Atrapados en la jugada (Corazones en juego 5) Capítulo 42
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Capítulo 42

CONOR

Pulsé el botón del ascensor sin apartar la vista del móvil. En cuanto las puertas se cerraron, deslicé el dedo por la pantalla.

ESCÁNDALO EN LOS SEATTLE RIFT: EL ENTRENADOR, CAZADO CON UNA DE SUS ESTRELLAS.

Seguí bajando.

CONOR FLANAGAN Y KIERAN PRICE: ¿ROMANCE O CONFLICTO DE INTERESES?

Otro.

El Seattle Rift vuelven a ser noticia por motivos ajenos al hockey. Una franquicia incapaz de escapar del escándalo.

Resoplé y continué deslizando.

Tras la muerte de Liam MacAllister, Conor Flanagan parece haber encontrado consuelo en Kieran Price, un defensa que ocupa exactamente la misma posición sobre el hielo. ¿Casualidad o incapacidad para pasar página?

Noté cómo se me tensaba la mandíbula.

Seguí bajando.

KIERAN PRICE, ¿UN DEFENSA OPORTUNISTA?

De abandonar Chicago por la puerta de atrás a asegurar su futuro en Seattle. Algunos creen que su mejor jugada nunca ocurrió sobre el hielo.

Otro.

Fuentes próximas a la familia Price aseguran que el joven defensa siempre sintió una obsesión enfermiza por Liam MacAllister. Consiguió a su pareja, pero jamás ocupará el lugar que el canadiense dejó sobre el hielo.

Estrujé la mano con tanta fuerza que me dolieron los nudillos.

Otro.

Seattle Rift, el equipo que nunca deja de avergonzar a la NHL. Escándalos, polémicas y una organización incapaz de respetar los límites entre jugadores, entrenadores y propietarios.

Apoyé la frente contra la pared metálica del ascensor.

Todavía quedaba otro.

UN EQUIPO SIN VALORES. UNA LIGA QUE MIRA HACIA OTRO LADO.

Cerré la noticia sin terminar de leerla.

El clic del ascensor anunció que había llegado a las oficinas.

Primero me esperaban Nathan, Kai, Caden y Juraj. Querían hablar conmigo antes de enfrentarnos al resto de socios del Seattle Rift en la junta general. Davenport estaba entreteniendo a los demás como podía mientras intentaba calmar los ánimos y ganar algo de tiempo.

Iba a necesitar bastante más que eso. Hacía dos días que todo había saltado por los aires.

Alguien nos había grabado besándonos mientras repostábamos gasolina antes de cruzar la frontera con Canadá. Fueron unos segundos, pero bastaron para que el vídeo estuviera en todas partes. Antes siquiera de que pudiera hablar con Nathan, Jordan y River, ellos ya lo sabían.

Intenté ponerme en contacto con los tres, pero fue imposible hablar con los Prescott. No querían ni verme.

River, en cambio, me había escuchado. Me prometió que hablaría con Jordan para convencerla de que, al menos, me diera la oportunidad de explicarme.

No sabía si lo conseguiría.

Aun así, allí estaba, a punto de entrar en la boca del lobo.

Pero mejor recapitulemos.

¿Cómo demonios había llegado hasta ese punto?

Todo había empezado una semana antes. Porque, aunque todavía me costaba creerlo, ese era el tiempo que llevaba casado.

Cuando le había dicho a Kieran que teníamos cita en el juzgado, me había preguntado quiénes serían los testigos. Mi brillante idea había sido pedirles el favor a dos desconocidos que pasaran por allí, pero él me miró como si acabara de perder la cabeza. Quería que estuvieran Kelsey y Juraj.

El problema era que ninguno de los dos contestaba al teléfono, así que fuimos directamente a casa del eslovaco.

Nos encontramos a Mischa en el jardín y, mientras hablábamos con ella, me di cuenta de algo. Pisaba aquel lugar sin que me recordara a mi antigua casa-iglesia ni a Liam. Podía respirar sin sentir que me faltaba el aire, aunque probablemente la adrenalina también tuviera algo que ver.

—Se han ido a Canadá esta mañana —nos aclaró la pequeña pelirroja.

Estuve a punto de darme por vencido..., hasta que vi a Kai salir al porche con una taza de café en la mano.

Miré a Kieran. Él me sostuvo la mirada y asintió. Perfecto.

—Necesitamos dos testigos.

Kai intercambió una mirada con Mischa.

—¿Para qué?

—Para nuestra boda.

Los dos se quedaron completamente inmóviles. Juraría que hasta dejaron de respirar.

—¿Perdón...? —alcanzó a decir Kai.

—No hay tiempo para explicaciones. Coged las llaves y subid al coche.

Ninguno de los dos se movió.

—¿Conor..., qué boda? —preguntó Mischa, todavía parpadeando como si esperara que aquello fuera una broma.

—La nuestra —repetí, señalándonos a los dos, por si aún le quedaba alguna duda.

Kai abrió la boca para decir algo, pero no salió ni una sola palabra.

—Venga, vamos. Llegamos tarde.

Entre Kieran y yo prácticamente los empujamos hasta el coche antes de que terminaran de procesar lo que acababan de oír.

Durante el trayecto les resumimos, como pudimos, todo lo que había pasado durante los últimos meses. Bueno, lo intentamos, porque cada dos frases alguno de los dos nos interrumpía para asegurarse de que no les estábamos tomando el pelo.

—Espera, espera... —Kai me cortó—. ¿Me estás diciendo que lleváis juntos todo este tiempo?

—Sí.

—¿Y que os vais a casar... hoy?

—También.

Volvió a hacerse el silencio.

Miré por el retrovisor.

Kai seguía con la boca abierta. Mischa parecía haber olvidado incluso parpadear.

