Atrapados en la jugada (Corazones en juego 5) Capítulo 31 #3
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Capítulo 31 #3

Di media vuelta y, cojeando, recorrí el pasillo hasta las habitaciones. No podía soportar verlo ni un minuto más.

Entré en mi cuarto y, en el mismo instante en que cerré la puerta, escuché cómo también se cerraba la de la entrada.

Se había ido.

Permanecí apoyado contra la madera mientras las lágrimas empezaban a caer con más fuerza. Llevé un puño a la cabeza y la golpeé una y otra vez.

—Idiota, idiota, idiota...

Porque eso era exactamente lo que era.

Nunca había sido suficiente para nadie. Llevaba toda la vida conviviendo con aquella sensación y, por mucho tiempo que pasara, nunca dejaba de doler.

Pero con Conor era diferente. Con él el agujero en el pecho parecía mucho más grande, como si hubiera encontrado la forma de colarse en un lugar al que nadie más había conseguido llegar.

Me sequé las lágrimas con el antebrazo y, al levantar la vista, mis ojos se detuvieron en la botella de agua de vidrio que descansaba sobre la mesita de noche.

No.

No debía hacerlo.

Pero no estaba seguro de querer detenerme.

Así que cedí al impulso. Hacía mucho tiempo que no recaía en aquella dinámica destructiva. La última vez había sido cuando aún vivía en Chicago, después de una de aquellas discusiones devastadoras con mi padre. Desde que me había mudado a Seattle no había vuelto a sentir esa necesidad.

Hasta ahora.

Caminé hacia el baño con la botella apretada en el puño. Cogí una toalla y la envolví alrededor del vidrio. Me observé un instante en el espejo antes de estrellarla contra el lavabo. Con las lágrimas recorriéndome el rostro, escogí un trozo de cristal de entre los restos.

Fui hasta la bañera, me quité la camiseta y los pantalones deportivos y me senté en una esquina, apoyado contra la pared. Metí una pierna dentro y me subí el calzoncillo hasta la ingle. Mis dedos acariciaron la cicatriz.

Sentí alivio. Joder, eso fue lo que sentí.

Porque sabía que aquella angustia desgarradora que me oprimía el pecho desaparecería.

Apreté con fuerza el cristal y vi la sangre gotear de mi mano, pero aquello no era suficiente.

Llevé la punta hasta la cicatriz, vieja o no tan vieja, según cómo se mirara.

Más bien diría que era de las que nunca terminaban de cerrar.

Eché la cabeza hacia atrás mientras el dolor que llevaba dentro parecía difuminarse. Podía respirar. Todo se había detenido. Seguí aferrándome al cristal sin dejar de abrir mi muslo.

Cuando creí que por fin estaba en calma, pasó lo que nunca debió pasar.

La puerta del baño se abrió.

Inmediatamente abrí los ojos y vi a Conor allí plantado, mirándome horrorizado.

De golpe, toda la angustia regresó, más intensa que antes. Justo él no solo había descubierto mi oscuro secreto, sino también lo patético que podía llegar a ser.

—Kieran...

Apreté con más fuerza el cristal en la palma. Conor corrió hacia mí e intentó arrancármelo de la mano. No podía soltarlo, porque, en cuanto lo hiciera, el dolor volvería con más fuerza.

— Mo chreach ... —gruñó, apretando la mandíbula mientras forcejeaba conmigo hasta conseguir que abriera el puño.

Después dejó correr el agua y metió mi mano bajo el grifo. También mojó mi pierna. Mi mirada se perdió en el tinte rojo que corría en pequeños regueros hasta desaparecer por el desagüe.

—Maldito infierno...

Seguía maldiciendo mientras se alejaba unos pasos para buscar unas toallas. Envolvió una alrededor de mi mano y, con la otra, presionó sobre mi muslo.

—Esta herida no te la hiciste con la bicicleta, como me contaste.

No sabría decir si su voz sonaba preocupada, enfadada o decepcionada. Quizá era una mezcla de las tres.

—No te mentí. Así fue como empezó todo.

—¿Qué quieres decir?

—Que, a raíz de aquella lesión, descubrí que, cuando me arrancaba las costras y hurgaba en la herida, el dolor de dentro desaparecía. Todo se silenciaba.

— A Dhia ... —soltó el aire lentamente—. ¿Cuánto tiempo llevas haciendo esto?

—Desde los doce años.

Conor se apartó de mí y una sensación horrible me atravesó el pecho. Como si ya no soportara ni verme. Quizá estaba asqueado. Quizá arrepentido de haber estado con alguien como yo. No lo sé. Mi cabeza empezó a llenarse de pensamientos cada vez más oscuros y destructivos.

