Epílogo #2
Se acercó, rodeó a Jordan con un brazo y terminó abrazándonos a los dos.
—Felicidades, tío. Te quiero.
Después me besó en la frente.
—Y yo a vosotros. —Di un paso atrás para mirarlos a los dos—. Sabéis que sois mis mejores amigos... Mi familia.
—Lo sabemos —reconoció Nathan—. Precisamente por eso tenemos un regalo para vosotros.
Le hizo un gesto a Kieran, que permanecía apoyado en el umbral observando la escena con emoción.
Él se colocó a mi lado y Nathan nos entregó una carpeta.
—Tomad.
Busqué la mirada de Kieran antes de abrir los documentos.
—Son los papeles de la casa de invitados. Desde hoy es vuestra.
No reaccioné.
—Y antes de que os neguéis... —intervino Jordan—. El recinto es enorme y ya nos hemos acostumbrado a teneros cerca. No queremos que seáis solo nuestros vecinos. Queremos seguir compartiendo la vida con vosotros, igual que con el resto.
Giré la cabeza hacia Kieran. No hacía falta preguntarle, pero aun así lo hice.
—¿Qué dices?
Él sonrió y, como siempre, consiguió tranquilizarme.
—Que me encanta la idea. Lo de tener a Hunter de vecino tiene su gracia... pero solo durante un tiempo.
Todos estallamos en una carcajada.
—Pues creo que ya va siendo hora de que lo sepan todos —añadió Nathan mientras me pasaba un brazo por los hombros y me guiaba hacia el jardín.
Por un momento pensé que solo estaban ellos dos, River y Caden. Sin embargo, en cuanto crucé la puerta, me detuve en seco.
Kai se encontraba junto a la barbacoa y, aprovechando que Juraj estaba concentrado dándole la vuelta a la carne con las pinzas, le soltó un azote en el culo.
El eslovaco se giró para fulminarlo con la mirada, provocando las carcajadas de todos.
Mischa y Kelsey ayudaban a mi madre a terminar de colocar una mesa enorme, mientras River y Sinéad iban y venían de la cocina con fuentes de comida.
No faltaba nadie. Todas las personas que quería estaban allí.
Por un instante, pensé que aquel podía ser uno de los días más felices de toda mi vida.
No tardaron en verme.
Las felicitaciones fueron llegando una detrás de otra. Hubo abrazos, bromas, palmadas en la espalda y más de un comentario sobre que ya empezaba a ser un anciano, aunque Caden se encargó de puntualizar que solo en el pasaporte, porque mi polla seguía siendo adolescente.
Entre risas terminé pasando de unos brazos a otros. Cada vez que buscaba a Kieran con la mirada, lo encontraba sonriéndome desde algún rincón del jardín, disfrutando de verme feliz casi tanto como yo disfrutaba de tenerlo allí.
Después nos sentamos todos alrededor de la mesa.
La barbacoa no dejó de echar humo en toda la tarde.
Entre la carne, las ensaladas, las pintas de cerveza y los postres que mi madre insistía en servir, aunque ya no pudiéramos más, las horas pasaron casi sin darnos cuenta.
Las conversaciones se entremezclaban; alguien contaba una anécdota, otro respondía con una historia todavía más absurda y, cuando queríamos darnos cuenta, todos estábamos riéndonos a la vez.
Al caer la noche, mi familia empezó a despedirse poco a poco hasta que solo quedamos nosotros.
Los de siempre.
Llevamos varias botellas, unas cuantas copas y un altavoz hasta la cúpula del jardín.
La música sonaba de fondo mientras cada uno encontraba su sitio.
Kai acabó medio tumbado sobre Mischa; Juraj y Kelsey compartían una manta; River se apoyó sobre el hombro de Caden y Nathan tenía a Jordan recostada entre sus brazos.
Kieran y yo nos sentamos juntos. Apoyé la espalda contra su pecho mientras él me rodeaba la cintura con los brazos.
—No me puedo creer que hayáis venido hasta aquí. Ha sido toda una sorpresa —confesé antes de darle un trago al whisky .
—Ya era hora de conocer Irlanda. Los únicos privilegiados habían sido tus vecinitos, el eslovaco y el híbrido inglés —apuntó Nathan, señalando con la cabeza a Juraj y Kai—. El resto seguíamos con la cuenta pendiente.
—Prefiero que, cuando te refieras a mí, lo hagas como ciudadano del mundo —replicó Kai.
Su comentario provocó una nueva ronda de risas.
—Por eso hemos decidido que el viaje de amigos de este año sea a Irlanda. Tú vas a ser nuestro guía —continuó River antes de que empezaran con sus cosas.
—Pensé que este año no se iba a hacer. No parabais de decir que las agendas no cuadraban.
