Atrapados en la jugada (Corazones en juego 5) Epílogo
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Epílogo

CONOR

Me encantaba verlo dormir. Con el rostro sereno, los labios ligeramente entreabiertos y aquellos mechones rubios cayéndole sobre la frente, parecía ajeno a todo. Fuera todavía reinaba el silencio; solo el canto de los pájaros se colaba por la cúpula del jardín de la casa de mis padres.

Habíamos dejado atrás la casa de mi abuela.

Creo que ya se había convertido en el refugio irlandés de Kieran y mío.

Las obras estaban muy avanzadas; nada que ver con la primera vez que habíamos estado allí.

Sabía que aquel lugar le gustaba tanto como a mí.

Entre aquellas paredes dábamos rienda suelta a nuestras fantasías más perversas.

Como diría Caden, algún día se me iba a caer la polla a trozos...

aunque, si la suya seguía en su sitio, la mía todavía estaba a salvo.

Después de pasar unos días allí, regresamos a mi antiguo hogar porque aquel día querían celebrar mi cumpleaños.

Por suerte, desde que nació la pequeña Fiadh, mi sobrina, los grandes festejos habían quedado atrás y se habían convertido en una comida familiar mucho más tranquila, algo que agradecía enormemente.

Nunca me habían gustado las fiestas, las celebraciones ni los cumpleaños. Solo empecé a apreciarlos cuando me di cuenta de que el tiempo nunca se detiene y de que cada año cumplido significaba, sencillamente, que seguíamos aquí.

Y, aunque me encantaba estar con mi familia, también disfrutaba de esa calma junto a Kieran.

Le acaricié el pelo y besé su frente. Aquella pequeña mierdecilla me había robado el corazón. Nunca imaginé que pudiera amar a alguien de esa manera, ni que un tío con los pantalones caídos enseñando los calzoncillos, los calcetines medio subidos y unas Vans pudiera ser tan perfecto para mí.

Decir que lo amaba se quedaba corto. Decir que lo deseaba a todas horas, también.

Solo había una palabra capaz de resumir lo que sentía cada vez que despertaba a su lado.

Felicidad.

Se desperezó, entreabrió los ojos y me regaló la misma sonrisa con la que me despertaba cada mañana desde que nos habíamos casado.

Me incliné sobre él y besé sus labios.

—Buenos días, principito. —Le atrapé la mandíbula con los dientes mientras mi mano descendía hasta su erección matutina.

—Oh, entrenador... Me encanta que me despiertes así, pero estamos en casa de tus padres y pueden aparecer por el jardín en cualquier momento —comentó entrecortadamente, aunque no hizo el menor intento por apartarme.

—Pues estate calladito, porque follándote es exactamente como quiero empezar el día de mi cumpleaños.

—Eso mismo dijiste ayer, cuando todavía tenías una edad... y unas horas después, cuando ya habías sumado un año más.

—Ya me conoces. Soy insaciable cuando se trata de ti. Nunca tendré suficiente.

—Yo tampoco. —Tiró de mi pelo, obligándome a echar la cabeza hacia atrás, antes de atrapar mis labios con los suyos—. Felicidades, abuelo.

Se echó a reír.

Me quedé completamente quieto.

—¿Qué has dicho?

Lo inmovilicé bajo mi cuerpo, presionando mi erección contra la suya mientras sujetaba sus muñecas por encima de la cabeza.

—Retíralo.

Me sostuvo la mirada, sin ceder.

—Hazlo.

Aumenté un poco más la presión, convencido de que estaba a punto de rendirse, cuando la voz de mi madre llegó desde el otro lado.

—¡Chicos! ¿Estáis despiertos?

—¡Mierda! —bramé, enterrando la cara en su hombro—. ¡No, mamá! Estamos en un profundo sueño.

Kieran rompió a reír.

Me apoyé sobre los antebrazos, solté sus manos y las suyas fueron inmediatamente a mi espalda para acariciármela con suavidad. Tiré un poco de su pelo hacia atrás antes de mirarlo.

—Esta noche nos largamos de aquí y no pienso salir de la casa de mi abuela en todo lo que nos queda de vacaciones.

—Lo veo bastante complicado... —murmuró con una sonrisilla, como si supiera algo que yo todavía desconocía.

Ya tendría tiempo de preguntarle.

Ahora lo importante era vestirnos... y encontrar la manera de disimular aquellas dolorosas erecciones.

Nos cambiamos entre risas y salimos de la cúpula. En cuanto pisamos el porche, rodeé los hombros de Kieran con un brazo. Él respondió abrazándome por la cintura con las dos manos y, antes de llegar a la cocina, nos detuvimos un instante para besarnos.

Al abrir la puerta, nos encontramos con la mesa completamente preparada. Un desayuno que parecía no tener fin ocupaba casi toda la cocina y, en el centro, descansaba una enorme tarta.

Mi madre, mi padre, Sinéad, Declan y la pequeña Fiadh ya nos estaban esperando.

La primera en recibir un beso fue mi sobrina. La levanté en brazos mientras se reía y me agarraba de la barba con sus pequeñas manos.

—Eh, tú, a tu tío le ha costado mucho conseguir una barba así de perfecta.

Mi madre negó, divertida, con la cabeza antes de besarme en la mejilla.

—Feliz cumpleaños, cariño.

Mi padre me dio un fuerte abrazo y me revolvió el pelo al separarse, como llevaba haciendo desde que era un crío.

Sinéad se acercó la última. Me sujetó la cara entre las manos y empezó a tirarme de los mofletes.

