Capítulo 35 #2
Me aparté de él y, mientras cruzaba el cuarto, me quité la camiseta y las deportivas, aunque dejé los pantalones puestos.
Entonces mi atención se desvió hacia la pequeña maleta que había dejado allí la última vez que vine con algunas cosas para la casa: comida, algo de ropa y, lo más importante, lubricante.
Cogí el bote junto a una caja de preservativos. Le lancé el gel a Kieran, que terminaba de quitarse los pantalones, y tiré la caja sobre la cama.
Observé cómo se quedaba mirando el bote. No era la primera vez que lo usábamos; durante aquellos meses habíamos gastado unos cuantos. Pero, en esta ocasión, era distinto. Sin duda, iba a servir para algo muy diferente.
Levantó la vista hacia mí y distinguí un leve atisbo de timidez.
Era jodidamente adorable. Tenía ese punto retraído que desaparecía en cuanto lo provocabas un poco.
Y, si había aprendido algo de él, era que nunca sabías por dónde podía salir.
El principito era toda una caja de sorpresas, tan caliente como ansioso.
—¿Me vas a follar o no? —Me desabroché los pantalones y los abandoné a un lado—. Veamos cuántas ganas tienes.
Percibí perfectamente cómo el rubor desaparecía de su rostro y cómo sus ojos se encendían de lujuria. Era así de fácil. Bastaba un chasquido de dedos para convertir a un dulce gatito en uno salvaje.
—No me des órdenes. Ahora mando yo, entrenador.
Caminó hasta mí y, con un movimiento firme, me dio la vuelta y me estampó contra la cristalera.
Vaya, pues iba fuerte, mi principito.
Sus manos descendieron por mis omóplatos mientras su lengua y su boca dejaban un reguero de besos húmedos por mi columna hasta llegar a la parte baja de mi espalda. Sus dedos engancharon la cinturilla de mis calzoncillos y tiraron de ella sin dejar de besarme.
Oh, mierda...
Tuve que apoyar la frente en el cristal. Con un movimiento de los pies, terminé de quitarme la prenda de los tobillos.
Kieran no dudó. Me agarró el trasero, clavando los dedos en un firme masaje, y enterró el rostro entre mis nalgas. Me sentí tan jodidamente bien que acabé presionando la polla contra el vidrio.
— A Dhia , continúa —exigí—. Ah, joder... ¡Sí!
Su lengua atravesó mi entrada mientras sus manos separaban todavía más mis nalgas.
Tenía la nariz hundida contra mi piel, jadeaba con dificultad y su barbilla rozaba mis pelotas.
Mo chreach . Tuve que aplastar la mejilla contra el cristal y echar el pecho hacia delante, apoyando las manos en el vidrio en busca de apoyo.
Gimió, haciendo vibrar mi entrepierna, y, cuando se retiró, abrió el bote de lubricante y extendió una generosa cantidad por mi raja, provocándome un maldito temblor en todo el cuerpo.
—Joderrr... —gruñí.
—Mírate, entrenador. Tan grande, tan duro, tan mandón... y ahora estás lloriqueando al sentir cómo te follo con la lengua —me espetó el muy cabrón, divirtiéndose—. Me muero por oírte suplicar que sea mi polla la que esté dentro de ti.
—Te juro que, como no cierres la puta boca, te...
Mierda, olvidé por completo lo que estaba diciendo cuando su lengua recorrió mis bolas. Sí, si seguía así, iba a acabar rogando que me follara de una puñetera vez.
—Maldito infierno... —bramé, tensándome al sentir sus dedos penetrarme, aunque con la lengua conseguía relajarme. Definitivamente, podría correrme ahí mismo con cada embestida, pero no iba a hacerlo, porque tenía muy claro dónde iba a descargarme: en su puto culo.
—Ah, fóllame. Ya. —Intenté girarme para controlarlo, pero Kieran me detuvo.
—Siempre dando órdenes, entrenador —añadió un tercer dedo y continuó entrando y saliendo—. Todavía no te has dado cuenta de que quien tiene el control soy yo. —Se puso en pie sin abandonar mi interior—. Seré yo quien decida cuándo, Conor.
—Te juro que, como me corra fuera de tu trasero, vas a conocer mi cara menos amable.
—¿Es una amenaza? —Comenzó a besarme el cuello y la mandíbula sin detener la tortura de sus dedos.
—No, es una promesa. No tendré piedad de ti —gruñí, dándole un golpe al cristal.
Kieran apoyó una mano en mi espalda, me mordió la oreja y susurró:
—¿Listo para ser mío? —Tocó ese punto de mi trasero que provocó que mi polla goteara—. ¡Responde!
