Atrapados en la nube CAPÍTULO 1
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Atrapados en la nube

Atrapados en la nube

Por Victoria Clarckson

© inepub.com

CAPÍTULO 1

La mañana había amanecido lluviosa y oscura y el aire era limpio y puro ya que, por fin, gracias a una borrasca que había cruzado el país durante los últimos días, la contaminación, que casi impedía respirar, había desaparecido completamente.

Era un día como otro cualquiera. Un día más en mi vida en la que el trabajo, los niños y la casa llenaban todo mi tiempo.

El despertador sonó a las siete de la mañana.

Me levanté sobresaltada. No me encontraba bien.

Mi cabeza había estado dando vueltas toda la noche a un tema relacionado con el trabajo.

Había discutido en la oficina por una tontería y luego me había sentido la peor persona del mundo.

¿Por qué no podía ser como muchos de mis compañeros que, en cuanto salían por la puerta de la oficina, no se acordaban de nada ni de nadie?

Yo no era así y no estaba acostumbrada a ese tipo de conflictos.

De hecho, casi nunca expresaba mi propia opinión con tal de no entrar en guerra con nadie y menos con una persona que podía enviarme a la calle con solo levantar un dedo.

Pero ese día había sido diferente porque la discusión había llegado demasiado lejos.

Desde hacía unos días notaba que todo mi mundo se estaba derrumbando.

No sé si es que ya estaba llegando a una edad en que ya no aguantaba ciertas tonterías o que me estaba dando cuenta de que la vida pasa demasiado deprisa y hay que empezar a vivirla ya.

Ese día, el nuevo jefe que habían nombrado hace solo unos meses, en medio de una reunión con unos clientes, me dijo que no tenía ni idea de publicidad y que quién me creía que era para cambiar sus decisiones.

Mi error había sido enfocar un anuncio publicitario de coches de lujo no a los hombres, sexo al que tradicionalmente iban dirigidos estos mensajes, sino a mujeres, ya que les intentaba hacer ver que ahora mismo ellas trabajan y quieren ser independientes, y que a muchas no les apetece ir con las tartanas que les han dejado sus maridos en herencia o con coches pequeños, puesto que en la mayoría de las familias el vehículo más grande, potente y caro, no era precisamente el del mal llamado “sexo débil”.

Al final acabamos elevando la voz y en un arrebato de ira me levanté directamente de la mesa dejando al cliente, que iba a expresar su punto de vista, con la palabra en la boca.

Sabía que esto iba a tener consecuencias para mi inexistente carrera laboral, pero no me importaba.

Nunca me había interesado ascender y ya cuando tuve hijos descarté del todo que me diesen un puesto mejor, aunque mis trabajos eran valorados por la empresa.

Me levanté y fui directamente a una pequeña cocina que teníamos al lado de la sala de reuniones a prepararme un café porque era lo único que podía, paradójicamente, darme algo de tranquilidad en aquel momento de tensión.

Inmediatamente detrás de mí apareció Sofía, mi jefa:

—¿Pero tú estás loca? ¿Qué te ha pasado? —me recriminó haciendo aspavientos con las manos.

—No sé, Sofía, perdona, es que me da mucha rabia que todavía la gente se crea que una mujer no se puede comprar un Mercedes o un BMW porque hay ciertas marcas que son consideradas “de hombres”.

—No te preocupes, ya le he calmado inventándome una historia sobre unas encuestas que habíamos hecho y que revelaban que las mujeres eran potenciales clientas de la marca.

Sofía era una experta en mentir y en llevar a los clientes a su terreno, cosa que yo no podía hacer puesto que sentía que estaba jugando con su dinero.

—De verdad, no volverá a pasar. —Agaché la cabeza y sentí que me iba a poner a llorar.

—Bueno, Zoe, no te martirices más, pero ten cuidado porque la próxima vez quizás no pueda salvarte y eso será considerado un despido inmediato. Será mejor que te vayas a casa y ya soluciono yo esta situación. El señor Torres no creo que quiera volver a verte ni en pintura.

Las palabras de Sofía eran cuchillos que se iban clavando en mi autoestima, ya duramente dañada a lo largo de los años por personas que se habían ido cruzando en mi vida y que se sentían mucho mejor haciendo daño porque su valía estaba en entredicho.

Recogí mi bolso, fui al baño y me puse a llorar.

Intenté bajar por las escaleras de incendio al parking para evitar que nadie me viese y lo logré, puesto que este tipo de reuniones se suelen alargar, y ya eran las ocho de la tarde cuando alcancé mi vehículo, un simple SEAT Ibiza blanco, puesto que, tal y como venden los anuncios, nunca se me había pasado por la cabeza tener algo mejor.

Esa noche, como es lógico, no pude dormir nada.

Me desperté varias veces, y eso que me había tomado un paracetamol porque tenía un dolor de cabeza impresionante, y cada vez que me levantaba pensaba en que tenía que hacer algo para cambiar mi vida.

Si yo no tomaba las riendas de mi propio destino y empezaba a poner límites a ciertas personas creo que iba a acabar muy mal.

