Atrapados en la jugada (Corazones en juego 5) Capítulo 34 #2
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Capítulo 34 #2

Tuve claro que aquella orden le supo a poco. Esperaba más. Que estuviera tan necesitado como para mandarlo poner de rodillas en la puñetera arena. A ver, lo estaba, pero no más que él.

Conor me soltó y dejó las palmas estampadas contra la roca, a cada lado de mi cabeza, apoyando el peso de su cuerpo sobre el mío.

Sus labios rozaron los míos, provocándome para que fuera yo quien lo besara, pero, al ver que no caía en la trampa, siguió su recorrido por mi mandíbula y mi cuello hasta detenerse junto a mi oído.

Maldito cabrón. Inteligente.

—No me has dicho dónde quieres que te bese —musitó.

Negué con la cabeza, mordiéndome el labio al sentir cómo sus manos descendían por mis brazos hasta acabar de nuevo en un agarre firme sobre mi cintura.

Me estaba llevando al límite y, juro que estuve a punto de ceder y ser yo quien se pusiera de rodillas, pero, en el último momento, no sé de dónde saqué un ápice de resistencia. Levanté la mano y me rocé los labios con el pulgar.

—Aquí. Quiero que me beses aquí.

Conor apartó mi mano de un manotazo y me mordió de inmediato, tirando primero de mi labio superior y después del inferior. Sus manos se clavaron en mis costillas y me apretó con más fuerza contra él.

—¿Esto es lo que quieres?

—Sí. Te quiero a ti.

Esta vez fui yo quien lo mordió. Sus labios se entreabrieron y su lengua chocó contra la mía, disparando todavía más la excitación. Porque los besos de Conor no se limitaban a besar: provocaban, calentaban y te empujaban a rendirte, a entregarte por completo.

—Joder, Flanagan, me estás matando.

—Así que sigo siendo Flanagan, ¿no? —me reprendió, acariciándome por todas partes.

¿Cuántas manos tenía este hombre?

—Quiero más —cedí. Iba a explotar.

—¿Qué tan necesitado estás, principito? —Pasó la mano por mi polla, presionándola lo suficiente para arrancarme un gemido.

—Cierra la boca y haz algo —gruñí, meciéndome contra su mano hasta que sonrió sobre mis labios.

—No. —Se detuvo en seco—. No hasta que me llames por mi nombre.

—Conor, Conor, Conor... ¿Ya estás contento? —Presioné su mano para que continuara, pero él la retiró con la otra.

—Puedes hacerlo mejor.

El muy capullo esbozó una sonrisa arrogante. Envolví el puño en su camiseta y pegué su rostro contra el mío.

—Haz que me corra de una puñetera vez, Conor. ¿Te gusta más así?

La sonrisa desapareció de golpe. Llevó ambas manos a mis pantalones, desabrochó el botón mientras su boca se apoderaba de la mía, y sus dientes atraparon mi lengua en una mordida que me hizo jadear.

Me empujó con más fuerza contra la piedra y, cuando sus manos se colaron por mis pantalones y una de ellas alcanzó mi polla, solté un gemido más alto.

La cerró en un puño, me besó una vez más y luego se echó hacia atrás lo suficiente para mirarme.

Tenía las pupilas dilatadas, los labios brillantes por el beso e hinchados por la mordida.

Conor comenzó a mover la mano con más rapidez y, entre intentar sostenerme en pie y no perder la cabeza, logré alcanzar sus pantalones, abrirlos y bajar el calzoncillo para liberar su gruesa polla, todo mientras apoyaba la frente en la suya.

— A Dhia ... —protestó—. Mierda —gimió—. Kieran... —suplicó.

Envolví los dedos alrededor de ella. Suave, caliente y palpitante contra mi palma. Satisfecho, bajé la mirada, igual que él, para ver nuestras manos trabajar. Estiré su miembro y rocé su corona húmeda con la mía.

Conor se estremeció, dejando escapar más líquido preseminal y apretando mi polla en su mano.

Pocas veces lo veía perder el control, y era adictivo cuando conseguía dominarlo, cuando era yo quien lo llevaba al límite, quien lograba ponerlo así de excitado.

Quería más. Quería que eso que teníamos al estar juntos no lo tuviera con nadie más.

Hice un pequeño movimiento hacia atrás y mi polla escapó de su agarre. Él me miró desconcertado.

—Levanta las camisetas. No queremos hacer un desastre.

Mi voz sonó firme y autoritaria. Joder, me gustaba.

En cuanto lo hizo, escupí, dejando que la saliva goteara sobre nuestras pollas hasta lubricarlas bien. Las envolví con la mano y empecé a frotarlas, mezclando saliva y líquido preseminal.

Echó la cabeza hacia atrás y sus caderas se impulsaron hacia delante.

—Maldito mierdecilla. —Me agarró de la nuca y nuestras narices chocaron—. La próxima vez que me corra va a ser en tu culo.

Se escuchaban voces por encima del acantilado, pero no podía importarme menos, porque toda mi atención estaba puesta en nuestros miembros deslizándose uno contra el otro, desesperados después de todo el tiempo que habíamos estado separados.

—Me arrepiento de cómo te traté —confesó entre jadeos, con el rostro pegado al mío—. Si no hubiera estado luchando contra lo que siento, podríamos haber estado así hace mucho tiempo.

—No importa, porque esto es lo que nos espera a partir de ahora, Conor.

Hizo un sonido ahogado antes de besarme de nuevo, y su mano se unió a la mía para envolver nuestras pollas.

—Oh, joder, te deseo con locura. —Mi boca se entreabrió igual que la suya—. Haz que nos corramos.

Conor rodeó con la mano la corona de nuestras pollas y perdí la cabeza. Gemí contra su boca y temblé al notar cómo empezaba a brotar el semen de mi polla.

—Maldito infierno —gruñó al correrse, atrapando mi boca con la suya.

Era imposible no unirme a él. Seguí corriéndome con tanta fuerza que me temblaba todo el cuerpo.

El semen cálido llenó nuestros puños y parte de nuestros abdómenes. Menudo desastre. Nos miramos y sonreímos mientras intentábamos adecentarnos un poco. Las voces que se escuchaban antes ya no estaban, así que supuse que la gente que había arriba se había marchado.

Conor se acercó, me olió el cuello y me dio un beso. Cuando fue a apartarse, lo sujeté por la mandíbula.

—Te quiero, Conor sin el Flanagan.

—Yo también te quiero, Kieran a secas .

Sonreímos como dos idiotas y, mientras seguíamos absortos el uno en el otro, sentí un ligero frescor en los pies. Bajé la mirada, el agua había llegado hasta allí. No solo hasta nosotros; casi cubría ya la pequeña cala.

Nos miramos una última vez antes de intentar salir de allí con el agua casi hasta las rodillas.

—Ahora entiendo por qué a nadie se le ocurrió bajar —dije, avanzando con la mano de Conor aferrada a la mía.

—Se puede decir que el mar siempre ha sido nuestro aliado.

Sí, definitivamente lo era. Daba igual que fuera en Hawái o en Irlanda.