Capítulo 36
KIERAN
—Fóllame —insistí, agarrándole la nuca a Conor—. Por favor, date prisa antes de que pierda toda mi dignidad y me corra con tus dedos.
En algún momento, entre su lengua en mi culo y sus dedos haciendo magia, me mordió la lengua y me convirtió en un hombre necesitado. Siempre lo había deseado, pero nada comparado con este nivel de desesperación.
—Mmm... Mi principito está ansioso —se burló, con la polla rozando mi agujero.
—Deja de provocarme, Flanagan. —Le apreté las nalgas con fuerza para impedir que siguiera jugando.
—No vuelvas a llamarme así, y menos cuando estoy a punto de follarte.
—Pues entonces hazlo de una vez o te juro que gastaré tu apellido.
Apretó la mandíbula. No sabía si porque le había molestado o porque empezó a abrirse camino en mí.
Oh, joder... Dolía. Eché la cabeza hacia atrás y le apreté el trasero con más fuerza, clavándole los dedos. Posiblemente le estuviera haciendo daño, pero no dijo nada. Sentí la rigidez de los músculos de sus brazos y noté la contención en su rostro.
—Voy a echar más lubricante —informó, intentando sacarla, pero lo detuve.
—Espera. No vuelvas atrás. No puede quedar mucho para que esté dentro. Continúa.
—Kieran, solo he metido la punta.
«Solo la punta», repetí mentalmente. Joder, si eso era solo una mínima parte de todo lo que faltaba. Lo tenía claro: después de que me follara no iba a poder sentarme. Y quizá tampoco caminar. Tendría el culo como el de un mandril. Me tocaría vivir boca abajo en una cama una buena temporada.
Noté el gel en mi trasero y descubrí cómo una generosa cantidad cubría su miembro. Eso no iba a entrar. Aquello era el tronco de una secuoya.
—Relájate, principito. Estás un poco tenso.
—Atrapó mi labio con los dientes, bajó a mi mandíbula y después a mi cuello, mientras comenzaba a masajearme la polla con la mano que todavía tenía restos de lubricante.
Se sintió bien cuando volvió a embestir despacio.
Eché la cabeza hacia atrás, abriendo la boca para tomar aire—. Lo estás haciendo muy bien.
—¿Cuánto falta? —logré preguntar.
—Un poco.
—¿Cuánto es ese poco? ¿La mitad?
—Algo más.
Oh, joder... Volvíamos a estar en el mismo punto, atascados. Aquello iba a ser una puñetera tortura hasta que la metiera toda. Entonces se me ocurrió una idea. Si iba a doler, mejor todo de golpe que poco a poco.
Agarré sus caderas y tiré con tanta fuerza que su polla, resbaladiza por el lubricante, se hundió de un solo empujón. El dolor fue desmesurado. Dejé de respirar, igual que Conor, que se quedó completamente rígido. Pero me consolé pensando que lo peor ya había pasado. Ya lo tenía entero dentro.
—¿Te has vuelto loco? —me reprendió, preocupado—. ¿Qué coño crees que estás haciendo, Kieran?
No hubo respuesta. Bastante tenía con intentar respirar y esperar a que aquella presión desapareciera. También rezaba para que todo siguiera en su sitio.
—Eh... —Retiró el pelo de mi frente y me besó en un gesto tierno—. ¿Estás bien?
Asentí con un leve parpadeo, aunque mi culo gritaba lo contrario a base de espasmos. Vi la clara intención de Conor de salir de mi interior, pero no se lo permití. Lo sujeté allí.
—Ni se te ocurra sacarla, porque, como lo hagas, te juro que no la vuelves a meter.
—Eres un puto kamikaze, principito.
—Pero te gusto.
—Más que eso. Eres lo más condenadamente sexy en lo que mi polla ha estado metida. —Vi algo especial en sus ojos, distinto a las otras veces que habíamos estado juntos. ¿Amor?
Me sentía dominado por la excitación. Con su polla enterrada en mí y el deseo corriéndome por las venas, nunca había vivido algo así.
Empecé a notar cómo el dolor se transformaba poco a poco en placer.
Porque, por fin, percibía esa conexión que nos había faltado, la que unía nuestros cuerpos de una forma distinta.
Ahora sí. Yo lo amaba con todo el alma, y él me amaba del mismo modo.
—Ya estoy bien. Continúa. —«Bien» era una palabra muy generosa, porque seguía doliendo, aunque ya no lo suficiente como para no disfrutar de la parte buena.
—¿Seguro? —Se echó un poco hacia atrás, moviendo las caderas con suavidad. No alivió aquella extraña sensación de presión, pero me hizo jadear.
—Sí. ¿Y tú?
—No puedo estar mejor. Tengo la polla en el puñetero paraíso —aseguró con la voz entrecortada.
En lugar de agarrarlo, apreté los puños contra las sábanas. Él se dio cuenta, entrelazó los dedos con los míos y los llevó por encima de mi cabeza antes de empezar a follarme lentamente.
— A Dhia , no sabes cuánto he deseado tenerte así. —Embistió más profundo, haciéndome gemir—. Mío.
Tras aquella palabra, el verde de sus ojos se oscureció y empezó a penetrarme con más fuerza.
Nuestras manos seguían entrelazadas sobre mi cabeza, aprisionadas contra la cama. Gimió al volver a entrar en mí. Mi propio gemido casi ahogó el suyo, pero, joder..., me encantaba oírlo perder el control y sentir cómo sus abdominales rozaban mi polla sensible, añadiendo la fricción perfecta.
