Atrapados en la jugada (Corazones en juego 5) Capítulo 39 #2
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Capítulo 39 #2

— A Dhia , me siento fatal con ese tema. No quería fallaros.

—¿Qué dices? Ni se te ocurra rallarte por eso. En los Rift casi tenemos un escándalo por temporada; uno más tampoco va a romper la racha. Aquí el deporte consiste en ver quién sube más la apuesta.

Los dos sabíamos que, si aquello salía a la luz, la imagen del club iba a resentirse, pero aun así consiguió arrancarme una sonrisa.

—Ahora no te preocupes por eso. Un paso cada vez.

Asentí.

«Un paso cada vez».

—Así que... surfeando. —Me pasó un brazo por los hombros con una sonrisa de oreja a oreja—. Eso me recuerda cierto tatuaje que te hiciste por amor. Enséñamelo.

—Ni de coña. —Le di un manotazo.

—Venga.

Hizo una ola con la mano.

Maldito idiota.

Me eché a reír. Hacía días que no me sentía tan aliviado..., aunque, al mismo tiempo, estaba más preocupado que nunca por todo el daño que podía haberle hecho a Kieran sin darme cuenta.

***

Salí casi por completo y lo embestí de nuevo. Ambos maldijimos, y mi cuerpo se fue hacia delante con la abrumadora oleada de placer que me atravesó. Las piernas de Kieran se abrieron un poco más y mi pecho se pegó a su espalda mientras lo follaba en la ducha.

—Sí. Joder, sí... —canturreó.

Hacía todo tipo de sonidos calientes. A Dhia , siempre lo hacía mientras lo follaba.

Nuestros cuerpos estaban empapados por el agua, pero ardían al tacto, y su pelo húmedo se pegaba a mi frente, avivando todavía más el calor entre los dos.

Sus manos presionaban la mampara de cristal en busca de un punto de apoyo que amortiguara cada una de mis acometidas.

—¿Te he dicho alguna vez que tu culo es mi lugar favorito? —Tiré de su pelo, echándole la cabeza hacia atrás para besarle el cuello sin dejar de embestirlo.

—Sí. Y que follarme es tu deporte favorito —añadió con la voz sesgada.

—Mi principito es tan jodidamente bueno... —Estiré la mano y empecé a masturbarlo—. Quiero que te corras. Ahora.

Había una chispa en sus ojos azules que me decía que iba a intentar resistir todo lo posible solo para ponerme a prueba, pero, cuando empecé a follarlo más hondo, perdió toda la voluntad.

Aumenté el ritmo de mi mano, tan concentrado en hacerlo correrse que conseguí mantener a raya mi propio orgasmo unos instantes más.

—Oh, joder... Joder, mierda, Conor... —gimió.

Su cabeza cayó hacia atrás sobre mi hombro. Sus ojos se abrieron de golpe y se encontraron con los míos mientras un espasmo recorría su cuerpo. Su culo apretó mi polla y observé, hipnotizado, cómo se liberaba sobre su estómago.

—Oh... Dios... Sí...

Observarlo correrse y sentir cómo temblaba entre mis brazos era una de las cosas más sexis que había visto en mi vida.

Estaba tan jodidamente caliente que la cuerda de la que pendía mi control terminó por romperse y me arrastró al orgasmo.

Le agarré las caderas y seguí follándolo con fuerza durante unos segundos más, hasta vaciarme por completo.

Gemí, sintiéndome mareado. Cerré los ojos. La garganta se me contrajo y los pulmones dejaron de responder. Mi cerebro había dejado de funcionar.

Me desplomé sobre él, contra la mampara de la ducha, mientras el agua resbalaba por nuestros cuerpos y se llevaba los restos de semen. Kieran se dio la vuelta, me abrazó riéndose contra mi cuello y, después, me besó.

Terminamos de ducharnos sin ninguna prisa. Mientras uno se enjabonaba, el otro aprovechaba para regalarle un masaje en los hombros o la espalda, alargando la ducha unos minutos más, solo porque ninguno quería que aquel momento terminara.

Nada más salir, nos secamos juntos. Me acerqué por detrás y, antes de que pudiera esquivarme, le revolví el pelo rubio con la toalla.

—Eh... —protestó, apartándome la mano, aunque la sonrisa no tardó en aparecer.

Cada vez que sonreía así me quedaba embobado mirándolo.

Era la cosa más jodidamente dulce que había visto nunca y, en momentos como aquel, era cuando de verdad me daba cuenta de hasta qué punto estaba pillado por él.

Tanto que hasta me daba miedo. Nunca pensé que pudiera llegar a querer a alguien más con aquella intensidad.

—Voy a preparar café. ¿Quieres?

Asintió y me acerqué para darle un beso rápido antes de abandonar el baño, todavía con la toalla anudada a la cintura.

Mientras preparaba el café, noté unos brazos rodeándome la cintura.

Su pecho se pegó a mi espalda y un beso se posó sobre mi mandíbula.

Sonreí sin darme la vuelta. Coloqué las dos tazas sobre la isla, me giré despacio para entregarle una y me quedé apoyado frente a él, disfrutando de esa felicidad que tanto nos había costado encontrar.

