Atrapados en la jugada (Corazones en juego 5) Capítulo 44
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Capítulo 44

CONOR

Antes incluso de salir del túnel, ya podía escuchar a la afición.

Más de dieciocho mil personas vestían los colores de Boston. No quedaba un solo asiento libre y en cada rostro se reflejaba la misma convicción: aquella noche iban a levantar la Stanley Cup. No los culpaba por creerlo.

Habían terminado la temporada regular con mejor balance que nosotros y se habían ganado el derecho a disputar el séptimo partido en casa, sobre su hielo y frente a su gente.

Las estadísticas tampoco estaban de nuestro lado. Los expertos llevaban toda la semana repitiendo que Boston era favorito, un peso pesado de los Original Six con más experiencia, más profundidad y más recursos, y que nosotros ya habíamos llegado muy lejos.

Sonreí para mis adentros. Llevaba demasiados años en el hockey como para creer ciegamente en los pronósticos, porque había algo que las estadísticas nunca habían conseguido explicar, los milagros. Y, de vez en cuando, también ocurrían.

Me detuve detrás del banquillo mientras mis jugadores saltaban al hielo.

Kai fue el primero en colocarse bajo la portería.

Golpeó los postes con el stick , como hacía antes de cada partido, y después levantó la vista hacia el marcador.

Juraj patinó hasta el círculo central, moviendo los hombros para destensarlos.

Unos metros más atrás, Kieran y Caden chocaron los guantes antes de ocupar su posición en la línea defensiva.

Los observé uno por uno, aunque no podía apartar la vista de mis tres mejores amigos y de mi chico. Para cualquiera eran un portero, dos defensas y un delantero. Para mí, eran mi familia. Hombres que habían sangrado, reído y llorado juntos durante años para llegar hasta allí.

Exhalé lentamente.

Solo quedaban sesenta minutos. Sesenta minutos para demostrar que, a veces, los milagros también vestían los colores del Seattle Rift.

El disco cayó sobre el hielo y el estruendo del pabellón aumentó todavía más.

Boston salió dispuesto a pasarnos por encima desde el primer segundo: presión alta, golpes contra la valla y disparos desde cualquier posición.

No querían dejarnos respirar. Sabían que, si conseguían adelantarse pronto, el público empujaría al equipo hasta el final.

—¡Vamos! ¡Sacad el disco de ahí! —grité desde el banquillo.

Kieran llegó primero al fondo de la pista, protegió el disco con el cuerpo y encontró a Caden con un pase limpio. Entre los dos rompieron la presión y Juraj salió disparado por la banda izquierda. La primera ocasión fue nuestra. El disparo se perdió rozando el larguero.

Los siguientes minutos fueron un intercambio constante de golpes. Kai empezó a demostrar por qué era uno de los mejores porteros de la liga. Detuvo un disparo a bocajarro, después otro y un tercero que desvió con la punta de la manopla cuando medio pabellón ya celebraba el gol.

La afición respondió al instante, alentando a los suyos, mientras yo era incapaz de apartar la vista del hielo. El reloj avanzaba demasiado despacio.

Cuando sonó la bocina que señalaba el primer descanso, el marcador seguía inmóvil: 0-0.

Entramos en el vestuario jadeando. Nadie hablaba. Todos sabíamos que estábamos exactamente donde queríamos estar.

—Escuchadme.

Las miradas se clavaron en mí.

—Ellos han salido convencidos de que este partido era suyo. Llevan veinte minutos intentando demostrarlo y no lo han conseguido.

Recorrí el vestuario con la mirada antes de acercarme al centro de la sala.

—No penséis en levantar la Copa. No penséis en el séptimo partido. Ni siquiera penséis en el siguiente periodo. Pensad en el siguiente turno, en el siguiente pase, en el siguiente bloqueo. Uno detrás de otro. Eso es lo que nos ha traído hasta aquí.

Juraj asintió, Caden se inclinó hacia delante apoyando los codos sobre las rodillas y Kieran no apartó la vista de mí ni un solo instante.

—Sesenta minutos parecían demasiados cuando empezó el partido. Ahora solo quedan cuarenta. Cuarenta minutos para escribir la historia.