—Mierda..., me gusta demasiado esto —jadeé, rendido a ese dios del placer.
Él se rio, pero enseguida volvió a buscar mi boca y nuestras respiraciones se mezclaron.
Si antes pensaba que estaba delirando, el arrastre de su polla dentro de mí y el roce de su cuerpo contra el mío terminaron de desquiciarme.
Cada movimiento despertaba una sensación distinta y cada embestida la intensificaba.
Incliné las caderas en busca de ese ángulo que me parecía perfecto y, cuando una descarga de placer me hizo jadear contra su mandíbula, sonrió.
Volvió a balancearse, golpeando el mismo lugar que estuvo a punto de hacerme correr entre nuestros cuerpos.
Estábamos empapados. El sudor nos corría por el cuerpo mientras ambos intentábamos alargar un poco más aquel momento.
—Por favor, córrete conmigo —supliqué, no solo porque el culo me dolía, sino porque la sensación que se estaba formando era tan profunda que el orgasmo estaba a punto de alcanzarme.
Embistió dentro de mí, apretando nuestras manos y meciendo nuestros cuerpos sobre el colchón.
—Oh, mierda... Sí... —gemí, con los talones clavados en sus nalgas y el culo alzándose para recibir sus acometidas.
El semen se deslizó entre nuestros cuerpos. Los ojos se me cerraron sin permiso y los dedos se aflojaron en su agarre.
—Conor...
Su frente golpeó la mía y soltó algo que no logré comprender. El cuerpo le tembló encima del mío y dejó escapar un gemido junto a mi oído. La respiración se le quebraba en cada exhalación.
— Mo chreach , Kieran. A Dhia ...
Necesitaba sentirlo. Solté sus manos, rodeé su espalda con los brazos y lo abracé cuando se corrió por primera vez dentro de mí.
—Joder, principito, casi me matas.
Se mantuvo quieto, pero el semen entre nuestros cuerpos hacía que cualquier mínimo movimiento se deslizara con facilidad. Bajé las piernas, las estiré y golpeé suavemente sus pies con los míos.
—Oye, Conor, ¿qué te ha gustado más, cuando me tenías dentro o cuando te tenía yo a ti?
—No te voy a negar que no estuvo nada mal sentirte dentro de mí. Estaría bien repetirlo algún día. Pero, si tengo que elegir, sin duda prefiero follarte, enterrar mi polla en ti y no sacarla jamás.
Se me escapó una risa que desapareció en cuanto se meció un poco sobre mí, temblando de arriba abajo.
—¿Y a ti? —preguntó al salir de mi cuerpo y dejarse caer a un lado. Se apoyó sobre un codo como un dios griego y, con un dedo, jugó con mi semen, extendiéndolo todavía más por mi pecho.
—Fue divertido sentir que, por una vez, era yo quien te dominaba. Me gustó —comenté.
Él respondió dándome un manotazo en todo aquel desastre que habíamos montado.
—Pero, si tengo que quedarme con algo, es contigo dentro. Fue increíble. —Me acerqué, le rocé la barba con los dedos y lo besé antes de continuar—. Supongo que eso me hace gay.
—¿Lo qué?
—Que me guste que me folles.
—No. —Esta vez fue él quien me besó. Con un dedo descendió despacio por mi cuerpo, extendiendo todo aquello.
Bajó hasta mis oblicuos. Pensé que iba a detenerse en mi polla, pero la ignoró.
Sentí una punzada de decepción. Hizo lo mismo con mis pelotas y continuó hasta mi culo.
Cuando me mostró su semen en los dedos...
joder, aquello era asqueroso, pero jodidamente sexy—. Eso lo que te hace es mío.
—Ja. Me gusta definirme como tuyo, pero dudo que mucha gente lo entendiera.
—Lo nuestro no va de etiquetas, Kieran. Va de nosotros dos.
Se apartó para incorporarse y vi cómo fruncía el ceño al sentarse.
—Venga, vamos a limpiarnos para volver a ensuciarnos después de comer algo.
Caminó hasta el baño con ese impresionante cuerpo. Intenté sentarme. Joder, dolía. Y, para rematar, todavía chorreaban los restos del placer de Conor.
El teléfono se iluminó en el suelo, donde seguía tirado junto a mis pantalones.
Lo alcancé y vi una llamada de Nathan. Llevaba días intentando convencerme para que me fuera de vacaciones con ellos y todavía no le había contestado.
Eso significaba tener que regresar y pinchar la burbuja en la que vivía.
—Eh, te estoy esperando para ducharnos juntos. —Escuché la voz de Conor acercándose. Se subió a la cama de rodillas y me abrazó por la espalda—. ¿Sucede algo?
—No. Es Nathan. —Puse el móvil a un lado y acaricié sus brazos—. Quiere que vaya al viaje de amigos. No tenía pensado ir porque no estaba con ánimo, pero ahora que ya estoy mejor no puedo negarme.
—Sí puedes hacerlo y, de hecho, debes hacerlo, porque es la única manera de que podamos quedarnos aquí más tiempo.
—¿Q-qué me estás tratando de decir?
—Que no te marches. Quédate conmigo en Irlanda hasta que tengamos que volver a jugar. Quiero disfrutar de esto todo lo que podamos. ¿No te gusta quiénes podemos ser en este lugar?
Sí, me gustaba demasiado. Todo era tan perfecto que sentía que, en cuanto volviéramos a la realidad, el golpe iba a ser importante. Pero no iba a pensar en eso. Solo quería disfrutar de aquellos días.
—Está bien. Hablaré con él. Nos quedamos.
***