Capítulo 37 #2
Caminó hasta quedarse frente a mí. La única separación que había entre los dos era el plato con la tarta.
—¿Está buena?
—Mierda... No me digas que por mi culpa no la has probado. —Resoplé, echando la cabeza hacia atrás. Si es que era un auténtico desastre con el alcohol.
—No, pero voy a probarla ahora.
Metió un dedo en la crema y me la extendió por los labios. Después untó un poco más en mi cuello. Me sostuvo la mirada un instante antes de inclinarse para retirar la crema con la lengua. Cuando se apartó, dejó el plato a un lado.
—No está mal. —Sus ojos regresaron a los míos—. Y ahora me enseñas mi regalo de cumpleaños, porque Cian no me quiso decir nada. Lo único que soltó fue: «Ese americano me cae cojonudamente bien. Haces buena pareja con él».
Sonreí de lado y abrí los brazos.
—Dadas las circunstancias, te tocará a ti solito buscarlo.
Conor arqueó una ceja y comenzó su inspección. Primero me cogió una muñeca y luego la otra, girándolas entre sus manos mientras las examinaba con detenimiento.
—Por aquí no hay nada.
Subió las manos hasta el bajo de mi sudadera y tiró de ella hacia arriba, sacándomela por la cabeza. Después empezó a rodearme despacio. La yema de uno de sus dedos recorrió mi abdomen, siguió el contorno de mi cintura y terminó deteniéndose a mi espalda.
—Veo que por aquí tampoco hay ni rastro... —murmuró junto a mi oído antes de atraparme el lóbulo con los dientes.
Mi cabeza se echó hacia atrás por puro instinto.
—Tendré que seguir buscando.
Volvió a colocarse frente a mí, me bajó los pantalones y recorrió mis piernas con la mirada. Después terminó de quitármelos, descalzándome también las Vans. Dio otra vuelta a mi alrededor y dejó que su mano se deslizara por mi trasero.
—Sabes que esos malditos calzoncillos blancos me ponen muchísimo. Cada vez que te los veo puestos solo pienso en arrancártelos.
—Entrenador, céntrate, no te distraigas... —Mi voz se quebró cuando bajó mi ropa interior de un tirón. Tuve que apretar los puños para no reaccionar.
—No me quedan muchos sitios donde mirar. Solo me falta...
Se quedó callado un instante y volvió a sonreír.
—Principito, tanto te gusta el sexo conmigo que te has tatuado mi nombre en la polla.
—Más quisieras tú. Para eso vas a tener que esforzarte más.
Nada más decirlo, me dio una palmada en el culo y volvió a incorporarse hasta quedar frente a mí.
—Follarte no es un esfuerzo, es un placer.
Entonces se agachó lentamente. Se quedó de rodillas delante de mí y, por un momento, fui incapaz de pensar en otra cosa que no fuera su boca cubriendo mi erección. Sentía el calor de su respiración contra la punta y el roce de sus dedos deslizándose con una lentitud desesperante sobre mis pelotas.
Al llegar a la cicatriz, el gesto juguetón desapareció de su rostro. Separó un poco más mis piernas y fijó la vista en la cara interna de mi muslo.
—¿Y esto?
—Bueno... Sé que esa parte de mi cuerpo no te gusta mucho...
—Eh, no. —Me frenó de inmediato—. A mí me encanta todo de ti, no te equivoques. Lo que no me gusta es el significado de esa cicatriz.
—Ahora ya no se ve. La cubre un shamrock y, cada vez que la mires, no te acordarás de aquel día en Chicago, sino de Irlanda.
Sus dedos comenzaron a dibujar el contorno del trébol de tres hojas sin llegar a tocar el tatuaje.
—¿Por qué lo elegiste?
Me rodeó la cintura y, todavía de rodillas, dejó un beso en mi abdomen antes de alzar la vista hacia mí.
—Porque me recuerda a ti. Porque aquí te he conocido de verdad, libre. Y porque en este lugar he sido realmente feliz. Conor, nunca voy a olvidar estos días. No solo van a quedar grabados en mi piel, también en mi corazón.
Su abrazo se hizo un poco más firme.
—Kieran, si alguna vez vuelves a tener la tentación de hacerte daño, por favor, mira el tatuaje y detente. No soporto la idea de que vuelvas a lastimarte. Prométeme que no te volverás a cortar.
—Te lo prometo.
—Ese es mi chico.
Se incorporó hasta quedar a mi altura.
—Te quiero —susurró contra mis labios antes de besarme.
Llevé las manos hasta el bajo de su camiseta y se la saqué por la cabeza.
Mis dedos recorrieron despacio su pecho mientras besaba su mandíbula y descendía por su cuello.
Cuando estaba a punto de rozar uno de sus costados, noté un plástico bajo la yema de los dedos.
Lo miré con recelo, retrocedí unos centímetros y entonces lo vi.
Una pequeña ola cubría la cicatriz que yo mismo le había dejado años atrás.
Caí de rodillas sin apartar los ojos del tatuaje. Me costaba creer que hubiera hecho aquello. Cuando por fin levanté la vista hacia él, ya no supe qué decir.
—Mientras dormías en el sofá, me lo hice.
—Es... una ola.
—Lo sé.
—Pero... ¿por qué?
—La gente piensa que uno solo muere cuando el corazón deja de latir y todo deja de funcionar.
Pero no es cierto. Mi corazón seguía latiendo, aunque yo ya no estaba viviendo de verdad.
Aquella noche en la que me encontraste en el mar, borracho y a punto de ahogarme, no solo me salvaste... también me devolviste la vida.
Me levantó del suelo, apoyó la frente contra la mía y sujetó mis mejillas entre sus manos. Yo lo rodeé por la cintura y lo abracé con fuerza.
—Eres la ola que me arrastró de vuelta a la orilla.
Después me besó y me estrechó todavía más entre sus brazos.
Nunca imaginé escuchar unas palabras así de boca de Conor. Aquel pequeño tatuaje era mucho más que tinta; era una declaración que se me quedó grabada tan hondo como el shamrock que llevaba en la piel. Si ya pensaba que no podía quererlo más, acababa de demostrarme lo equivocado que estaba.
—¿Kieran?
—Mmm... —murmuré contra sus labios.
—¿Te has parado a pensar que en el vestuario van a ver el trébol? ¿Qué vas a decir cuando te pregunten?
—Sencillo. —Atrapé su labio inferior con los dientes mientras mis manos desabrochaban sus pantalones—. Que es para que me dé suerte.
Conor soltó una carcajada.
—Ese trébol tiene tres hojas, principito. El de la suerte tiene cuatro.
Entre los dos terminamos de deshacernos de su ropa.
—Pues diré que el tatuador mutiló al trébol de la suerte —respondí con la voz entrecortada, sin dejar de besarlo—. ¿Y tú? ¿Qué les dirás a tus amigos cuando vean el tuyo?
Me dio la vuelta con cuidado y me empujó hasta tumbarme sobre la cama improvisada. Después se inclinó sobre mí y, mientras dejaba un beso en mi cuello, murmuró:
—Diré la verdad.
Guardó silencio un instante.
—Que perdí la puta cabeza... —Rozó mis labios con los suyos y terminó la frase casi al oído— por el principito del mar.