Lo vi revolver los armarios hasta encontrar lo que necesitaba. Después se sentó frente a mí, junto a la bañera. Retiró la toalla de mi mano y vi cómo volvía a apretar la mandíbula.

—No puedes hacer esta mierda —espetó con rabia.

Sopló despacio sobre la palma antes de vendarla. Sin levantar la vista, pasó a ocuparse de mi muslo y volvió a gruñir por lo bajo. Cuando terminó, se puso en pie y empezó a pasearse de un lado a otro del baño.

—Me cago en mi vida...

Golpeó la pared.

—¿En qué coño estás pensando? ¿Crees que hacerte daño es la solución a tus putos problemas?

Se interrumpió un instante, pero no esperó respuesta.

—No, joder.

Esta vez descargó el puño contra la puerta.

—Los problemas no van a desaparecer por más que destroces tu propio cuerpo.

—¡Basta! —me puse en pie—. Cada uno lidia con sus mierdas como puede, y tú no eres ejemplo de nada.

Te he visto ahogarte en alcohol y jugarte la vida en el mar, así que no me jodas, Flanagan.

Eres la última persona que debería dar lecciones cuando ni siquiera has sido capaz de lidiar con la muerte de MacAllister.

—¡Cierra la puta boca! No lo metas en esto. —Dio un paso hacia mí y me empujó contra la pared—. Esto no va de mí ni de él. Va de ti, gilipollas. ¿Qué es tan grave para que hayas llegado a esto?

Lo empujé de vuelta.

—No tienes ni idea de lo que es sentirse inferior, sentir que no vales lo suficiente, que te desprecien constantemente y que, por mucho que hagas, nunca consigas que alguien te quiera de verdad.

Mi abuelo siempre nos menospreció por llevar la sangre de nuestro padre.

El puto apellido Price sirvió para tapar el «desliz» de mi madre, pero, en el fondo, siempre fuimos Rodríguez.

Mi padre solo nos utilizó para escalar y conseguir lo que quería.

Nunca nos quiso y, por si eso no fuera suficiente, se pasó años haciéndome creer que no valía una mierda.

Tomé aire entrecortadamente.

—«Eres débil, igual que tu madre». «Patético». «Niñita». «Nunca llegarás a nada». «Eres una vergüenza». Crecí escuchando esas cosas una y otra vez. Y mi madre... —la voz se me quebró—. Mi madre nos quiso a su manera, pero tampoco fuimos suficientes para que luchara por nosotros.

Me pasé el antebrazo por los ojos.

—En el hockey tampoco soy suficiente. Siento que mucha gente sigue a mi lado por lástima. El pobre Price. El jugador débil. Vivir creyendo que eres un fracaso es agotador.

Las lágrimas volvieron a nublarme la vista.

—Y ahora también contigo.

Me detuve para secarme las mejillas antes de volver a mirarlo.

—Nunca seré suficiente para ti.

—¿Qué coño estás diciendo, Kieran? Yo no pienso eso.

—Sí lo piensas, joder. Y deja de llamarme Kieran cuando entre nosotros hay océanos de distancia.

Bajé la vista.

—Quiero que te marches.

—No. No pienso largarme a ningún sitio. ¿Para qué? ¿Para que vuelvas a hacerte daño?

Me sujetó por los hombros y me sacudió ligeramente.

Alcé la vista y lo empujé.

—Tú me haces daño, ¿es que no te das cuenta? No sabes lo que es levantarte cada día queriendo a alguien que nunca te va a corresponder.

Conor se quedó inmóvil.

—Tú... tú no puedes estar enamorado de mí. Creo que te han pasado demasiadas cosas juntas y estás confundido.

Solté una carcajada rota.

—Que te den.

Volví a empujarlo.

—Sé perfectamente lo que siento.

Lo obligué a retroceder hasta salir del baño y seguí avanzando por el pasillo.

—Y no vas a venir aquí a decirme que estoy confundido.

Conor no opuso resistencia. Parecía incapaz de reaccionar.

—Porque sí, te amo.

En cuanto pronuncié esas dos palabras, supe que no había vuelta atrás.

Abrí la puerta de la entrada.

—Así que, si albergas algún tipo de sentimiento, llámalo pena, culpa o como quieras... —La voz se me quebró de nuevo—. Déjame en paz.

Le di un último empujón y quedó inmóvil al otro lado del umbral.

Me permití contemplarlo una vez más antes de cerrar la puerta.

Después apoyé la espalda contra la madera y resbalé lentamente hasta el suelo. Permanecí allí, abrazándome las piernas, mientras lloraba, roto por dentro.