Capítulo 33 #3
Enredó su brazo en el mío y tiró de mí hacia el interior.
—Tengo antojo de algo dulce. He pensado en saquear la cocina, y tú me vas a acompañar.
Forcé una media sonrisa, aunque, sinceramente, quedarme a solas con la hermana de Conor no me motivaba demasiado. Sentía que iba a hacerme un tercer grado y descubrir que no era tan bueno para él como creían.
La observé rebuscar en la nevera hasta que abrió el congelador y sacó una tarrina de helado. Se le iluminó la cara como a una niña a la que le acababan de hacer un regalo. Me entregó una cuchara y cogió otra para ella.
Sinceramente, no me entusiasmaba el helado. Más bien nada. Pero era un precio pequeño a pagar.
—¿Te está gustando Irlanda? —Cogió una cucharada y se la llevó distraídamente a la boca.
Aquello no tenía nada de inocente. El interrogatorio acababa de empezar. Era tan lista como Conor.
—Sí. Aquí el tiempo parece ir a otro ritmo y todo el mundo es amable y cercano. Es un lugar increíble.
—Me alegro de que hayas venido. Mi hermano estaba de un humor de perros, pero ahora que estás tú ha vuelto a sonreír. ¿Sabes cuánto tiempo hacía que no lo veíamos así? Muchísimo.
Esta vez fui yo quien se llevó una cucharada a la boca. Mierda. Era de vainilla y odiaba la vainilla, pero era mejor aquello que interrumpirla. Necesitaba que continuara hablando.
—Lo de Liam fue muy duro. Primero la ruptura, después la enfermedad y finalmente su muerte.
Fue un golpe terrible. No quiero ni imaginar por lo que tuvo que pasar, porque si me ocurriera algo parecido me volvería loca.
Ellos habían crecido juntos, habían luchado y construido una vida increíble.
Que te arrebaten todo eso de la noche a la mañana es horrible.
Bajé la mirada. Ya no tenía tan claro que quisiera seguir escuchando, pero ella continuó hablando entre cucharada y cucharada.
—Sinceramente, nadie esperaba volver a ver a mi hermano feliz. Creo que por fin está empezando a superar la muerte de Liam. Es la primera vez desde entonces que duerme en su habitación cuando viene a casa; hasta ahora siempre se quedaba en el cuarto de invitados.
Regresé la vista hacia la tarrina de helado.
—La puerta de su cuarto permaneció cerrada durante meses. Mi madre era la única que entraba para limpiar. Así que supongo que eso es una buena señal.
O no.
Porque, si dormir allí, rodeado de sus cosas, reabría heridas o reavivaba aquel amor, podía ser terrible.
—Me imagino que tienes miedo. —Cubrió mi mano con la suya y la apretó con suavidad—. Conor también está asustado. Enamorarse no entraba en sus planes, pero pasó. Y ahora está intentando lidiar con ello.
—Yo no creo que esté enamorado. Bueno, al menos no de mí. Sé perfectamente que lo que sintió por MacAllister nunca desaparecerá. Siempre tendrá un lugar en su corazón.
Ella sonrió.
—Claro que Liam siempre ocupará un lugar importante en su vida. Fue su primer amor, pero no va a ser el único. Así que no pienses que en su corazón no hay sitio para ti, porque ya lo hay. No nacemos para amar a una sola persona; la mayoría de las veces no funciona así. Liam fue. Tú eres, Kieran.
—Tal y como lo dices parece fácil, pero no lo es.
—Lo sé. Amaros va a ser la parte sencilla.
Lo complicado es todo lo demás. Y no hablo del hockey, que ya es otro tema.
Hablo de que mi hermano tiene que sanar y dejar de sentirse culpable, y de que tú tienes que aprender a convivir con tus miedos e inseguridades.
—Volvió a apretar mi mano—. Pero lo solucionaréis si os mantenéis unidos, porque puedo ver que hay amor entre los dos.
El secreto está en no rendirse. —Señaló su barriga con una sonrisa—. Te lo dice toda una experta.
Se escucharon unas voces desde la entrada y los padres de Conor aparecieron en el umbral junto con su yerno. La pareja se despidió y él entró en la cocina, le dio un beso a su mujer y ella le ofreció una cucharada de su helado.
—Ya es suficiente por hoy, amor. Después tendrás acidez.
Ella protestó cuando le retiró la tarrina.
—Yo debería volver al jardín.
La pareja intercambió una mirada cómplice.
—Sí, mejor. Antes de que mi hermano empiece a inquietarse. Lo conozco, está a dos minutos de entrar a buscarte.
Aquella vez no sonrieron, pero no hizo falta. Los dos parecían pensar exactamente lo mismo.
—Sinéad, gracias. Por el helado, supongo... y por la charla.
Ambos se despidieron de mí.
