Atrapados en la jugada (Corazones en juego 5) Capítulo 40
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Capítulo 40

KIERAN

Hacía mucho que la noche había caído. Fuera todo estaba oscuro, salvo por las luces de la ciudad. Miré el reloj en el teléfono. Eran las dos de la mañana. También tenía la respuesta al mensaje que le había enviado a Jordan para decirle que no iba a cenar y que, probablemente, dormiría fuera.

No tenía ánimos ni fuerzas para fingir delante de ellos.

Estaba destrozado, hecho una mierda después de pasarme horas llorando y sintiendo cómo se me partía el corazón.

Enfrentarme a la realidad había sido mucho más duro de lo que jamás imaginé, aunque, en el fondo, siempre supe que estaba viviendo un amor prestado.

Así era como lo definiría. Algo que nunca me perteneció y de lo que quise convencerme de que algún día sería mío, pero eso nunca pasó ni iba a pasar jamás.

Apoyé la frente contra el cristal del ventanal, completamente derrotado. Era hora de dar un paso al costado.

El sonido del agua hirviendo, cada vez más cerca del punto de ebullición, captó mi atención hasta que un clic seco lo detuvo todo. Igual que esa tetera, yo también había alcanzado mi límite. La discusión había sido el punto de ebullición, el instante en que todo terminó por estallar.

Di un paso atrás y recorrí el apartamento con la mirada. Lo odiaba y lo amaba al mismo tiempo. Era el lugar que condenaba nuestra relación a vivir entre cuatro paredes, pero también el único donde podíamos querernos sin restricciones. Una jodida ironía.

Sobre la cama descansaba la bolsa con mis cosas. Qué triste. Toda mi historia con Conor cabía en un diminuto bolso.

Cogí la tetera y dejé una bolsita de té en la taza.

Conor había traído de Irlanda una cantidad desmesurada, como si temiera que algún día pudiera quedarse sin él.

Aquel sabor siempre me transportaba al único momento de mi vida en el que había sido realmente feliz fuera del agua.

Sin darme cuenta, mis ojos volvieron a la cama y un carrusel de recuerdos empezó a desfilar por mi cabeza.

No eran solo las veces que habíamos acabado entre las sábanas; también estaban las risas, las bromas, los besos, las caricias y los abrazos.

Fue entonces cuando sentí un dolor agudo en la muñeca.

Estaba derramando el agua hirviendo fuera de la taza.

Dejé la tetera a un lado y metí la quemadura bajo el agua fría.

Al levantar la vista, mis ojos volvieron a detenerse en la tetera y después en la piel enrojecida de mi mano.

Repetí ese mismo recorrido varias veces, hasta que algo dentro de mí me empujó a hacer lo que no debía.

Sujeté el asa con fuerza e intenté detenerme, pero fue imposible.

Mi antebrazo ya estaba sobre el fregadero y vertí despacio el agua humeante sobre la piel.

Observé cómo se enrojecía y comenzaba a abrasarse.

Una lágrima resbaló por mi mejilla. Notaba la quemazón, pero, por primera vez, no sentí ningún alivio.

Aquel dolor no conseguía tapar el que llevaba dentro.

El pecho seguía doliendo igual y, aun así, no me detuve, con la absurda esperanza de que, si insistía un poco más, en algún momento dejaría de sentir.

De repente, alguien apartó mi brazo de un tirón. El hervidor desapareció de mis manos y salió despedido por la cocina. Conor me sujetó la muñeca y la metió bajo el chorro de agua fría.

No me resistí.

Estaba demasiado cansado para hacerlo.

—Me prometiste que no volverías a hacerte daño, joder. ¿Es que tus promesas no valen nada?

—Me pediste que no me cortara y no lo hice —respondí con un tono completamente neutro.

—Ah, genial. Entonces ahora pasamos al agua hirviendo. ¿Qué será lo siguiente? ¿Quemarte con un mechero? ¿Apagarte cigarrillos en la piel? ¿Tragarte un bote de pastillas? ¿Hasta dónde piensas llegar?

Le di un empujón para apartarlo.

—¿Y a ti qué te importa? Esto no es asunto tuyo. No tienes derecho a opinar. —Le devolví exactamente las mismas palabras que él me había dicho unas horas antes.

Conor entrecerró los ojos un instante.

—Joder, Kieran... ¿En serio? ¿Vamos a seguir haciéndonos daño a base de palabras?

—No. —Me aparté de él, caminé hasta el sofá y me dejé caer sobre él—. No habrá más discusiones.

Me siguió con la mirada y entonces reparó en el bolso que había sobre la cama.

—¿Qué es eso? —preguntó mientras se sentaba a mi lado.

—Toda nuestra historia, Conor.

—Kieran... ¿Crees que lo nuestro se reduce a una maldita bolsa? Es muchísimo más grande que eso.

—Y, por lo visto, no es suficiente. Igual que yo.

Giró la cabeza hacia mí.

—¿De verdad así es como te sientes?

—No. Así es como me haces sentir.

Bajé la mirada.

—Mi amor no es suficiente. Yo nunca soy suficiente. No lo soy para que te enfrentes al mundo por nosotros, ni para que les cuentes la verdad a tus amigos. Y tampoco lo soy para que dejes de sentir que estás traicionando a MacAllister.

—Eso no es cierto. Yo te amo.

