Capítulo 38 #2
—Joder... Me siento fatal.
Le dio una patada a uno de los muebles.
—Mientras él está en una puta tumba, yo me he dedicado a ser feliz.
Ahí estaban otra vez los remordimientos; la culpa por haberse permitido seguir viviendo. Había una cadena invisible que seguía atándolo a Liam y, al verlo en aquel estado, dudé de que algún día pudiera romperse.
—Parece que vivo en un maldito déjà vu . Otra vez voy a tener que verlo, a escucharlo decirme cuánto me amaba mientras yo... mientras yo me olvidé de él y seguí adelante.
—Conor... —Intenté acercarme.
Él dio un paso atrás y yo me detuve.
Me miró con los ojos empañados, negó despacio con la cabeza y salió de la caseta.
Huyendo de mí.
***
La puerta corredera se abrió lentamente. Hasta me pareció que más despacio de lo habitual, aunque quizá era yo, que solo quería llegar a casa, encerrarme en mi cuarto y desaparecer hasta el día siguiente.
Volví a pisar el acelerador y entré en el recinto. Tuve que mirar dos veces. El coche de Conor estaba allí y, en cuanto lo vi, sentí cómo se me relajaba el cuerpo. Juraría que era la primera vez en tres días que respiraba con normalidad.
Sí, tres días. Ese fue el tiempo que nadie supo dónde se había metido.
Después de ver el vídeo de Liam, salió escopeteado de casa de Jordan.
Yo estaba con las tablas y le grité para intentar detenerlo, pero lo único que conseguí fue que me dedicara una mirada antes de subirse al coche y largarse.
Lo llamé, fui a buscarlo al apartamento y me pasé horas mirando por la ventana, esperando junto al resto que apareciera o que, al menos, alguien supiera algo de él.
No fue hasta la segunda noche cuando se dignó a ponerse en contacto con Caden. Le dijo que tenía que arreglar un asunto y que avisara al resto para que no nos preocupáramos.
Capullo egoísta.
Eso era.
Joder, lo había pasado fatal imaginándome lo peor. Como un gilipollas, no paré de dar vueltas por el apartamento. Me mataba comprobar que nunca recurrió a mí, que no buscó mi apoyo ni se le pasó por la cabeza llamarme.
Y ahora estaba a solo unos pasos.
Apagué el motor y bajé del coche. Una parte de mí quería ir hasta él y romperle la cara por todo lo que nos había hecho pasar; otra me decía que me largara a casa, que le dieran. Pero acabó imponiéndose la preocupación. Necesitaba comprobar con mis propios ojos que seguía de una pieza.
Así que sí, el título de imbécil del año era para mí.
Al llegar a la puerta, respiré hondo y miré a mi alrededor por si Jordan o Nathan andaban por allí antes de llamar.
No tardó en abrir. Salió recién duchado, con unos pantalones deportivos grises y nada más. Genial.
Intenté mantenerme firme y sostenerle la mirada.
—Tienes un aspecto de mierda, Kieran.
—El tuyo no es mejor, Conor.
—Se puede decir que han sido unos días duros.
—Sin duda.
—¿Quieres pasar? —preguntó mientras abría un poco más la puerta.
—No. Solo he venido a comprobar que estabas bien. Ya lo he hecho y ahora me voy.
Me di la vuelta, pero Conor me sujetó por la cintura y tiró de mí, arrastrándome al interior antes de cerrar la puerta.
—¿Qué crees que estás haciendo? —Intenté abrirla, pero me abrazó por detrás antes de que pudiera alcanzar el pomo.
Mierda.
Estaba perdido.
Cerré los ojos y apoyé la frente contra la madera, dejando caer los brazos sin llegar a tocarlo. Lo sentía por todas partes. Su cuerpo pegado al mío, su respiración... y, sobre todo, el maldito corazón.
Dios, tenía que alejarme de él.
Me deshice de su abrazo y me encaré a él.
—Conor, me tengo que ir.
—No. Quédate.
—Qué irónico. Ahora quieres que me quede. Después de tres días evitándome, sin un solo mensaje para decir que estabas vivo...
Lo aparté para abrir la puerta, pero apoyó una mano sobre ella y volvió a cerrarla.
—Lo siento. Te lo explicaré todo.
—Que te den a ti y a tus explicaciones tardías. No me interesan. Y ahora, déjame salir. Por si no te acuerdas, Nate y Jordan están en la casa y todo el recinto tiene cámaras.
—No sería tan extraño que te interesaras por mí.
—No, claro que no. Pero lo que sí llamaría la atención es que me quedara aquí más tiempo del que deberían pasar dos personas que apenas se toleran.
Estaba a punto de marcharme cuando soltó la bomba.
—He estado en Canadá, en la tumba de Liam.
Aquellas palabras me detuvieron en seco.
Entonces escuché otra voz a mi espalda. Me giré lentamente y vi a Conor con el móvil vuelto hacia mí.
En la pantalla estaba MacAllister. Fue impactante verlo así, tan consumido.
Descubrir de golpe hasta qué punto la enfermedad había hecho mella en él hizo que se me llenaran los ojos de lágrimas. Joder, sentí una pena horrible.
Conor, mi amor.
Si estás viendo esto, significa que ya hace un tiempo que me fui. Por favor, no estés triste por mí. Quiero pensar que, mientras me recordéis, seguiré estando con vosotros de alguna manera. Al menos, en todos esos momentos que vivimos juntos.