—Estaba pensando... Podrías acompañarme al NHL Coaches' Association Summit .

Este año lo hacen en Portland. —Enredé los dedos en la cinturilla de sus pantalones, la única prenda que llevaba, y tiré de él hasta pegarlo a mí—.

Piénsalo. Estaremos juntos. —Le besé el cuello y sonrió—.

Podremos pasear. —Le mordisqueé la mandíbula—. Y follar.

—Eso ya lo hacemos siempre. —Se rio contra mis labios.

—Sí, pero en esta ocasión podremos dormir juntos, en la misma puñetera cama. ¿No te apetece?

Apoyó las manos en mi pecho y vi cómo su sonrisa se apagaba poco a poco.

—Me encantaría, pero si voy contigo no podremos salir de la habitación del hotel, Conor. —Bajó la mirada—. Soy un Price, ¿recuerdas? Y todavía sigo siendo noticia. —Cuando volvió a levantarla, sus ojos brillaban un poco más—. Creo que nuestra relación está condenada a vivir entre cuatro paredes.

—No va a ser así para siempre. Esto es temporal.

Asintió con una media sonrisa, cogió su taza y se alejó.

Mierda.

Tenía razón.

Vivir escondidos, como si lo nuestro estuviera mal, viéndonos solo a ratos, era insostenible.

Yo también quería una vida con él fuera de aquel apartamento.

Quería salir a cenar, pasear, volver a tener algo como lo de Irlanda.

Quería acostarme y despertarme a su lado, no pasarme cada mañana mirando hacia su puñetera ventana, sabiendo que estaba a solo unos pasos de mí.

—Hablaré con los chicos —solté al fin, decidido a enfrentarme de una vez a lo inevitable.

Sus ojos se abrieron de golpe y vi cómo se le iluminaba el rostro. Acortó la distancia en dos zancadas, me rodeó el cuello con los brazos y me besó.

—¿Lo dices en serio?

—Sí. Pero hagámoslo bien. Primero hablaré con Kai y Mischa, que será la parte más sencilla.

Después me enfrentaré a River, y ahí es donde todo empieza a complicarse de verdad.

Ella vivió mi relación con Liam junto a los Prescott desde el principio y, aunque diría que es la persona más comprensiva del mundo, me da miedo que no lo entienda.

Y, para cuando hable con Nathan y Jordan, tú ya tendrás que haberte mudado de su casa.

No quiero que pases por un momento tenso ni desagradable.

—¿De verdad crees que va a salir todo tan mal?

—Sí, al menos con Jojo y Nate. Hemos vivido bajo su techo engañándolos. Y no olvidemos la relación tan estrecha que mantenían con Liam. Eso lo complica todo. Pero, bueno, ya sabremos cómo reaccionarán cuando hable con ellos. En cuanto lo haga, me mudaré al ático contigo.

—Oh, Dios... —resopló. Parecía que, por primera vez, estaba siendo consciente de todo lo que aquello implicaba—. No me gustaría perderlos. Les debo mucho.

—Eso no va a pasar. Déjamelo a mí. Si hemos llegado hasta este punto ha sido, sobre todo, por mi culpa. Tú hace tiempo que querías contárselo.

—Estamos juntos en esto, Conor. Hablaremos los dos con ellos.

Asentí.

—Te quiero —murmuró contra mis labios.

Lo abracé y avancé con él entre mis brazos hasta el sofá.

En cuanto llegamos, me empujó con una sonrisa para dejarme caer sobre los cojines y se acomodó a horcajadas sobre mí.

Apartó la toalla lo justo y continuó besándome el cuello y el pecho, hasta que el sonido de mi teléfono nos interrumpió.

Descolgué sin apartarlo de mi regazo, mientras repartía pequeños besos por mi hombro.

—¿Sí?

—¿Hablo con el señor Flanagan?

—Sí, soy yo.

—Buenos días. Mi nombre es Sarah Collins y llamo de la Agencia Estatal de Adopciones de Washington. Antes de nada, ¿tiene un momento para hablar?

Intercambié una rápida mirada con Kieran.

—Sí... Dígame.

—Hace unos años usted y el señor MacAllister iniciaron un proceso de adopción con nosotros.

El corazón me dio un vuelco.

—Sí.

—Le llamo porque ha surgido un caso que creemos que podría ajustarse al perfil que ustedes buscaban cuando presentaron la solicitud. Se trata de una niña de tres años que necesita una familia estable y con recursos para afrontar determinadas necesidades médicas.

No fui capaz de responder.

—Su madre biológica tenía un largo historial de consumo de sustancias y ejercía la prostitución.

Como consecuencia de la exposición prenatal, la pequeña presenta varios problemas de salud que requieren revisiones constantes, tratamientos especializados y un seguimiento médico continuado.

Por ese motivo, buscamos una familia que pueda ofrecerle estabilidad, tiempo y los recursos necesarios para atenderla.

Sentía que me faltaba el aire. Cerré los ojos.

—Liam murió.

Al otro lado se hizo un breve silencio.

—Lo siento muchísimo, señor Flanagan. De verdad.

—Pensé que nuestros abogados ya se habían encargado de comunicarlo.