—Una mentira piadosa para darte una sorpresa —reconoció Kai con una sonrisa.
—Nosotros también sabemos guardar secretos —señaló Jordan guiñándome un ojo.
—Me lo merezco. ¿Y dónde os estáis quedando?
—Ja, esa es una gran pregunta, tío —se adelantó Juraj—. Anoche dormimos en un hotel de Dublín, pero hoy, literalmente, estamos sin techo.
Los miré uno por uno, esperando que alguien se echara a reír. Nadie lo hizo.
Kieran carraspeó antes de intervenir.
—Pensé que podíamos dormir todos aquí, como cuando eras joven... Quiero decir, más joven —se corrigió entre las pequeñas risas que despertó su aclaración— y llenabas esta cúpula de amigos.
Me giró la cabeza con suavidad, buscó mis labios y me robó un beso mientras los demás no dejaban de meterse con mi edad.
—No les hagas caso. Tú siempre serás joven y guapo.
Era imposible que pudiera ser más adorable.
—No le des falsas esperanzas, Price. Terminará hecho un viejo arrugado y con la polla flácida —soltó el capullo de Caden—. Las cirugías le darán un par de años extra para lo primero, pero para lo segundo va a necesitar kilos de viagra.
—Te recuerdo que, si mi polla cae, la tuya también, idiota. Tenemos más o menos la misma edad —bramé.
Cogí un cojín y se lo lancé a la cara.
—Chicos, consolaos. La muerte de nuestras pollas será poética, se volverán disfuncionales a la vez —añadió Kai, haciendo que las chicas se partieran de risa.
—Disfuncional serás tú. —Nathan le dio un leve empujón.
—Price, tío, mientras los soldaditos y el soldado mayor —señaló el paquete de Caden— van cayendo tras una larga batalla, tú y yo seguiremos en primera línea. Seremos los líderes del batallón. Nos pavonearemos, orgullosos y erguidos, que eso es lo importante —bromeó Juraj.
Hizo un gesto cómplice con la mano hacia Kieran, como hacíamos en el hockey. No tardaron ni dos segundos en tirarse encima del eslovaco y yo solo podía mirarlos a todos y pensar en cuánto los quería.
—Esta idea de dormir todos juntos como en una comuna hippie me está pareciendo terrible. Mañana nos vamos a un puñetero hotel —rumió Nathan.
—Sí, tranquilo —comentó Kieran—. Mañana empiezan oficialmente las vacaciones.
Como si aquellas palabras hubieran obrado un milagro, las fieras se amansaron de golpe. Todos comenzaron a hablar a la vez sobre los lugares que querían visitar, los acantilados que habían visto en internet, los pubs , los castillos y las playas.
Yo, en cambio, solo tenía ojos para Kieran.
—No tienes ni idea de lo que es encerrar a toda esta panda de locos juntos. Aunque pasen los años, se contagian los unos a los otros y todo acaba siendo un desmadre.
Le acaricié el pelo, deslicé los dedos hasta su nuca y tiré suavemente de él para besar sus labios.
—¿Tú también te desmadras o te controlas, entrenador? —murmuró contra mi boca, provocándome.
Me acerqué a su oído y susurré muy bajito:
—Yo soy inmune, porque, por culpa de un principito jodidamente sexy y caliente, vivo desmadrado todo el tiempo. Así que más le vale a ese ser infernal comportarse, porque me va a importar una mierda que estén todos aquí esta noche.
Sonreí al ver cómo abría mucho los ojos y se sonrojaba.
—En serio, gracias. —Tiré de su mentón y le di un beso en la mandíbula—. Por traerlos hasta aquí, por la casa y, sobre todo, por formar parte de mi vida. Te amo con locura, Kieran Price.
—Y yo a ti, Conor Flanagan.
En ese momento, el chirrido del micrófono resonó por los altavoces.
Todos giramos la cabeza.
Caden lo sostenía en las manos y bastó verle la cara para saber que estaba a punto de liarla.
—Cuando JoJo y yo éramos pequeños, mi padre tenía una obsesión bastante preocupante con la música de geriátrico. ¿Te acuerdas, JoJo? Porque a ti también te tocó sufrir aquellos viajes en coche.
Jordan se echó a reír.
—Por desgracia, sí.
—Había una canción que ponía una y otra vez: High School Confidential , de Rough Trade.
Yo tendría unos doce años cuando le pregunté por qué le gustaba tanto y me explicó que hablaba del despertar sexual de una chica, de cómo se enamoraba y deseaba a otra compañera de instituto.
Vamos... básicamente vosotros dos, pero cambiando las faldas del instituto por palos de hockey.
Aquello provocó una nueva oleada de carcajadas.