Atrapados en la jugada (Corazones en juego 5) Capítulo 36 #3
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Capítulo 36 #3

La primera parte del trayecto la pasamos bromeando y picándonos.

Y, por picarnos, me refiero a que no llevábamos ni media hora de viaje cuando ya estábamos buscando un sitio donde parar.

Eso es lo que pasa cuando Conor Flanagan te toca la polla.

Y, si eres tú quien le sigue el juego, date por perdido. O, mejor dicho, por jodido.

Solo un milagro podía detenernos en ese estado. Bueno... un milagro no. Bastó con que Jordan llamara a Conor.

Empezó a hablarle de las vacaciones de todos.

Llevaban días compartiendo fotos en el grupo que teníamos, pero él y yo las habíamos ignorado por completo.

Todo lo relacionado con nuestra vida en Seattle había quedado aparcado hasta ese momento.

También me mencionó a mí. Dijo que estaban preocupados porque apenas conseguían hablar conmigo y me sentí fatal.

No me gustaba inquietarlos cuando, en realidad, estaba bien. Más que bien. Era feliz.

Joder... Aquello fue un bajón de los grandes.

Cuando colgó, el silencio se instaló en el coche. La idea de hacer una parada desapareció por completo y pasamos de un estado febril a la hipotermia.

—Estoy pensando que, cuando lleguemos a Seattle, uno de los dos puede irse directamente del aeropuerto a casa y el otro pasar primero por el apartamento.

Dejamos pasar unas horas y luego el otro se reúne allí.

Creo que es la mejor forma de no levantar sospechas. ¿Te parece bien? —indagó con cautela.

¿Que si me parecía bien? No, claro que no. Pero no me quedaba otra. Más me valía empezar a acostumbrarme.

—Perfecto —respondí con sequedad, desviando la mirada hacia la ventana.

—Eh, ¿qué sucede? —Me apretó el muslo. Retiré la pierna de un tirón.

¿En serio me preguntaba eso? ¿Acaso no veía lo que estaba pasando?

—Kieran, dime lo que piensas. No puedes callarte las cosas. Las relaciones se van a la mierda por no hablar.

—¿No me digas? —Lo miré—. Bueno, digamos que en esta no hay mucho que decir, porque, como es clandestina, poco se puede debatir.

Conor giró bruscamente el volante y detuvo el coche junto a un viejo muro de piedra cubierto de musgo. Se quitó el cinturón, bajó y se sentó sobre él. Hice lo mismo y ocupé el sitio a su lado.

—Dime, Kieran. ¿Qué quieres que hagamos? ¿Que publiquemos una nota de prensa, lo gritemos a los cuatro vientos y empecemos así la temporada? ¿De verdad quieres eso?

—Claro que no, joder. Todavía se habla de mí. No tengo ganas de sumar otro capítulo a mi currículum gay.

—¿Entonces?

—Entonces no quiero volver a lo de antes, Conor. Verte una hora en un maldito apartamento. Me niego a regresar a esa dinámica.

—Eso no va a suceder. —Sus dedos jugaron con los míos—. Porque lo que tenemos ahora es muy diferente.

—¿Sí? ¿Tú crees? Porque lo primero que vamos a hacer al llegar a Seattle es separarnos como si lo nuestro estuviera mal.

—Mírame. —Tiró de mi mentón hasta que nuestros ojos se encontraron—. Buscaremos la forma de estar juntos. Te lo prometo. ¿Confías en mí?

—¿Acaso tengo otra opción?

—Te amo. —Besó mis labios—. Y tú me amas a mí. Recuérdalo.

Asentí.

—Conor, hay algo a lo que llevo un tiempo dándole vueltas y creo que es la mejor solución para poder vernos sin estar mintiendo todo el tiempo. Voy a hablar con los Prescott y les diré que he encontrado un lugar para vivir. Me instalaré en el ático.

—Me parece una gran idea. Además, también podemos escaparnos a la playa los días de descanso. Así no tendremos que estar encerrados.

Me solté de su mano y sacudí la cabeza.

—Conor, todo esto son parches, joder. Vivir así, ocultándonos de todo el mundo, evitando que nos vean, nos va a destruir. Somos como dos amantes furtivos, y odio esa sensación, porque yo quiero ser tu pareja.

—Ya lo eres.

—No. No lo seremos hasta que hablemos con los chicos y podamos actuar con normalidad.

Conor se puso en pie, dio la vuelta y apoyó las manos sobre el muro antes de dejar caer la cabeza.

—Kieran, ¿crees que podemos aterrizar y soltar semejante bomba? ¿Tú puedes mirarlos a la cara? ¿A Nate? ¿A Jojo? ¿Cómo crees que se lo tomarán? Pensarán que hemos traicionado su confianza, cuando nos acogieron a los dos. Decirlo lo va a romper todo.

—No decirlo también nos está rompiendo a nosotros. Cuanto más tiempo dejemos pasar, peor será cuando ellos lo descubran. Esta mentira no hace más que crecer. —Estiré la mano y la posé sobre la suya, que seguía apoyada en la piedra—. Podemos escondernos del mundo, pero no de nuestros amigos.

—Lo sé. —Se incorporó y se colocó entre mis piernas—. Pero me aterra su reacción.

Lo rodeé por la cintura y lo atraje hacia mí hasta apoyar la cabeza en su abdomen.

—Encontraremos el momento. Lo haremos juntos.

—Da igual cuándo lo hagamos. Va a ser un desastre de todas formas. Así que mejor vete haciéndote a la idea de que vamos a remover el avispero. Solo espero que no salgamos demasiado picados.

—Es la única manera de que, en Seattle, podamos ser Conor y Kieran, porque, si no lo hacemos, seguiremos siendo Flanagan y Price. No quiero regresar ahí.

—Yo tampoco. —Me abrazó con más fuerza.