Capítulo 33
KIERAN
Dudé mucho antes de ir a Irlanda. A decir verdad, y aunque sonara extraño, me costó tomar la decisión.
Leí y releí los mensajes de Conor infinidad de veces, asegurándome de que había comprendido bien lo que intentaba decirme.
Una parte de mí estaba ilusionada de una forma que ni siquiera sabía explicar; la otra tenía miedo.
Mucho miedo. Mi corazón no estaba preparado para otro golpe, y menos si venía de él.
Pero, siendo sincero, las palabras que terminaron de convencerme fueron las de mi hermano.
«Kier, ahora somos libres y no vamos a acobardarnos ante la vida. Vamos a vivirla, joder, aunque eso signifique darnos de bruces contra una pared, porque será nuestra decisión. Solo nuestra».
La verdad es que eso era exactamente lo que esperaba encontrar en Irlanda, una pared contra la que estrellarme.
Pero, en lugar de eso, acabé chocando contra un pecho, unos brazos que me rodearon y una sonrisa amplia y sincera.
Allí estaba Conor, abrazándome en mitad del aeropuerto de Dublín mientras me decía al oído:
«Estoy feliz de que hayas venido».
Él estaba feliz.
Joder, yo también.
Durante el trayecto en coche no paró de hablar, algo poco habitual en él.
Me contó historias sobre su familia, sus amigos y todos los planes que tenía para aquellos días.
Yo apenas intervenía. Me limitaba a escucharlo y a observarlo, sin saber muy bien si estaba asombrado o completamente embobado. Probablemente ambas cosas.
Lo único que tenía claro era que no quería que se callara.
Porque, mientras hablaba, aquella sonrisa no desaparecía de su rostro.
—Mi familia tiene muchas ganas de conocerte, especialmente mi madre y mi hermana.
Aquello me puso un poco nervioso.
—¿Hay algo que deba saber para no meter la pata?
—¿Algo como qué? —Apartó la vista de la carretera un instante para mirarme.
—No sé. Qué les has contado de mí. Si saben que juego para ti, que somos amigos... Algo por el estilo.
—A decir verdad... —se rascó la nuca con cierta incomodidad, un gesto que hizo saltar todas mis alarmas. No sabía exactamente qué esperaba escuchar—. No hizo falta que diera demasiadas explicaciones porque ya les había hablado de ti.
—¿De mí?
Me giré en el asiento para mirarlo. Ya no estaba perdido. Estaba perdidísimo.
—Bueno... —soltó una risa nerviosa—. El día del cumpleaños de Juraj hablé con mi hermana por teléfono y le conté que me estaban pasando ciertas cosas con un chico. Desde entonces no ha parado de interrogarme cada vez que hablamos. Como si eso no fuera suficiente, acabó contándoselo a mi madre.
Sacudió la cabeza.
—La verdad es que nunca debí abrir la boca. Pero es que no tenía a nadie más con quien desahogarme. Lo siento.
Volví la vista hacia el parabrisas, intentando procesar aquella información. Conor le había hablado de mí, y no como se habla de un compañero de equipo o de un amigo, sino de alguien que significaba algo más.
Vaya.
—¿Estás molesto?
Volví la cabeza hacia él.
—No. Lo que estoy es sorprendido.
Creo que iba preparado para todo. Había imaginado miles de escenarios posibles, pero no un sincericidio de Conor Flanagan.
Tuve que esconder una sonrisa, y juro que me costó. Desvié la vista hacia la ventanilla para disimular lo mucho que me había gustado descubrir aquello y, sobre todo, verlo así de nervioso, tan lejos del tipo frío, firme y seguro de sí mismo que conocía.
Pero el momento duró poco porque enseguida apareció un nuevo motivo para preocuparme, su familia.
Ellos habían conocido a Liam y ahora llegaba yo.
Mi cabeza empezó a llenarse de dudas. ¿Y si me comparaban con él?
¿Y si no les gustaba? ¿Y si me veían como un crío que no sabía lo que quería o pensaban que no era lo bastante bueno para su hijo? ¿Y si, sencillamente, les caía mal?
Ahí fue cuando me acojoné de verdad, porque otro frente parecía abrirse entre Conor y yo. O, al menos, eso creí. Porque no podía haber estado más equivocado.
Su familia me acogió como si me conocieran de toda la vida.
Los primeros en darme la bienvenida fueron sus padres.
Su madre era cariñosa, amable y dulce; su padre se parecía más a Conor: algo más serio y reservado, aunque igual de agradable.
Ambos se habían esforzado por hacerme sentir cómodo.
Bastaba con ver la mesa, repleta de comida típica irlandesa.
Era una cantidad absurda para una simple cena, pero también un gesto que me emocionó.
Nadie se había tomado tantas molestias por mí. Bueno, nadie que no fueran mis amigos o mi hermano.
La velada transcurrió entre historias familiares, anécdotas de la infancia de Conor y un sinfín de momentos que me ayudaron a comprender mejor de dónde venía.
