Capítulo 35 #3
Me dio tiempo para acostumbrarme, regalándome besos en el pecho, lamiendo y mordisqueando mis pezones. Entonces empezó a empujar con suavidad. Poco a poco, la mandíbula dejó de estar tan tensa y la temperatura de mi cuerpo fue subiendo.
—Joder, estás muy apretado. Me vas a cortar la circulación de la polla.
—Como vuelvas a hablar de mi culo como si fuera un coño, ahora mismo invierto las posiciones y te follo.
—Ja. —Se rio sin dejar de moverse, con la frente perlada por el esfuerzo y la contención—. Conor, los culos también están apretados. Parece mentira que ese comentario salga de ti. Estás demasiado vulnerable, guapo. Todo un grandullón tierno y quejica. —Volvió a reír antes de empujar con más fuerza.
A la mierda...
Ya no pude responder. El cuerpo me empezó a temblar. Joder... aquello estaba mejorando. Seguía doliendo, pero ya no era un dolor abrumador. Kieran alternaba embestidas firmes con otras más suaves y, para ser sincero, esa mezcla me estaba volviendo loco.
—¿Mejor, Conor?
—Sí... No está tan mal que te follen el culo.
Kieran no contestó. Entre gemidos siguió golpeando sus muslos contra mi trasero. La polla se me contrajo y el agujero se apretó a su alrededor, acostumbrándose poco a poco a tenerlo dentro. Sus manos se aferraron a mis caderas. Salió y volvió a empujar, follándome a un ritmo tortuoso.
—¿Cómo se siente, Conor? —preguntó expectante. Se le notaba ansioso, con ganas de descubrirlo.
Nunca tuve muchas dudas sobre lo que podía gustarle en la cama, pero, si me quedaba alguna, en ese momento quedó despejada.
Le excitaba la idea de ser follado y, por extraño que sonara, eso me ponía incluso más que sentir su polla dentro de mí.
Aunque era algo de lo que tendría que darse cuenta él solo.
Yo tampoco iba a quejarme. Haber invertido los roles no había estado mal. Quizá algún día repetiría. Pero, sin duda, seguía prefiriendo dar antes que recibir.
—Dilo, Kieran. Pide lo que quieras.
—Fóllame, Conor. Muéstrame lo que se siente de verdad. —Dio una pequeña embestida y sus brazos me mantuvieron firme.
En un movimiento rápido nos di la vuelta.
Al invertir las posiciones, nuestros cuerpos dejaron de estar unidos y una extraña sensación de vacío me recorrió el cuerpo.
No me disgustaba en absoluto tenerlo clavado en el culo.
Pero, seamos sinceros, si mi polla goteaba en ese momento era porque, por fin, iba a follarlo, como llevaba deseando desde el maldito día en que le puse las manos encima.
Separé sus piernas, escupí directamente en su estrecho agujero y me zambullí de cabeza. Su gemido de placer fue jodidamente musical, pero la forma en que temblaba, como si estuviera a punto de explotar, me puso tan cachondo que tuve que apretarme la polla para contener el orgasmo.
—Joder, sí... —susurró, echando la cabeza hacia atrás—. Sigue haciendo eso.
—Principito, si apenas hemos empezado y ya estás deshecho. —Lo hice de nuevo, dejando que la saliva resbalara por su raja—. Sé que esto te gusta, pero tengo que usar los dedos. Necesito dilatarte antes de que te corras sin mi polla dentro.
Acto seguido, cogí el lubricante y lo extendí por toda su abertura, presionando ligeramente la entrada. Se le hizo un nudo en la garganta al tragar y me miró atrapándose la lengua en la comisura de los dientes. Odiaba cuando hacía ese maldito gesto. Me ponía muchísimo y el muy cabrón lo sabía.
Sin apartar la vista de él, jodidamente sexy, deslicé un dedo despacio, observando cómo su expresión se relajaba mientras lo hacía.
Bombeé el dedo, viéndolo desaparecer dentro de él. Cuando añadí un segundo, volvió a morderse la lengua con más fuerza.
—Como sigas haciendo ese gestito, mis dientes sustituirán a los tuyos, y no va a ser una puñetera caricia.
—Hazlo, entrenador.
Me incorporé un poco sobre las rodillas y, con la boca entreabierta, atrapé su lengua. Mis dedos se curvaron dentro de él, provocando que gimiera directamente contra mis labios.
Me agarró de la cabeza, enredando los dedos en mi pelo, y me besó. Mientras se derretía contra mi boca, añadí un tercer dedo.
Todavía no estaba listo. Necesitaba estirarlo un poco más.
Kieran levantó las piernas, abriéndose todavía más para mí.
Maldición... ¿Qué clase de tortura era esa?
Creo que nunca en mi vida había deseado follar a nadie tanto como a él.
Supongo que todo se debía a la puñetera abstinencia.
O a lo jodidamente sexy y entregado que era.
O a que ese niñato había conseguido devolver mi polla a sus mejores años.
Qué coño sabía yo. Lo único que tenía claro era que no dejaba de gotear y que tenía que pellizcarme la punta cada dos por tres para no correrme.
Un gemido. Un movimiento de caderas contra mis dedos. Otro gemido. Se mordió el labio. Otro. Me apretó el trasero. Otro más. Alcanzó mi polla y la rozó con la suya.
El sudor ya no solo me corría por la frente, sino por todo el puñetero cuerpo. Era una bomba de relojería a punto de explotar. Aparté su mano de mi miembro e interrumpí el beso para tomar un poco de aire, pero él siguió balanceando las caderas contra mis dedos.
—Fóllame, Conor. Te necesito.