Atrapados en la jugada (Corazones en juego 5) Capítulo 31 #2
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Capítulo 31 #2

Se desabrochó el botón de la chaqueta mientras observaba a Dray sentarse a mi lado, encaramado al reposabrazos de una forma que, seguramente, mi tío consideraría poco apropiada.

—¿Quieres tomar algo? —pregunté, más por educación que por otra cosa, intentando aliviar la incomodidad que acababa de instalarse en el salón.

—No, gracias. Tengo poco tiempo.

Por supuesto. Aunque podría haberse ahorrado la visita y enviar a cualquiera de los que trabajaban para él.

—Estoy aquí porque hay un asunto relacionado con la herencia de vuestra madre que debemos tratar.

Dray y yo intercambiamos una mirada desconcertada. No sabía que hubiera nada que heredar. Mi padre siempre había gestionado todo lo relacionado con el patrimonio de mi madre.

—Vuestro abuelo dejó constituido un fideicomiso familiar hace años.

La mayor parte de sus activos nunca pasó a manos de Eleanor ni, por supuesto, de Sebastián.

Entre ellos se encuentran varias propiedades, una cantidad considerable de capital y una participación accionarial en Crestwell Pharmaceuticals.

Arrugué la frente.

—Las acciones seguirán sujetas a las limitaciones que estableció vuestro abuelo. No tendréis capacidad de decisión dentro de la empresa ni derechos de voto, pero sí seréis beneficiarios de los dividendos y rendimientos que generen.

—¿Y por qué nos estás contando esto ahora? —preguntó Dray.

—Porque Eleanor era la beneficiaria principal y, tras su fallecimiento, esos derechos pasan automáticamente a vosotros. Los bienes y activos personales también os corresponden a partes iguales.

Todavía no habían enterrado a nuestra madre y ya estaban hablando de dinero, propiedades y acciones.

—Yo renuncio a mi parte —espeté sin pensarlo—. No quiero nada.

—Estoy con mi hermano. A mí tampoco me interesa nada que venga de los Price.

Mi tío arqueó una ceja.

—Vaya. No esperaba esa reacción siendo hijos de Sebastián Rodríguez.

Apreté los puños, pero fue Dray quien se puso en pie.

—Lárgate. Si has terminado con lo que has venido a decir, prepara los documentos y acabemos de una vez con todo esto. Quiero desvincularme de este maldito apellido.

Mi tío se levantó con toda la calma del mundo, se abrochó el botón de la chaqueta y caminó hacia la puerta. Sin embargo, antes de salir se detuvo y se giró hacia nosotros.

—Kieran, creo que sería mejor que mañana no asistieras al funeral.

Noté cómo todo mi cuerpo se ponía rígido.

—¿Perdón?

—Habrá mucha prensa y toda la atención se centrará en ti. Sería una pena que el último adiós a Eleanor terminara eclipsado por asuntos ajenos a ella. Si de verdad quieres honrar su memoria, lo más prudente sería que te mantuvieras alejado.

Hijo de puta.

Después dirigió la mirada hacia Dray.

—Mandaré un coche para que te recoja mañana.

Mi hermano cruzó la habitación en dos zancadas y lo empujó hacia la puerta.

—No vuelvas a acercarte a nosotros.

Mi tío sonrió, como si nada de aquello lo hubiera afectado, y salió del apartamento.

En cuanto la puerta se cerró, Dray regresó al sofá. Yo seguía inmóvil, incapaz de reaccionar. Si creía que los Price ya no podían despreciarme más, siempre encontraban una nueva forma de superarse.

—Eh. —Se sentó a mi lado—. No le hagas caso a ese capullo. Iremos los dos, le guste o no. Tú no tienes nada de lo que avergonzarte. Ellos son los que deberían esconderse.

Negué con la cabeza.

—No. Es mejor que no vaya. Tiene razón. Todos los focos se centrarán en mí y eso es lo último que querría mamá. Además... no sé si voy a ser capaz de aguantarlo sin derrumbarme.

Me acurruqué en el sofá y Dray colocó un cojín sobre sus piernas antes de atraerme hacia él, acomodándome la cabeza en su regazo.

—Entonces no iremos ninguno. La visitaremos cuando todo esto haya terminado y estemos solos. Como siempre hemos hecho las cosas tú y yo.

Sus dedos comenzaron a acariciarme el pelo.

—Juntos, Kier.

Entonces las lágrimas volvieron a caer.

***

No dejaba de deslizar el dedo por la pantalla, saltando de una noticia a otra sin llegar a leer realmente ninguna. Cerraba una, abría la siguiente y volvía atrás para repetir el mismo proceso una y otra vez, atrapado en un círculo del que parecía incapaz de salir.

La mayoría hablaban del funeral de mi madre, de los comunicados publicados por la familia o de la presencia de la prensa a las puertas de la iglesia.

Las lágrimas seguían resbalando por mis mejillas mientras observaba las fotografías que acompañaban los artículos, aunque hacía rato que había dejado de intentar secármelas.

El timbre sonó y levanté la cabeza de golpe.

Solo podía ser Dray.

Me había costado horrores convencerlo para que asistiera al funeral sin mí, pero al final había cedido. Al menos necesitaba que hubiera alguien allí que de verdad la hubiera querido.

Deposité el móvil sobre la mesa y caminé descalzo hasta la entrada.

Al pasar frente al espejo del recibidor me detuve un instante.

Tenía un aspecto horrible: los ojos hinchados, la piel pálida y una expresión de agotamiento que parecía haberse instalado en mí desde que todo se había ido al infierno.

