Capítulo 35
CONOR
—Ven. —Coloqué un brazo por encima de Kieran y lo acerqué hasta la casa.
Todo el jardín seguía lleno de trastos de obra. Aún mantenía el cierre viejo y tanto las plantas como los árboles estaban descuidados, pero no dejaba de ser un lugar con mucho encanto.
Abrí la puerta de la vivienda. Desde allí ya se veía la cocina nueva, aunque la sala todavía estaba vacía.
Lo solté entonces para entrelazar nuestras manos y guiarlo a la planta superior.
Al llegar al primer piso, casi todas las habitaciones seguían vacías, salvo la de mis padres, que ya estaba completa.
Pero continué subiendo hasta la última planta.
Allí había un cuarto con una cama que mandé instalar a toda prisa en cuanto supe que Kieran venía, y un baño con lo justo.
Aun así, lo más impresionante de aquel lugar eran las vistas a través de la gran cristalera que ocupaba todo el lateral, el océano extendiéndose hasta donde alcanzaba la vista.
—Vaya, es increíble.
Lo rodeé por la cintura con los brazos y lo apreté contra mí.
—Sabía que te iba a gustar. No podía ser de otro modo, siendo el principito del mar.
Estaba listo para una protesta en el mejor de los casos; en el peor, para un empujón o un codazo. Pero lo que recibí fue una sonrisa.
Joder.
Eso sí que no.
Cada vez que lo hacía, algo dentro de mí se derretía y ya no era capaz de pensar con coherencia.
—¿Qué es este lugar? —preguntó sin apartar la vista del frente.
—Aquí estaba la casa de mi abuela. Murió hace algo más de un año.
—Lo siento.
—Tranquilo. Llevaba muchos años con alzhéimer.
Hacía demasiado tiempo que ya no reconocía a ninguno de nosotros.
No fue hasta hace unos meses cuando mis padres decidieron reformar este lugar para sus hijos.
Aunque supongo que está más pensado para mi hermana que para mí.
—Señalé hacia el exterior—. Ahí abajo hay una playa.
Un buen sitio para cuando tenga al bebé.
Kieran se giró despacio, observando el lugar.
—Como habrás visto, aún faltan muchas cosas por arreglar.
Me ofrecí a ayudar económicamente, pero mis padres no quieren.
De hecho, nunca me han dejado hacerlo. Prefieren seguir con la vida que tienen.
Y, para qué negarlo, yo tampoco querría que fuera de otra manera.
Creo que, para lo único que ha servido el dinero del hockey, ha sido para pagar los tratamientos de fertilidad de mi hermana cuando ya no podían seguir haciéndoles frente.
Kieran se acercó a la cama y se detuvo frente a ella.
—Pero ¿de verdad por qué estamos aquí, Conor?
Caminé hasta él y volví a abrazarlo por detrás, dejando besos en su cuello. Adoraba ese rincón: su olor, su jodido sabor.
—Quería que tuviéramos un lugar donde poder estar solos, sin que mi familia y mis amigos te acaparen el noventa por ciento del tiempo.
Sí, soy culpable de ser un egoísta. —Lo solté y alcé las manos, quedando frente a él—.
Sé que en este sitio no vamos a encontrar todas las comodidades del mundo, pero me parece mucho menos impersonal que la habitación de un hotel.
Dio un paso hacia mí y enredó sus dedos con los míos, jugueteando con ellos.
—A mí me parece perfecto. Una cama, tú y el mar... ¿Qué más se puede pedir?
Inclinó la cabeza y me dio un beso suave. El mierdecilla sabía cómo enternecerme el corazón, ya fuera con su dulzura o encenderme como si yo fuera gasolina y él, una puta cerilla.
Kieran soltó mis manos y se puso a caminar por el cuarto. Su semblante cambió y noté la rigidez en sus hombros.
—¿Qué sucede? ¿No quieres estar aquí? No te apures, podemos regresar. Que te haya traído no implica...
Mi frase se vio interrumpida por sus dedos sobre mi boca.
—No, quiero estar contigo, me muero por hacerlo, pero... no importa, olvídalo. Es una tontería.
Lo sujeté por los brazos y le alcé la barbilla para que me mirara.
—Kieran, no volvamos a las viejas dinámicas que no nos funcionaron. Nada de secretos, ¿vale?
Asintió.
—Es solo que tengo miedo. —Exhaló con fuerza—.
El día que entré en tu cuarto fui consciente de la presencia de MacAllister en tu vida y, no me malinterpretes, me alegra que lo recuerdes, pero me aterroriza pensar que pequeñas cosas que hagamos juntos...
no sé, como ayer en la cúpula, momentos con tu familia o lugares como este, te lleven a revivir algo que ya viviste con él.
—Agachó la cabeza—. Me asusta que, aunque estés conmigo, en realidad desconectes de mi lado para volver a un momento con alguien que ya no está.
De nuevo le alcé la barbilla. Tenía los ojos vidriosos.
Nunca me había parado a pensar que mi historia con Liam pudiera afectarle de aquel modo, pero, joder, estaba equivocado.
—A ver, Liam siempre va a formar parte de mi vida porque tiene su lugar en mi corazón, y eso no va a cambiar. Pero te puedo asegurar que no tienes nada de qué preocuparte. No podríais ser más diferentes.
Le acaricié las mejillas con los pulgares.