No espero que haya nada después de la muerte.
Me basta con saber que fui el hombre más feliz del mundo a tu lado y al de nuestros amigos.
Todo mereció la pena. Incluso nuestras discusiones.
De hecho, diría que hasta eran poéticas.
Aunque, si se lo preguntas a los chicos, sobre todo a Mischa y a Kai, seguro que te dirán que éramos un desastre cuando nos peleábamos.
Lo nuestro nunca fue discutir; lo que de verdad se nos daba bien era querernos.
Creo que eso lo hicimos mejor que nadie. Tanto, que hasta revolucionamos la NHL.
Amor, no quiero que llores por mí. Quiero que, cuando pienses en mí, sonrías. Me gustaría seguir siendo eso en tu vida: un motivo para sonreír.
Y, si de verdad existe algún sitio al que vamos cuando todo termina y desde allí puedo asomarme de vez en cuando, solo espero veros felices. No necesito nada más.
Te quiero. Hoy, mañana y siempre.
Y prométeme una cosa. Recuérdame como tu primer amor, pero nunca como el único. Porque siempre habrá sitio en tu corazón para alguien más, y eso no significará que me hayas querido menos. Significará que fuiste feliz conmigo... y que yo también querría que lo fueras sin mí.
Detuvo el vídeo y me apoyé en la puerta. Tuve que frotarme los ojos para no echarme a llorar allí mismo. Mantenía la cabeza gacha. No podía mirarlo ni decir nada. Las palabras simplemente no me salían.
—Kieran... —me levantó la barbilla—. Imagínate lo que fue para mí escuchar esto.
Sobre todo, eso de que seguirá aquí mientras no lo olvidemos.
Joder... No dejo de pensar que ya no veo su rostro tan nítido como antes.
Temo que, poco a poco, lo esté borrando sin querer y que un día acabe desapareciendo.
—No, Conor. Él jamás va a desaparecer porque vivirá en tu recuerdo. El problema es que todavía sigues aferrado a él de una forma que solo te hace daño.
—Y a ti también.
—Bueno, lo mío es daño colateral. Supongo que sabía, o al menos creía saber, a lo que me enfrentaba al estar contigo.
Se apartó de mí y empezó a caminar por la entrada.
—Cuando salí de aquí fui al almacén donde guardo sus cosas.
También las mías. Las nuestras. Me pasé toda la noche revolviéndolo todo.
Lloré con cada recuerdo y reviví cada momento.
Digamos que me torturé un poco. Pero, entre todas esas cajas, apareció algo que no esperaba encontrar y lo cambió todo.
Alcanzó mi mano y tiró de ella para que lo siguiera.
—Ven. Quiero mostrártelo.
Mis pies se movieron por pura inercia, porque aquella confesión me estaba destrozando. Era un golpe de realidad. Uno horrible. Por primera vez me sentí como si me estuviera entrometiendo entre una pareja. Como si fuera el tercero en discordia. El amante que espera que, al final, lo elijan a él.
Se sentó en la cama y tiró de mí para que lo acompañara. Resultaba curioso que, después de toda una temporada juntos, nunca hubiera pasado de la entrada o del salón.
Llevó la mano a la mesilla, cogió algo que no me dio tiempo a distinguir y, con la otra, tomó la mía. Cuando abrió mi palma, colocó sobre ella el collar de conchas que le había regalado en la playa.
Mis ojos se cruzaron con los suyos, sorprendidos.
—Este collar apareció en un bolsillo de una mochila, en medio de todo el caos.
Y ahí estabas tú otra vez, cuando sentía que me ahogaba, para salvarme.
Entonces lo vi claro. Lo que pasó entre nosotros no fue una casualidad ni un error.
Era el destino. Creo que, por mucho que hubiera intentado alejarme de ti, habría sido en vano.
Estamos destinados a encontrarnos una y otra vez y a que, cada vez que sienta que me hundo, seas tú quien me saque a flote.
Sonreí. Cerré sus dedos alrededor del collar y envolví su puño con mi mano.
—Por eso decidí ir a Canadá. Quería hablar con él. Gritarle por lo del vídeo... y también contarle lo que había pasado en Hawái. Se lo conté todo. Incluso cómo me enamoré de ti. Puede que parezca una gilipollez o que yo esté como una cabra, pero me sentí aliviado.
—No estás loco, Conor. Creo que hiciste lo correcto si eso te ayudó.
—Ven.
Colocó el collar sobre la mesilla y se recostó en la cama.
—Tú me haces bien.
—Quién lo diría. A la mínima, echas a correr.
Me descalcé y me acomodé a su lado, apoyado en el cabecero. Conor se movió hasta colocar la cabeza sobre mi abdomen.
—No huyo de ti. Huyo de mí. Esto es algo a lo que tengo que enfrentarme solo.
Yo no creía que fuera así. Si estábamos juntos, deberíamos afrontarlo entre los dos. Pero no dije nada. Cuando se trataba de Liam, siempre me quedaba fuera. Que me hubiera enseñado el vídeo ya era un paso, aunque quizá solo lo había hecho porque se dio cuenta de que la había cagado.
Lo único que tenía claro era que seguía sintiéndome como el otro. El que espera que algún día dejen de verlo así, aunque en el fondo sabe que ese día nunca llegará. Porque, para el mundo, Liam siempre sería el gran amor de Conor... y yo no dejaría de ser el que vino después.