Atrapados en la jugada (Corazones en juego 5) Capítulo 36 #2
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Capítulo 36 #2

Conor me rodeaba con los brazos desde detrás, con las piernas abiertas a ambos lados de mi cuerpo, mientras la hamaca se balanceaba despacio.

El calor del sol se colaba entre las hojas de los árboles y nos acariciaba la piel, acompañado por el canto constante de los pájaros.

De vez en cuando notaba sus labios perderse entre mi pelo para dejarme un beso en la frente, como si no pudiera evitar hacerlo.

Desde que llegamos a la que había sido la casa de su abuela, aquel rincón se convirtió en nuestro refugio.

Íbamos a comer con sus padres o con Sinéad; algunos días quedábamos con sus amigos, pero el resto del tiempo lo pasábamos allí, escondidos del mundo, aprovechando cada minuto como si así pudiéramos convencer al reloj de que dejara de avanzar.

Habíamos conseguido alargar unos días más nuestra estancia gracias a una mentira.

Yo les había dicho a todos que quería pasar el verano con mi hermano, y Conor había usado como excusa que quería estar con Sinéad antes de que naciera el bebé, porque después comenzaría la temporada y ya no podría viajar. Coló. Coló para todos.

Pero cada vez que pensaba en ello me sentía fatal.

No me gustaba mentirles. Y estaba bastante seguro de que Conor tampoco lo llevaba bien, aunque ninguno de los dos sacara el tema.

Cuanto más se acercaba el día de regresar, más crecía el miedo a que todo aquello terminara.

Por eso, momentos como ese valían tanto.

Quería guardarlos en algún rincón de mi memoria para volver a ellos cuando todo aquello no fuera más que un recuerdo.

Noté cómo me estrechaba un poco más entre sus brazos. Giré la cabeza y besé el antebrazo que descansaba sobre mi pecho. Él respondió con otro beso en la frente, lento, tranquilo, y cerré los ojos unos segundos.

Ojalá el tiempo pudiera quedarse quieto allí.

El sonido del móvil de Conor rompió esa paz instaurada y los dos resoplamos casi al unísono. Frunció el ceño antes de estirar el brazo para cogerlo de la mesa que había junto a la hamaca.

—Es Sinéad.

Contestó sin soltarme de su abrazo.

—Sí... Ya lo sé. Claro que iremos. No, no vamos a escaquearnos a última hora.

Sonreí para mis adentros.

Llevaba varios días insistiendo en que no podíamos faltar a la despedida que habían organizado aquella noche en el pub del pueblo antes de que partiéramos al día siguiente.

Lo que Conor no sabía era que todo aquello solo era una trampa.

En realidad, todos le estaban preparando una fiesta de cumpleaños, y había sido la propia Sinéad quien me pidió que no dejara que sospechara nada y que, pasara lo que pasara, me asegurara de llevarlo.

Intenté levantarme de la hamaca, pero Conor tiró de mí hasta volver a tumbarme sobre él.

—¿Adónde crees que vas? —cerró los ojos y me abrazó con fuerza.

—Tenemos que irnos.

—Más tarde. Ahora quiero quedarme aquí contigo.

Me incorporé un poco, apoyando la barbilla sobre su pecho mientras le acariciaba la barba. Sonrió. Era como un gatito ronroneando.

—Conor, no seas infantil. Todavía tenemos que llegar al pueblo. Todos se lo están currando un montón. No podemos retrasarnos.

—Uf, uf... —refunfuñó. Se inclinó, me levantó la barbilla para besarme y, después, me mordió el labio—. Está bien, pero antes follemos.

—De eso nada. —Me eché hacia atrás buscando un poco de distancia antes de que me acabara convenciendo. Además, todavía tenía el trasero dolorido de aquella mañana—. No hay tiempo.

Pegué un brinco y me puse en pie, balanceando la hamaca lo suficiente como para que estuviera a punto de tirarlo. Si no hubiera tenido los pies bien apoyados a ambos lados, lo habría conseguido.

