá. La reunión de la mañana me había quitado toda la energía.

—Mamá, tenemos que hacer un montón de deberes. La profe ha dicho que los tenemos que llevar mañana y que, si no, suspenderemos —dijo Hermes con un tono de súplica. Sabían que el tema de los suspensos me ponía muy nerviosa y al final acababa con ellos haciéndoles la mitad de las tareas.

—¿Es que no habéis tenido tiempo de hacerlos en clase? Porque supongo que eso ya lo teníais que haber terminado. A mí no me tengáis todas las tardes con esto que yo también tengo trabajo y encima hoy me han echado la bronca porque he entregado los informes del trabajo con tu dibujo lleno de grasa.

—Bueno, mamá, no te pongas así, que últimamente estás siempre enfadada. —Hermes siempre tenía que rebatir todo lo que yo decía—. Nosotros también estamos hartos de que siempre nos estés regañando.

—¿Y yo qué?, ¿alguien ha pensado en mí? —Hoy no iba a discutir más, ya había tenido bastante como para enzarzarme en una pelea de la que no iba a salir victoriosa—. Venga, poneos con los deberes y luego os dejo jugar un rato a la consola.

A medida que pasaba la tarde iba pareciéndome más atractiva la idea de irme a cenar con Sandy y olvidarme de todo y de todos, pero las obligaciones no me lo permitían y, aparte de cuidar a los niños, tenía que rematar algunos flecos del informe de la reunión porque sabía que Sofía, después de la que había montado, estaría al acecho esperando que la cagase en cualquier momento.

A las 19.30 sonó el teléfono. Era Alfonso. Había terminado pronto y venía para casa. Había fútbol a las 21.00 y quería ver el partido. Eso significaba que antes de las 20.30 tenía que haber terminado todo: cena, baños, tareas pendientes del trabajo y recogida de casa.

Si acababa pronto quizás me diese tiempo a llegar a la cena, o por lo menos a la mitad. Alfonso no me iba a poner ningún impedimento, si había fútbol yo era invisible, así que ni se percataría de mi presencia.

Agarré el móvil y marqué inmediatamente su número:

—Hola, soy yo… Nada, que Sandy me ha dicho que tiene una invitación a un restaurante nuevo y que me invita, así que dejaré la cena hecha y luego me acerco un rato. Los niños ya han terminado los deberes así que no tienes nada que hacer.

—Vale —contestó con un tono que denotaba que no me estaba haciendo ni caso.

Le había planteado la pregunta y dado la solución. Era lo mejor. Así no tenía que pensar nada.

La verdad es que muchas veces me había preguntado por qué me había fijado en Alfonso como pareja pues éramos completamente diferentes y los años habían acrecentado esas desigualdades entre nosotros.

Alfonso es un hombre metódico hasta límites insospechados.

Todo lo que sucede en su vida tiene que estar perfectamente planificado.

No deja nada en manos del azar ya que el hecho de que algo no esté bajo su control le hace salir de su zona de confort y eso le enfurece.

Por el contrario, yo soy bastante improvisadora.

Planifico el día a día según vayan surgiendo las cosas y con llegar al final de la jornada sin que haya pasado ningún percance, tengo bastante.

Según colgué el teléfono fui corriendo a la habitación donde los niños se habían puesto a hacer los deberes.

—¡Chicos, termino yo el análisis de las oraciones y las operaciones con decimales, no os preocupéis! Vosotros mientras id a la ducha y luego recogéis todo. Si os portáis bien os dejo barra libre de juegos.

Apolo puso encima de mis piernas su archivador y me indicó cuales eran los ejercicios que tenían que terminar. Hermes salió como alma que lleva el diablo hacia el baño para ducharse cuanto antes y ponerse a jugar a World of Warcraft, su juego preferido.

No me lo podía creer, ¿sería hoy mi día de suerte? La mañana y la tarde habían ido fatal, pero quizás se pudiese salvar la noche.

Terminé de recoger la cocina y preparé una sopa con un bote de caldo que encontré en el armario y unas empanadillas para todos.

Cuando los niños eran más pequeños me esmeraba en hacer cenas saludables e incluso hacía una planificación semanal de la comida que había que comprar y que todo fuese equilibrado: hidratos, proteínas, vitaminas…

Mi madre y la de Alfonso nos ayudaban muchos días con las tareas del hogar, pero a medida que fueron cumpliendo años esa relación con el táper se fue distanciando y tampoco quería cargar a dos personas mayores con la obligación de preparar la comida para que nosotros tuviésemos una vida más cómoda.