Atrapados en la jugada (Corazones en juego 5) Capítulo 41 #4
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Capítulo 41 #4

Rozó su nariz con la mía antes de besarme.

—Joder... —Miré nuestros torsos—. Estamos hechos un asco.

Cogí la toalla. Nos limpiamos un poco con ella y después me puse en pie.

—Tengo que darme una ducha aquí.

Conor cogió una botella de agua y me la lanzó para que bebiera.

—Vale, follaremos en la ducha. Dame un minuto.

—He dicho ducharme.

—Ya. Y yo, follar.

Sonreí, negando con la cabeza.

***

Durante todo el entrenamiento, Conor estuvo rarísimo, distraído, como si estuviera en otro lugar.

Creo que a nadie le pasó desapercibido. Lo conocía demasiado bien y aquello era el claro reflejo de que algo lo perturbaba o lo inquietaba.

Tuve miedo, porque tan solo unas horas antes habíamos estado en el gimnasio viviendo una reconciliación increíble, hablando de un futuro y de una vida juntos.

No voy a negar que una marea de pensamientos negativos me invadió y que la inseguridad volvió a salir a la luz.

Así que, tras ducharnos y hacer tiempo por el club hasta comprobar que era seguro, me dirigí a su despacho.

Toqué a la puerta y enseguida escuché su voz al otro lado.

Entré temeroso, pero, cuando sus ojos se cruzaron con los míos, vi en ellos emoción, brillo y amor.

—¿Se puede?

—Sí. Pasa el pestillo a la puerta y ven aquí.

Aquella breve frase calmó de golpe mi nerviosismo.

Fui hasta su mesa; él echó la silla hacia atrás, tiró de mí hasta encajarme entre sus piernas dejando mi trasero apoyado en el borde de la mesa y me abrazó por la cintura, apoyando la cabeza contra mi abdomen.

Mis manos buscaron de inmediato su cabello para acariciarlo entre los mechones.

—¿Qué te preocupa? —me doblé un poco para besarle la nuca antes de formular en voz alta las palabras que me daba terror tan solo pensar—. Por favor, dime que no te arrepientes.

Conor rompió el contacto y se puso en pie, obligándome a sentarme del todo sobre la mesa. Ahora era su cuerpo el que quedaba encajado entre mis piernas. Sujetó mi cara entre sus manos y clavó su mirada en la mía.

—Nunca me voy a arrepentir de estar contigo ni de amarte, Kieran.

—¿Entonces qué es? No me dejes fuera.

—No podría dejarte fuera de esto, porque tú formas parte de ello.

—Conor, no sé de qué demonios me estás hablando. ¿Podrías ser más claro?

—Anoche no pude dormir nada pensando en ti, en nosotros..., en el futuro.

—¿Y eso es malo?

—No, es maravilloso.

—¿Entonces?

—Casémonos.

Lo miré fijamente, pestañeando varias veces.

—¿Qué?

—Que nos casemos.

No pude evitar soltar una carcajada.

—¿Es una broma?

—No. Es una proposición de matrimonio.

Lo observé en silencio durante unos instantes, tratando de asimilar sus palabras. Conor no actuaba por impulso; si acababa de decir aquello era porque estaba completamente seguro de querer dar ese paso.

—Te juro que no entiendo... Pensé que tú y yo no éramos muy afines a las etiquetas ni a los formalismos. Siempre creí que ambos coincidíamos en que no necesitábamos un papel firmado ni una boda para validar lo que sentimos, que el amor verdadero no necesita que nadie lo certifique.

—Cierto.

—Entonces... ¿por qué?

—Porque estoy demasiado cansado para enfrentar toda la mierda que, tarde o temprano, va a venir.

Me llevó un segundo comprender a qué se refería.

—En cuanto esto se sepa... —Nos señaló a los dos con la cabeza—, nos van a juzgar.

Van a opinar sobre nosotros, a decidir si lo nuestro es real o no.

Van a compararte con Liam, dirán que eres un sustituto, que nunca podré quererte igual, que estoy intentando recuperar algo que perdí, que esto no durará, que es demasiado pronto.

O demasiado tarde. Que nunca debimos estar juntos.

Sabía que tenía razón. Conocía ese mundo igual que él.

—No quiero casarme porque necesite un papel para quererte, Kieran. Eso nunca ha dependido de un contrato. Si mañana desaparecieran todos los registros del mundo, seguiría eligiéndote. Todos los días. Sin excepción.

Bajó la mirada hasta nuestras manos, que ahora estaban entrelazadas.

—Nuestro amor no necesita una firma, pero el mundo sí cree en los contratos, en una palabra tan sencilla como «marido».

Y cuando todo eso empiece..., porque empezará, quiero que exista una verdad que nadie pueda discutir.

No para convencer a los demás. Quiero hacerlo para protegernos, para proteger lo que somos, para que nadie pueda decidir quién eres tú para mí.

Porque eso solo nos corresponde a nosotros.

—A mí me da exactamente igual casarme, porque ya eres todo lo que quiero. Pero, si crees que esto nos puede ayudar, adelante. Les daremos ese papel si es lo que esperan, aunque nosotros solo tengamos que seguir haciendo lo que llevamos haciendo desde el primer día: elegirnos, querernos y follarnos.

Lo vi relajarse por primera vez desde que había pronunciado aquella palabra.

—Es una mierda de pedida de matrimonio —resopló, sujetándome el mentón antes de tirar suavemente de él para darme un beso.

Me eché a reír.

—No, es perfecta. Es muy nosotros. —Volví a apoyar los labios sobre los suyos.