Atrapados en la jugada (Corazones en juego 5) Capítulo 37
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Capítulo 37

KIERAN

Al salir del baño me aparté hacia una esquina, huyendo literalmente de cualquiera que tuviera nacionalidad irlandesa.

Aquella gente tenía una resistencia al alcohol muy por encima de la media.

Daba igual que fuera whisky , ginebra, cerveza o cualquier otra bebida.

Nada parecía tumbarlos. Yo, en cambio, me mantuve firme y no salí de la cerveza.

Lo de «firme» era solo una forma de hablar, porque mi cuerpo empezaba a funcionar con bastante menos convicción que mi cabeza.

Me sentía como un barril a punto de rebosar y mi vejiga debía de creer que era el tirador de un pub , porque cada dos por tres tenía que ir al baño a vaciar existencias.

Y eso que todavía conseguía caminar más o menos en línea recta, aunque la vista comenzaba a nublarse. Aun así, merecía la pena. Ver a Conor feliz y riendo rodeado de la gente que lo quería compensaba cualquier resaca que pudiera aparecer al día siguiente.

—¿Qué haces aquí solo, Kieran? —Sentí una leve caricia en la espalda al escuchar la voz cálida de la madre de Conor.

—Estoy escapando. Temo por mi integridad física. Mi cuerpo está a una pinta de colapsar.

La señora soltó una carcajada ante mi comentario. Qué vergüenza. Siempre había sido más reservado y ahora acababa de mostrarme como un intolerante al alcohol, medio perjudicado delante de la madre de mi novio.

«Novio».

Joder, qué bien sonaba eso.

—Kieran, cariño. Si te fijas bien, todos están bastante afectados. Y te aseguro que, cuando acabe la noche, a más de uno habrá que llevarlo a casa.

Bueno, algo de razón tenía. Todos iban finos, pero aquella gente parecía capaz de dejar un lago seco, mientras que yo ya iba tocado con el equivalente a una pecera. Mi tolerancia al alcohol seguía siendo lamentable.

—Gracias —dijo ella.

La miré, preguntándome si el alcohol ya estaba haciendo de las suyas o si de verdad acababa de decir aquello.

—Estamos muy contentos de que formes parte de la vida de Conor. No solo ha vuelto a sonreír, también lo vemos feliz a tu lado. Y eso te lo debemos a ti. Le haces bien, Kieran.

—No, señora. Él está así porque está en casa, con su familia, con la gente que quiere... y porque aquí es libre. Yo solo tengo un papel pequeño en todo eso.

La observé mirando a Conor con los ojos vidriosos.

—No te restes mérito, hijo. Me alegra que, además de sus amigos, también te tenga a ti en Seattle.

—Bueno... Allí las cosas son diferentes —murmuré, más para mí que para ella. Por alguna razón no podía dejar de hablar aquella noche—. Esto es como vivir un sueño. En Seattle nos espera la realidad.

Volvió a acariciarme la espalda en un gesto de apoyo. Esa mujer era realmente agradable.

—Kieran, la única realidad que yo veo es el amor. Ese que os tenéis mi hijo y tú. Recuérdalo.

No respondí. Permanecimos en silencio, los dos mirando hacia el mismo lugar, hasta que Sinéad apareció en mi campo de visión. Le comentó algo al dueño del local y después se acercó a nosotros.

—Ya es la hora. Vamos a abrir el karaoke y tú vas a ser el primero, Kieran.

—No, Sinéad. Yo no canto.

—Todos lo hacemos. Elegimos una canción para el cumpleañero. Es muy divertido.

—No, por favor. Me da muchísima vergüenza. Además, ya me cuesta hasta concatenar dos frases sin trabarme.

Se rio. Después apoyó las manos en mis hombros y me miró muy seria.

—Te necesitamos. Eres la distracción perfecta.

—¿La distracción? —pregunté, arrepintiéndome al instante. Esa mujer era peligrosa.

—Se cayó la tarta. Van a traer otra, pero necesitamos que mi hermano no se entere. Y, si está embobado mirándote, no se dará cuenta.

—Puedo intentar distraerlo de otra manera.

Nada más decirlo, me vinieron a la cabeza formas mucho más placenteras de conseguirlo. Por suerte, deseché aquellas imágenes antes de que escaparan por mi boca sin permiso.

—Kieran, sube a ese escenario. Estoy convencida de que a mi hijo le hará muchísima ilusión que formes parte de todo esto.

A la mierda. ¿Cómo podía decirle que no?

Así que me limité a asentir. Sinéad dio un pequeño aplauso, me abrazó con entusiasmo y, acto seguido, se enganchó a mi brazo para tirar de mí.

—¿Qué vas a cantar?

—Buena pregunta.

Me quedé pensando hasta que recordé todas las cosas de U2 que había en la habitación de Conor. Incluso tenía una foto con Bono.

Entonces lo supe.

—Cantaré With or Without You .

—Muy buena elección. Estoy convencida de que a mi hermano le va a encantar.

Así fue como acabé cantando en el karaoke de un pub irlandés delante de no sé cuántos irlandeses, por culpa de un irlandés al que quería más de lo que mi dignidad consideraba razonable.

Al principio estaba tan tenso que casi no era capaz de sujetar el micrófono sin que me temblaran las manos. Tenía el corazón desbocado y la boca completamente seca.

Conor se abrió paso entre la gente hasta quedarse frente al escenario. Levantó la vista y me sonrió.

No sé en qué momento dejé de estar cantando para un pub lleno de gente y empecé a hacerlo solo para él.

Cuando entoné las últimas notas como buenamente pude, el local estalló en aplausos. Bajé del escenario con el corazón todavía acelerado y entonces ocurrió lo impensable.