Pero, si hubo algo que jamás olvidaré, fue lo que ocurrió cuando la cena terminó y me acompañaron a la planta superior.
Su madre se detuvo en mitad del pasillo, entre dos habitaciones, abrió ambas puertas y señaló la más pequeña.
—Esta es la habitación de invitados. Está preparada para que puedas instalarte y esta otra es la de mi hijo —indicó la puerta contigua—.
Yo no voy a meterme en cómo decidáis dormir; solo quería mostraros las alternativas que tenéis, chicos.
Y ahora me voy a descansar. Cualquier cosa que necesites, puedes pedírmela, Kieran, aunque espero que no haga falta y que Conor te atienda bien.
—Buenas noches, mamá —refunfuñó él, intentando cortar aquello cuanto antes.
Ella se acercó y le dio un beso en la mejilla. Después hizo lo mismo conmigo.
—Nos hace mucha ilusión que hayas venido, Kieran. Siéntete como en casa.
—Gracias, señora Flanagan.
—Bueno, ya has escuchado a mi madre. Esas son las opciones. —Se encogió de hombros.
Entrelazó su mano con la mía y tiró suavemente de mí hacia su habitación.
—Ven, te enseñaré mi cuarto. Aunque tampoco esperes gran cosa —añadió con una sonrisa—. Sigue conservando mi esencia adolescente, de cuando vivía aquí. Pero me gusta. Me hace sentir en casa.
Miré a mi alrededor y, sí, todo era bastante juvenil.
Lo único que parecía nuevo era la enorme cama doble que ocupaba buena parte del dormitorio.
Mientras seguía curioseando y descubriendo pequeños detalles sobre Conor, mi atención acabó deteniéndose en un collage de fotografías.
Salía con su familia, con gente que supuse que serían amigos, con sus padres junto a los integrantes de U2, incluido Bono, y, sobre todo, con Liam.
Había muchas imágenes de ellos juntos y en todas sonreían felices.
Sentí de pronto que había cometido un error.
Conor siguió mi mirada y comprendió al instante qué estaba observando.
Aparté la vista de las fotografías y acabé fijándome en la cama.
Todo cobró sentido.
Era su habitación. La habitación que había compartido con Liam.
Necesitaba salir de allí.
—Estoy cansado —dije, forzando una sonrisa—. Creo que me instalaré en el cuarto de invitados. Será lo mejor.
Caminé hacia la puerta y, cuando creí que ya casi podía volver a respirar con normalidad, escuché su voz a mi espalda.
—Kieran, ¿estamos bien?
Me giré y asentí con otra sonrisa antes de encerrarme en la habitación de al lado.
No, no estábamos bien. Y me resultaba imposible imaginar que pudiéramos estarlo.
Aquella fue la primera vez desde que estaba con Conor que sentí la presencia de Liam de una forma real.
La primera vez que tomé conciencia de lo que había significado en su vida y del espacio que seguía ocupando en ella.
Hasta entonces nunca había visto fotografías ni recuerdos en su casa de Seattle.
Allí había desaparecido todo, pero en Irlanda seguían presentes, formando parte de quién era y de dónde venía.
Con esa sensación todavía rondándome la cabeza, los días fueron pasando. Recorrimos pueblos, visitamos lugares increíbles, salimos con sus amigos y descubrimos rincones que parecían sacados de una película. Poco a poco, casi sin darme cuenta, terminé dejándome llevar.
La mayoría de las noches volvía a casa bastante ebrio. Aquella gente no parecía tener límites a la hora de beber. Joder, ni siquiera entendía cómo seguían en pie. Con la mitad de lo que se habían tomado, yo ya estaría en coma etílico en algún hospital, pero para ellos era lo más normal del mundo.
También consiguieron convencerme para jugar un partido de hurling .
Incluso después de haberlo practicado, seguía sin comprender ese deporte.
No entendía las reglas, no entendía la lógica y, sinceramente, tampoco cómo nadie había muerto jugándolo.
Hice el ridículo de principio a fin, para diversión de todos los presentes.
Si hubo algo a lo que tampoco terminé de acostumbrarme fue al tiempo. Recuerdo una tarde en la que estábamos en el jardín pasándonos una pelota de fútbol cuando, de repente, empezó a caer un aguacero que parecía capaz de inundarlo todo.
Mi reacción fue salir corriendo para buscar refugio, pero Conor, completamente empapado, se quitó la camiseta y me la lanzó a la cabeza mientras se burlaba de mí llamándome flor delicada.
Le respondí como cualquier persona madura y razonable, corrí detrás de él.
Se volvió justo cuando estaba a punto de alcanzarlo y chocamos de lleno.
Intenté derribarlo; él me agarró por la cintura para evitarlo y los dos acabamos rodando por la hierba mojada entre empujones, protestas y carcajadas.
Por mucho que consiguiera inmovilizarlo, siempre encontraba la forma de escabullirse y, cuando acababa conmigo contra el suelo, se aseguraba de recordármelo con una sonrisa arrogante.
La pelea acabó convirtiéndose en cualquier cosa menos una pelea.