—Vale, vale. Iremos al pub , pero cuando regresemos a casa ve pensando dónde quieres dormir, porque no pienso hacerlo cada uno en un cuarto.

—No voy a follar en casa de tus padres —aclaré.

—Me conformo con cualquier otra opción que implique que nos corramos.

—Eso tampoco. No voy a hacer nada con ellos en la habitación de al lado.

—Muy bien, pues lo haremos fuera. No sé... ¿Qué tal en el coche, en el jardín o en los aseos del pub ? Estoy abierto a cualquier clase de sugerencia si se trata de nuestras pollas, principito.

Subió las manos hasta apretarme las mejillas, me dio un beso y después volvió a morderme el labio.

—Ja, esto sí que tiene gracia. A ti no te gusta tener sexo en los baños, ¿lo recuerdas?

—Por supuesto, y mi opinión al respecto no ha cambiado, pero por ti soy capaz de hacer una excepción.

Me reí, lo abracé y empecé a llenarle la mejilla y el cuello de besos. Me gustaba provocarlo, aunque vivía tan desesperado como él por tenernos.

—Pero una parada técnica por el camino es obligatoria. Hay que respetar los tiempos de descanso para una conducción segura —sentenció con toda la solemnidad del mundo.

Solté una carcajada.

—No estamos ni a dos horas de casa de tus padres. No será necesario. —Lo empujé, divertido.

—Bueno, también acepto que me la chupes mientras conduzco.

—No.

—Pues te hago una paja. El coche es automático.

—No.

—Puf, Kieran. Eres muy aburrido.

—¿Cómo era, entrenador? Ah, sí... Conducción responsable. —Casi repetí sus mismas palabras.

—Principito —se acercó a mi oído—, cuando el tema va de ti y de mí, nada es responsable. Todo es imprudente, temerario y hasta suicida. Lo nuestro nunca ha sido un mar en calma. —Llevó la mano hasta mi entrepierna y la palpó—. ¿Ves? Me echa de menos.

—Aleja tus pervertidas y sucias manos de mí. —Lo volví a empujar entre risas.

—Mmm... Qué calificativos más adorables. Tengo curiosidad por saber cuáles le pondrías a mi boca.

—Oh, venga ya. Tenemos que irnos.

—Con una condición. —Dio un paso hacia mí y yo otro hacia atrás, porque al final ya sabía cómo acababa todo aquello.

—No hay condiciones.

—Entonces no nos movemos de aquí. —Me enseñó las llaves del coche.

—Eres un cretino.

—Puede, pero uno muy atractivo, sexy, que te vuelve loco y consigue que te corras como nadie.

—Para ya. ¿Qué quieres?

—Una parada por el camino.

—No.

—Rápida.

—No.

—Tú mandas.

—Hecho.

—Al final te tengo donde quería, Kieran —me vaciló mientras caminaba hacia atrás—. Siempre consigo mis objetivos.

—Entrenador, borra esa estúpida sonrisa de suficiencia.

No has sabido leer mi juego. Muy mal. Si no hubieras estado tan desesperado, te habrías dado cuenta de que nuestros objetivos eran los mismos y ya me tenías.

Pero fui paciente, dejé que te lanzaras al ataque para quedarme con la victoria y recordarte que ahora el poder lo tengo yo.

—Bien jugado. —Abrió la puerta de la entrada y se giró una última vez—. Pero nunca te confíes, porque todavía queda partido y tu oponente le puede dar la vuelta al marcador.

Solté una carcajada al verlo desaparecer. Después me quedé contemplando la casa, la cristalera del dormitorio que habíamos compartido. Respiré el olor a mar, sentí los rayos del sol sobre la piel y la brisa acariciándome el rostro mientras me despedía del lugar donde había sido inmensamente feliz.

Estaba tan absorto que no lo vi hasta que cerró la puerta y llegó a mi lado con la maleta. Entrelazó su mano con la mía y echó un último vistazo. Apostaría a que estaba pensando lo mismo que yo por lo que comentó a continuación.

—Podremos venir más veces. Este siempre será nuestro lugar seguro, Kieran.

Asentí y comenzamos a caminar hacia el coche.