Atrapados en la jugada (Corazones en juego 5) Capítulo 30 #2
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Capítulo 30 #2

Yo había aprendido a convivir con aquello.

Había aprendido a mirar la placa al entrar en el estadio y a alzar los ojos hacia la camiseta suspendida de las vigas sin sentir que el mundo se derrumbaba bajo mis pies.

Lo que nunca había conseguido era entrar en aquella sala sin que algo dentro de mí se rompiera, porque allí no había réplicas ni homenajes simbólicos.

Allí estaba la camiseta de verdad. La última que había llevado puesta antes de morir.

Me detuve frente a la vitrina, incapaz de apartar la vista de ella.

Los focos iluminaban la tela, el escudo de los Rift sobre el pecho y aquel número 29 que una vez había sido mío.

Después de mi lesión pasó a Liam y, con el tiempo, terminó formando parte de él hasta el punto de que resultaba imposible imaginarlo sobre la espalda de otra persona.

A su alrededor descansaban trofeos, fotografías y recuerdos de toda una carrera, pero yo no los veía.

Mi atención acababa posándose siempre en la camiseta.

Levanté una mano y la apoyé contra el cristal, siguiendo con los dedos el contorno de las arrugas de la tela como si pudiera sentirlas.

Era absurdo, pero durante un instante casi pude jurar que recordaba el olor que siempre quedaba en su ropa después de los partidos.

Cerré los ojos y apoyé la frente contra el marco, aferrándome a aquel recuerdo con desesperación, porque por un segundo, apenas un segundo, pude imaginar que, si volvía a abrir los ojos, Liam seguiría allí.

—Lo siento, mi amor —murmuré, notando cómo las lágrimas me inundaban los ojos.

Todo lo que había pasado con Kieran y con su padre me había arrastrado de vuelta a un lugar que habitaba dentro de mí y que llevaba demasiado tiempo evitando, porque era mucho más fácil mirar hacia otro lado que enfrentarme a la culpa.

—Te juro que nunca te habría traicionado ni habría estado con nadie más si no hubiera creído que tú ya no me querías o que estabas con otra persona. Porque siempre te he amado, nunca dejé de hacerlo, Liam.

Exhalé con fuerza. Era la primera vez que ponía en palabras aquella angustia que me estaba consumiendo.

Cuando descubrí lo de su enfermedad, me sentí la peor persona del mundo.

No podía ni mirarme al espejo. Sabía que, técnicamente, no le había sido infiel, pero jamás conseguí verlo de esa manera.

Para mí siempre fue una traición a la persona que más había amado, y guardar ese secreto me fue destruyendo poco a poco, día tras día.

Porque ¿cómo le explicas a alguien que se está muriendo que te ama con locura, que te has sentido jodidamente atraído por otro hombre?

¿Cómo le dices algo así cuando sabes que no hay forma de arreglarlo?

Lo peor de todo era que no tenía excusas.

Ninguna. Deseaba a Kieran, y lo hacía desde mucho antes de aquella noche.

Con el tiempo reconocí que aquellas mañanas de surf nunca habían sido tan inocentes como fingíamos; los dos nos escondimos detrás de esa mentira porque era más sencillo que admitir lo que realmente estaba pasando.

Eso era lo que me hacía sentir como una mierda. Pero, si aquello ya era difícil de soportar, haber vuelto a cruzar esa línea con él hacía que todo fuera todavía peor, porque era Kieran. Precisamente Kieran. La única persona con la que jamás debería haber ocurrido nada.

—No sé qué estoy haciendo con mi vida —me limpié las lágrimas con el antebrazo—. Nada de lo que hago tiene sentido. Te he fallado a ti y ahora siento que también les estoy fallando a los chicos.

Le di un pequeño golpe a la vitrina.

—Ojalá estuvieras aquí. Siento que he perdido el puñetero norte. Te necesito.

Permanecí allí unos minutos más hasta que logré recuperar algo parecido a una respiración normal. Cuando por fin fui capaz de moverme sin sentir que el pecho iba a estallarme, besé la palma de mi mano y la apoyé contra el cristal antes de abandonar la sala y volver a la pista.

Para entonces, el partido ya había empezado. Caden fue el primero en verme. Desde la pista me lanzó una mirada cargada de preocupación, una pregunta silenciosa a la que respondí con un leve asentimiento.

