Atrapados en la jugada (Corazones en juego 5) Capítulo 43 #2
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Capítulo 43 #2

Su boca atrapó la mía en un beso descuidado. Con la mano libre me tiró del pelo húmedo hacia atrás, dejando mi cuello al descubierto para recorrerlo con los labios sin parar de acariciarme.

—Joder... No estamos en condiciones de liarla más, Conor. Vamos a casa.

—No.

Se puso de rodillas. La toalla quedó enredada a mis pies y mi polla golpeó el fondo de su garganta.

—¿Sigues queriendo que pare?

Negué con la cabeza. Gimiendo, le sujeté la nuca y empecé a marcar el ritmo de sus movimientos.

—Me voy a correr en tu boca. Después saldremos de aquí, haremos una parada en tu despacho y me follarás encima de la mesa.

Sonrió. Ahuecó mis pelotas y lamió la punta antes de volver a tragársela.

A la mierda. Llegados a ese punto, un escándalo más era casi anecdótico.

***

Durante años pensé que el mejor día de mi carrera sería aquel en el que mi padre me mirara con orgullo. Qué equivocado estaba, porque ese día nunca llegó y, con el paso del tiempo, comprendí que tampoco lo necesitaba.

Tuve que marcharme de Chicago para descubrir quién era realmente.

Necesitaba alejarme de él, del apellido Price y de todo lo que implicaba; de un lugar donde nunca conseguí ser simplemente Kieran, sino el novio de la hija del presidente.

Fue en Seattle donde dejé de vivir intentando demostrar mi valía y empecé, por fin, a jugar para mí, recordando por qué me gustaba este deporte.

Aquella noche acabábamos de eliminar a Chicago en la serie más dura que había disputado en toda mi carrera.

No solo porque nos hubieran llevado al límite, sino porque, de alguna manera, también sentía que acababa de cerrar una batalla que llevaba librando desde mucho antes de convertirme en jugador profesional.

Mientras saludábamos a los rivales, muchos de mis antiguos compañeros se acercaron a estrecharme la mano.

Algunos me abrazaron, otros me felicitaron por la temporada y, por primera vez desde que había entrado en aquel estadio siendo un chaval, no vi lástima, ni condescendencia, ni miradas cargadas de prejuicios.

Vi respeto.

Por fin dejaron de ver el apellido Price, Crestwell Pharmaceuticals o al hombre que había salido con la hija del presidente. Delante de ellos solo estaba Kieran Price, el defensa que acababa de llevar a los Rift a disputar una Stanley Cup.

Noté un golpe en el costado y, antes de poder reaccionar, mi hermano prácticamente se me lanzó encima. Me abrazó con tanta fuerza que casi consiguió dejarme sin respiración mientras se reía como un auténtico loco.

—¡Le acabas de dar una patada en mitad de las pelotas a ese maldito cabrón que nos engendró!

—Que se joda. —No pude contener la risa.

—Dicen que en los Guardians están pensando en echarlo. Como llegue ese día... —Se llevó una mano al pecho en un falso gesto solemne— me voy a emborrachar, me voy a fumar un porro y voy a brindar en su honor. Y tú lo vas a hacer conmigo.

Se me escapó otra carcajada.

—Claro, es justo lo que necesito, dar positivo en drogas. Otro titular más para mi maravilloso currículum de cómo liarla en la NHL.

—Vale, el porro te lo perdono, pero no que te emborraches conmigo. Aunque, bueno... con dos copas ya vas haciendo eses.

—No te pases, ahora vivo con un irlandés, hermanito. Digamos que mi entrenamiento etílico en Irlanda ha dado sus frutos. Mi resistencia al alcohol ha mejorado considerablemente.

Drayton se rio con ganas.

Aún tenía una sonrisa en los labios cuando noté el brazo de Conor rodeándome los hombros. Me dio un breve apretón, lo justo para felicitarme sin llamar demasiado la atención.

—Muy bien jugado. —Me miró de esa manera tan seductora que siempre conseguía calentarme—. Les has cerrado la boca a todos. Estoy muy orgulloso de ti.

Le sonreí en respuesta, aunque tuve que conformarme con eso. Si hubiera seguido mis impulsos, lo habría besado allí mismo.

Debió de leerme el pensamiento porque se inclinó ligeramente hacia mí y murmuró:

—Deja de mirarme así.

—¿Así cómo?

—Como si quisieras follarme aquí mismo.

No pude evitar echarme a reír.

—Y deja de atraparte la lengua con los dientes —añadió, bajando todavía más la voz—, porque te juro que, cuando lleguemos a casa, vamos a dar bastante más espectáculo que el que acabamos de montar sobre el hielo.

Cuanto más libres nos sentíamos, más difícil era disimular las ganas que nos teníamos.

—¿Podéis controlaros hasta que lleguéis al hotel?

La voz de Drayton hizo que los dos giráramos la cabeza al mismo tiempo. Se acercó sonriendo, le dio una palmada en el hombro a Conor y añadió:

—Gran partido, cuñado.

Conor negó con la cabeza con resignación. Hacía tiempo que había aceptado que mi hermano siempre se referiría a él así y, siendo sincero, tampoco tenía motivos para corregirlo.

—Conor —lo llamaron desde el otro extremo del pasillo.

Se volvió hacia la voz y, después de dedicarnos una última mirada, levantó una mano.

—Ahora voy.

Se disculpó con un gesto antes de alejarse hacia el grupo que lo esperaba, mientras Drayton y yo retomábamos el camino hacia los vestuarios.

—Entonces, ¿vienes a casa?

—No. Prefiero quedarme en el hotel, Dray.

No hizo falta dar más explicaciones. Los dos sabíamos que aquel apartamento seguía trayéndome demasiados malos recuerdos como para volver a dormir allí.

—Pues, cuando terminéis de celebrar la clasificación, desayunamos juntos antes de que volváis a Seattle.

—Hecho.

—La próxima vez me toca a mí ir a verte. Llevo demasiado tiempo diciendo que iré y, al final, nunca encuentro el momento, Kier.

—Pues ya no tienes excusa.

Drayton soltó una risa por lo bajo, pero esta se apagó en cuanto ambos levantamos la vista al mismo tiempo.

Mi padre estaba allí.

Sentí cómo mi hermano tensaba el cuerpo y daba un paso al frente, dispuesto a encararse con él, pero lo sujeté por los hombros antes de que pudiera hacerlo.

—Déjame a mí.

Giró la cabeza para mirarme. Durante un instante pareció debatirse entre insistir o hacerme caso, hasta que terminó cediendo con un resoplido y se quedó unos pasos más atrás, sin apartar los ojos de nosotros.

Recorrí la distancia que me separaba de mi padre sin dejar de mirarlo. Todavía llevaba puesta la equipación de los Rift y los patines me hacían parecer más alto. Pero no era por eso por lo que lo veía más pequeño. Era algo mucho más profundo. Ya no me imponía. En ningún sentido.