Conor me cogió la cara entre las manos y estampó sus labios contra los míos allí mismo, delante de sus amigos, sus vecinos... y toda su familia.

—¿Estás bien? —preguntó sin soltarme las mejillas.

—Creo que sí..., aunque todavía estoy procesando lo que acaba de pasar. ¿Conor, estás borracho? No se me ocurre otra explicación para lo que acabas de hacer.

Sonrió.

—No lo estoy.

—¿Entonces por qué lo has hecho?

—Porque verte ahí arriba, todo tímido, cantándome una canción de U2 solo para mí... ha sido una tentación imposible de resistir. —Apoyó la frente en la mía—. Te quiero.

—Yo también.

Las luces del pub se atenuaron un poco más y vi a Sinéad aparecer con la tarta entre las manos. La colocó delante de Conor y el murmullo se fue apagando hasta que todas las miradas quedaron puestas en él.

—Pide un deseo, hijo —dijo su madre con una sonrisa.

Conor levantó la vista y la fijó en mí. No dejó de mirarme mientras soplaba las velas y, por alguna razón, sentí que me incluía en ese deseo. Los aplausos estallaron a nuestro alrededor y él volvió a depositar sus labios sobre los míos delante de todos.

Las felicitaciones y los gritos pidiendo otra ronda devolvieron el pub al bullicio de antes. Mientras todos seguían alrededor de Conor, Cian, uno de sus amigos, se acercó hasta mí con dos vasos en la mano y me ofreció uno.

—Toma, prueba este whisky .

Definitivamente, aquella gente tenía la firme intención de que no saliera de una pieza.

Mientras bebíamos, empezó a enseñarme los tatuajes que le cubrían los brazos. Detrás de cada uno había una historia diferente y, cuando terminó de contarme unas cuantas anécdotas, me lanzó una pregunta.

—¿Y tú? ¿Tienes alguno?

Negué con la cabeza.

Como me hubiera visto mi padre con un tatuaje, me habría arrancado la piel.

—Pues eso hay que solucionarlo. Todo el mundo debería llevar al menos uno.

Fue entonces cuando se me ocurrió la idea.

Me incliné hacia él y se la susurré al oído como si fuera un secreto que nadie más pudiera escuchar.

Cian sonrió de inmediato.

—Ven conmigo. Tengo el estudio aquí al lado.

Fui a coger la chaqueta cuando Conor me sujetó del brazo.

—Eh, ¿adónde vas con Cian?

—He decidido hacerme un tatuaje.

Frunció el ceño.

—Kieran, tienes una piel increíble. Bronceada, perfecta... No la estropees con un dibujo en una noche de borrachera.

Bajé la vista.

Perfecta... No lo era.

Había una marca. Fea. Era la cicatriz de un tiempo en el que me hice demasiado daño a mí mismo. Más de una vez había sorprendido a Conor deteniendo la mirada en ella cuando creía que yo no me daba cuenta. Nunca decía nada, pero sabía que bastaba con verla para regresar a aquel día en Chicago.

—¿Me oyes? —Me zarandeó con suavidad, obligándome a volver al presente—. Te vas a arrepentir.

Sonreí.

—Espero que no, porque va a ser para ti. Mi regalo de cumpleaños.

Se quedó completamente inmóvil.

Sonreí de nuevo y, esta vez, fui yo quien le robó un beso rápido antes de salir detrás de Cian.

***

Sentí unos golpecitos en la mejilla. Sé que protesté con un gruñido ininteligible, pero volvieron a repetirse, esta vez con más insistencia.

—Bella durmiente, despierta. —Se rio—. No pienso llevarte en brazos. No va conmigo hacer esas cosas.

Joder.

Reconocería esa voz en cualquier parte.

Abrí los ojos y tardé unos segundos en conseguir enfocarlo. Conor se limitaba a sonreír mientras yo me frotaba la cabeza. Me entregó una botella de agua y me la bebí de un tirón. Fue entonces cuando me di cuenta de que estábamos dentro del coche, ya aparcado en el jardín de la casa.

—Eh... ¿Cómo he llegado hasta aquí?

—¿No es obvio? —Señaló el coche con una sonrisa de suficiencia.

—Capullo. No me refiero a eso. Me refiero a mí. Lo último que recuerdo es estar haciéndome un tatuaje.

—Ven. —Tiró de mi mano para ayudarme a salir del vehículo—.

Sí, te hiciste un tatuaje. Y, cuando Cian terminó, le dijiste que necesitabas descansar un rato en el sofá que tenía en el estudio porque parecía muy cómodo.

Lo mejor es que ni siquiera esperaste a que te respondiera.

Te recostaste encima y te quedaste dormido.

—¿Nooo?

—Sííí.

—¡Qué vergüenza! —Me llevé una mano a la frente—. Menudo papelón.

Llegamos a la cúpula y vi que estaba todo preparado. Incluso había comida.

—Toma algo. —Me lanzó una manzana, pero en cuanto vi un trozo de tarta abandoné la fruta y fui directo a por ella.

—¿Y cómo llegué al coche? Porque no recuerdo nada —pregunté con la boca llena mientras lo veía cerrar todos los paneles de la cúpula.

—Pues entre Cian y yo te metimos dentro. Por cierto, le cosiste a besos la mejilla. Nunca lo había visto tan colorado. No parabas de decirle: «Grandullón pelirrojo, molas mucho», mientras le tirabas de la barba.

—¡Nooo! Me quiero morir. ¿De verdad hice eso?

Lo escuché partirse de risa antes de aclararme que estaba bromeando.

—No. Estabas completamente inconsciente, pero habría sido la hostia.