Atrapados en la jugada (Corazones en juego 5) Capítulo 33 #2
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Capítulo 33 #2

Nuestras piernas se enredaban al intentar ganar ventaja, las manos buscaban dónde sujetarse para no resbalar y, cada vez que uno lograba imponerse al otro, terminábamos demasiado cerca.

Hubo un momento en que quedé atrapado bajo su cuerpo, con la lluvia resbalando por su rostro y nuestras bocas a escasos centímetros.

Podía notar cómo su polla se endurecía contra mí y cómo aquella sonrisa burlona iba desapareciendo poco a poco.

Por suerte para nuestra dignidad, en ese momento la voz de su madre llegó desde el interior de la casa para avisarnos de que había preparado té caliente y un pastel recién horneado.

Me aparté de Conor a una velocidad vergonzosa mientras él se partía de risa.

A mí no me hacía ninguna gracia.

No quería dar una mala impresión a sus padres después de lo bien que me habían tratado y de lo mucho que se habían esforzado por hacerme sentir uno más de la familia.

—¿Adónde crees que vas? —preguntó con la voz ronca.

—A ver si lo adivinas. Tú puedes, Flanagan.

Dio un paso hacia mí, acercó la boca a mi oído mientras seguíamos empapados y murmuró:

—Juro que voy a borrarme el puto apellido como no dejes de llamarme así.

Se me escapó una risa.

—Y, por cierto, no creo que quieras entrar en casa con la polla tan dura que casi se te sale del pantalón.

Ahora fue él quien soltó una carcajada.

Bajé la mirada y, mierda, tenía razón.

Inmediatamente mis ojos se desviaron hacia su miembro, que también estaba considerablemente abultado. Eso me hizo sentir menos patético. Al menos no era el único al que nuestra cercanía le afectaba.

Levanté despacio la barbilla hasta dejar mi boca a escasos centímetros de la suya y clavé los ojos en los suyos.

—Apártate. De. Mí. Mi cuerpo está tomando decisiones sin consultarme.

Le di un empujón, intentando poner algo de distancia entre nosotros y aquellas malditas erecciones.

—Espera —lo escuché decir a mi espalda—. Tengo una idea mejor.

—¿Qué ide...?

La frase murió en mis labios cuando me agarró y salió corriendo conmigo hacia la piscina.

Un segundo después, ambos caíamos al agua.

—Joder, qué fría está.

—¿Ves? Una solución rápida e infalible.

Se estaba partiendo de risa. Y me encantaba verlo así.

—Idiota. —Le lancé un puñado de agua—. Ya estaba gestionando mi problema sin tu ayuda.

Dio un paso hacia delante.

Yo di uno hacia atrás.

Luego otro.

Y otro más, hasta que choqué contra el bordillo.

—Te puedo asegurar que, si mi intención fuera ayudarte, lo habría hecho de otra manera.

—¿De qué manera?

Mi voz perdió fuerza en cuanto abrí la boca. Tenerlo tan cerca no ayudaba.

—Haciendo que te corrieras, principito. La forma se la dejo a tu imaginación.

Se apartó con una sonrisa de pura satisfacción, me lanzó agua a la cara y salió de la piscina.

—¡No me llames así! —corrí detrás de él.

—Pues eso mismo llevo tiempo diciéndote yo, pero sigues empeñado en llamarme Flanagan. —Se giró un instante y se encogió de hombros—. No siempre conseguimos lo que queremos.

Continuó caminando hacia la casa y, en cuanto cruzó la puerta, escuchamos la voz de su madre.

—¡Conor Flanagan, vas a secar todo lo que mojes!

No pude evitar sonreír y, de golpe, aquella lluvia que hasta entonces me había parecido una molestia empezó a gustarme.

Me quedé un momento allí, sintiendo cómo las gotas resbalaban por mi rostro.

Aquel fue el último día que estuvimos solos los cuatro.

A la mañana siguiente llegaron la hermana de Conor y su marido, todo un descubrimiento.

Sinéad era una fuerza de la naturaleza, y eso que, según Conor, estaba conteniéndose por el embarazo; de lo contrario, resultaba absolutamente inaguantable.

Aun así, era imposible no cogerle cariño.

Ella hablaba por los codos y parecía incapaz de quedarse quieta, mientras que su marido era todo lo contrario: tranquilo, paciente y con una capacidad infinita para soportarla.

Lo que más me llamó la atención fue la relación que tenía con su suegro.

El padre de Conor no perdía oportunidad de lanzarle alguna pulla por ser de Irlanda del Norte, algo que al principio me dejó completamente perdido.

No comprendía qué estaba pasando ni por qué todos parecían encontrarle la gracia, hasta que Conor me explicó que llevaban años con aquella especie de pique.

Según él, en el fondo adoraba al marido de su hija, por mucho que hubiera nacido en Belfast.

Y así fue como acabamos todos juntos disfrutando de una sesión de cine nocturno un sábado por la noche.

Mis ojos siguieron los movimientos del padre de Conor. Vi cómo cubría los hombros de su mujer con una manta y, acto seguido, le daba un suave masaje. Después intercambiaron una mirada y aquel pequeño gesto bastó para comprender el cariño y el respeto que se tenían.

Mi atención continuó recorriendo la cúpula del jardín hasta detenerse en Sinéad, que permanecía sentada sobre una pelota de yoga, balanceándose suavemente mientras mantenía una mano apoyada en la cabeza de su marido.