El fresco de la noche me golpeó la cara en cuanto salí, y fue jodidamente agradable. A medida que me acercaba a la cúpula, Conor caminaba de un lado a otro. En cuanto me vio, se quedó quieto donde estaba.
Dios.
En mitad de la noche, rodeado por aquellas pequeñas luces, resultaba intimidante y terriblemente atractivo.
—¿Va todo bien con tu hermano? —Su inquietud era evidente.
—Sí, genial. —Me metí las manos en los bolsillos de la sudadera, nervioso. No sabía muy bien por qué estaba así. Sentía algo agitándose dentro de mí—. He tardado un poco más porque estaba tomando helado con Sinéad.
Sus ojos se abrieron de golpe. Apretó los labios.
—La voy a estrangular. Seguro que te estuvo interrogando.
—No, qué va. Solo charlamos. Es una mujer muy agradable.
—¿Agradable? Es una pesada. Pero... espera, espera. ¿Has dicho que has comido helado?
—Sí.
—A ti no te gusta el helado.
Lo miré atónito.
—¿Y tú cómo sabes eso?
—Porque me acuerdo de que se lo dijiste a Kelsey en cuanto te lo ofreció, en Hawái.
—Vaya, no deja de sorprenderme, entrenador.
Una sonrisa se dibujó en nuestros labios. Él dio un paso hacia mí, deslizó las manos entre mis brazos y me rodeó la cintura.
—¿Estás cansado?
—No. Y, si no te importa, me gustaría quedarme un rato más aquí. Me encanta este sitio. Tiene algo mágico.
—Cuando mi hermana y yo éramos pequeños, si hacía bueno nos escapábamos al jardín y montábamos una cabaña improvisada para dormir fuera.
En el mejor de los casos acabábamos llenos de picaduras; en el peor, con un catarro por destaparnos mientras dormíamos.
Supongo que por eso mis padres acabaron construyendo esto.
Una pequeña risa escapó de sus labios.
—Con los años empezamos a hacer fiestas en este lugar. Venían amigos y nos quedábamos todos a dormir. Esta casa siempre estuvo llena de gente, algo que a mis padres nunca les molestó.
—Son geniales. Toda tu familia lo es.
—Sí, lo son. Y gracias a ellos acabo de tener una gran idea. ¿Qué te parecería si durmiéramos aquí? Juntos. —Recalcó la última palabra como si no fuera evidente.
—¿Lo dices en serio?
—Sí, muy en serio.
—Me encanta el plan.
—Bien, vamos a adecentar esto para estar más cómodos.
Abrió un baúl de jardín que hacía de asiento y empezó a lanzarme mantas. Yo me dediqué a recolocar los cojines mientras él inflaba un colchón.
Cuando terminó, se lanzó sobre nuestra cama improvisada.
—No está mal. —Palmeó el hueco que quedaba libre para que me tumbara.
Me acomodé a su lado.
Abrió los brazos y apoyé la cabeza sobre su pecho, incapaz de borrar la sonrisa de idiota. Estar allí con él seguía pareciéndome un sueño.
—Ahora sí que es perfecto.
Me dio un beso en la cabeza y me acarició el pelo.
—Es más que perfecto —murmuré, más para mí que para él, aunque estaba seguro de que me había oído.
—Me has dicho que no tienes ganas de dormir. ¿Qué te apetece hacer?
Eché la cabeza hacia atrás para mirarlo a los ojos.
—Lo que tú quieras.
—Mmm... me temo que eso no va a poder ser. Si por mí fuera, ahora mismo estaría haciendo algo con tu polla.
Sentí un escalofrío recorrerme el cuerpo y, para mi desgracia, el resto de mí reaccionó al instante, como siempre que se le ocurría decir cosas como esas.
—Pero, aunque me está costando una barbaridad no tocarte, no voy a hacerlo. Creo que antes tenemos que hablar. O, al menos, yo tengo cosas que decir.
Asentí mientras dibujaba círculos sobre su pecho con las yemas de los dedos. Me alegraba que pensara así porque, aunque yo también me moría por estar con él, no quería volver a aquella dinámica en la que el sexo servía para esquivar todo lo incómodo.
Además, no iba a negar que estaba disfrutando de esos pequeños momentos juntos. De todos esos gestos que en su día le había pedido y que él se negaba a darme, pero que ahora parecían nacerle de forma natural.
Como dormir juntos.
—¿Peli? —indagué, sin apartar los ojos de él ni detener la mano.
—Peli. —Me levantó la barbilla y me dio un beso breve en los labios—. Y ya que estamos... estaba pensando que quizá mañana podríamos pasar el día los dos solos. ¿Te apetece?
—Mucho —susurré.
Me incorporé lo justo para acariciarle la barba y, esta vez, fui yo quien lo besó antes de volver a acomodarme sobre su pecho, disfrutando de aquel calorcillo y del sonido pausado de su respiración.