CAPÍTULO 1 #3
Yo ya no pintaba nada en esa sala. Mi labor había terminado, así que recogí mis cosas y me dirigí hacia la salida sin mirar a nadie. Al pasar junto a Asier, me miró sonriendo amigablemente y me dijo:
—Te has salvado por los pelos, Zoe Valdés.
De pronto sentí como me subía un calor interno indescriptible. Me hervía la sangre y me sentía atacada sin razón alguna. En ese momento mi cerebro colapsó.
—Pues, échame si quieres, imbécil —le dije con una seguridad que pocas veces había tenido y mirándole fijamente a los ojos.
No podía creer lo que acababa de hacer. No era para nada consciente de mi reacción ya que nunca me había pasado algo así.
Creo que los nervios y el cansancio me habían traicionado, pero también algo dentro de mí se había rebelado contra una situación que consideraba injusta.
El que alguien se creyese con todo el derecho a humillar a una persona solo por tener más dinero o más poder era algo que me sacaba de mis casillas.
Me senté en el ordenador y comencé a redactar el informe de la reunión.
Notaba como las lágrimas luchaban por brotar de mis ojos, pero tenía que acabar antes con el trabajo, ya que sabía que tarde o temprano mi jefa me lo iba a pedir y lo quería acabar cuanto antes.
Iván, uno de mis compañeros, se acercó para preguntarme qué tal había ido la reunión, pero rápidamente saqué un pañuelo de papel para hacer que tenía que sonarme y que no viesen mis ojos más claros de lo normal.
No sé si después de la contestación que había dado al señor todo poderoso Uribe volvería a formar parte de este proyecto o me relegarían a un segundo plano para que no me viese el pelo.
Simplemente, ahora no me importaba nada, solo quería desaparecer de la oficina y del mundo al menos durante un rato para ordenar todas las ideas que brotaban de mi cabeza.
Media hora después seguía redactando el informe. Estaba colapsada y no sabía qué poner. Quería entregar algo decente porque sabía que desde este momento mi trabajo se iba a mirar con lupa, así que releía y releía el documento una y otra vez intentando encontrar cualquier mínimo fallo.
Sofía apareció por la sala y me hizo una señal con la mano para que me acercase a su mesa.
—Zoe, te has pasado tres pueblos, nunca te había visto actuar así. Este hombre no te ha hecho nada y le has dado unas contestaciones de chiquilla adolescente malcriada. Haz el favor de volver a la sala de reuniones y pedirle perdón, por favor.
—¿Pero por qué tengo que hacerlo? —le rebatí—. Creo que no he hecho nada malo, simplemente me he sentido atacada y he contestado. ¿No habrías hecho tú lo mismo?
—Por favor te lo pido, ve ahora mismo y dile que lo sientes enormemente y te inventas lo que quieras.
Cuando estés más tranquila ya hablaremos y me cuentas si estás bien en casa o qué ocurre, pero en este momento hay que arreglar la situación.
El señor Uribe es ahora nuestro jefe, asúmelo, y además tiene muchos contactos.
Una llamada suya puede suponer muchos problemas para ti y para los demás.
Con una vergüenza enorme me dirigí de nuevo a la sala de reuniones. Noté como de nuevo empezaba a subirme un calor por todo el cuerpo y como me ardían los mofletes.
—Venga, Zoe, piensa en lo que le vas a decir y que no te tiemble la voz, tú puedes —me decía a mí misma antes de entrar en la sala intentando darme valor.
—Hola de nuevo. —Abrí la puerta acaloradamente—. Quería pedirle perdón por lo de antes, me he sentido mal al hablarle así, no tenía que haberlo hecho.
—No pasa nada, olvídelo. —Asier Uribe ni siquiera alzó la mirada y, además, me trató de usted para que se evidenciase el gran abismo que había entre nosotros.
—Lo siento, en serio. Es lo único que puedo decirle. —Agaché la cabeza e intenté salir lo más rápido posible de la sala—. Si tiene que tomar alguna medida, hágalo —contesté también eligiendo el mismo tratamiento distante que él había utilizado.
Salí y el silencio se apoderó de la sala. Todos los ojos se posaron en mi persona. Me dirigí a mi sitio lo más rápido que pude y encendí de nuevo el portátil.
«Vaya mierda de día, a ver si llega la hora y me voy a casa cuanto antes», pensé mirando el reloj para ver cuánto tiempo quedaba para salir de aquel infierno.
Abrí el chat de empresa por si alguien tenía compasión por mí y me ofrecía unas palabras reconfortantes. Nada. Parecía que me había quedado sola ante el peligro y nadie quería que el tema le salpicase.
Ni corta ni perezosa busqué un nombre: Asier Uribe y tecleé sin pensar: ‘¿Quieres un café?’ INTRO.
Ya está, en marcha. Así, sin filtro. Me sentía tan mal que en mi estado de enajenación fue lo primero que se me ocurrió hacer y nada más darle a la tecla me arrepentí de lo que había escrito.
¿Qué pensaría el señor Uribe de mí? ¿Había sido demasiado impulsiva al teclear ese ofrecimiento?
Es otro de mis defectos, siempre quiero que las cosas malas se resuelvan cuanto antes y a veces no me paro a reflexionar sobre las consecuencias de mis acciones.
En fin, como diría mi madre: “a lo hecho, pecho”. El paso ya estaba dado.