Atrapados en la jugada (Corazones en juego 5) Capítulo 31
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Capítulo 31

KIERAN

Deslicé el dedo por la pantalla sin saber muy bien por qué seguía haciéndome aquello.

Noticia tras noticia, titular tras titular. Cada uno parecía peor que el anterior.

Las imágenes filtradas de Las Vegas estaban por todas partes. Aquel desconocido y yo en el pasillo de unos reservados.

«La doble vida de Kieran Price, del novio perfecto al escándalo que sacude la NHL».

«Las imágenes que confirman los rumores sobre la estrella de los Rift».

«¿Engañó Kieran Price a Avery Lee durante años?»

Mi ex se había convertido en la víctima perfecta de toda aquella historia.

Según los medios, yo la había utilizado para ocultar mi orientación sexual y conservar mi puesto en el equipo.

Lo curioso era que todos los problemas y las polémicas que la habían perseguido parecían haberse esfumado de un plumazo.

Nadie hablaba de ellos. De repente, el único escándalo que importaba era yo.

Seguí bajando y enseguida me arrepentí.

«El presidente de los Guardians, decepcionado por el comportamiento de Kieran Price».

«La familia Price rompe su silencio tras el escándalo de Las Vegas».

Apreté la mandíbula.

Mi padre había cumplido su palabra. No solo había filtrado la información, sino que además había aparecido ante las cámaras mostrándose avergonzado por mi comportamiento, por mi falta de profesionalidad y por cómo había engañado a mi familia durante años.

Maldito hipócrita.

Y aún quedaba lo peor.

Porque, según él, todo aquello no afectaba en absoluto a la magnífica relación que seguía manteniendo con el presidente de los Guardians.

La noticia iba acompañada de varias fotografías de ambos sonriendo ante las cámaras, hombro con hombro, como si nada hubiera pasado.

Como si no acabáramos de perder a mi madre.

Hacía apenas dos días que Eleanor Price había muerto y ya estaban utilizando mi vida para desviar la atención de todo lo demás.

La versión oficial hablaba de una muerte repentina durante un viaje de descanso.

Otra mentira.

Mi madre se había suicidado en el centro psiquiátrico donde mi padre la había encerrado. Pero esa verdad también había quedado enterrada. Mi tío se había encargado de ocultar cada detalle para que nadie hiciera preguntas.

Lancé el móvil a la otra punta del sofá y me tiré del pelo.

—Ey. —La voz de mi hermano irrumpió en la sala. Recogió el teléfono, echó un vistazo a la pantalla y negó con la cabeza—. Kier, tienes que dejar de leer esta mierda. Esta gente no tiene ni puta idea de nada.

—Míralo. —Señalé el móvil con las manos temblorosas—.

Es un maldito cabrón. Mamá está muerta por su culpa y, en lugar de tener un poco de respeto, no hace más que conceder entrevistas y publicar comunicados.

Claro, ¿qué esperaba? Su imagen es lo único que le importa.

Siempre ha sido así. Le da igual a cuánta gente tenga que destrozar por el camino.

La voz se me quebró y las lágrimas terminaron por vencerme. Ya no podía más. Mi madre había muerto y ni siquiera había podido despedirme de ella, ni verla una última vez cuando regresé a Chicago.

Dray me rodeó con los brazos y me estrechó contra él. También noté su respiración entrecortada. Él tampoco estaba bien. Los dos estábamos destrozados.

Tras mi accidente se había quedado unos días conmigo en casa de los Prescott, pero tarde o temprano tenía que volver a Chicago.

Yo aproveché nuestra reconciliación para instalarme allí durante la rehabilitación, aunque la realidad era que necesitaba poner distancia de por medio con Conor.

Cada vez que miraba por la ventana veía la casita de invitados al otro lado del jardín y, mientras siguiera buscándolo en cada rincón, jamás iba a conseguir olvidarlo.

Eso era lo que necesitábamos. Distancia.

Pero tampoco había encontrado paz en Chicago.

Desde que aquellas imágenes salieron a la luz, me sentía atrapado entre cuatro paredes y mi único apoyo había sido Dray.

Más de una vez estuve a punto de regresar a Seattle, sobre todo cuando empezaron a llegar los mensajes de mis compañeros y sentí el cariño incondicional de mis amigos.

Sin embargo, justo cuando por fin estaba reuniendo el valor para hacerlo, mi madre murió.

—Lo odio —confesé entre sollozos—. Ojalá algún día pague por todo lo que hizo.

Mi hermano se quedó rígido y terminó apartándose de mí.

—Kier, hay algo que no te he contado.

Mierda.

Por el tono de su voz, aquello no iba a ser bueno.

—¿Recuerdas cuando decidí no viajar a Seattle contigo?

Asentí. No se me olvidaría jamás. Aquel día me rompió el corazón.

—No fue porque quisiera quedarme. Llegué a un acuerdo con papá.

Fruncí el ceño.

—¿Un acuerdo? ¿Qué clase de acuerdo, Dray?

—Después de que te negaste y vio que no ibas a cambiar de opinión sobre el compromiso y tu marcha, habló conmigo. Era su último intento por detenerte. Pero le dije que no solo iba a apoyarte, sino que también pensaba largarme contigo.

Guardó silencio unos segundos antes de continuar.

—Entonces utilizó a mamá para chantajearme. Y cuando vio que tampoco iba a funcionar, fue a por ti.

