Atrapados en la jugada (Corazones en juego 5) Capítulo 41 #3
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Capítulo 41 #3

—Sí, mierda. Yo no puedo colarme en tu casa sin hablar antes con Jordan y Nathan, y creo que es muy arriesgado que vengas a la mía, porque vivo puerta con puerta con Hunter.

—Definitivamente tenemos que arreglar este asunto cuanto antes —atrapó de nuevo mis labios—. Este celibato me está matando.

—¿Un hotel? —propuse correspondiendo al beso y enredando las manos en su pelo—. No, demasiado arriesgado —desistí de inmediato.

Conor se apartó un momento y sujetó mi rostro con ambas manos, acariciándome la mejilla con el pulgar.

—Y he aquí el primer frente con el que tendremos que lidiar como pareja.

Pero esta noche no va a poder ser, así que tenemos dos opciones: la primera, nos despedimos aquí con un beso de buenas noches, cada uno se sube a su coche y se va a su casa terriblemente caliente hasta que pueda masturbarse...

o nos arriesgamos a ser descubiertos de la peor manera posible. Tú decides, principito.

Sonreí, y no solo porque había echado de menos que me llamara así, sino porque no podía importarme menos el resto del mundo. Estábamos él y yo, y no pensaba aguantarme las ganas de sentirlo otra vez.

Tiré suavemente de su pelo hacia atrás, ascendí por su cuello con un reguero de besos hasta alcanzar su mentón y lo mordí antes de murmurar contra su boca:

—Fóllame, entrenador.

Las pupilas de Conor se dilataron todavía más y el verde de sus ojos se oscureció. Una sonrisa ladeada se dibujó en su rostro mientras se distanciaba un paso de mí.

Se acercó a la puerta, empujó el soporte de las pesas para bloquearla y apagó las luces principales. Solo quedaron encendidas las de emergencia, sumiendo el gimnasio en una penumbra rojiza.

Después, caminó hacia mí.

Retrocedí despacio, sin apartar la mirada de él, hasta que la parte posterior de mis piernas chocó contra el banco de abdominales.

Bajo su atenta mirada, me quité la camiseta. A continuación, deslicé los pantalones cortos de los Rift, que quedaron arremolinados alrededor de mis tobillos, y por último me deshice de las zapatillas y los calcetines.

Conor recorrió el poco espacio que nos separaba, pero no llegó a tocarme. Sacó la cartera del bolsillo, la abrió y lanzó un par de sobres de lubricante sobre una de las máquinas.

Inmediatamente se arrodilló frente a mí y me despojó de la única prenda que todavía cubría mi cuerpo, dejando mi miembro a escasos centímetros de su boca.

Su lengua se humedeció los labios con la clara intención de envolver mi longitud con ella; sin embargo, lo detuve.

Por más que me agradara la idea, tuve que desecharla.

—Estoy demasiado cachondo para estos juegos —le advertí—. Hace demasiado tiempo que no estamos juntos y no quiero correrme antes de que me folles.

—Recuperaremos el tiempo perdido, principito —gruñó antes de girarme e inclinarme sobre el banco de abdominales—. Yo estoy tan jodido como tú.

Me agarró de las caderas, me empujó hacia atrás y enterró el rostro entre mis nalgas. Sentí su lengua recorrerme mientras su nariz se hundía contra mi piel y su barba rozaba mis testículos. Me doblé hacia delante, aferrándome al banco en busca de apoyo.

—Joder... —gemí, sintiendo cómo preparaba mi cuerpo.

Cuando sus dedos me penetraron y sus dientes se clavaron suavemente en una nalga, un escalofrío me recorrió entero. Mierda. Podría correrme solo con sus dedos, pero lo que de verdad ansiaba era sentirlo dentro de mí.

—Fóllame —supliqué—. Te necesito a ti.

Se puso en pie, presionó mi espalda para hacerme inclinar un poco más sobre el banco y escuché cómo rasgaba otro sobre. Solo imaginar cómo extendía el lubricante sobre su erección hizo que me excitara todavía más.

Oh, joder.

Cuando la punta de su polla empujó contra mí, eché las caderas hacia atrás, intentando obligarlo a entrar.

El estiramiento fue tan intenso que las piernas amenazaron con ceder, pero Conor no dejó que cayera. Con las manos firmes en mis caderas, me sostuvo donde quería mientras me acariciaba el miembro con la otra.

— A Dhia ... Qué jodidamente bien se siente volver a estar dentro de ti, principito. Cómo me gusta follarme este culo, porque este culo solo es mío.