—Sí. Aprovecha tus minutos de gloria, porque después acabaré contigo.
Se rio, una risa perversa. Joder, quería invocar al chico tímido y mandar a este ser demoníaco al maldito infierno. Era la primera vez en mi puñetera vida que estaba en una situación así y lo que más me preocupaba era que, mierda, la estaba disfrutando.
Sus dedos envolvieron mi nuca, me apartó del cristal y me guio hasta la cama, empujándome sobre ella como si no pesara. Él se quedó plantado, de pie, como un dios. Joder, era un puñetero dios. Ese cuerpo fibroso, bronceado y brillante por el sudor...
—Bájame los calzoncillos y lubrica mi polla.
Maldición. No podía dejar de ser un mandón, y eso me provocaba una mezcla de rabia y excitación. Una combinación pésima.
Con un gesto brusco, me deshice de su ropa interior. Su erección se erigía imponente frente a mí. Mierda... ¿Era cosa mía o estaba más grande? ¿También más gruesa? Las venas se marcaban con claridad. A Dhia ... No podía dejar de mirarla.
La punta, húmeda, me incitaba a probarla. En un impulso acerqué los labios, pero fue lo máximo que pude hacer, porque enseguida Kieran me detuvo, negando con un dedo.
Frustrado, alcancé uno de los preservativos y me disponía a abrirlo cuando su voz me interrumpió.
—Espera. No es necesario que usemos protección. Los dos estamos bien y somos exclusivos.
Vaya... Eso me pilló por sorpresa.
—Eh... —me froté la frente, húmeda—. No se trata de eso. Es que, cuando nos corramos, da menos lío. Y, no sé, pensé que, siendo la primera vez, tal vez preferías que todo fuera menos incómodo.
—Sé cómo funciona esto. Que esta sea mi primera vez no quiere decir que no investigara sobre el tema.
«Investigara». Eso despertó mi curiosidad. Sería algo que le preguntaría más tarde.
—Yo, si lo prefieres, me lo pongo. Pero no quiero preservativo cuando me folles. Deseo sentirte a ti.
Me cago en mi vida. Sin lugar a dudas, este tío se había propuesto acabar conmigo.
Yo también lo prefería sin él, pero, aunque nunca hubiera tenido el culo lleno de semen, podía entender que algunos prefirieran usar preservativo.
Liam, por ejemplo. Salvo que nos pillara desprevenidos, siempre lo usábamos.
Tampoco era de los que se tragaban una corrida; por lo general, la escupía, y estaba bien.
Para mí, en el sexo todo era válido; lo importante era disfrutar respetándose.
Por eso, la primera vez que Kieran me la chupó y se tragó hasta la última gota, me sorprendió. Y, desde entonces, siempre lo hacía. No parecía desagradarle en absoluto.
Bueno, en este caso, si quería hacerlo sin nada, ¿quién era yo para oponerme?
Lancé el preservativo y vi una sonrisa en el rostro de Kieran que desapareció en el mismo instante en que embadurné su miembro con lubricante. Se inclinó hacia mí y me deslicé por las sábanas blancas hasta acomodarme sobre la cama.
—¿Quieres esto? —preguntó, colocándose entre mis piernas.
Asentí. No era algo que antes me hubiera llamado la atención y, si había accedido a hacerlo, era para que sus miedos respecto a su sexualidad se relajaran. Pero ahora que estábamos en ese punto... joder, quería que lo hiciera.
O quizá no.
Lo pensé en cuanto sentí la cabeza de su polla empujando contra mí. Eché la cadera hacia atrás para facilitarle la entrada.
Mierda... Aquello iba a doler.
—Estoy a punto de hacerte mío, Conor. Estaré donde nadie más ha estado, y eso me pone muy cachondo. —Golpeó burlonamente el glande contra mi agujero—. Voy a entrar despacio, disfrutando de cada centímetro que vaya conquistando.
El pinchazo fue abrumador cuando la punta empezó a estirarme. Las piernas se me doblaron hasta pegarse al pecho. Kieran las sujetó con los brazos para que estuviera más cómodo y, con las manos en mis caderas, me sostuvo mientras me acariciaba, intentando relajarme a medida que entraba por completo.
—¿Estás bien? —Esta vez su tono fue dulce y dejaba entrever una preocupación sincera.
—Tan bien como se puede estar con una polla partiéndote el trasero.
Sonrió al oír mi comentario. Yo no lo decía en broma; hablaba muy en serio. El culo me ardía.