Atrapados en la jugada (Corazones en juego 5) Capítulo 41
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Capítulo 41

KIERAN

El gimnasio del estadio siempre era distinto cuando se vaciaba. Sin las conversaciones de los compañeros, el golpe constante de las pesas o las bromas entre series, solo quedaban el zumbido de las máquinas y mi respiración.

Por eso llevaba semanas quedándome hasta muy tarde.

En el apartamento era incapaz de dejar de pensar en Conor.

Así que aquella se había convertido en mi única forma de escapar.

Entrenaba hasta que los músculos me ardían, aumentaba el peso una y otra vez y seguía castigándome el cuerpo hasta llegar completamente agotado a casa.

Solo así conseguía dormir unas pocas horas sin darle demasiadas vueltas a la cabeza.

Terminé la última serie, coloqué la barra sobre el soporte y me incorporé mientras me secaba el sudor con una toalla. En ese momento la puerta se abrió.

Levanté la vista y allí estaba Conor. El corazón me dio un vuelco, aunque hice todo lo posible por que no se notara.

—Hola.

—Hola —respondí, esforzándome por sonar tranquilo.

Me pasé la toalla por la nuca y empecé a guardar mis cosas en la mochila con torpeza.

—No hace falta que te vayas.

Seguí cerrando la cremallera antes de contestar.

—Ya había terminado.

Colgué la mochila al hombro y pasé a su lado con la intención de marcharme antes de que estar cerca de él me volviera a romper.

—Te quiero.

Aquellas palabras me dejaron clavado en el sitio. Tomé aire despacio y, sin girarme para mirarlo, respondí:

—Yo también te quiero, Conor... pero no es suficiente.

***

Al día siguiente, cuando terminé de entrenar, volví a encontrarlo allí.

No me sorprendió. Después de lo ocurrido la noche anterior, supuse que intentaría hablar conmigo de nuevo. Lo que no imaginaba era que aquello fuera a convertirse en una rutina.

Durante los días siguientes, Conor apareció una y otra vez.

Siempre esperaba hasta que el gimnasio se quedaba vacío y, cuando yo terminaba de entrenar y empezaba a recoger mis cosas, entraba por aquella misma puerta.

A veces permanecía en silencio, como si quisiera darme espacio; otras, cuando me veía colgarme la mochila al hombro, hacía un último intento antes de que me fuera.

—Kieran, no voy a rendirme. No contigo, no con nosotros, no con nuestro amor.

No voy a dejar de insistir hasta que me des la oportunidad de hablar.

Solo escúchame, por favor. Si después de eso ya no quieres volverme a ver, te prometo que me alejaré.

Jamás volveré a acercarme a ti más allá del hielo.

No respondía. Recogía mis cosas, evitaba su mirada y me marchaba.

Pasaron tres semanas así, sin que Conor faltara un solo día a su cita conmigo. Nunca intentó obligarme a escucharlo ni me puso contra las cuerdas. Simplemente aparecía y esperaba, como si estuviera dispuesto a repetir aquellas palabras tantas veces como hiciera falta hasta que yo dejara de huir.

Pero seguía haciéndolo.

No solo en el gimnasio.

Durante los días de descanso también se acercaba al edificio donde vivía, aparcaba el coche y me mandaba un mensaje:

Hoy también estoy aquí, esperando por ti.

Nunca bajaba.

Me quedaba junto a la ventana, observando el vehículo desde la distancia mientras él aguardaba durante un rato antes de irse.

Aunque debería haber sentido alivio cuando desaparecía, sucedía justo lo contrario.

En cuanto su coche se alejaba, aquel vacío que me acompañaba desde que habíamos roto volvía a instalarse en mi pecho.

En los partidos fuera de casa hacía algo parecido. Me enviaba un mensaje con el número de su habitación:

No creo que vengas, pero quiero que sepas que yo sigo esperando.

Nunca fui.

Aun así, aguardaba sus mensajes. Esperaba encontrarlo en el gimnasio, ver su coche frente a mi edificio y saber que seguía ahí, aunque yo no tuviera el valor de acercarme.

Era absurdo. Había decidido no regresar con él y, sin embargo, aquellas pequeñas apariciones se habían convertido en el único momento del día en el que sentía que podía respirar.

La pregunta era sencilla: ¿por qué no lo escuchaba y terminaba de una vez con aquel estúpido juego?

Porque tenía miedo.

Me aterraba lo que me pudiera decir y, todavía más, la posibilidad de que consiguiera hacerme cambiar de opinión.

Mientras no habláramos, podía refugiarme en mi enfado, en las heridas y en todo aquello que había salido mal entre nosotros.

Podía recordar cada vez que me había sentido escondido, cada decisión que había tomado sin contar conmigo y todos esos momentos en los que había llegado a pensar que nunca sería suficiente.

La distancia me permitía aferrarme a esa versión de nuestra historia en la que marcharme era la única opción.

El problema era que, con el paso de los días, cada vez me costaba más creerlo.

Yo nunca me había enamorado de verdad.

Nunca había sentido que otra persona pudiera convertirse en una parte tan esencial de mi vida.

