Capítulo 32
CONOR
El sonido de la lluvia marcaba el ritmo de mis pasos mientras la oscuridad lo envolvía todo. Iba de un lado a otro del porche de la casa de mis padres y, cada vez que llegaba al final, volvía sobre mis pasos.
No podía seguir así. Iba a perder la puta cabeza.
Pensé que regresar a Irlanda por vacaciones me ayudaría a ver las cosas con más claridad o, al menos, con algo de perspectiva, pero no había servido de nada.
Las palabras de Kieran seguían resonando en mi cabeza.
«Te amo». Y, por mucho que lo intentara, tampoco conseguía apartar la imagen de su rostro destrozado ni el recuerdo de la sangre brotando de su piel.
La realidad era que Kieran no dejaba de ocupar mis pensamientos.
Cogí el teléfono, busqué en la agenda y marqué el número de la única persona con la que podía hablar de aquello sin rodeos.
Sonó una vez, después otra, hasta que finalmente descolgó.
—Venga ya, Conor —hizo una pausa—. Hablamos exactamente hace cinco horas. No hay cambios. Mi hermano sigue tirado en el puñetero salón.
Joder.
Me froté el rostro.
Kieran no salía del piso. Pasaba de su habitación al salón y del salón a su habitación, día tras día.
La única vez que había puesto un pie fuera había sido para ir al cementerio a despedirse de su madre y, desde entonces, vivía encerrado entre aquellas cuatro paredes, hundiéndose cada vez más en una depresión de la que nadie era capaz de sacarlo.
Sabía que Nathan, Kels y el resto de los chicos habían ido a verlo, y también que llevaban semanas insistiendo para que se fuera de vacaciones con ellos, pero nadie conseguía nada.
Drayton estaba desesperado viendo cómo su hermano se apagaba delante de sus ojos y, para empeorar las cosas, la prensa seguía sin olvidarse de él.
El tipo de Las Vegas también había decidido aprovechar el momento y sumarse al circo mediático, complicándolo todo todavía más.
Después llegó el turno de Avery, su ex, que no tardó en aparecer en varios programas; luego, el de su padre.
Uno detrás de otro fueron alimentando el espectáculo hasta el punto de que incluso intentaron arrastrar a Drayton a aquella mierda.
Todo era una pesadilla, pero los Price parecían más interesados en mantener el foco sobre Kieran que en Eleanor y las circunstancias de su muerte.
—Tío, sé que estás preocupado por mi hermano, pero no puedes seguir llamándome cada pocas horas. Al final se va a enterar de que te mantengo informado y todo se irá a la mierda. No puedo fallarle.
—Lo sé, lo sé, pero me estoy volviendo loco —confesé, pasándome una mano por el pelo—. Tengo miedo de que vuelva a hacerse daño.
—Ya te he dicho que no ha vuelto a autolesionarse.
Suspiré. Aquello me tranquilizaba, al menos un poco.
Cuando Kieran me apartó de su vida, no tuve más remedio que aceptarlo, pero tampoco podía quedarme de brazos cruzados sabiendo lo que sabía.
Por su bien lo traicioné y se lo conté a su hermano.
Alguien cercano tenía que asegurarse de que aquello no volviera a suceder.
—Kier me contó que, cuando era más joven, lo hacía con más frecuencia, pero que con el tiempo aprendió a luchar contra esos impulsos y casi siempre conseguía controlarlos, excepto cuando mi padre o alguna situación complicada terminaban por sobrepasarlo.
Lo oí soltar el aire despacio al otro lado del teléfono.
—Lo entiendo, Conor, y no puedo juzgarlo porque yo también estuve en ese maldito pozo. La diferencia es que, en mi caso, me refugié en la hierba.
Volvió a callarse. Juraría que estaba llorando, aunque intentara disimularlo. Permanecí en silencio, esperando a que continuara, porque Drayton también necesitaba desahogarse.
—Hasta que Kier se fue a Seattle no fui realmente consciente del daño que podía llegar a hacer nuestro padre.
Siempre se centró en él. Yo estaba ahí, en segundo plano, como un simple repuesto.
Solo reparó en mí cuando vio que ya no conseguía doblegar a mi hermano, pero el tiempo que tuve que soportarlo fue un infierno.
Sentí la presión constante bajo la que vivía Kier, las humillaciones, la impotencia de no poder hacer nada para detenerlo.
Al otro lado del teléfono solo se escuchó un breve silencio antes de que volviera a hablar.
—Es una pesadilla, Conor. Este puto apellido y toda mi familia.
—Eso se acabó. Tanto para ti como para él. Nadie volverá a interferir en vuestra vida.
—Tengo miedo de que sea demasiado tarde para mi hermano, de que le hayan hecho tanto daño que nunca vuelva a ser el mismo.
—Eso no va a pasar. No voy a permitir que Kieran se rinda, y tú tampoco. ¿Me oyes?
—¿Y cómo se supone que vamos a evitarlo? Porque, hasta ahora, nadie ha conseguido nada. Es más, hay algo que todavía no te he contado...
—¿El qué?
—Le dijo a Nathan que así no podía seguir jugando y que no quería convertirse en un lastre para los Rift. Quiere dejar el hockey.
—¡Eso ni de coña!
—Tu amigo opinó exactamente lo mismo, y me alegra saber que Kier tiene gente a la que de verdad le importa.
Me pasé una mano por la barba mientras una idea empezaba a tomar forma.
