Atrapados en la jugada (Corazones en juego 5) Capítulo 41 #2
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Capítulo 41 #2

—Escúchame, Kieran. Quizá esta sea la única oportunidad que tenga para hablarte sin que huyas, para confesarte todo lo que llevo tanto tiempo guardando, así que la voy a aprovechar.

Mierda. No había escapatoria. Ahí estábamos, en medio de la calle, teniendo esa conversación que jamás debía haber ocurrido.

—Todo este tiempo has creído que no eras suficiente.

Ni tú, ni tu amor, ni lo que teníamos. Joder, eres más de lo que me merezco y de lo que jamás hubiera imaginado.

Eres el lugar al que quiero volver cada noche, la primera persona en la que pienso al despertar y la única con la que quiero compartir todo lo que venga después.

Cuando te marchaste, entendí que mi vida ya giraba a tu alrededor y que no sabía cómo seguir adelante sin ti.

Me quedé inmóvil. Jamás imaginé escuchar algo así de sus labios.

—La cagué. Me perdí entre la culpa por volver a ser feliz, el remordimiento por creer que le estaba fallando y el miedo a hacer daño a las personas que más quería. Pensé en todo el mundo y me olvidé de preguntarme qué era lo que yo sentía de verdad.

—¿Y qué sientes, Conor?

No retiró la mirada de la mía.

—Que me he enamorado estúpidamente de ti. Y que me gustaría que me dieras una oportunidad para demostrarte que ya no voy a esconderte nunca más, que no volveré a soltarte la mano y que, si me lo permites, voy a quererte como siempre debí hacerlo. Porque te amo. Muchísimo.

—Yo también te amo, pero tengo miedo.

—Lo entiendo, y cualquier persona sensata te aconsejaría que huyeras de mí, de todo esto.

Porque no tengo nada más que ofrecerte que mi amor.

No puedo prometerte una vida perfecta, ni un para siempre, y mucho menos que vaya a ser un camino de rosas, porque estoy seguro de que no lo será.

Pero lo que sí puedo prometerte es que haré que cada día juntos merezca la pena.

—Lo siento, no puedo.

—Joder —exhaló mientras sacudía la cabeza con resignación—. Estás decidido a renunciar a lo nuestro y contra eso no puedo hacer nada.

—No es así. Ya te lo he dicho, pero no quiero seguir en una relación en la que siento que hay partes de ti a las que no puedo llegar, en la que me dejas fuera. Y los dos sabemos que eso no va a cambiar.

Lo miré una última vez antes de fijar la vista en la carretera y cruzar. Cuando alcancé la puerta del edificio, escuché cómo alzaba la voz desde la calle:

—¡Kieran! ¡Eso no va a volver a suceder! Estoy listo para dejar atrás el dolor, el remordimiento y esa culpa por traicionar el pasado. Estoy listo para avanzar, estoy preparado para encarar nuestro futuro juntos. Por favor, no dejes de luchar.

Mierda. Quería cruzar de vuelta, besarlo y decirle que yo también quería caminar a su lado, que lo haríamos funcionar. Pero, en su lugar, entré en el edificio.

La semana siguiente fue realmente extraña.

Conor cumplió su palabra y, tras aquella conversación, no volvió a comunicarse conmigo más allá de lo estrictamente necesario dentro del hockey.

Yo, en cambio, me castigué día y noche por no haber sido más valiente y arriesgarme, por haberme convertido en un cobarde; por actuar del mismo modo que siempre le critiqué a él cuando no se enfrentaba a sus amigos. Estaba haciendo exactamente lo mismo.

Entonces me invadió una sensación horrible, una voz que me gritaba desde dentro: «Esto es el final de verdad».

Cada vez que esa palabra, «final», retumbaba en mi cabeza, el corazón se me encogía un poco más.

Mierda, no podía perderlo. No quería perderlo.

Lo amaba y él me amaba a mí. Puede que no fuera sencillo —seguramente no lo sería—, pero estábamos vivos y podíamos luchar para hacer que funcionara.

Así fue como acabé mandándole un mensaje para vernos en el gimnasio.

Allí estaba yo, nervioso, temiendo que fuera demasiado tarde y que mi pánico nos hubiera llevado a un punto sin retorno.

Pero, cuando escuché unos pasos, mi corazón empezó a latir con fuerza.

La puerta se abrió —bum, bum, bum, cada vez más rápido— y, de repente, apareció el guardia de seguridad. Toda mi ilusión se desinfló de golpe.

—Vengo a avisarle de que mi turno ha terminado; me va a relevar mi compañero. Ya le he dicho que se encuentra usted en las instalaciones. Que pase buena noche, señor Price.

—Buenas noches, descansa —logré decir, completamente desanimado.

No iba a venir. Conor era una persona puntual y este tipo de retraso solo significaba que se había rendido. Cogí la bolsa que había traído como excusa para simular que entrenaba y empecé a apagar las luces. Justo en ese momento, la puerta se volvió a abrir.

Allí estaba él.

Mi corazón comenzó a tamborilear contra el pecho, bum, bum, bum. Di unos pasos hacia atrás mientras él la cerraba y se apoyaba en ella. Mi mochila cayó al suelo.

—Siento llegar tarde —se disculpó—. Me encontré con el guardia de seguridad de la noche y no paró de hablarme del último partido.

—No pasa nada. Lo importante es que has venido.