No sabía lo que significaba echar de menos a alguien hasta sentirlo físicamente, hasta notar una presión constante en el pecho o despertarte con la sensación de que te falta algo antes incluso de recordar qué es.

Ahora lo sabía.

Sabía lo que era oír una canción y tener que quitarla porque me recordaba demasiado a él.

Entrar en una habitación y buscarlo por pura costumbre.

Coger el teléfono para contarle algo y recordar, un segundo después, que ya no podía hacerlo.

Estar rodeado de gente y sentirme completamente solo porque la única persona con la que quería compartir aquel momento no estaba allí.

El desamor tampoco se parecía a una herida que sangraba y después empezaba a cerrarse.

A veces era una presión que permanecía durante horas; otras, una falta de aire que aparecía sin avisar.

Había días en los que conseguía funcionar con normalidad y otros en los que cualquier recuerdo bastaba para desmoronarme.

Dormía mal, comía por obligación y me había acostumbrado a vivir en una especie de piloto automático en el que hacía lo que tenía que hacer sin llegar a sentir que estaba realmente allí.

Supongo que aquello era tener el corazón roto.

Entonces pude ponerme en su lugar.

Por primera vez entendí de verdad lo que había tenido que atravesar cuando perdió a Liam.

Mi dolor me parecía insoportable, pero yo todavía tenía algo a lo que aferrarme.

Podía recordar las cosas que habían salido mal entre nosotros, nuestras discusiones, las heridas que nos habíamos causado.

Podía convencerme de que aquello se había terminado y utilizar ese final para intentar seguir adelante.

Incluso podía pensar que, con el tiempo, quizá encontraría a otra persona.

Conor no había tenido nada parecido.

Su historia con Liam no se había desgastado poco a poco ni había finalizado porque hubieran dejado de quererse. No habían llegado juntos a la conclusión de que era el momento de separarse.

Se la habían arrebatado.

De golpe.

Sin darle tiempo para asumir que la persona que amaba ya no estaría allí al día siguiente.

¿Cómo se supone que olvidas a alguien a quien te han quitado?

No se puede.

Podías aprender a vivir con la ausencia, reconstruir tu vida, volver a reír e incluso enamorarte otra vez, pero olvidar era algo completamente distinto.

Liam siempre formaría parte de Conor porque no había existido un final que pudiera aceptar; solo una pérdida que había tenido que aprender a soportar.

Y, de repente, comprendí que Conor había tenido que reconstruirse tras perder al amor de su vida. Que, cuando tiempo después volvió a enamorarse, tuvo que aprender que amar de nuevo no restaba un ápice de lo que sentía por Liam.

Del mismo modo que yo empezaba a entender que seguir queriéndolo no me obligaba a perdonarlo de inmediato, ni hacía que todo lo ocurrido doliera menos.

Al final, toda nuestra historia se podía resumir en dos amores perdidos: el suyo y el nuestro.

La diferencia era que al suyo se lo había llevado la muerte.

El nuestro, en cambio, todavía seguía ahí.

Puede que por eso Conor continuara esperando y por ese motivo yo siguiera mirando por la ventana cada vez que veía su coche aparcado frente a mi edificio.

Porque, aunque todavía no estuviera preparado para reconocerlo, una parte de mí llevaba tres semanas queriendo exactamente lo mismo que él.

Al otro día, cuando terminé de entrenar, volví a esperarlo.

Hice más tiempo del habitual en la cinta, alargando los minutos, con la mirada fija en la entrada y deseando con todas mis fuerzas que la puerta se abriera. Pero no sucedió. Conor no apareció.

Eso me llevó a pensar que se había cansado. Que se había rendido. Que, al final, aquello era todo.

Tampoco vi su coche cuando llegó mi jornada de descanso.

Sin embargo, dos mañanas después salí a correr y, al regresar a casa, lo descubrí. Su vehículo estaba allí aparcado. Había vuelto.

Mis pies frenaron la marcha hasta ralentizar el paso por completo. Él bajó del coche y caminó despacio hacia mí hasta quedar a mi altura.

—Hola —dijo a modo de saludo.

—¿Q-qué estás haciendo aquí? —Mi voz salió temblorosa.

—Se puede decir que cumpliendo mi promesa de ser un acosador hasta que decidas escucharme.

—Pues eres un desastre tanto como acosador como cumpliendo promesas —mis palabras salieron con cierto reproche, algo que lamenté en cuanto vi cómo intentaba ocultar una puñetera sonrisa.

—Digamos que los acosadores también tenemos imprevistos —bromeó, aunque a mí no me hacía ni una pizca de gracia—.

Ya sabes que operaron a la madre de Hughes.

La pequeña Summer estaba hiperactiva, pasada de revoluciones, y alteraba a sus dos hermanos, así que me pidieron si podía acompañarla a un torneo de hockey infantil para que se despejara. Y no me pude negar.

—Ah —fue lo único que salió de mi boca.

No se había rendido; no había venido por fuerza mayor. Era un buen amigo y una buena persona. Joder, ¿por qué tenía que pensar así?

—Me alegra saber que me echaste de menos, que no soy el único que sufre al estar lejos de ti.

—Conor, por favor...