El silencio no duró ni un segundo antes de que Kai fuera el primero en ponerse en pie.

—¡Vamos!

Uno tras otro, todos hicieron lo mismo y, cuando regresamos al hielo, ya no vi a un grupo de jugadores. Vi un equipo dispuesto a pelear hasta el último segundo por un milagro.

El reloj seguía corriendo. El cansancio empezaba a notarse en cada cambio de línea, pero ninguno de los dos equipos estaba dispuesto a cometer el más mínimo error.

Hasta que ocurrió.

Kieran recuperó el disco junto a la valla y aguantó el contacto de dos jugadores antes de sacarlo hacia Caden. Este apenas necesitó un toque para abrir el juego hacia Juraj, que entraba lanzado por la banda izquierda.

—¡Vamos! —grité.

Juraj cruzó la línea azul, levantó la cabeza y soltó un disparo seco. El disco atravesó un bosque de piernas y terminó colándose junto al poste.

La red se movió.

Nuestro banquillo estalló.

0-1.

Boston pidió tiempo muerto.

Los jugadores se reunieron alrededor de su entrenador, mientras nosotros aprovechábamos para recuperar el aliento. Solo quedaban unos segundos y todos sabíamos lo que iba a pasar.

Cuando regresaron al hielo, el portero de Boston salió disparado hacia el banquillo. Un sexto jugador ocupó su lugar sobre la pista. Se lo jugaban todo al ataque.

Quedaban doce segundos.

Doce segundos eternos.

—¡Todos atrás! —grité con la voz completamente rota.

Ya no había estrategia. Solo supervivencia.

Un disparo. Kai lo rechazó con el bloqueador. Otro. Caden se lanzó al hielo para impedir que llegara a la portería.

El disco quedó muerto durante un instante delante de Kai.

Sentí que el corazón se me paraba.

Kieran apareció de la nada y lo mandó contra la valla de un golpe seco.

Cinco segundos.

El pabellón entero estaba de pie.

Cuatro.

Tres.

Boston volvió a cargar.

Dos.

Caden consiguió sacar el disco de nuestra zona.

Uno.

La bocina sonó.

Durante un segundo nadie se movió, como si ninguno de nosotros terminara de creer que aquello había acabado.

Entonces el mundo explotó.

Los palos salieron despedidos por los aires, los guantes cayeron sobre el hielo y Kai se tiró de espaldas dentro de la portería, riéndose como un loco mientras el resto del equipo corría hacia él.

Juraj fue el primero en llegar; después, Caden; y, por último, Kieran se lanzó sobre todos ellos hasta formar una montaña de cuerpos en mitad del hielo.

Permanecí inmóvil. Sentía que las piernas me fallaban.

Habíamos ganado la Stanley Cup.

Noté una mano sobre mi hombro y, al volverme, me encontré con Nathan.

Ninguno de los dos dijo nada. Habíamos vivido demasiadas cosas juntos para que un simple «enhorabuena» bastara.

Fue él quien terminó rompiendo el silencio.

—Lo lograste, tío.

Sonreí entre lágrimas y negué despacio con la cabeza.

—Lo logramos. Somos un equipo.

—No. —Dio un paso al frente y me abrazó con tanta fuerza que casi me dejó sin aire—. Somos mucho más que eso.

Le devolví el abrazo sin pensarlo. Hacía demasiado tiempo que los dos necesitábamos aquel acercamiento.

Cuando por fin nos separamos, me dio una palmada en el pecho.

—Somos una familia.

Asentí, incapaz de decir una sola palabra.

Mi mirada se desvió hacia Kieran.

Se había apartado del resto del equipo y caminaba en dirección a Jordan. La abrazó con fuerza y ella, sonriendo, metió la mano en una bolsa de deporte, de la que sacó una camiseta cuidadosamente doblada. La sostuvo unos instantes antes de entregársela.

Kieran la recibió con ambas manos, como si fuera el objeto más valioso del mundo. Después levantó la vista y comenzó a patinar hacia mí.