Me desperté antes de que sonase el despertador y fui a la cocina a tomar un café.

Cada mañana, antes de levantar a los niños para ir al colegio, me preparo un café largo y con mucha crema.

Es un momento mágico ya que esos minutos son los únicos que tengo para pensar en mí porque cuando suena la alarma de los niños, mi tiempo se acaba y me convierto en una persona al servicio de los demás.

¿Habéis tenido alguna vez esa sensación?

Es una percepción de sentir que al final estás vacía.

Te dedicas a tus hijos, tu marido, tus padres, tu trabajo y, al final del día, te das cuenta de que no has dedicado ni un minuto a pensar en ti.

Toda la energía se la han llevado los demás y todas las noches acabas agotada sin saber por qué.

Esto termina por convertirnos en personas grises, sometidas a una vida que viene impuesta por una sociedad en la que si no eres buena esposa, buena madre y buena trabajadora, no eres nadie.

Parece mentira que en pleno siglo XXI esté diciendo esto, pero creo que es así y nos resignamos a esa vida que nos arrastra sin sentido pero que la mayoría decidimos vivir hasta el final de nuestros días.

Después de tomarme el café tranquilamente me puse en “modo madre” y fui a la habitación donde estaban los niños durmiendo plácidamente.

Lo de ser madre también fue una especie de “imposición social”.

La verdad es que nunca me había planteado tener hijos, tampoco es que lo hubiese descartado, pero iba viendo que según iba creciendo tenía que cumplir una serie de etapas que todas las demás personas de mi alrededor también iban culminando.

Era como una especie de carrera de obstáculos para ver quién llegaba antes.

Cuando la primera de mis amigas adolescentes tuvo novio parece que las demás competíamos por ver quién podía pescar a alguien cuanto antes, puesto que la última que lo hiciese quedaría relegada a la soledad más absoluta.

Tras esto llegó el paso del matrimonio y después los hijos. En cinco años todas habíamos pasado por el altar y la planta de maternidad del hospital en tiempo récord.

—Venga, Hermes… Vamos, Apolo, ya es la hora. Vamos a llegar tarde al cole a este paso, ya está el desayuno preparado. —Estas eran las frases que repetía uno y otro día de lunes a viernes desde que comenzaba el mes de septiembre hasta finales de junio.

Quizá os preguntéis si estos son los nombres de mis hijos. Pues sí. Hermes y Apolo son mellizos, tienen 11 años, así que están en plena preadolescencia.

Me encanta la mitología griega y me parecía bastante romántica la idea de poner a mis hijos los nombres de unos dioses varoniles, fuertes y valientes, así que hice una primera búsqueda en internet para ver cómo iba a bautizar a mis descendientes.

Zeus, Ares, Apolo. El buscar nombre para un hijo no es nada fácil puesto que la mayoría de los progenitores queremos dos cosas: o un nombre único que no nos recuerde a ninguna otra persona conocida o, por el contrario, llamar a nuestros hijos como algún familiar que sea muy importante para nosotros, como una especie de homenaje.

Mi marido, Alfonso, no fue partícipe de esa decisión. Bastante tenía él con sus cuentas, su trabajo y su estrés como para pensar en qué nombre poner a sus hijos.

—¡Que no os lo tenga que decir más, venga, arriba, que no me va a dar tiempo a recoger las camas! Preparad todo lo del cole, por favor, que luego no quiero que me llame la profesora diciendo que os falta algo porque tengo que ir a la oficina y no voy a volver para llevarlo de nuevo.

«Madre mía, parezco un loro diciendo todos los días lo mismo», pensé a la vez que repetía la frase que parecía sacada de un disco rayado.

Mientras preparaba el desayuno de los chicos empecé a pensar en mi incidente en el trabajo el día anterior y qué explicación sobre mi salida de tono iba a dar a mi jefe cuando tuviésemos la reunión en la oficina a las diez de la mañana.

La verdad es que creo que esta era la primera vez que había perdido los papeles en una reunión y, para colmo, con una persona que tampoco conocía muy bien.

De hecho, Asier Uribe, el nuevo jefe, había empezado a trabajar en esta empresa hace apenas dos meses así que, como esto tuviese consecuencias, esta vez la podía haber liado gorda de verdad.

—Hermes, coge las tostadas en una servilleta y un zumo de esos de la nevera que no da tiempo a que os quedéis ahí repanchingados viendo la tele.

—¡Buff!, me ponía negra cada vez que veía a los niños en modo caracol cuando tenía prisa—.

¡Joder! ¡Coged ya las mochilas y vamos, que al final voy a llegar tarde al trabajo!

Todas las mañanas intentaba no ponerme de los nervios, pero cada minuto que transcurría iba creciendo mi enfado y las ganas de romper algo se hacían más intensas a medida que las agujas del reloj iban avanzando sin remedio.

—Mamá, ya estás como una hiena —me soltó Hermes—. Es que no tienes que pagar con nosotros tu mal humor, no tenemos la culpa de que siempre estés enfadada.