Capítulo 34
KIERAN
Conor detuvo el coche. A nuestro alrededor todo estaba especialmente desierto; solo naturaleza.
—Venga, vamos. —Apretó mi muslo—. Estos no son tan impresionantes como los acantilados de Moher, pero al menos aquí tendremos privacidad, lejos de los turistas.
Abrió la puerta y salió sin esperarme. Echó a andar con los hombros caídos y un semblante serio, muy distinto al de los últimos días. Así había estado durante todo el trayecto en coche.
A ver, tampoco iba a fingir que yo estaba mucho más tranquilo.
Sabía que ahora llegaba el momento que ambos habíamos evitado desde que puse un pie en Irlanda y, sinceramente, no tenía ni idea de qué podía salir de todo aquello.
Pero, joder, me daba más vértigo que estar al borde de cualquier acantilado.
Conor se detuvo casi al filo y yo me quedé unos pasos más atrás, sin saber muy bien qué hacer. Por alguna razón, pensé que debía darle su espacio.
—Hay algo que nunca te conté y que me ha perturbado durante demasiado tiempo.
Para mí, Hawái no fue solo aquella noche.
Creo que todo comenzó con la tontería del surf.
Sin darme cuenta, empecé a esperar aquellas mañanas en las que nos veíamos a escondidas de todos y solo estábamos nosotros y el mar, porque lo que me hacía bien no era subirme a una tabla y caerme mil veces, sino estar contigo allí.
En numerosas ocasiones te miraba cuando cabalgabas una ola, pero no era tu técnica en lo que me fijaba, sino en ti.
En tu rostro, en tu cuerpo, en tu cabello rubio.
No podía quitarte los ojos de encima, pero enseguida encontré una excusa para ello, que eras un tío muy guapo.
Y cuando mi cuerpo empezó a reaccionar a tu cercanía, también me dije que era algo natural.
Excusas y más excusas, porque en mi cabeza no entraba que pudiera mirar así a otro hombre.
Exhaló con fuerza. Yo permanecía paralizado porque también había sentido lo mismo y me lo negué una y otra vez.
—Lo que pasó aquella noche fue inevitable.
O, más bien, ninguno lo quiso evitar. Para mí no habría sido traumático de no ser porque después me enteré de que Liam estaba enfermo y se moría.
—Apretó los puños a ambos lados del cuerpo—.
Me sentí la mierda más grande del mundo, porque había traicionado a la persona que amaba.
Y él, durante todo ese tiempo, intentó protegerme del dolor.
Prefería que lo odiara a que llorara su muerte, joder.
Di unos pasos hasta quedar a su espalda. No sabía muy bien qué hacer, pero veía la tensión y el dolor en su voz, en la forma en que se estaba rompiendo.
—Él me amó de manera incondicional y yo le fallé.
Estaba llorando. Ya no intentaba disimularlo.
—Eso no es así —intervine por primera vez, midiendo cada palabra—. Lo cuidaste y lo quisiste hasta el final. MacAllister se fue rodeado de amor, tanto por ti como por los chicos. Murió en los brazos del hombre al que quería, y ese fue el mejor regalo que le pudiste hacer.
Yo también había empezado a llorar.
—Le mentí. Nunca le dije lo de Hawái. No podía hacerlo; no le quedaba tiempo y no tenía el valor de romperle el corazón.
Y de verdad que no fue un gesto egoísta, no era por proteger la imagen que tenía de mí.
No quería hacer nada que pudiera lastimarlo.
Intenté que sus últimos días fueran lo más perfectos posible, pero no sabes lo que era tenerlo entre mis brazos, ver cómo se apagaba mientras le decía cuánto lo amaba y sentir, al mismo tiempo, que le había fallado.
A través de sus palabras casi podía sentir todo ese dolor.
No lo pensé. Pegué mi pecho a su espalda y le rodeé la cintura con los brazos. Sus manos se posaron sobre las mías y, por un momento, creí que me iba a apartar, pero no lo hizo. Se aferró a mí con fuerza.
—Cuando se puso sobre la mesa tu incorporación a los Rift, me negué. No podía tenerte en mi equipo. Verte día tras día era como hurgar en una puñetera herida abierta.
—Lo siento. Yo no tenía ni idea de todo esto. No iba a aceptar la oferta de Nathan porque creía que lo estaba haciendo por pena; pensaba irme a otro equipo más pequeño, pero todo explotó con mi padre y me aferré al único salvavidas que tenía.
—No te disculpes. —Me acarició las manos con los pulgares—. Nunca ha sido tu culpa, aunque yo me negara a verlo para no sentirme todavía más miserable. Me he portado contigo como un capullo y no tengo excusa. Lo único que puedo decir es que no sé cómo gestionar esto que me está pasando.
—Shhh. —Besé su cuello y después apoyé la cabeza contra la suya—. Te entiendo. Para mí todo esto también es nuevo y, a veces, lo que siento por ti me desborda y me asusta a partes iguales.
—Al principio lo taché de atracción. Después intenté reducirlo a sexo, y todo para no perderte.
Porque, cuando me enteré de que estabas en la playa con ese surfista, lo primero que pensé fue en ti y en él juntos.
Cogí el coche muerto de celos y, por el camino, se me ocurrió el estúpido plan de nuestro acuerdo.