Al levantar la vista, me encontré con los ojos de Kieran. Nuestras miradas apenas se cruzaron antes de que ambos apartáramos la vista, como si ninguno de los dos tuviera ganas de enfrentarse a aquello.

El partido siguió desarrollándose. Bastaron unos minutos para darme cuenta de que Kieran tampoco estaba allí del todo.

Siempre había sido un defensa inteligente, disciplinado y paciente, pero aquella noche parecía otra persona.

Llegaba tarde a los cruces, abandonaba su posición para perseguir golpes innecesarios y entraba en cada contacto con una agresividad impropia de él, como si intentara descargar sobre el hielo toda la rabia que llevaba dentro.

—¿Qué cojones le pasa? —escuché murmurar a Jasper desde el banquillo.

No respondí.

Una parte de mí estaba convencida de haber provocado aquello.

Los minutos siguieron avanzando y el partido se volvió cada vez más físico. Kieran parecía incapaz de encontrar el equilibrio. Jugaba enfadado. Herido.

A falta de pocos minutos para terminar el segundo periodo, un delantero rival encontró espacio por la banda y aceleró hacia nuestra zona.

Kieran salió a cerrarle el paso inmediatamente.

Durante una fracción de segundo pensé que llegaría a tiempo, pero estaba mal colocado desde el principio y tuvo que corregir la trayectoria en el último momento.

Lo vi clavar el patín en el hielo. Giró. Y entonces vi cómo la rodilla soportaba una torsión en el mismo instante en que impactaba contra el otro jugador.

Kieran cayó al hielo sujetándose la pierna mientras el palo se deslizaba lejos de él. Los árbitros detuvieron el juego al instante y varios jugadores levantaron los brazos reclamando asistencia médica, pero todo aquello empezó a quedar cada vez más difuminado. Porque yo solo podía verlo a él.

Intentó incorporarse una vez, pero volvió a caer. Salté la valla del banquillo sin pensarlo y recorrí la distancia que nos separaba. Cuando llegué a su lado, los médicos apenas estaban entrando a la pista.

—Kieran.

Abrió los ojos lo suficiente para mirarme.

—Estoy aquí —murmuré mientras le sujetaba una mano—. Estoy aquí.

Los sanitarios llegaron unos segundos después y comenzaron a trabajar a su alrededor, apartándome de su lado.

***

Al llegar al hospital estaba demasiado preocupado como para pensar con claridad.

Tras aguantar el partido hasta el final fingiendo que podía concentrarme en algo que no fuera la imagen de Kieran cayendo sobre el hielo, toda la tensión acumulada terminó por estallar.

Lo único que quería era verlo. Comprobar que estaba bien.

Durante unos minutos no medí las consecuencias de nada y estuve a punto de entrar sin importarme quién pudiera estar mirando ni las preguntas que aquello generaría después.

Kelsey me detuvo antes de que cometiera alguna estupidez.

Me apartó a un lado y me recordó que aquel no era el momento para que toda nuestra historia saliera a la luz.

Luego apareció Juraj, me sacó fuera y me permitió descargar toda la frustración acumulada.

Cuando por fin conseguí tranquilizarme un poco, permaneció un rato en silencio antes de hablar.

—Voy a decirte algo que probablemente no quieras escuchar.

—Pues no lo digas. Aunque supongo que lo vas a hacer igual.

Asintió despacio.

—No estuviste muy acertado con lo último que le dijiste a Price, Conor.

—Ya me siento bastante mal sin que me lo recuerdes.

—No lo digo para hacerte sentir peor, sino porque creo que todavía no entiendes el daño que le hiciste.

—Novák...

—Escúchame. Ese tío está enamorado de ti, joder. Si no fuera así, te habría mandado a la mierda hace mucho tiempo. No habría aceptado tus condiciones ni se habría conformado con las migajas que estabas dispuesto a darle.

No contesté, porque una parte de mí llevaba demasiado tiempo intentando no pensar en ello.

Juraj tampoco insistió. Se limitó a dejar que el silencio se instalara entre los dos.

Cuando regresamos al interior, ya había empezado el desfile constante de compañeros y amigos entrando y saliendo de la habitación.

Yo tuve que conformarme con esperar fuera porque, para el resto, solo éramos un entrenador y un jugador que habían aprendido a llevarse mejor con el paso de los meses.