—Feliz cumpleaños, a stóirín .

—¡Au! ¡Déjalo ya! Sabes que odio que me llames así.

—Pues por eso lo hago.

—Ahora entiendes cómo me siento cada vez que me llamas principito —dijo Kieran entre risas.

—No pienso dejar de hacerlo —aseguré.

Kieran me respondió con un azote en el culo.

—Y yo tampoco voy a dejar de llamarte a stóirín —añadió mi hermana con una sonrisa de pura satisfacción, claramente del lado de mi marido.

Resignado, levanté las manos.

—Estoy completamente rodeado.

Todos rompieron a reír.

Mi madre fue colocando los platos mientras mi padre encendía las velas de la tarta.

Me situé detrás de Kieran, lo rodeé con los brazos y le di un beso en el cuello.

—Soplemos juntos.

Giró la cabeza para mirarme y sonrió.

—Siempre.

Entrelazó sus dedos con los míos y apagamos las velas al mismo tiempo, mientras el resto aplaudía.

Poco después empezamos a servir el desayuno. Entre tostadas, café y risas, Kieran carraspeó suavemente.

—Bueno... tenemos un regalo para ti.

Recorrí la mesa con la mirada. Todos sonreían.

—¿Sabes la casa de tu abuela? —preguntó Kieran.

Asentí.

—Pues ahora es tuya... No, nuestra —se corrigió enseguida, buscando mi mano por debajo de la mesa.

Me quedé completamente desconcertado.

—¿Cómo?

—Yo me ofrecí a comprársela a tus padres, pero me dijeron que la parte que te correspondía era su regalo de boda.

Después intenté comprarle su parte a Sinéad, pero tampoco quiso aceptar el dinero.

Me dijo exactamente lo mismo que ellos. Insistí, sobre todo ahora que tienen a Fiadh, pero no hubo manera.

Tu hermana y Declan dicen que, gracias a ti, pudieron formar la familia con la que siempre habían soñado y que jamás podrán devolverte todo lo que hiciste por ellos.

—Espera... ¿y las obras? —Me costó encontrar la voz.

—Eso tendrás que hablarlo con tu marido —intervino mi padre, señalando a Kieran—. Ha sido él quien se ha encargado de toda la reforma. Nosotros solo hemos hecho de intermediarios. Quería que estuviera terminada antes de que llegarais, pero surgieron un par de problemas y no pudo ser.

Me observaba en silencio, pendiente de cada uno de mis gestos, como si mi reacción fuera lo único que realmente le importaba. Yo seguía sin encontrar las palabras.

Tenía una familia increíble. Había crecido rodeado de personas que nunca dejaron de quererme, de apoyarme y de recordarme quién era, incluso cuando yo mismo lo había olvidado.

Y después estaba él.

Había aprendido a querer Irlanda como si también fuera su hogar. Quería a mi familia como si fuera la suya y acababa de devolverme el lugar donde habían nacido algunos de mis recuerdos más felices para que, juntos, construyéramos muchos más.

Me levanté de la silla, lo alcé entre mis brazos y lo abracé con todas mis fuerzas.

—Gracias. Te amo.

Lo besé despacio antes de volverme hacia el resto.

—Y gracias a vosotros también. Os quiero muchísimo.

Mi madre se secó una lágrima con disimulo mientras mi padre sonreía orgulloso.

—Bueno... ¿alguien va a empezar a desayunar o pensáis pasaros todo el día poniéndoos sentimentales? —preguntó Sinéad, alzando la taza de café.

Todos estallamos en una carcajada.

Definitivamente, la felicidad siempre había sido aquello. Tener un lugar al que volver. Y personas con las que compartirlo.

Desayunamos entre risas, repitiendo café y brindando con zumo por mi cumpleaños mientras Fiadh iba pasando de unos brazos a otros.

Después nos duchamos y, cuando terminé de vestirme, mi padre, Declan y yo salimos de casa con la pequeña para recoger unas cuantas cosas que, según ellos, todavía faltaban para la celebración.

No entendía por qué Kieran había preferido quedarse con mi madre y Sinéad. Cada vez que le preguntaba, me respondía con una sonrisa demasiado inocente para resultar creíble.

La mañana transcurrió entre recados, conversaciones y las ocurrencias de Fiadh, que no dejaba de señalar todo lo que encontraba a su paso. Cuando por fin regresamos a casa, me sorprendió encontrar varios coches aparcados frente a la entrada. Ninguno me sonaba.

—¿Esperábamos visita?

Mi padre se limitó a encogerse de hombros con esa media sonrisa que siempre aparecía cuando escondía algo.

En cuanto abrí la puerta, las bolsas me resbalaron de las manos.

—¡Sorpresa!

Mis ojos fueron directamente hacia Jordan y River.

En cuanto me vieron, las dos corrieron hacia mí y casi no tuve tiempo de reaccionar antes de levantarlas del suelo en un abrazo.

—¿Pero vosotras qué hacéis aquí?

—Nos han invitado al cumpleaños de alguien a quien queremos muchísimo y no podíamos faltar —explicó River con una sonrisa—. Ahora tengo que ir con tu hermana; luego hablamos.

Me dio un beso en la mejilla antes de desaparecer por el pasillo.

Jordan, en cambio, volvió a abrazarme.

—Felicidades. Te quiero, ¿lo sabes?

—Y yo a ti. —La estreché con fuerza entre mis brazos—. Te he echado muchísimo de menos.

—Si no me dejáis formar parte de ese abrazo, me voy a empezar a poner celoso.

La voz de Nathan nos hizo reír.