—¿Acaso dudabas de que lo fuera a hacer?

—No sé si dudar, pero sí tenía miedo de que te rindieras.

—¿Yo? Creo que es evidente que no. En tal caso, el que lo hizo fuiste tú.

—Conor, estoy aquí. Eso significará algo, ¿no crees?

—Ya no lo sé. No sé una puta mierda de nada.

—Quizá yo pueda ayudarte a ver las cosas con más claridad.

Acorté la distancia que nos separaba hasta quedar pegado a él. Le rodeé el cuello con los brazos y apoyé un instante la frente contra la suya antes de besarlo.

Fue un beso breve, un simple roce de labios; pero, esta vez, no llevaba el sabor amargo de una despedida.

Cuando nos separamos, me miró serio.

—¿De qué va esto, Kieran?

—Creo que de nosotros —volví a pegar mis labios contra los suyos antes de murmurar—, y de un futuro juntos.

Él echó la cabeza hacia atrás con brusquedad, golpeándola contra la puerta.

—¿Estás seguro de esto? ¿Dónde ha quedado tu miedo?

Me aparté un paso de él y comencé a caminar por la sala.

—En la vida todo es un riesgo, pero no quiero dejar de vivirla solo por estar asustado. Te amo, y este amor bien merece que me la juegue. Pero, por favor, no me dejes fuera de tu vida. Juntos podremos enfrentar lo que venga, por más difícil que sea.

—No lo haré. Ese es uno de los errores que no pienso volver a repetir.

—Bien, me alegro de que estemos de acuerdo en eso.

—Y en lo demás también. Tenías razón en todo, Kieran. Desde lo de hablar con mis amigos, algo que haré de inmediato, pasando por la cadena que me ataba a Liam, hasta el tema de la adopción.

—Conor, escucha. Si de verdad sientes que eso es lo que deseas, si quieres tener un hijo, no me voy a interponer.

—No —caminó hasta quedar frente a mí y posó un dedo sobre mis labios para hacerme callar—.

Estabas en lo cierto cuando me dijiste que yo no quería ser padre.

De hecho, fue uno de los temas por los que más discutimos Liam y yo.

Nuestra relación llegó a resentirse mucho por eso.

Sentía que podía perderlo y, al final, cedí.

Después él dejó de insistir tanto y el asunto quedó aparcado hasta que recibí aquella llamada.

Bajó la mirada y soltó el aire despacio.

—Cuando nos asignaron a la niña, no sentí alegría. Sentí pánico, creyendo que eso marcaría nuestro final. Pero, al mismo tiempo, sentía que se lo debía a Liam; que, después de todo lo que había luchado por formar una familia, era mi obligación cumplir su sueño.

»Pero, cuando nos separamos, tuve demasiado tiempo para pensar —continuó—.

Me di cuenta de que seguir adelante por pura lealtad o culpa habría sido un error.

Para la niña, que merecía unos padres que la desearan de verdad; para ti, porque te estaba arrastrando a una vida que no habías elegido; y para mí, por construir una familia sobre bases falsas.

Sus dedos buscaron los míos.

—Antes de tomar la decisión, hablé con Mia.

Necesitaba el consejo de alguien que entendiera de verdad lo que estaba sintiendo.

Ella conocía mejor que nadie lo importante que aquel proyecto había sido para Liam; habían hablado infinidad de veces sobre el tema y también sabía que nunca había sido mi sueño.

Le confesé que no podía dejar de pensar en esa niña, que me aterraba la idea de que nadie quisiera adoptarla por los problemas de salud que tiene y que, a medida que pasaran los años, sus posibilidades de encontrar un hogar serían cada vez menores.

Exhaló despacio.

—Entonces me hizo ver lo mismo que tú, que me estaba dejando llevar por los motivos equivocados.

Me recordó que ella y Davenport seguían adelante con su adopción porque siempre habían querido darle un hermanito al pequeño Liam, así que van a intentar quedarse con la niña.

No sé si acabará con ellos o con otra familia, porque eso no depende de nosotros; pero sí sé que, mientras espera un hogar, voy a hacerme cargo de todos los gastos médicos que necesite.

—Vaya... Eres increíble, Conor —le acaricié la mejilla y deslicé los dedos hasta perderlos entre su pelo—. Encontrará esa familia, estoy seguro.

—Kieran, he dejado atrás cualquier ancla que me impedía salir a flote, ahora solo estamos tú y yo y la vida que deseemos construir juntos.

—Eso suena realmente genial —sentí la humedad en los ojos.

Mi mano descendió hasta su nuca para sostenerlo allí mismo y besarlo de verdad, uniendo mis labios a los suyos.

Su boca se abrió y gemí cuando su lengua encontró la mía, entregándome a la gloriosa sensación de reencontrarme con lo que tanto había anhelado.

Sus dientes rozaron mi labio inferior, haciendo que mis caderas buscaran las suyas hasta chocar nuestras erecciones.

—Te he echado mucho de menos —murmuré sin dejar de besarlo.

—Creo que tanto como yo a ti —gruñó presionando nuestros cuerpos—. Venga, vámonos a algún lugar donde haya una maldita cama.

Me detuve en seco y eché la cabeza hacia atrás, sonriendo.

—¿A qué cama, Conor?

—Oh, mierda —resopló al darse cuenta de que el ático ya no era una opción.