CAPÍTULO 1 #2
“¿Siempre?”, pensé por un momento. Pero si yo no estoy enfadada nunca, me tomo todo a risa y nada me afecta.
¿O sí? Quizás me tenía que plantear lo que mi hijo me había dicho, pero no era momento de hacer psicoterapia conmigo misma, así que cogí las llaves, el bolso y volví a gritar para que Hermes y Apolo salieran de casa directos al ascensor.
Conduje en modo automático, como todas las mañanas, pensando en las cosas que tenía que hacer y dejé a los niños en la puerta del cole.
Mientras iba conduciendo me puse a pensar en cómo iba a atajar la situación con el cliente.
Tendría que agachar la cabeza y pedir perdón o ir de digna y hacer como si no hubiera pasado nada, aunque esto último no iba conmigo.
Según iba llegando al trabajo me iba poniendo más nerviosa.
¿Qué me dirá este hombre? Y mi jefa, ¿ya habrá hablado con él?
En fin, en este tipo de situaciones utilizo la famosa frase de Julio César que me enseñó mi profesora de latín y que es de lo poco que me acuerdo de mi paso por el instituto: alea iacta est, “la suerte estaba echada”.
Solamente tendría que poner la mejor de mis sonrisas y capear el temporal como buenamente pudiese.
Llegué a mi mesa y todavía no había aparecido nadie. Justo cuando estaba encendiendo mi portátil para empezar a descargar el correo sonó el teléfono.
—Zoe —era mi jefa con voz muy seria—, ven para la sala de reuniones que Asier y yo estamos aquí. Llevamos diez minutos esperándote.
De repente se me hizo un nudo en el estómago y me entraron ganas de vomitar.
Pocas veces había tenido esa sensación, pero me recordaba a cuando algún profesor repartía los exámenes y al darme el mío descubría que había suspendido, o cuando una vez recibí una llamada del banco diciendo que tenía un descubierto de doscientos euros ya que al contable de la empresa se le había olvidado ingresar el dinero de las nóminas, y el día 1 comenzaron a llegar recibos que no se podían cobrar.
Respiré profundamente y fui a la sala de reuniones.
—¿Se puede? —Toqué a la puerta y entré con la mejor de mis sonrisas. Era la única arma con la que contaba para salir del fango—. Perdón si llego un poco tarde.
Asier ni levantó la cabeza. Sofía me miró y ladeó los ojos hacia un lado indicándome con un gesto donde me tenía que sentar.
A su lado, sentado con los brazos apoyados en la mesa, se desparramaba el señor Dubois.
Era el jefe de una pequeña empresa de distribución de productos cosméticos coreanos que en los últimos años había visto cómo su rentabilidad había crecido por las nubes gracias al furor de las adolescentes por el cuidado de la piel y los maquillajes.
Con el fin de ampliar su clientela habían decidido crear una nueva línea de productos para mujeres “maduritas” (término que odio): féminas que quieren cuidarse y además tienen dinero para hacerlo.
Tras mi entrada apoteósica decidí ir al grano; bajé la cabeza y saqué de una pequeña carpeta todos los gráficos de datos de las cuentas que teníamos en redes sociales y se los pasé a Sofía.
No me había dado tiempo a ordenarlos y entre todo el revoltijo de papeles salió un dibujo de Hermes que ponía “para mi mami preferida” con un monstruito manchado con la grasa que sus pequeños dedos habían ido impregnando a lo largo del papel.
—Creo que esto no es tuyo. —Rápidamente quité el dibujo de las manos de Asier, pero él ya se había dado cuenta de lo que era—.
Los datos corresponden a los últimos quince días.
Las gráficas de esta semana no están aún porque he tenido un contratiempo y no he podido terminarlas —añadí con toda naturalidad.
Aquel hombre me causaba miedo, puesto que mi puesto de trabajo en parte dependía de lo que él opinase, pero a la vez me producía una especie de peligrosa fascinación su forma tan segura de decir las cosas. De repente me miró fijamente a los ojos y soltó:
—Ese no es mi problema, te podías haber ahorrado el comentario.
De nuevo surgió la sensación que había tenido al comienzo de la reunión: una mezcla de pánico, vergüenza y de sentirme una inútil.
No sabía si meterme debajo de la mesa o salir corriendo de aquella sala para desaparecer del mapa.
Noté como unos ojos convertidos en rayos se clavaban en mi espalda y me sentí todavía más pequeñita.
Giré la cabeza hacia Sofía y cerré los ojos en un intento de creer que todo había sido una mala pesadilla.
Acababa de decapitarme con su mirada.
Una voz grave y segura rompió ese incómodo instante para cambiar de tema.
—Los resultados de este mes han sido muy buenos y la campaña ha ido bastante bien en redes sociales así que Timeless Glow Beauty ha decidido firmar con nosotros un año más prorrogable a cinco —comentó Asier como si la escena anterior no se hubiese producido—.
En cuanto al equipo, de momento no vamos a prescindir de nadie —sentenció con firmeza.
Suspiré con tanta fuerza que mi jefa volvió a mirarme con rostro inquisidor, pero yo me había quitado un peso de encima.
Un año más de aparente respiro: hipoteca, colegio de los niños, actividades extraescolares…
mi rutinaria vida se había tambaleado por un momento, pero parecía que los cimientos volvían a su sitio…
o eso es lo que yo creía porque este hombre acababa de entrar en mi vida para cambiarla sin que yo fuese todavía consciente de ello.
—Señor Dubois —mi jefa continuaba nerviosísima—, me alegro mucho de que siga siendo nuestro cliente, estamos tremendamente orgullosos de saber que confía en nosotros, ¿quiere tomar un café?
—Sí, por favor, muchas gracias, Sofía, es usted muy amable.
El ambiente se había relajado un poco después del momento incómodo que habíamos vivido, para ellos ese tipo de negociaciones llenas de tensiones eran habituales y no les generaban ningún malestar, al contrario que a mí.
Una vez acabada la reunión, Dubois se levantó y apoyó una de sus manos ligeramente en la mesa central de la sala, sonriendo y esperando que alguien de nuestro equipo se acercase a él para entablar conversación.
Asier se percató de ello y rápidamente le ofreció su mano para sellar el acuerdo con un fuerte apretón.