Capítulo 40 #2
—Bueno, estoy yendo a las fiestas de Hunter. Eso contará, ¿no?
—Ja. Contará para arruinar tu reputación. —Se echó a reír y yo acabé riéndome con él.
—¡Ey! —alzó la voz el cumpleañero mientras nos echaba un brazo por encima a cada uno—. Mira a quién tenemos por aquí: al presi y a mi vecinito.
Nathan y yo nos miramos y nos soltamos de su agarre.
—Presi, ¿te importa si te robo un momento a Price? Acaba de llegar mi primo y quiero presentárselo. Es gay —murmuró como si estuviera confesándonos un gran secreto, haciéndonos reír.
Nathan negó con la cabeza.
—Vaya, me sorprendes, Hunter. ¿Estás pendiente de otra polla que no sea la tuya? —bromeó.
—Presi, el caso Price me lo he tomado como algo personal.
No entendía por qué nunca se liaba con ninguna de las tías que le presentaba.
Empezaba a pensar que mi talento para fomentar la copulación se estaba yendo a la mierda, pero ahora resulta que el problema era la selección.
Ya que conozco los gustos de nuestro pequeño Price, la cosa va a cambiar.
Nathan soltó una carcajada. A mí no me hacía ninguna gracia.
—Déjalo, Hunter. Esto no funciona así. Que me gusten los hombres no significa que me gusten todos.
—Cierto. Si fuera así, el primero en el que te fijarías sería en mí.
—Joder, tío, ¿es que no tienes abuela o qué? —rodé los ojos.
—Sí que tengo, pero no la necesito para saber lo bueno que estoy.
—Suerte, Price. Cupido acaba de lanzarte una flecha en el trasero —dijo Nate, intentando contener la risa.
Hunter rompió a carcajadas, mientras Nathan echaba un vistazo por encima de mi hombro.
—Os dejo, chicos. Acabo de ver que ha llegado Conor. Un milagro. Aprovechemos que por fin ha salido de la cueva.
Mis ojos fueron a buscarlo casi por inercia.
Vestía un traje negro que le sentaba increíblemente bien.
Se acercó a Kai, abrazó a River y empezó a hablar con el resto de sus amigos.
Al verlo tan tranquilo con ellos, con la que siempre había sido su familia, pensé que quizá así era como debían haber sido las cosas desde el principio, cada uno en un lado.
Hunter tiró de mí y me llevó hasta un hombre de unos treinta años. Era atractivo y elegante. Llevaba unas gafas de diseño y un reloj discreto, pero todo en él desprendía seguridad.
—Price, este es mi primo Michael.
Le estreché la mano.
Comenzó a hablar, pero yo no lo escuchaba. Asentía y sonreía de vez en cuando mientras daba algún trago a la cerveza. En un momento levanté la vista y me encontré con los ojos de Conor. Aparté la mirada enseguida e intenté volver a centrarme en Michael, que seguía hablándome sin parar.
De repente noté que acortaba la distancia entre nosotros. Había espacio de sobra, pero aun así se acercó hasta quedar pegado a mí y se inclinó hacia mi oído.
—Quizá podríamos dar una vuelta por aquí. A ver qué encontramos.
Me tensé. Carraspeé.
—Tengo sed. Voy a por otra cerveza.
—Te acompaño. —Me puso una mano en la espalda.
Decir que estaba incómodo se quedaba corto. Me sentía agobiado. Estaba invadiendo mi espacio personal y, aunque quizá tuviera que acostumbrarme a que hubiera gente mucho más directa para no perder el tiempo, yo no funcionaba así.
Al llegar a la barra le pedí otra bebida.
Michael se quedó a mi lado y estiró el brazo para pedir la suya, acercándose todavía más hasta rozarme con el suyo.
Desde fuera, aquellos gestos seguramente parecían completamente inofensivos y pasaban desapercibidos para cualquiera, pero yo era consciente de cada uno de ellos.
Iba a matar a Hunter.
Y, como si me hubiera leído el pensamiento, apareció a nuestro lado después de despedirse de unos compañeros.
—¿Qué tal va todo por aquí, chicos? —preguntó con una sonrisa descarada.
¿Es que en esa familia nadie tenía filtro?
—Le estaba diciendo a Kieran que podíamos dar una vuelta por el recinto. Se ve increíble.
Mi compañero me dio un codazo que tenía de disimulado lo mismo que un puñetazo. Entonces levantó la mano y saludó a alguien a mi espalda.
—¡Eh, Conor! ¿Adónde vas?
Si pensaba que la situación no podía empeorar, estaba muy equivocado.
Conor se acercó hasta nosotros con una expresión tan incómoda como la mía.
—Me tengo que ir. Solo he pasado a felicitarte, chaval. —Le dio una palmada cariñosa en la nuca a Hunter y, al levantar el brazo, mis ojos se clavaron en su muñeca.