—Qué ironía... Porque tu amor tampoco está siendo suficiente.

Lo pensó unos segundos antes de contestar.

—¿Qué me estás intentando decir?

Levanté la vista y, por primera vez desde que había empezado aquella conversación, dejé de guardarme lo que realmente pensaba.

—Que hubo un tiempo en el que fuimos el salvavidas del otro.

Tú me salvaste a mí y yo te salvé a ti. Pero ya no es así.

Ahora nos queremos tanto que hemos empezado a hacernos daño sin darnos cuenta.

A mí me duele amarte porque nunca consigo tenerte del todo.

Siempre hay una parte de ti que sigue viviendo con MacAllister.

Y a ti te duele quererme porque cada paso que das conmigo te hace sentir culpable, como si lo estuvieras traicionando.

Ninguno de los dos tiene la culpa, Conor...

pero esta relación nos rompe cada día un poco más.

—Entonces... ¿la solución es rendirse? ¿Dejar de luchar?

Sacudí la cabeza con lentitud.

—Yo nunca me rendiría con nosotros. Me rindo de luchar contra alguien que ya no está.

Acerqué despacio mi frente a la suya y mis manos acabaron en su rostro, mientras las suyas sujetaban el mío con el mismo cuidado. Nuestros labios se rozaron en un beso suave, tan lleno de amor como de tristeza.

No pude contener las lágrimas. Y tampoco quise hacerlo. Nunca un adiós me había dolido tanto. No por el beso en sí, sino porque significaba despedirnos cuando seguíamos queriéndonos.

Al separarnos unos centímetros, Conor me secó una lágrima con el pulgar.

Apretó los labios, respiró hondo y tiró de mí para abrazarme.

Escondió la cara en mi cuello y dejó de luchar contra las lágrimas.

Sentí cómo su cuerpo empezaba a temblar entre mis brazos y lo estreché con todas mis fuerzas, intentando memorizar aquel instante.

Permanecimos así un tiempo que fui incapaz de medir. Ninguno encontraba la fuerza para soltarse porque los dos sabíamos que, en el momento en que lo hiciéramos, todo habría terminado. A partir de entonces ya no habría un nosotros. Conor y Kieran dejarían de existir incluso para nosotros mismos.

Tomé una bocanada de aire y me aparté despacio. Él no levantó la cabeza. Se quedó sentado en el sofá, con los codos apoyados sobre las rodillas y el rostro escondido entre las manos, completamente derrotado.

Fui hasta la habitación, cogí el bolso y regresé al salón. Conor seguía exactamente en la misma postura, roto. Tan roto como yo.

Al llegar a la puerta estuve a punto de girarme. De verdad estuve a punto. Pero no lo hice, porque sabía que, si volvía a mirarlo una sola vez, encontraría cualquier excusa para regresar junto a él.

***

—Ponme otra. —Nathan le señaló al camarero la copa de bourbon que tenía entre las manos. Después chocó el vaso con mi cerveza—. ¿Escapando de las multitudes? —Se giró, apoyó la espalda en la barra y señaló con la cabeza la fiesta por el cumpleaños de mi compañero Hunter.

La verdad era que no me apetecía nada estar allí. Habría preferido quedarme en casa o irme a surfear. Mi ánimo seguía por los suelos, incluso después de dos meses desde que todo terminó.

—¿Qué tal es tener a Hunter de vecino? Seguro que no te aburres.

Poco después de romper con Conor decidí buscar otro sitio donde vivir.

No podíamos seguir puerta con puerta. Aquello nos hacía daño y no nos dejaba avanzar.

Así que, cuando me enteré de que había un piso libre en el edificio de Hunter, no me lo pensé.

Creí que poner distancia era lo mejor para los dos, pero de poco sirvió. Seguía pensando en Conor a todas horas.

—No está mal. Puedo soportarlo —respondí antes de dar un trago a la cerveza.

—Eso me recuerda a cuando vivía en Toronto y tenía a Conor y a Liam veinte plantas más abajo.

Aun así, conseguían volverme completamente loco.

—Sonrió. Yo le devolví el gesto con esfuerzo, porque hablar de ellos era lo último que necesitaba en ese momento—.

Esos dos cabronazos estaban hechos el uno para el otro, aunque se empeñaran en negarlo.

Cualquiera que prestara un poco de atención se daba cuenta de lo enamorados que estaban.

River y yo lo comentamos un montón de veces.

La tensión que había entre ellos, dentro y fuera del hielo, era imposible de esconder.

Hasta que dejaron de mentirse y hablaron...

o follaron, no sé muy bien qué pasó ahí.

El caso es que, desde entonces, ya no se volvieron a separar hasta que Liam murió.

—Una bonita historia. De esas que nunca se olvidan —añadí antes de dar otro sorbo a la cerveza.

—¿Y tú?

—¿Yo?

—Sí. Esta es ya tu segunda temporada aquí y apenas te relacionas con nadie.

Entiendo que antes fuera complicado por el secreto que cargabas, pero ahora que todo ha salido a la luz, joder, no te cierres a conocer a otros tíos ni a enamorarte.

Que lleves el apellido Price o que la prensa hable de ti no significa que tengas que esconderte.

Que digan lo que quieran. Que te resbale, chaval.

No le debes nada a nadie. Tienes que vivir. —Me dio una palmada en el estómago.