—¿Qué quieres decir?

—Que me amenazó con sacar a la luz las fotografías.

Vaciló un instante antes de seguir.

—Todavía no habías firmado con los Seattle Rift. Si aquellas imágenes salían en ese momento, existía la posibilidad de que ningún equipo quisiera arriesgarse contigo. Tenía miedo de que perdieras esa oportunidad antes siquiera de empezar.

Me cubrí la boca con las manos.

Dios.

Mi hermano se había sacrificado por mí.

—Tenías que habérmelo contado —repliqué con la voz rota—. Habríamos encontrado una solución.

—Los dos sabemos que jamás me habrías abandonado. Comportarme como un capullo fue la única manera que encontré de conseguir que te largaras.

—¿Y por qué no me lo has dicho después? Todo este tiempo creí que no te importaba.

—Joder, eres lo que más quiero. Pero no podía decirte nada porque parte del acuerdo era no mantener ningún tipo de contacto contigo. Era la condición para protegeros a ti y a mamá.

—Mierda, Dray... —me froté los ojos, incapaz de dejar de llorar.

—Cuando me enteré de lo que pasó en el estadio de los Rift, lo enfrenté.

Ese cabrón no solo fue a machacarte; ya tenía pensado hundirte saltándose nuestro puñetero acuerdo.

Todo lo que hice no sirvió de nada. Al final no solo estalló lo de las fotografías; también internó a mamá y...

—se le quebró la voz—. Y eso también fue culpa mía.

Me advirtió que, si volvía a acercarme a ti, podía olvidarme de ella.

—No. —Le sujeté el rostro entre las manos para obligarlo a mirarme—.

Nada de esto es culpa tuya. Nuestro padre es un ser despreciable que vendería hasta su alma para conseguir lo que quiere.

Todos los que hemos estado a su lado hemos sido víctimas de sus malditas ambiciones, pero se acabó.

Ya no puede hacernos más daño. Tú y yo vamos a empezar de cero. Te vendrás conmigo a Seattle.

—En cuanto a eso... —se rascó la nuca—. Lo he estado pensando. Ahora mismo ya no hay nada que me ate a esta ciudad, pero creo que voy a terminar la carrera y decidir qué quiero hacer con mi vida. Estoy perdido, Kier. Yo también necesito encontrarme.

—No quiero que volvamos a distanciarnos.

—Mírame. —Esperó a que levantara la vista—. Eso no va a pasar. Te voy a ir a ver siempre que pueda. Te lo prometo.

—Más te vale cumplirlo.

Me abrazó con fuerza.

—Qué bien sienta tenerte de vuelta, hermanito.

—Pero que conste que Seattle es un lugar increíble para vivir.

—No lo dudo. Aunque yo siempre he pensado que una ciudad la hace la gente que tienes alrededor. Como, por ejemplo, tu entrenador.

Me puse rígido al instante y me aparté del abrazo.

¿Por qué estaba sacando a Conor ahora?

—No sé qué quieres decir.

—Oh, yo creo que sí. La relación que tienes con ese tipo es bastante extraña. Diría que se aleja bastante de lo profesional.

—No digas gilipolleces. Como pudiste comprobar en Seattle, no somos precisamente cercanos.

—¿Ah, no? Pues desde que volviste a Chicago no ha dejado de preguntarme por ti. Y cuando pasó lo de mamá se volvió todavía más insistente. Ese tío está preocupado de verdad.

—Como cualquiera. ¿Qué tiene de extraño que se interese por alguien de su equipo?

—No tendría más importancia si no fuera, primero, porque ni siquiera habla contigo directamente cuando jugáis en el mismo club y, segundo, porque me ha pedido que no te comente nada. Vamos, Kier, que no soy idiota.

No supe qué contestar. Me había quedado completamente en shock .

Todo aquel tiempo Conor había estado pendiente de mí.

Yo estaba convencido de que ya había pasado página, de que me había borrado de su vida y, aun así, la noticia agitó algo dentro de mi pecho que no debería seguir ahí.

Lo único que conseguía era alimentar unas esperanzas que estaba intentando enterrar.

El telefonillo sonó en el apartamento.

Perfecto. Por una vez, agradecí la interrupción.

Solté el aire, aliviado por no tener que responder a las preguntas de mi hermano. Dray se puso en pie, descolgó y lo escuché hablar con el portero.

—Que suba.

Después abrió la puerta y se volvió hacia mí con los hombros ligeramente encogidos.

—¿Quién es?

—Nuestro tío.

Me recosté contra el respaldo del sofá. Aquello no podía significar nada bueno. Nuestro tío no se molestaba en visitarnos; si tenía algo que decirnos, normalmente enviaba a sus abogados o, en el mejor de los casos, hacía una llamada.

Lo vi entrar en el apartamento. Le tendió la mano a Dray y observé cómo sus ojos se detenían un instante en las uñas negras que llevaba pintadas. La retiró enseguida, casi con desagrado.

El gesto no pasó desapercibido para mi hermano, aunque tampoco pareció importarle. Eso era algo que siempre me había gustado de él. Le daba exactamente igual lo que los demás pensaran.

Después se acercó a mí. Hice ademán de incorporarme para saludarlo, pero me indicó con un gesto que permaneciera sentado. Me estrechó la mano y luego ocupó el sillón situado frente al sofá.