Llevaba mi collar de conchas, enroscado varias veces alrededor de ella.
Sentí un vuelco en el pecho y alcé la vista para mirarlo. Él siguió la dirección de mis ojos y, en cuanto comprendió qué había llamado mi atención, bajó la manga de la chaqueta para intentar ocultarlo.
Pero ya era demasiado tarde.
—Vamos, Kieran —dijo el idiota del primo que seguía a mi lado.
—Lo siento, tengo que ir al baño.
Me alejé de allí tan deprisa como me permitieron las piernas. No respiré tranquilo hasta entrar en los aseos. Abrí el grifo, me mojé la cara y, cuando levanté la vista hacia el espejo, vi a Conor apoyado en la puerta.
«Mierda».
Cogí un poco de papel para secarme antes de girarme hacia él.
—Hola... —saludé desde el otro extremo del baño, que tampoco era tan grande.
—¿Qué tal estás?
—Bien. Genial. ¿Y tú?
—También.
—He empezado a ir a una psicóloga que me está ayudando a gestionar mis emociones para no acabar... ya sabes... haciéndome daño.
—Eso es una buena noticia. Estoy seguro de que lo vas a conseguir.
Desvié la mirada, incómodo. Desde el día que nos despedimos en el apartamento no habíamos vuelto a estar los dos solos.
Coincidíamos en los entrenamientos, en los partidos y en los viajes, pero siempre manteniendo las distancias y hablándonos únicamente por cuestiones de hockey. Aquello era raro de cojones.
—¿Qué tal en tu nueva casa?
—No está mal. —Me encogí de hombros y solté una risa sin humor—. Pero sí... Con Hunter como vecino es imposible aburrirse.
—Me lo puedo imaginar. Ahora, por lo visto, también le ha dado por hacer de celestino. Me han dicho que te ha presentado a su primo «gay».
Los dos nos echamos a reír. Hunter parecía incapaz de pronunciar esa palabra sin remarcarla.
—Está empeñado en liarme con algún tío.
—Eres un chico afortunado —soltó con retintín.
—¿Te molesta?
—¿Debería?
—No lo sé. Dímelo tú.
El silencio se instaló entre los dos durante unos segundos. Pensé que iba a esquivar la pregunta, pero al final respondió con una sola palabra.
—Sí.
Apreté los labios para que no se me escapara una sonrisa. Quería que le molestara. Quería que sintiera celos.
Joder. Estaba muy fastidiado de la cabeza.
Entonces recordé un comentario que había escuchado en el vestuario. Caden le había dicho a Kai que, durante el evento de Portland, Conor se había pasado toda la noche con la reportera con la que había tonteado tiempo atrás.
—Pensándolo bien, tampoco debería importarte tanto. Cada uno está a lo suyo... como tú con la reportera.
—¿Yo con Isla? —Se echó a reír mientras se apartaba de la puerta y caminaba hacia mí—. Mírame. ¿De verdad crees que puedo estar con alguien? —Se señaló la cara y luego el cuerpo—. Estoy hecho una puta mierda. Lo último que me apetece ahora mismo es acostarme con nadie.
No mentía. Tenía el mismo aspecto derrotado que yo.
—Pero en una cosa tienes razón. Tendremos que acostumbrarnos a vernos con otras personas. Supongo que así son las cosas.
—Entonces... ¿por qué llevas mi collar?
Sonrió con tristeza. Se subió un poco la manga y acarició las conchas con el pulgar.
—El día que me lo regalaste me dijiste: «Si alguna vez vuelves a sentirte perdido, míralo y recuerda el mar. Aquí no hay dolor». Y eso he hecho.
Bajó la vista e intentó deshacer el nudo tirando del cordón.
—Es hora de que vuelva con su legítimo dueño. No funciona. El dolor no se va.
Se llevó el cordón a la boca para desatarlo con los dientes, pero, casi sin pensarlo, me acerqué y le sujeté la mano.
Mis dedos acariciaron las conchas y, cuando levanté la vista, descubrí que apenas nos separaban unos centímetros.
Permanecimos inmóviles, respirando con dificultad, mientras mi mano seguía sobre la suya.
—Quédatelo. Al menos así tendrás algo que te recuerde a mí.
—Tengo una ola tatuada y una cicatriz que me hiciste tú. Eso es bastante difícil de borrar.
Sonreí.
—Bueno... Yo tengo un trébol.
—Siempre puedes pintarle una hoja más y convertirlo en uno de cuatro.
—No. Porque entonces dejaría de recordarme a ti y a lo que vivimos en Irlanda. Y eso es algo que nunca quiero olvidar.
Un murmullo al otro lado de la puerta nos devolvió a la realidad. Me aparté de él rápidamente y entré en uno de los cubículos. Cerré la puerta y apoyé la espalda contra ella.
¿Qué estaba haciendo?