No recordaba haber visto nunca a dos personas tan calladas, con los ojos tan abiertos y la mandíbula tan cerca del suelo.

El resto del trayecto transcurrió más o menos igual.

Kai y Mischa iban alternando el silencio absoluto con preguntas que casi no nos dejaban responder antes de formular la siguiente.

Para cuando llegamos al juzgado seguían intentando asimilar que, después de más de un año ocultando nuestra relación, habíamos decidido casarnos...

y que ellos acababan de convertirse en nuestros testigos sin previo aviso.

En menos de diez minutos estábamos sentados frente al oficiante.

Este cerró la carpeta que tenía entre las manos y nos dedicó una sonrisa.

—Antes de continuar, hay una última cuestión administrativa. ¿Alguno de los dos va a cambiar su apellido tras el matrimonio?

Miré a Kieran. Él negó despacio con la cabeza.

—No.

—¿Lo tenéis claro?

Kieran buscó mi mano y entrelazó sus dedos con los míos.

—Muy claro. —Hizo una pausa antes de continuar—. Nos conocimos siendo Price y Flanagan. —Sus ojos buscaron los míos—. Así nos enamoramos.

Sonreí sin poder evitarlo.

—Durante mucho tiempo odié mi apellido. Odié todo lo que representaba.

—Respiró hondo—. Pensé muchas veces en cambiarlo, en dejar de ser un Price para siempre.

—Apretó un poco más mi mano—. Pero un día entendí que ese apellido ya no le pertenece a quien me hizo daño.

Me pertenece a mí, porque soy yo quien ha decidido qué significa llevarlo.

Levantó la vista. Había paz en sus ojos.

—Hoy sigo siendo Kieran Price y él seguirá siendo Conor Flanagan, porque no necesito que compartamos un apellido para saber que es mi marido. Nos elegimos antes de firmar un papel y pienso seguir eligiéndolo todos los días de mi vida.

El oficiante sonrió.

—Entonces... continuemos.

Levanté la pequeña caja de madera que descansaba sobre la mesa.

—Nosotros tampoco tenemos anillos.

La abrí. Dentro descansaban dos finas cadenas, sencillas y discretas.

Solo un pequeño abalorio oculto junto al cierre las hacía diferentes.

Eran perfectas para nosotros. Kieran nunca salía de casa sin llevar algo al cuello y yo jamás me habría sentido cómodo con un anillo.

Sin proponérnoslo, habíamos encontrado un símbolo que hablaba un poco de los dos.

Cogí una de ellas.

—Date la vuelta.

Kieran obedeció. Aparté con cuidado el cuello de su camisa y cerré la cadena alrededor de su cuello. Mis dedos encontraron el pequeño trébol de tres hojas.

Sonreí.

—Un trébol.

Esperé a que volviera a mirarme.

—Para que siempre lleves un pedacito de mi tierra contigo. —Acaricié el pequeño símbolo—. Y para que nunca olvides que, desde el momento en que entraste en mi vida, Irlanda también se convirtió en tu hogar.

Vi cómo sus ojos se humedecían. Sin decir una palabra, tomó la otra cadena.

—Ahora tú.

Me giré. Sentí sus dedos retirando el cuello de mi camisa mientras cerraba el broche. Después dejó el pulgar sobre el pequeño colgante.

Una ola.

Sonrió.

—Porque fue junto al mar donde me enamoré de ti. Y quiero que nunca olvides que, aunque cambie la marea, siempre te traerá de vuelta a mí.

No fui capaz de responder. Solo apoyé mi frente contra la suya durante un instante.

El oficiante esperó unos segundos antes de continuar.

—Conor Flanagan, ¿aceptas a Kieran Price como tu esposo?

No aparté la mirada de él.

—Sí, claro que sí.

—Kieran Price, ¿aceptas a Conor Flanagan como tu esposo?

Sonrió. Esa sonrisa que se había convertido en mi debilidad.

—Llevo mucho tiempo eligiéndolo. —Hizo una breve pausa—. Pero sí..., sí, quiero.

Firmamos los documentos. Primero nosotros. Después Kai. Y, por último, Mischa.

El oficiante cerró la carpeta y sonrió.

—Enhorabuena. Ya está. Así de sencillo. Así de definitivo.

Durante unos momentos ninguno de los cuatro dijo nada. Hasta que Kai dio dos zancadas y me envolvió en un abrazo que casi me dejó sin respiración.

—Ya era hora de verte feliz, joder.

Me eché a reír mientras le devolvía el gesto. Cuando me soltó, hizo lo mismo con Kieran. Lo estrechó con fuerza y le dio un par de golpes en la espalda.

—Cuídalo.

Kieran sonrió sin apartar la vista de mí.

—Eso pienso hacer el resto de mi vida.

Mischa se acercó despacio. Me abrazó primero a mí. Después a Kieran y, finalmente, terminó rodeándonos a los dos con sus pequeños brazos. Sonrió con los ojos brillantes.

—Me alegro tanto por vosotros...

Nos quedamos así un momento. Cuando Mischa se separó, di un paso hacia Kieran. Le acaricié la mejilla con el dorso de la mano y volví a apoyar la frente contra la suya.

—Hola, marido.

Una sonrisa asomó a sus labios.

—Hola, marido.

Entonces lo besé.

Con calma, sonriendo entre sus labios.

Un ligero golpe en el hombro me devolvió al presente.

Me había quedado plantado frente a la puerta del despacho de Nathan, perdido en mis propios pensamientos.

Caden estaba a mi lado.

—Eh, tío, ¿estás bien? —me preguntó mientras me apretaba el hombro en un gesto de apoyo.

—¿Cómo está Nate? —Obvié su pregunta y fui directo a lo que de verdad me importaba.