Este estaba sentado en el suelo junto a Conor y ambos discutían sobre la película que se proyectaba en la pantalla del jardín, resguardados bajo aquel enorme refugio cuyos paneles se abrían o cerraban según el tiempo o los mosquitos.

Era un lugar increíble para pasar el verano.

Y los Flanagan también lo eran.

Rodeado de ellos, fue imposible no ver a Conor de otra manera.

Allí descubrí una versión suya que nunca había conocido, muy distinta del entrenador que veía en Seattle.

Parecía más relajado, más ligero, como si hubiera dejado parte de su carga en algún sitio.

Llevaba la barba más crecida, el pelo más desordenado y una tranquilidad que pocas veces le había visto.

Aun así, o quizá precisamente por eso, no podía apartar los ojos de él. Juraría que nunca me había parecido tan atractivo.

Lo observé arrastrarse hasta donde yo estaba tumbado y acomodarse a mi lado, con un brazo bajo la cabeza y el otro estirado junto al mío.

—Como no dejes de mirarme así, vamos a tener un problema —murmuró en voz baja para no interrumpir la película ni llamar la atención de nadie.

Definitivamente, no estaba siendo nada discreto.

—No sé de qué me hablas, Flanagan. Toda mi atención está puesta en la película.

—Entonces... —su meñique rozó el mío y se me cortó la respiración— si te pregunto qué acaba de pasar, sabrás decírmelo con precisión, ¿no?

Nuestros dedos comenzaron a buscarse.

—Por supuesto.

Se rio por lo bajo y volvió ligeramente la cabeza hacia mí.

—Eso haré. Pero, cuando no haya nadie, te tomaré lección de todo.

Se me escapó una risa que intenté disimular con un carraspeo, aunque sospechaba que todos se habían dado cuenta y, por suerte para mí, habían optado por no decir nada.

—Me gusta cuando te ríes. —Separó la mano de la mía y me pasó el pulgar por el labio inferior, arrastrándolo ligeramente hacia abajo—. Pero lo que más me gusta es saber que esa sonrisa la he provocado yo.

Volvió a enlazar sus dedos con los míos.

—A mí también me gusta cuando te ríes —respondí, acercándome un poco a su oído.

La comisura de sus labios se curvó al instante.

—No dejes de hacerlo. Es el mejor sonido que he escuchado nunca.

Durante un rato permanecimos así, mirándonos cuando creíamos que el otro no se daba cuenta, mientras nuestras manos seguían unidas entre nuestros cuerpos.

Aquel momento lo habría definido como uno de los mejores que había vivido con Conor. Y no porque me encantara que me tocara o tocarlo, aunque también. Ni porque lo deseara con locura.

Lo que más me gustaba era sentir que nuestros cuerpos podían hablar fuera del sexo.

Porque, aunque pudiera parecer una tontería para cualquiera, para nosotros estar así era un paso inmenso.

Conor no solo estaba abriendo sus sentimientos conmigo, sino que además lo hacía delante de su familia.

Resultaba liberador poder mostrar algo de cariño sin tener que escondernos entre cuatro paredes.

Y, a pesar de sentirme feliz, una parte de mí siempre me devolvía a la realidad. Todo aquello era una burbuja que, tarde o temprano, terminaría estallando.

La vibración del móvil en mi bolsillo me sacó de golpe de mis pensamientos. Lo miré para ver quién era.

—Tengo que atenderlo. Es Dray. —Le mostré la pantalla a Conor.

Asintió y, procurando no interrumpir la película, salí de la cúpula y me alejé hasta el porche de la casa.

—¡Hola, Dray! —saludé con entusiasmo.

—¿Quién eres tú y qué has hecho con mi hermano el taciturno?

Solté una risa.

—Hasta está riendo y todo.

—Puedes dejarlo ya, Dray. Estoy bien.

—Yo diría que más que bien. Parece que las vacaciones con el entrenador están siendo de lo más satisfactorias.

—Oh, cállate. Ya te he dicho que estamos en casa de sus padres.

—No está mal eso de conocer a la familia. La próxima vez igual hasta me invitan a mí.

—Que te den. Te voy a colgar, capullo.

—Vale, vale... paro. En serio, me alegro de verte feliz. Estaba muy preocupado.

—Lo sé, y lo siento. Soy un desastre de hermano mayor. Pero te prometo que voy a intentar hacerlo mejor.

—No digas gilipolleces. Para mí eres el mejor. Aunque, si tuviera que cambiar algo de ti, sería que fueras menos aburrido.

—Ja. Para divertido ya estás tú. Y ahora dime, ¿cómo te va? ¿Lo estás pasando bien en los conciertos con tus amigos? No me has mandado ni una foto.

—Eh... bueno. Sí, todo es genial. Kier... No te escucho bien. Se entrecorta. ¡Adiós!

Maldito mentiroso.

Me ocultaba una verdad que pensaba descubrir muy pronto. Una intuición me decía que estaba relacionada con Conor y con mi viaje. Esos dos se creían muy listos, como si no me hubiera dado cuenta de que hablaban a mis espaldas.

Me di la vuelta para regresar cuando me encontré de frente con Sinéad.

—No me digas que tú también estás escapando de esa espantosa película.

Me reí porque, joder, era terrible.

—No exactamente. Estaba hablando con mi hermano, pero que quede entre nosotros. —Me acerqué como si fuera a contarle un secreto—. No tengo ni idea de qué va. Desconecté a los cinco minutos.

Soltó una carcajada.

—Me gustas, Kieran. Ven conmigo.