Capítulo 30 #3
Fue durante esa espera cuando llegaron noticias más tranquilizadoras. No había daños graves. Se recuperaría. Aun así, me costaba encontrar consuelo en todo aquello. La lesión lo dejaba fuera de los dos últimos partidos de la temporada y de los playoffs .
Para Kieran aquello iba a ser devastador.
No fue hasta varias horas después, cuando los calmantes terminaron de hacer efecto y el hospital quedó en silencio, cuando por fin pude estar a solas con él.
Sostenía su mano entre las mías, con la cabeza apoyada sobre ellas. Llevaba un rato dormido.
Noté un leve movimiento bajo mis dedos y levanté la vista. Kieran estaba despertando.
Durante un instante nuestros ojos se encontraron. Entonces retiró la mano.
Aun así, alcé la mía hasta su frente y le aparté con ternura varios mechones de cabello. Mi mirada permaneció fija en sus ojos, todavía adormilados, apagados y tristes.
—¿Cómo te encuentras?
—Bien. Esta sensación de estar flotando es agradable.
Su comentario me arrancó una sonrisa.
—No he podido entrar antes. No por falta de ganas, sino porque habría levantado demasiadas sospechas. Así que me he quedado fuera. Pero he aprovechado el tiempo para hacer algo útil. Hablé con tu hermano. Recordé que tenía su número desde lo de Chicago y lo llamé.
Sus ojos se abrieron un poco más e intentó incorporarse, aunque no logró despegarse del colchón.
—¿Mi hermano? —repitió.
Después volvió la vista hacia mí.
—Gracias por el detalle, pero hace mucho que Dray dejó de preocuparse por mí.
—No creo que sea así —seguí acariciándole la frente y descendí despacio hasta su mejilla—. Porque está volando hacia aquí.
La noticia pareció aliviarlo durante un instante; sin embargo, la tristeza regresó enseguida. Movió ligeramente la cabeza para esquivar mi mano. Era la segunda vez que lo hacía. No quería que lo tocara y lo entendía. Tenía claro que le había hecho daño.
—Eh... —me revolví el pelo—. Siento mucho lo que te dije. Yo no debí...
—No te disculpes por decir lo que piensas —me interrumpió.
A Dhia . Eso era precisamente lo peor de todo. Que no lo pensaba.
—Pero te repito lo que ya te dije. Admiraba a MacAllister como jugador, pero también como persona.
No solo por cómo afrontó su homosexualidad dentro del deporte, sino también por aquella docuserie en la que habló de lo que vivió en el instituto.
Para mí siempre fue un ejemplo de valentía, una que yo nunca tuve.
Bajó la vista y el brillo húmedo de sus ojos me partió el corazón.
—Sí lo era —reconocí con la voz cargada de nostalgia—. La persona más valiente y luchadora que he conocido en mi vida. También la más alocada e imprevisible.
Sonreí al pensar en él.
Maldición. La conversación no debería estar girando en torno a Liam.
—¿Sabes que fue la primera persona que se dio cuenta de que yo no era tan hetero como creía?
—¿En serio? ¿Cuándo fue eso?
—El día que te corté. Un rato antes presenció una conversación sexual bastante bochornosa entre Kels y yo y ya entonces me dejó caer, de una forma sutil, que quizá debería probar ciertos juguetes masculinos.
La segunda vez fue cuando me atropellaste.
Ahí ya me lo insinuó de una manera mucho más directa.
Los dos sonreímos. Solo Liam podía hacer algo así.
—Pero aquel día pasó algo más. Estaba destrozado porque habíais discutido. Se le veía roto, tanto como te he visto a ti por él. No he vivido vuestra relación de cerca, pero lo poco que he presenciado ha sido suficiente para entender lo inmenso que fue vuestro amor.
—Kieran...
—Déjame terminar.
Una lágrima resbaló por su mejilla. Quise secársela, pero no me atreví.
—La he jodido al venir aquí. Tenías razón. Nunca debí aceptar jugar con los Rift. Y ahora me doy cuenta del error tan grande que ha sido todo esto. Tú no necesitas tiritas en tu vida. Necesitas sanar. Y yo... yo merezco que alguien me elija, que me ponga, por una maldita vez, en primer lugar.
No me estaba gustando nada de lo que estaba diciendo. No solo por el tono frío con el que hablaba, sino porque una parte de mí sabía que tenía razón.
Puede que hubiera buscado parches para mitigar el dolor con otras personas, pero con él no había sido así. Maldita sea, nunca lo fue.
Pero tampoco era justo tenerlo a mi lado sin darle el lugar que merecía. Uno que yo jamás podría ofrecerle.
—¿Qué me estás tratando de decir?
—Que nuestro acuerdo termina aquí, Flanagan.
Las palabras impactaron exactamente donde más daño podían hacer.
—¿Estás seguro?
—Sí —exhaló lentamente—. Ahora, si no te importa, me gustaría descansar.
Me puse en pie sin saber qué más decir o hacer que no resultara injusto para él.
—Entrenador, gracias por la visita.
Aquello fue otro golpe.
—Pero no será necesario que sigas viniendo. Nos vemos la próxima temporada.
Apreté los puños.
Lo miré por última vez, pero permanecía con los ojos fijos en algún punto indeterminado de la pared.
Bien.
Estaba todo dicho.
Caminé hasta la puerta y la abrí. Me costó horrores cruzar el umbral.
Me detuve un instante y, sin girarme, murmuré:
—Adiós, Price.
Porque otra vez había vuelto a ser Price.