—Liam jamás dormiría en la cúpula. Le gustaban demasiado las comodidades y odiaba los insectos.
—Sonreí, y él terminó contagiándose de mi sonrisa con una risita—.
Y, en cuanto a la ropa... creo que antes de ponerse unos pantalones como los tuyos se pegaba un tiro.
Para él sería un atentado contra la moda.
Le encantaba vestir bien, la decoración, la buena vida...
Siempre decía que yo era un dejado y odiaba mi barba.
Su sonrisa se ensanchó un poco más y seguí hablando, esta vez con más calma.
—A veces sus excentricidades me volvían loco, sí, pero también aprendí a quererlas, igual que quería todo lo bueno de él.
Su alegría, su manera de ver la vida, su forma de hacer que todo pareciera un poco menos terrible.
Pero eso no cambia lo que te estoy diciendo ahora.
Nada de lo que vivo contigo se parece a lo que viví con Liam.
Sois dos personas distintas y, si te soy sincero, yo tampoco soy el mismo.
Kieran atrapó una de mis manos y la besó.
—Lo siento. Para mí es difícil no tener inseguridades, y más cuando se trata de ti. Me da mucho miedo que esto no sea real y que llegue el día en que te des cuenta de que no soy suficiente.
A Dhia , ¿cómo no podía ver lo increíble que era? ¿Cómo no se daba cuenta de que el afortunado era yo?
—Eso nunca va a pasar. En todo caso, serás tú quien me mande a la mierda.
—Vi cómo fruncía el ceño y le rocé el entrecejo con el pulgar—.
No hagas eso. Porque, aunque no te lo creas, yo también tengo mis temores.
Y uno de ellos era enamorarme de ti. Porque sé que eres más joven, que yo solo soy el primer tío con el que estás y que, en cualquier momento, aparecerá otro como el surfista, te gustará más y aquí me quedaré con el corazón roto.
—¿Estás hablando en serio?
—Vaya que sí. ¿Te crees que mis arrebatos de celos han sido por diversión o qué?
Kieran soltó una carcajada.
—Genial. Ahora te ríes. Cuando se trata de ti nos lo tomamos con seriedad, pero, cuando se trata de mí, todo son risas.
—No es eso.
—¿Y qué es?
—Que a mí solo me importas tú. Que yo solo te quiero y te deseo a ti. No hay ni va a haber ningún otro hombre, Conor. Esto que me pasa contigo no lo he sentido ni con Cory ni con nadie. Métetelo en la cabeza. —Me tocó la sien con un dedo.
No pude evitar sonreír.
—¿Y qué tengo que hacer para que entiendas que estoy contigo, que te amo y que no tengo ninguna duda, Kieran?
—Sé mío, Conor.
Sus dedos descendieron, atrevidos, por mi pecho y mi abdomen hasta mi miembro y recorrieron toda su longitud.
—¿Serás tú también mío?
Mis manos desabrocharon sus pantalones y se colaron bajo su ropa interior.
—Sí, joder, sí. Siempre lo he sido.
Acto seguido, me besó con fuerza. Le acaricié la polla con la mano. Gimió contra mis labios y se estremeció. El líquido preseminal humedeció la punta. Pasé la palma y lo extendí por toda su longitud, usándolo como lubricante para el movimiento de mi puño.
—Te dejaré follarme como quieres, pero después serás todo mío —le advertí mientras lo masturbaba, sintiendo una oleada de poder por la intensidad con la que temblaba contra mí.
—Mmm... —gimió, con los dedos apretados alrededor de mi dureza—. Oh, joder, sí, he fantaseado...
Saqué la mano de sus pantalones y escupí en la palma. Al extender la saliva por su incipiente erección, Kieran se sacudió por la fricción.
—¿Con qué has fantaseado, principito?
—Contigo, con mi polla en tu culo y la tuya en el mío —confesó con la voz entrecortada.
—Eres un mierdecilla ambicioso —murmuré al pasar el pulgar por la corona.
Él jadeó.
—Sí, lo soy, porque cuando se trata de ti lo quiero todo. Cada rincón, cada maldito lugar que ahora va a ser mío.
A Dhia , me estaba calentando de tal manera que, con solo escucharlo hablar, sentía que me iba a correr. ¿En qué momento me empezó a entusiasmar la idea de que me dieran por detrás? Maldito infierno. Estaba bien jodido.
—Pero, aunque me dé vergüenza reconocerlo —continuó—, lo que más deseo es sentir cómo te corres dentro de mí.
A la mierda con todo.
—Bien, me alegro de que pienses así, porque, una vez que te folle, Kieran, nadie más lo hará. —Apreté la base de su polla—. Nadie más te volverá a tocar, ni a besar ni a hacerte una puñetera marca en la piel, como el idiota del surfero. Porque, a partir de hoy, serás solo mío.
Apoyé los labios bajo su mandíbula y succioné el lugar donde tiempo atrás había aparecido la marca del tal Cory. En ese instante sentí un impulso de posesión que no sé ni de qué lugar salió, pero estaba ahí.
Envolví los dedos alrededor de su cuello y lo empujé hacia atrás contra la pared. Cuando me miró con ojos lujuriosos y un punto de vergüenza, le alcé la barbilla.
—Dilo otra vez, Kieran.
—Quiero follarte. —Hizo una pausa—. Y que me folles también.
—Deshazte de la ropa.