Una excusa para atarte a mí, pero sin estar conmigo. Soy un mierda.
—¿Tan celoso estabas de Cory?
—Sí. Y no solo de él. Creo que de cualquiera que se acercara a ti.
Giró un poco la cara hacia mí y le besé la mejilla.
—Pero nada salió como yo pensaba. Contigo nunca he tenido el control de ninguna situación.
Me di cuenta de que, cuando comenzamos a vernos en el apartamento, cada vez necesitaba más.
Todo me sabía a poco. Mi brillante solución fue pensar que, si reducíamos el tiempo de nuestros encuentros, sería más fácil.
Por eso me obligaba a irme cada vez que terminábamos, porque, cuando estaba contigo en esa cama, lo único que quería era quedarme allí.
—Yo también quería que te quedaras, pero eso ya lo sabes.
—Sí. Temía que desarrolláramos sentimientos que no debíamos, pero, cuando aquella noche me mandaste ebrio el mensaje, fui a buscarte y vi en tu cara la determinación de acabar con todo, me asusté.
Me di cuenta de que no quería perderte. Por eso acepté tus nuevas condiciones.
El resto ya lo sabes, hasta llegar a este punto.
—¿Y cuál es ese punto exactamente? —pregunté con cautela.
—Aquel en el que le voy a joder la vida a la gente que quiero, porque no pienso renunciar a estar contigo —se giró despacio entre mis brazos hasta quedar frente a mí—. Porque yo también te amo.
Deslicé la mano hasta la nuca, lo sostuve allí mismo y lo besé de verdad, preso de la emoción que todavía me retumbaba por dentro después de escucharlo decir que me amaba. Mis labios encontraron los suyos y su boca se entreabrió para recibirme.
Joder, ¿en qué momento hacía tanto calor en Irlanda?
Ah, sí.
Desde que nuestros cuerpos estaban apretados y nuestras pollas se endurecían la una contra la otra.
En ese instante, toda esa mierda de que el mundo se detiene y bla, bla, bla cobró sentido.
Porque todo se había quedado congelado menos nosotros dos.
Hasta el sonido de las olas rompiendo contra las rocas dejó de existir y solo quedó el de mi corazón, eclipsando cualquier otro que intentara abrirse paso.
Mis manos ascendieron hasta su rostro. Las palmas le sujetaban las mejillas y los dedos se hundían en su pelo, exigiéndole más con cada embestida de mi lengua contra la suya.
— Mo chreach —gruñó al separarse de mí.
Me apartó las manos de la cara, me agarró de una y empezó a tirar de mí con paso apurado.
—¿Qué estás haciendo? —logré decir sin dejar de seguirlo, porque en esos momentos parecía un animal furioso.
—Evitando que nos detengan —refunfuñó mientras se internaba por un pequeño sendero que descendía hasta una cala.
—No sé si nos detendrán, pero, como sigas así, vamos a llegar a la arena volando y sin paracaídas. ¿Puedes frenar un poco?
—No. No puedes besarme como lo has hecho y pretender que mi cuerpo no reaccione después de... ¿cuánto tiempo hace que no te toco? No me lo digas. Demasiado.
—Espera, ¿no estarás pensando en hacer algo ahí abajo? Podemos coger el coche y buscar un sitio adecuado.
—No. No voy a esperar más. Mi idea era hablar, pero tú la has jodido con tus provocaciones, principito. Así que ahora hazte cargo.
En cuanto noté la arena bajo los pies, sentí un alivio casi inmediato. El lugar era ridículamente pequeño y supuse que, con la marea alta, apenas quedaría playa allí. Conor siguió ignorándome y tirando de mí hasta una pequeña cueva. Nada del otro mundo; en la entrada casi ni cabíamos de pie.
Al llegar, me empujó. Mis omóplatos chocaron contra la roca y sus manos me rodearon la cintura antes de tirar de mis caderas hacia delante, pegándolas a las suyas, mientras su pecho aplastaba el mío y me besaba.
Su boca se abrió y gemí cuando su lengua encontró la mía.
Los dientes de Conor rozaron mi labio inferior, arrancándome otro gemido y haciendo que volviera a empujar las caderas contra las suyas.
El roce de nuestras pollas le arrancó un sonido grave, casi animal, que consiguió calentarme todavía más.
Besarlo, sentir su cuerpo pegado al mío y saber que nuestros deseos y sentimientos estaban por fin en el mismo lugar, a pesar de lo desastrosa que había sido nuestra comunicación, ahuyentó de golpe todos mis miedos.
Él me amaba. Y yo lo amaba a él.
Llevó los dedos hasta la cinturilla de mi pantalón, los enganchó en ella y dio un pequeño tirón.
Una de mis manos, que seguía enredada en su pelo, imitó el gesto y tiré de él.
Su cabeza se inclinó ligeramente hacia atrás y sonrió de una forma que hizo que todo mi cuerpo se tensara, anticipándose a lo que prometía.
—Dime qué deseas, principito.
Capullo. Estaba jugando. Era un experto en dominar cualquier maldita situación.
Liberé su pelo y acerqué la boca a su oreja. Con la lengua le rocé el lóbulo. Yo también podía seguirle el juego; al fin y al cabo, llevaba meses siendo mi entrenador.
—Bésame —murmuré.