Se detuvo a mi altura sin decir una sola palabra. Entre sus manos seguía sosteniendo aquella prenda doblada con un cuidado casi reverencial.

No entendía nada.

Hasta que la desplegó.

El número 29.

Liam.

Me faltó el aire mientras mis ojos recorrían una y otra vez aquellas letras que conocía de memoria.

No era posible.

Kieran dio un paso hacia mí y me la entregó.

—Fui a hablar con Jordan hace unos días y coincidió conmigo en que él también debía estar aquí de alguna forma si hoy ganábamos. Además, creo que nos ha traído suerte. Digamos que esta noche ocurrió el milagro MacAllister.

Mis manos temblaban cuando la cogí.

—Tengo entendido que le prometiste levantar la Copa, así que lo harás con su camiseta puesta. Porque esta victoria también es suya.

—Kieran... yo no sé qué decir.

Las lágrimas me nublaron la vista mientras apretaba la camiseta contra mi pecho.

Kieran levantó la mano y me acarició la mejilla con un cariño que terminó de romperme.

—Siempre será parte de los Rift, Conor. —Hizo una breve pausa—. Y siempre será parte de ti.

No había celos ni miedo. Solo una aceptación tan inmensa que me hizo comprender que nunca me pediría elegir entre el hombre al que había amado y el hombre al que amaba ahora.

Liam siempre tendría un lugar en mi corazón y Kieran acababa de demostrarme que él también estaba dispuesto a compartir ese espacio.

Abracé la camiseta con más fuerza, cerré los ojos un instante y, cuando volví a abrirlos, lo único que pude hacer fue sonreír entre lágrimas. Le rodeé la nuca con una mano y tiré suavemente de él hasta apoyar mi frente contra la suya.

—Te amo, principito.

Él sonrió.

—Yo también te amo, entrenador.

Lo besé despacio, sin prisa, con toda la gratitud que era incapaz de expresar con palabras.

—Vamos —murmuró Kieran.

Asentí, me puse la camiseta con el número 29 y caminamos juntos hacia nuestros compañeros.

Cuando el comisionado nos entregó la Stanley Cup, nadie pensó en quién debía levantarla primero.

Aquello nunca había ido de uno solo. Había sido de todos.

Nos reunimos en el centro del hielo mientras los fotógrafos gritaban nuestros nombres y los flashes iluminaban el pabellón.

Kai rodeó la cintura de Mischa mientras ella apoyaba la cabeza en su hombro.

Juraj no soltó la mano de Kelsey ni un solo instante.

Nathan sonreía con Jordan a su lado. Ella apoyó una mano sobre mi pecho y, de algún modo, también abrazó a Liam.

Caden pasó un brazo por los hombros de River y Kieran permaneció junto a mí. Lo rodeé con el mío y besé su frente.

Sonreí porque, de alguna manera, Liam también estaba allí.

No podía verlo, pero lo sentía. En cada uno de nosotros. En cada victoria. En cada cicatriz. En cada recuerdo que nos había convertido en quienes éramos.

Nos abrazamos alrededor de aquella Copa. Alrededor de aquella camiseta. Alrededor de todo lo que habíamos construido durante tantos años.

Habíamos peleado, perdido y nos habíamos roto más veces de las que podía recordar. Habíamos discutido, gritado, caído y encontrado la fuerza para levantarnos una y otra vez. También habíamos amado.

Habíamos aprendido que una familia no siempre nace de la sangre. A veces se elige. Se forja. Se defiende cada día.

Aquel no era solo el final de una temporada. Era el final de un camino que había comenzado muchos años atrás; un camino lleno de dolor, esperanza, despedidas y segundas oportunidades.

Y, aun así... allí estábamos.

Juntos.

Porque, si algo había definido siempre a los Rift, nunca fueron las victorias. Fueron las personas que decidieron permanecer unas junto a las otras incluso cuando todo incitaba a rendirse.

El amor.

La amistad.

La familia.

La libertad de ser quienes realmente éramos.

Esos habían sido siempre nuestros verdaderos colores. Y por ellos había valido la pena cada caída, cada lágrima y cada paso.

Porque, al final... habíamos llegado juntos.