—Escucha, vamos a tener que cambiar las reglas del juego a nuestro favor, Drayton, pero para eso necesito tu ayuda.
—Lo que sea por mi hermano.
—Esa es la actitud. Vamos a utilizar lo mucho que te quiere.
—¿Cómo?
—Tu hermano no se va a mover de Chicago a no ser que le demos el empujón que necesita.
Los dos sabemos que cada día que pasa allí se hunde un poco más en ese maldito encierro.
Así que vas a ser tú quien lo empuje. Invéntate un concierto o cualquier otra cosa a la que «te vas a negar a ir» porque no quieres dejarlo solo.
Hazle creer que estás poniendo tu vida en pausa y sacrificando tus sueños por su culpa.
—No te sigo. Creo que lo único que vamos a conseguir así es hundirlo más.
—Cierra la boca y escucha hasta el final. En cuanto consigas que se sienta culpable, me pondré en contacto con él y le propondré venir a Irlanda.
—Estás alucinando si piensas que mi hermano va a aceptar tal cosa.
—Lo hará porque tú no le vas a dejar otra alternativa: o coge ese avión o tú no te mueves de su lado. Dime, ¿qué crees que hará?
—No va a ser tan sencillo.
—Puede que no lo sea, pero no voy a dejar de intentarlo. Y, si este plan fracasa, encontraré otro. Y, si ese también falla, otro más, hasta conseguirlo. No pienso rendirme. No con él.
—Vaya, pues sí que quieres a mi hermano.
Me quedé en blanco.
¿Lo quería?
—Solo busco que esté bien.
—Claro —su tono rebosaba tanta ironía que resultaba imposible no captarla incluso a través del teléfono—. Llámalo como quieras, pero eso tiene un nombre muy concreto.
—No estoy para gilipolleces. ¿Vas a hacer lo que te he pedido?
—Sí. Cuenta conmigo.
—Bien. Entonces no sé qué haces todavía hablando conmigo.
—Adiós, cuñado. Te mantendré informado.
Retiré el móvil de la oreja y comprobé que ya había colgado.
Maldito mocoso.
Guardé el teléfono en el bolsillo de la sudadera y me apoyé en la barandilla.
Había parado de llover, pero el olor a tierra mojada seguía impregnándolo todo.
Desde que me mudé a Seattle había aprendido a apreciar detalles de Irlanda que antes me pasaban desapercibidos.
Era curioso. Muchas veces no valoramos lo que tenemos delante hasta que deja de estar a nuestro alcance.
—Hijo, ¿qué haces aquí fuera?
Sentí la calidez de una mano sobre mi espalda. Al girarme, descubrí a mi madre sosteniendo un vaso de leche.
Otra de las cosas que echaba de menos cuando estaba lejos de casa.
—¿Y eso? —pregunté, señalando la bebida.
—He bajado a la cocina y te he visto aquí fuera, dando vueltas como un animal enjaulado. Parecías tan nervioso que pensé en hacerte compañía y traerte un poco de leche caliente, como cuando eras pequeño y no podías dormir.
Sonreí.
Me acordaba perfectamente de aquellos momentos. Ella se sentaba conmigo en la cama, me rodeaba con un brazo mientras me terminaba el vaso y, después, me besaba la cabeza, me arropaba y apagaba la luz. Como por arte de magia, siempre acababa durmiéndome.
—Ven.
Tiró suavemente de mi brazo para llevarme hasta el balancín del porche.
—Mamáaa, sé perfectamente lo que estás intentando hacer —dije mientras tomaba asiento a su lado.
—Conor, yo solo quiero pasar un rato con mi hijo y averiguar qué ocurre para que vuelva a estar rodeado de esa nube gris.
—Estoy bien. Solo es cansancio. Ha sido un año complicado.
—¿Y esa complicación tiene algo que ver con tu corazón?
Tosí con fuerza y derramé parte de la leche. Ella me entregó un pañuelo para que me limpiara.
—No sé de qué estás hablando, pero tienes mucha imaginación.
Soltó una carcajada.
Me gustaba cuando se reía. Las arrugas se marcaban un poco más en su rostro y sus ojos verdes parecían iluminarse.
—Es evidente que tu nerviosismo no es fruto de mi imaginación.
—No estoy nervioso. Solo me has pillado desprevenido.
—Ya veo. Igual lo que te pilló desprevenido fue que ese chico entrara en tu vida.
La miré incrédulo y tardé un instante en comprender de dónde salía toda aquella seguridad.
Mi hermana había abierto la boca.
—Sinéad, ¿no?
—No te enfades con ella. Me vio preocupada porque apenas respondías a las llamadas y tu padre y yo teníamos miedo de que volvieras a estar mal por lo de Liam. Solo intentó tranquilizarnos.
—Si mi vida sexual os tranquiliza, puedo mandaros una lista completa. ¿Qué preferís? ¿Un informe mensual o uno semanal?
—¡Conor! No me contestes así.
—Lo siento, mamá. Ya ni sé lo que digo.
Dejé el vaso en el suelo y apoyé la cabeza en el respaldo del balancín.
—Hijo, a mí lo único que me importa es que seas feliz.
Me rodeó la cabeza con un brazo, tiró suavemente de mí y acabé apoyándola sobre su hombro mientras seguía balanceándonos.
—No estoy así por Liam. Es... complicado. He hecho daño a una persona que no se lo merecía, justo cuando peor estaba, y ahora no sé cómo arreglarlo.
—Esa persona es el otro chico, ¿verdad?
—Sí.
—¿Lo amas?