Se burló antes de embestirme con un poco más de fuerza para doblegarme.

Gimió cuando sus muslos golpearon mi trasero y permaneció unos segundos completamente quieto, como si quisiera disfrutar de la sensación de volver a estar enterrado en mí.

Mi polla dio un respingo y mi cuerpo se fue acostumbrando poco a poco a tenerlo otra vez en mi interior.

Aferrado al banco, empecé a balancear las caderas.

Sus manos se apretaron contra mi piel, pero no volvió a moverse, me dejó marcar el ritmo. Cuando hice girar las caderas sobre él, el aire escapó de sus pulmones en un jadeo ahogado.

—Kieran, muéstrame cuánto me has echado de menos.

Me dio una pequeña embestida y me obligó a incorporarme mientras me mordía un lado del cuello. Sus manos presionaron la parte delantera de mis caderas, empujándome hacia atrás hasta que mi culo golpeó sus muslos y ambos gemimos.

Lo aparté y me volví hacia él. Le bajé del todo los pantalones y los calzoncillos, dejándolos junto a las deportivas. Después le quité la camiseta y lo arrastré hasta el banco, obligándolo a sentarse.

—Voy a montarte aquí mismo, entrenador.

Lo empujé hasta tumbarlo boca arriba. Me senté a horcajadas sobre sus caderas y apoyé las manos en sus pectorales.

—A partir de ahora, cada vez que veas a tus jugadores haciendo abdominales, te acordarás de mí... y de cómo aquí te corriste como nunca.

—Guau, hablas con demasiada seguridad, principito, y todavía no ha sucedido.

—Lo harás, entrenador. Créeme, lo harás.

Cuando me hundí sobre él, empalándome en su polla, comprendí dónde residía el verdadero poder. No era por haber tomado el control, sino por vernos así, juntos otra vez.

— Mo chreach ... —bramó mientras sus manos se aferraban a mis caderas, clavándome hasta el fondo.

Comencé a montarlo, dejándome llevar por la intensidad con la que lo sentía. Le sujeté las muñecas, se las inmovilicé por encima de la cabeza y sostuve su mirada.

—Quietecito, entrenador.

Ensarté su polla con un movimiento lento y profundo. Conor respondió levantando las caderas al mismo tiempo, y el sonido de nuestros cuerpos chocando se extendió por todo el gimnasio.

Me incliné sobre él y le mordí primero un pezón y después el otro, gimiendo contra su piel.

—Ah... Joder. Haz eso otra vez.

Intentó tomar el control embistiéndome desde abajo, pero no estaba dispuesto a cedérselo.

—Estate quieto.

Atrapé su labio inferior entre los dientes, ejerciendo la presión suficiente para arrancarle un gemido antes de soltarlo. Después recorrí su mandíbula con la boca y regresé a sus pezones. Gimió bajo mi cuerpo, completamente rendido.

—Eres mío, Conor Flanagan. Tu cuerpo es mío, tu polla es mía y el orgasmo que vas a tener también lo es.

Soltó una carcajada que no duró ni un segundo.

La borré succionándole el cuello mientras seguía montándolo con la misma intensidad con la que él solía dominarme a mí.

El sonido de nuestra piel chocando llenó el espacio y terminó mezclándose con nuestros jadeos.

La respiración se volvió cada vez más irregular y, cuando Conor consiguió liberar una mano para enredarla en mi pelo, permití que me besara mientras alcanzaba el orgasmo.

Se estremeció bajo mi cuerpo, llenándome de semen sin dejar de besarme. Continué moviéndome despacio sobre él, saboreando cada segundo, hasta que mi frente cayó contra la suya y yo también me corrí sobre sus abdominales.

—Joder... Cuando te corres estás increíble, principito.

Sonreí y me dejé caer sobre él. Ya no me quedaban fuerzas ni para sostenerme en pie. Permanecimos un rato en esa postura, descansando sobre su pecho e intentando recuperarnos.

—Estuvo bien, ¿no crees? Rápido, pero muy bien. —Lo miré apoyando la barbilla en su pecho.

—Sí, no estuvo mal —respondió con indiferencia.

Me incorporé y me quedé sentado sobre él, que intentaba contener una risa.

—Fue genial, Flanagan.

Se incorporó un poco y me dio un azote en el culo.

—Au. Qué agresividad, entrenador.

—Como me vuelvas a llamar por el...

—¿Qué? ¿Me vas a castigar?

—Algo mucho peor.