El teléfono vibró de nuevo.

Nathan.

Otro mensaje más.

Todos estaban preocupados. Nathan, Jordan, Caden, Juraj, Kai, Kelsey... Incluso algunos compañeros se habían ofrecido a viajar a Chicago para acompañarme. Casi me había sentido avergonzado al rogarles que no lo hicieran.

También me habían insistido en que regresara a Seattle. Todos. Pero me negué alegando que todavía tenía asuntos pendientes en Chicago relacionados con la farmacéutica y la herencia de mi madre.

Excusas.

Nada más que excusas.

La verdad era mucho más simple. No estaba preparado para enfrentarme a nadie.

El timbre volvió a sonar.

Suspiré y abrí la puerta convencido de que encontraría a mi hermano al otro lado. El portero no dejaba subir a nadie sin nuestra autorización, así que la sorpresa me paralizó por completo cuando descubrí quién estaba frente a mí.

La última persona que esperaba ver allí.

—Hola —saludó Conor.

Parpadeé varias veces.

—¿Q-qué estás haciendo aquí?

—Tu hermano me contó lo que estaba sucediendo y no quería que pasaras por esto solo.

Lo miré desconcertado.

—¿Cómo te ha dejado subir el portero?

—Drayton habló con él.

—Oh, joder...

Me pasé una mano por el rostro.

Iba a matar a mi hermano.

—Mira, te agradezco muchísimo que hayas venido hasta aquí, de verdad, pero no es un buen momento. Ahora mismo necesito estar solo.

—Eso es exactamente lo último que necesitas —replicó sin apartar la vista de mí—. Te lo digo por experiencia.

Dio un paso hacia mí.

Luego otro.

Y otro más.

Cerró la puerta a su espalda y terminó de acortar la distancia que nos separaba.

—Flanagan...

No me dejó terminar. Me rodeó con los brazos y me estrechó contra él.

Al principio me quedé rígido, sin saber qué hacer. Pero, en cuanto sentí sus manos en mi espalda y el calor de su cuerpo contra el mío, algo dentro de mí se fracturó.

Le devolví el abrazo y me eché a llorar.

—Lo sé —murmuró mientras me sostenía—. Lo sé.

Permanecimos así un rato. No tenía ni idea de cuánto. Solo sabía que, por primera vez en días, podía respirar.

—Sé que esto no es fácil —dijo al cabo de un momento—. Decir adiós a alguien que quieres nunca lo es. Y toda esta mierda de las fotografías tampoco ayuda.

Se apartó lo justo para mirarme, aunque yo habría preferido quedarme escondido en su hombro. Me secó las lágrimas con los pulgares y después llevó las manos hasta mi mandíbula.

—Quiero que recuerdes una cosa. No estás solo. Tienes a tu hermano, a tus amigos, al equipo...

Sus ojos se clavaron en los míos.

—Y me tienes a mí.

Tuve que contener el impulso de volver a abrazarlo.

—Pero no nos alejes, por favor.

Llevé las manos hasta sus mejillas y me acerqué despacio. Mis labios, todavía húmedos por las lágrimas, rozaron los suyos.

Cerré los ojos. Solo un momento. El suficiente para recordar lo mucho que lo había echado de menos.

—Kieran... —murmuró contra mi boca.

Otra vez.

Otra vez me había llamado por mi nombre.

Y, como en el hospital, como sobre el hielo, algo se estremeció dentro de mí al escucharlo. Sonaba tan cercano, tan sincero, que durante un instante resultó fácil olvidar la realidad.

—No me tengas lástima. Tú no —logré decir, todavía con los labios sobre los suyos.

Conor apartó el rostro. Sin soltar mi mandíbula, me acarició la mejilla con el pulgar.

—Jamás podría sentir lástima por ti. Tienes una fortaleza y una capacidad para levantarte después de cada golpe que muy poca gente posee.

—Entonces, si no es por lástima, ¿por qué estás aquí?

—¿Qué más da el motivo? Lo importante es que estoy contigo.

Aparté sus manos de mi rostro y di un paso atrás.

—Sí que importa. A mí me importa.

Se revolvió el pelo. Después se rascó la barba y desvió la mirada un instante antes de volver a fijarla en mí.

Mala señal.

— A Dhia ... —soltó el aire despacio—. Me siento como una auténtica mierda después de lo que te dije en el estadio. Creo que tengo parte de culpa en tu lesión y en que hayas terminado encerrado aquí, solo, aislándote de todo el mundo. Tu hermano está preocupado, tus amigos también... y yo.

Solté una risa seca antes de atraparme la lengua entre los dientes y negar despacio con la cabeza.

—Has venido por culpa. Genial.

—No he dicho eso.

—¿Ah, no?

—Bueno, sí, pero no me has dejado terminar.

—Adelante. Continúa.

Conor abrió la boca dispuesto a decir algo, pero las palabras parecieron quedarse atascadas en algún punto del camino. Se pasó una mano por la nuca, incómodo, y terminó bajando la vista.

Sentí cómo algo dentro de mí acababa de romperse.

—Es suficiente. —Me aparté de él, caminé hasta la puerta y la abrí—. Esto es demasiado para mí ahora mismo.

—Kieran...

—No tienes que sentirte culpable por nada. Lo que ha pasado ha sido consecuencia de mis propias decisiones, así que deja de castigarte por ello y vete.

—Kieran...

Todo en aquella conversación me dolía. Pero que me llamara por mi nombre era, con diferencia, lo peor de todo.

—¡Fuera!