Atrapados en la jugada (Corazones en juego 5) Capítulo 43 #3
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Capítulo 43 #3

—Enhorabuena por el partido. Has jugado realmente bien —su tono sonó demasiado áspero para que aquellas palabras pudieran interpretarse como un cumplido—.

Durante muchos años quise verte brillar así, que todas las miradas recayeran sobre ti, pero después recuerdo que en lo único que destacas es chupando pollas...

y se me pasa. Qué vergüenza. Supongo que esa es tu única motivación para seguir sobre el hielo, intentar estar a la altura de Liam MacAllister.

Debe de ser muy duro saber que tu maridito jamás dejará de compararte con él.

Nunca estarás a su nivel. Ni sobre el hielo ni en esa mariconada que vosotros llamáis amor.

Apreté los puños. Estaba a un paso de romperle la cara allí mismo, pero me obligué a contenerme.

Si yo saltaba, Drayton lo haría detrás de mí y aquello acabaría convirtiéndose en otro escándalo.

No pensaba darle el gusto de seguir hundiéndome públicamente, como había hecho desde que salió a la luz lo de Las Vegas.

Porque, por triste que resultara, los ataques más homófobos que había recibido habían venido de mi propio padre.

—Tienes razón en una cosa —respondí con una calma que ni yo mismo sabía de dónde nacía—.

En Chicago no encontraba ningún motivo para salir al hielo.

Pero en Seattle todo cambió. Mis amigos, el equipo y Conor me devolvieron la pasión por este deporte.

La misma que siento cuando cojo una tabla de surf.

Se rio con desprecio.

—Y, en cuanto a lo de chupar pollas... creo que se me da bastante bien. Puede que tenga un talento oculto. Deberíamos preguntárselo a mi marido. Al fin y al cabo, es la única que me trago entera... y me encanta.

Vi cómo apretaba los dientes hasta tensar la mandíbula, mientras la carcajada de mi hermano resonaba a mi espalda.

—Puedes insultarme todo lo que quieras. Me da exactamente igual. Pero mírate. Fuiste, eres y seguirás siendo un perdedor. Algún día regresarás a tus orígenes y descubrirás que todo el odio que sembraste no sirvió absolutamente para nada.

Di un paso más hacia él.

—Una cosa. No vuelvas a mencionar a Liam MacAllister. Él no está aquí para defenderse, así que ten, al menos, la decencia de respetar a los muertos, Sebastián Rodríguez.

Alargué su nombre con todo el desprecio que sentía. Era un recordatorio de aquello de lo que siempre había intentado escapar y que, por mucho que lo negara, jamás dejaría de formar parte de él.

Le hice un gesto a mi hermano para irnos. Al pasar junto a mi padre, murmuró:

—Capullo. Algún día nos verás a los dos por la tele, sobre el hielo, y sabrás que allí donde estemos jamás serás bienvenido.

—¡Sois una vergüenza los dos! —nos gritó a la espalda—. ¡Uno es un maricón y el otro un drogadicto!

Drayton tenía la mecha muy corta.

Se dio la vuelta y le estampó un puñetazo en la cara que le partió el labio. Después sacudió la mano como si no hubiera pasado nada y regresó a mi lado.

—Qué a gusto me he quedado.

Solté el aire por la nariz, le pasé un brazo por los hombros y seguimos caminando. Sin embargo, al cabo de unos metros me di cuenta de que había dejado de hablar. Iba demasiado callado, metido en sus pensamientos.

Me detuve y lo obligué a mirarme.

—No le hagas ni caso. Solo sabe escupir veneno. No permitas que te afecte, Dray. Es justo lo que busca.

Bajó la vista.

—Pero tiene razón... —Guardó silencio unos segundos—. Tú eres gay y yo... bueno, he acabado consumiendo alguna mierda.

De golpe, me sentí fatal. Pensé que nunca tendría que haberlo dejado solo en Chicago. Que separarnos había sido un error.

—Dray... ¿Estás metido en algo?

—No, no. No es lo que piensas. No tengo una adicción... por el momento.

—¿Cómo que «por el momento»? Joder, habla conmigo. Soy tu hermano. Que no vivamos bajo el mismo techo no significa que me hayas dejado de importar, ni que no te quiera, ni que no vaya a estar para ti siempre.

—Lo sé, Kier. Lo que pasa es que, entre los conciertos, los estudios y todo lo demás, no daba para más.

Alguna vez tomé algo para aguantar el ritmo y tener energía para subir al escenario.

Hasta que un día me desperté sin recordar qué coño había hecho la noche anterior.

Al mirar a mi alrededor y ver a todo el mundo completamente colocado, me asusté.

Fue entonces cuando comprendí que no quería acabar así.

Tocar en un grupo era mi sueño, pero, si ese sueño iba a destruirme, prefería dejarlo atrás.

Respiró hondo antes de continuar.

—En cambio, el hockey me centra. Me obliga a tener disciplina, horarios, responsabilidades... Me hace sentir bien. Me mantiene con los pies en la tierra.

Lo miré en silencio, intentando entender adónde quería llegar.

—Por eso he decidido poner toda mi energía en el hielo. Nunca pensé que diría esto, pero voy a luchar por ser jugador profesional.

Sonreí y lo estreché entre mis brazos.

—Lo vas a conseguir. Y, cuando llegue ese día, allí estaré para verlo. Te quiero, no lo olvides.

—Yo también te quiero. Y sé que siempre te voy a tener, aunque supongo que los dos necesitábamos alejarnos para encontrar nuestro propio camino.

Lo abracé con un poco más de fuerza.

Quizá esa era la lección que llevábamos demasiado tiempo sin entender.

Él creyó que su futuro estaba sobre un escenario y yo pensé que el mío acabaría sobre una tabla de surf.

Ninguno de los dos terminó donde había imaginado.

A veces los sueños cambian sin que te des cuenta y, cuando lo hacen, no significa que hayas fracasado.

Solo que la vida ha encontrado un lugar mejor para ti.